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29 de septiembre de 2024

lp--Abandonado en la dimensión imbécil--ic


Sufro un problema dimensional.

Mi vida resultó fallida, me di cuenta en el momento en el que me materialicé en esta dimensión de estructuras moleculares imbéciles, chocan unas moléculas con otras, se hacen sangre y sonríen entrecortadamente con los dientes ensangrentados.

Hay un sinfín de dimensiones decentes y tuve la mala suerte de que me tocara nacer en ésta, en el que todo está mal hecho, incluso una gran multitud de seres humanos que la habitan están mal construidos y les salen bultos de todo tipo o se mueren porque algo se les pudre dentro; cuando era niño pensé que mis huevos eran tumores, me llevé un gran susto hasta que el pediatra díjole a mi madre que sólo eran unos cojones enormes y que sería un buen semental si dios quiere.

Esto es una gran mierda.

Por lo que he aprendido y experimentado a lo largo de los años de encarcelamiento en este lugar idiota, lo estropea todo el hecho de que cuatro subnormales inventaran unos dioses a su imagen y semejanza cerduna y unos cuantos mandamientos que luego los convirtieron en “leyes”; y para mayor inri, pregonaron que eran ellos la creación de dios, ergo son divinos.

Y aquellos pobladores idiotas que apenas eran capaces de caminar erguidos sin arrastrar las manos por el suelo, repitieron la palabra fetiche que comparten todos los ritos y mitos religiosos en todos los idiomas, tiempos y lugares del planeta: amén.

Los primeros hechiceros que luego evolucionaron a religiosos o sacerdotes, luego a emperadores, reyes y por fin a políticos que pomposamente en la actualidad gustan de alardear de “jefes de estado”, cuando sus monos aprendieron a decir amén con soltura, naturalidad e irritante iteración, se dijeron que como el pueblo ya estaba amaestrado a todo lo que el hechicero predicaba: “¿Por qué no inventamos unos pecados o delitos y las leyes para condenarlos y castigar a estos gilis? Cometerán sus pecados, los condenaremos y nos quedaremos con lo que tienen, incluidas sus crías, sean hembras o machos”.

Así es la dimensión imbécil que me ha tocado. No puedes moverte por el planeta sin dar con un subnormal (feligrés votante o contribuyente) que diga “amén”, “reciclo” o “me quedo en casa”.

Es como una grotesca pesadilla de la que no se puede despertar.

No hay forma de escapar de esta dimensión de la deficiencia mental molecular.

Cuando se nace en una mierda, en una mierda te mueres.

Sería imposible que un idiota de esta dimensión sobreviviera en una dimensión decente, lo usarían de combustible.

Tras miles y miles de años, no se han enterado aún del cuento: las divinidades son alegorías infantilizadas de los hechiceros, sacerdotes, reyes, ministros, jueces y tiranos; del estado en definitiva.

En el instante en el que me materialicé, noté como la vida se me pudría en este cuerpo cárnico.

Es toda una experiencia que le deseo a mis hijoputas enemigos.

Hay un paralelismo tan obvio entre el estado y los dioses de las “sagradas escrituras” (de toda secta religiosa), que requiere de una gran voluntad ser tan sumamente imbécil para no ver esta escandalosa y llamativa semejanza. Es obvio que estado y dios son igual de puercos.

Y en esta dimensión no se enteran aunque los muelas a palos, de que las “sagradas escrituras” son burdas fábulas infantiles del estado escritas con un gusto y arte del nabo.

En esta dimensión son ciegos, sordos a la frecuencia de la razón y deficientes mentales para llegar a una conclusión, a la más sencilla.

Cuando te has habituado a esta imbecilidad que te oprime el resorte del odio y la violencia, observas ya sin asombro que en esta dimensión pútrida la imbecilidad es la gran virtud humana. Y cuanto más idiotas y mezquinos son los votantes o contribuyentes, más oportunidades tienen de medrar en su sociedad.

O sea, viven en una eterna olimpiada de la estupidez; no existe ninguna otra actividad con tantos récords como esta competición idiota de la dimensión imbécil.

Estoy abandonado…

Y si el estado les envuelve un excremento con papel infantil de colorines y un lacito; y además da un sermón sobre sus propiedades terapéuticas y jocosas, se comerán el trozo de mierda con glotonería y se chuparán los dedos. Y dirán amén con una sonrisa pletórica de mierda entre los intersticios dentales.



Iconoclasta

15 de julio de 2024

lp--Ilocalizable--ic


Pasan raudos los minutos, sin embargo las horas quedan flotando en la constelación de la muerte, donde no llega la luz y el pensamiento es ceniza en suspensión.

Donde ni siquiera hay oscuridad, la esperanza es innecesaria y el terror no necesita monstruos para hacer su trabajo.

No hay nada y soy nada.

El reloj marca el minuto cincuenta y nueve minutos de una hora que no se indica. Se rasga repentinamente el pensamiento como una tela vieja ¿con un dolor? No sé… Y los minutos retroceden para comenzar de nuevo a contar sin cumplir las horas.

Mis horas perdidas y abandonadas…

El reloj es mi primer recuerdo tras nacer antimateria.

Si no hay más cosas que yo ¿quién reparará el reloj?

O mi mente.

¿Dónde está el psiquiatra de lo ilocalizable? ¿Por dónde camina con sus electrodos fríos para activar mis horas y el cerebro?

¿Dónde hay un minuto de la alegría?

Sin espejo no sé si sonrío, no tengo conexión con mi rostro y las manos están desintegradas en algún vacío, ilocalizables también.

Quisiera que el diablo me llevara al infierno y su luz ardiente.

Y gritar, necesito gritar.

¿Y mi rostro? ¿Dónde está?

Me quiero morir. ¿Y cómo ocurrirá si no existo? ¿Se puede matar lo muerto otra vez?

Si esto fuera un útero oiría el sonido de las tripas de madre.

Si fuera un ataúd arañaría sus paredes.

Pero soy algo ilocalizable en el vacío. Y vacío.

No siento fatiga al respirar. Hubo un tiempo y un lugar que sí, aunque no sé cuándo ni dónde.

Tampoco siento la temperatura de la vida.

¿Y si estoy encerrado en la carcasa inútil de un imbécil catatónico?

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Un hombre con un maletín y un sobre en la mano apareció en el vestíbulo del hospital mental Los Santos y se acercó al mostrador de recepción.

–Buenos días, soy el doctor Luciano Ferrero, psiquiatra. El doctor Vega, me ha solicitado un informe de contraste como segunda opinión para la familia del paciente Marcos Tirado, un adulto de treinta y cinco años con Síndrome de Down que ha entrado en trance catatónico, parece ser que irreversible –explicó a la enfermera ofreciéndole el sobre.

–Sí, pobre chico… –suspiró leyendo rápidamente la autorización del Dr. Vega.

Con la carta en la mano tomó el teléfono y se puso en contacto con la jefa de enfermería.

–Enseguida, la jefa de enfermeras Isabel Molinero, le conducirá a la habitación de Marcos y le atenderá en todo cuanto necesite. Si le apetece, mientras llega, en el pasillo de la izquierda encontrará expendedoras de café y refrescos –le explicó solícita la enfermera.

–Muchas gracias, estoy bien.

Durante los cinco minutos que tardó en llegar la enfermera jefa, el doctor Luciano evocó la cabeza del doctor Vega bajo el escritorio de su consulta domiciliaria, separada dos metros de su cuerpo y el hacha clavada entre los omóplatos del cuerpo descabezado sin ser necesario. Si hubiera llegado unos minutos antes de que la esposa saliera con su hijo para llevarlo al colegio, habría tres cabezas en aquella casa de una urbanización de lujo. Deslizó el dedo índice sobre el cristal arañándolo.

Cuando el doctor Vega escribió de puño y letra la carta y la firmó, lo decapitó.

Observaba con disgusto el mediocre exterior del hospital a través de la mampara acristalada del vestíbulo, un pequeño estacionamiento y dos parterres escuálidos adornados con malas hierbas que lo delimitaban, cuando la enfermera jefa lo interrumpió para presentarse y ofrecerse de guía y ayuda.

Los locos no prestan atención al paisajismo y la decoración, siguió pensando entre las palabras de la enfermera.

–No va a ser necesario demasiado tiempo ni medios, señora Molinero. Con los informes del paciente que han realizado aquí hay más que suficiente para una segunda opinión. Realizaré la prueba habitual de daño neuronal y ausencia de actividad motora. De hecho, no podría hacer un informe mejor que ustedes, es simplemente un trámite para que la familia solicite la ayuda al estado. Dos psiquiatras diciendo lo mismo, es premio seguro.

A la enfermera le pareció desagradable ese sarcasmo; pero supo fingir una sonrisa de agradecimiento por la cortesía profesional respecto a la valía de los informes.

Ambos se dirigieron al ascensor para subir a planta.

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Una sonrisa burlona que parece rasgar la negritud desde algún lugar del vacío insondable lo inquieta.

Y golpea la nada para escapar, o cree golpear. Algo va peor que hace unos segundos.

Incluso cree existir en algún lugar, en algún momento.

Sentir terror es mejor que sentir nada. ¿Veredad?

Hay una presencia en algún lugar que antes no presentía.

¿Huele a putrefacción?

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–Buenos días, Marcos. ¿Cómo te encuentras hoy? -saludó con familiaridad la enfermera al paciente al entrar en la habitación seguida por el doctor Luciano.

Marcos Tirado era un hombre pequeño y rechoncho de manos obesas y dedos cortos, se encontraba de pie, inmóvil frente a la cama de cara a la puerta. La bata le cubría hasta las rodillas dejando a la vista unas piernas pálidas y átonas. Sus hombros tenían una acusada forma de capilla inclinada que provocaba tristeza.

Los ojos no se movían, nada en él se movía.

Estaba absolutamente vacío.

El doctor Luciano cerró la puerta tras de sí sacó una navaja de un bolsillo de la americana, amordazó con la mano la boca de Isabel y le cortó el cuello de izquierda a derecha sin apresurarse, manteniendo el cuello hacia atrás, manteniendo el tajo abierto. La sangre salpicó la cara y el pecho de Marcos que no manifestó reacción alguna, Tras unos segundos la enfermera dejó de zarandearse y luchar contra la mano que la amordazaba y se le doblaron las rodillas. La dejó caer y la cabeza al golpear el suelo produjo el apagado y anodino sonido de un melón.

Abrió el maletín y extrajo un par de ampollas inyectables de suxametonio con las que llenó una jeringuilla sobre dosificándola.

–Te llevaré a la “luz ardiente”, poeta. ¡Qué suerte has tenido de que anduviera cerca y te sacara rápido! Hay tiempos de espera de hasta tres meses pars reparar una mala encarnación. Ocurren fallos en la ejecución del destino de las almas… No es una disculpa, sólo una explicación. Te llevaré al infierno tal y como has deseado. La cuestión es que ya no te podemos usar para llenar otro cuerpo, estás manchado por la experiencia y jugarías con ventaja. Ese dios idiota… Siempre tengo que arreglar lo que él no sabe hacer.

Le clavó en el cuello la jeringuilla y presionó el émbolo hasta vaciarla.

Marcos no pestañeó, simplemente se derrumbó con el cuerpo rígido y dejó de respirar con los ojos abiertos, sólo una lágrima espontánea producto de la asfixia se deslizó de un ojo que rodó por la sien hasta caer al suelo. Murió asfixiado en un minuto y medio por la parálisis de los pulmones causada por la sobredosis de anestésico.

El doctor se arrodilló, tiró de la barbilla para abrirle la boca y acercándose al rostro, aspiró la última exhalación. Cuando se aspira un alma es mejor que se realice con cierta higiene, si surge entre bocanadas de sangre, por ejemplo, requiere más tiempo para captarla completa.

–Gracias por su inestimable ayuda, doctor Luciano Ferrero –dijo a nadie el doctor Luciano antes de cortarse el cuello con la navaja.

–Podría hacerse con menos muertes el mismo trabajo ¬-le decía inmaterialmente al alma ilocalizable que inmovilizaba envolviéndola con su sustancia –, pero ¿por qué negarse un placer? Y no debo dejar prueba de la existencia del diablo, sería un conocimiento demasiado trascendente para los monos humanos y no lo necesitan; le restaría naturalidad a sus estupideces viviendo en una constante angustia y precaución atisbando siempre a su alrededor, incluso sería malo para el correcto descanso del sueño. Es mejor que sólo crean en dios y se sientan a salvo, ¿verdad, mi ilocalizable amigo?

–Gritarás cuanto necesites en “el infierno y su luz ardiente”.

–Y unas disculpas de ese Dios marica. Siente mucho las molestias de tu encarnación truncada. Aunque… ¡Bah! No nos engañemos, ni siquiera sabe que existes.

Por otro lado cuesta demasiado trabajo fingir cordialidad con un nuevo condenado, las buenas formas siempre dan elegancia a un trabajo.



Iconoclasta


22 de junio de 2024

lp--Soy la embarazosa prueba de la inexistencia de dios--ic



Soy la cosa sucia y molesta que las divinidades maldicen.

Quieren esconderme porque soy la comprometida prueba de su torpeza y falibilidad. Soy una sólida y opaca constatación de la inexistencia de los seres superiores como los dioses y otros carroñeros.

Me pisan la cabeza con sus pies idiotas para aplastarme, para eliminar su negligencia que mi existencia avala y también su sagrada y divina incapacidad.

Dios vomita borracho en las esquinas del universo.

Yo lo he visto, aunque no exista.

A veces mea sangre.

Los lugares más hermosos de la Tierra los estropean sus gentes amontonadas que no mueren nunca en la cantidad y frecuencia adecuada para preservar la belleza que surgió por sí misma en un azar.

No deberían estar ahí, hay lugares más idóneos para esos humanos creados a imagen y semejanza de dios.

Eriales... Páramos...

El cosmos.

Dios es un prevaricador sin escrúpulos y por ello, reconocido corrupto.

Y es penosa y venenosa su pseudo existencia para la ilusión que, se pudre en algún rincón de mi pensamiento hostil y entre la piel de toda esa masa animal de sangre caliente a imagen y semejanza de los divinos fraudes.

Soy un hombre sin afabilidad y los dioses piden misericordia.

Una mierda.

Temo que si viviera suficiente, no sería el buen abuelo.

Dios no me infundió virtudes decorativas morales.

Cuando un equipo cualquiera juega a la pelota y gana, soy incapaz de sentir júbilo alguno y escupo displicentemente pensando que hay algo sucio atorado en mi garganta.

Luego fumo porque es pecado de dios, como el dinero de mi bolsillo; que debería tenerlo el estado con los hijos que también le pertenecen. Si no practicas la imbecilidad todos los días, te darás cuenta de que el estado es tan sagrado como dios.

Tan podrido y prevaricador.

Tan divino como el humo de mi orina en el invierno.

Soy un hombre sin alma porque dios no tiene nada que insuflar a cada bebé que nace para vivir sometido a los mandamientos y leyes de su fraude.

Las almas suben a dios, pero yo sólo veo que se deshacen ante el sol como un vapor más, humillantemente impersonal. No queda nada de lo vivido, no hay destellos de emociones en las almas que suben tontamente a dios. Se sacrificaron y comieron hostias rancias para ni siquiera llover.

Cuando los ajenos son felices y bailan siento la absoluta indiferencia que me hace hombre, la misma que hacia la muerte de los muertos y de los vivos.

Soy un hombre sin creador.

Cuando alguien se hace rico por un azar pienso “que lo jodan”.

Soy un hombre sin alma y sin dinero.

Y dios rentabiliza para sus arcas mi pobreza.

Dios pide humildad.

Una mierda.

Soy un hombre apócrifo.

Un evangelio molesto.

Deseo la muerte de algunos seres humanos desconocidos y conocidos de la forma natural y coloquial con la que me place un cruasán relleno de chocolate.

La indiferencia es la única semejanza que pudiera tener con un ser superior o creador de basura cosmogónica.

Dios exige una piedad que no me supo incrustar en el pensamiento.

Pues yo no puedo sacar de donde no hay.

No necesito dios y exijo que no salve a quien debe morir.

No amo los hijos, sino el placer de su creación; así pues su nacimiento es producto de mi hedonismo y un error cuando nos corrimos. Los nacimientos son accidentales como algunas muertes que no son por cáncer o vejez.

Cuando follo no amo, es una lucha por arrancar placer del coño en un mundo desesperadamente mezquino, aséptico hasta quitar el hambre.

El placer es el cebo de la reproducción en una chapucera creación. Dios quiere contribuyentes. Yo eyaculo en el cagadero para que eso no ocurra.

Nadie nace del amor y dios es el cero absoluto. La ausencia de.

Soy el arquetipo de la vacuidad funcional.

Dios no es amor, si fuera algo, sería simple esclavitud o humillación como el follar breve y fallido del adolescente.

Amar está en la luz y en la mirada. Un láser incruento.

No en una paleonto-sábana sucia de milenios de mentiras.

Doy fe de ello, hija mía de poderoso coño, ven con tu dios.

Porque Yo soy díos, ante su inexistencia total y tranquilizadora.

Soy la prueba palpitante del fraude cometido por los autores criminales de los pecados y las leyes, de las condenas y sanciones que no existieron jamás hasta que una puta ya enferma y apenas fértil los parió para que escribieran cosas así.

Y mi pene palpita con cada pecado enumerado con cada ley escrita codiciosamente.

Soy un fetichista tan impúdico... Una polla atea.

¿Desde cuándo odiar es malo? Es mi don más preciado y acoraza mi dignidad y seguridad.

Si no odias, estás muerto para amar.

Los ecos de las mentiras durante la infancia es una mitología que se debe desempolvar de vez en cuando para no olvidar lo que quisieron hacer contigo cuando estabas indefenso a ellos, a esos dioses modelados con mierda; el tiempo que te robaron para hacerte cosa y destruirte como humano; debías ser otro lelo que se sacrificaría bondadosamente por el grupo y por el estado porque vales una mierda.

No jodas...

Faltan guerras y las cabezas de los dioses, pinchadas en bayonetas.

Añoro lo que no podrá ser, porque nunca fue.

Si quieres dios, paga generosamente a la puta, ella sabrá...



Iconoclasta

15 de junio de 2024

lp--666: un favor para el ex nazareno--ic

666 dormitaba con los ojos oscuramente abiertos en su trono de piedra centrado en la cámara principal de la fría, oscura y húmeda cueva que cubría el infierno. La Dama Oscura desnuda a sus pies dormía profundamente y un cruel lamía su vagina entre los muslos separados con premeditada obscenidad.

Percibió una vibración en el aire. Prestó atención a la frecuencia y su cerebro negro y venenoso la descodificó. Las pupilas se contrajeron hasta formarse dos rayas negras verticales apenas perceptibles.

– ¡Hola, 666! Soy JC ¿Puedo bajar a hablar contigo sin malos rollos?

– ¿Y eso? –preguntó perezosamente sacudiendo el pene y salpicando con semen las tetas de su Dama que gemía sin despertar. El cruel seguía hocicando en el coño con los ojos atemorizados observando al diablo.

–Ya te lo explicaré en un lugar más discreto. Mi todopoderoso padre tiene las orejas llenas de pelos; pero escucha por medio de sus querubines sexuales.

–Está bien, pero mejor nos vemos en la Tierra, aquí hace demasiado calor y si los condenados detectan tu presencia se alborota el gallinero y me da jaqueca.

– ¿Te parece bien en Jerusalén, frente al muro de las lamentaciones?

– ¿Estás deprimido?

–No ¡qué va! Sólo que hace muchos siglos que no lo visito y pensé que sería un buen momento.

–Bien, pues en un milisegundo allá nos vemos ¿Tu padre-dios te dio ubicuidad?

–No, le jode que alguien pueda tener tanto poder como él, como le ocurrió contigo.

–Está bien te abduzco hacia la entrada del infierno y nos vamos juntos a Jerusalén en una fracción de segundo.

– Gracias.

El sol de oriente medio creaba una atmósfera sucia por el eterno polvo en suspensión de las tierras desérticas. Apenas pisar suelo sagrado sintieron el calor abrasador en la piel y la mirada polvorienta.

Se habían materializado en Jerusalén, progresivamente se opacaron entre una riada de gente en la calle Bab El Silsilfh y accedieron a la plaza de los templos sin llamar la atención de la eterna muchedumbre que llenaba el sagrado lugar. Caminaron frente a la sinagoga Shomrei Hahomot y JC se sintió conmovido durante unos segundos. Encararon la vía Suq El Qatanin que los llevaría al famoso Muro del Oeste caminando paralelos a los interminables trabajos de arqueología. 666 movió una nube para que cubriera el fortísimo sol.

El rumor de tantas voces, el ruido de la ciudad, el roce con los monos...

–Es asqueroso, los destriparía ahora mismo y callaría sus repugnantes y pegajosas voces.

JC detectó un aura de sólido rojo sanguíneo alrededor de 666 y se separó de él con discreción.

–No temas, controlo. No entiendo cómo ese padre maricón tuyo pudo crear esta basura y sentarse a descansar tan feliz en su cochino cielo.

JC ignoró el repentino estallido de ira y expuso la razón del encuentro.

–Estoy preparando mi segunda venida. Padre está perdiendo la paciencia porque es algo que ya debería haberse cumplido; pues bien, antes quiero que los mates a todos.

– ¿A todos los monos?

–No, sólo exterminar a todo jerarca y burócrata que forme parte del gobierno o estado de todas y cada una de las naciones de la Tierra. Quiero que mueran todos.

– ¿Quieres su riqueza y poder?

– ¡Qué va! Tengo todo lo que quiero con mi padre. Sólo pretendo que antes de renacer entre ellos, no exista ninguna rata política o religiosa con mando en su nación. En ninguna nación, por pequeña o grande que sea. Necesito que los monos, como tú les llamas, se encuentren abandonados sin los amos que los dominan y mueven como muñequitos. Quiero el caos y el miedo, deben prestarme una atención absoluta y universal.

–Quieres ser el rey supremo... Está bien pensado. Eres tan narcisista como tu padre. ¿Quieres que acabe con ellos por la vía del dolor extremo?

–No, lo más rápidamente posible. Que no respiren más tiempo del necesario para que los anodinos monos esclavos de sus jerarcas no se enteren de nada hasta que vean los cadáveres enfriándose y pudriéndose los restos en las calles. Ahora bien, si los quieres quemar vivos para tu distracción y placer, no hay problema. Ardiéndoles la carne no podrán hacer o decir idioteces y mucho menos seguir con su mando. Total ¿cuánto pueden tardar en morir envueltos en fuego?

–Cuenta que un par de minutos de media, en cuanto aspiran las llamas mueren con los pulmones carbonizados, incluso antes que se les queme la piel de los pies, las crías mueren en un minuto y los neonatos en veinte segundos. Como mucho, alguno de los adultos puesto de coca podría aguantar un par de minutos y medio. No te preocupes, todo el que pase de ahí, se le arranca el corazón y asfixia metiéndoselo en la boca. Mis crueles son infalibles; pero necesitan por naturaleza practicar tormento, es la forma de recompensarlos. ¿Y qué pasa con sus familias y amistades?

–Extínguelas también, a todas las familias de todos los jerarcas, religiosos o burócratas que formen parte del estado, amistades y simples conocidos. No ha de quedar nadie vivo amigo o con intereses de los que rigen las naciones; incluidos los bedeles que usan como aparatos sexuales. Ha de morir toda línea sanguínea de cada uno de ellos, sean crías o adultos, no quiero que me molesten con sensiblerías y martirologios. Con sus lutos de mierda, manifestaciones y homenajes. Ya sabes cómo funcionan estos putos monos. No debe quedar prueba viva alguna de existencia de autoridad política y religiosa.

666 caviló unos segundos.

–Esas líneas sanguíneas del primer al último pariente vivo más sus amistades, suman unos setecientos millones de monos, millón arriba, millón abajo. Asesinados en pongamos, pueden ser extinguidos en un par de horas; pero a cambio, no quiero que aparezcáis tú o tus ángeles en cien siglos en mis masacres para llevaros las almas de los monos que descuartizo. No saber de tu padre marica y sus ángeles asexuados durante unos días me dará cierto relajo.

–¡Hecho! Tenemos el cielo a reventar de idiotas. Incluso un día te puedo enviar al infierno unos millones de almas como combustible.

–Los odias como yo ¿verdad? A mí me dan asco por su mera existencia; pero lo tuyo es venganza. Ven conmigo al infierno, has nacido para ello, tu padre fracasó contigo... Cuando te quedes solo frente a la chusma ¿qué harás?

–Bueno, aprendí cosas cuando me crucificaron y les debo unas cuantas. Mañana haré mi epifanía ante la humanidad, les daré un tiempo de espera de diez años para que demuestren su fe y su buena voluntad y entonces llegará el juicio final. Durante esos diez años los abandonaré como ellos hicieron cuando me crucificaron. Tengo planeado que algunos millones fanáticos se suiciden por desesperanza, creerán que no volveré. Combatirán entre iguales sin ningún fin y morirán otros cientos de millones; y será perefecto, cuantos más mueran más limpio estará el planeta. Y ya relajado, con menos monos a mis pies, los juzgaré y condenaré a muerte, salvo a unos pocos de miles para que sirvan de comida a los depredadores naturales y conservar la diversidad zoológica en la Tierra. Una vez ejecutada la sentencia, controlaré a la población mundial: cuando esté a punto de superar los trescientos millones de reses en todo el planeta, para contenerla como plaga, montaré un segundo juicio final o si me siento agobiado, la extinción. Y que mi padre cree otra especie animal que los sustituya. La verdad es que me aburren.

–Te van a confundir con el anticristo.

–Eso es tu gracia, hiciste creer a los monos que no estabas entre ellos y los angustiaste con tu venida. Astuto. Sin embargo, el cabrón de mi padre, me hizo torturar y asesinar para nada. Me humilló. Tal vez, algún día deberíamos hablar tú y yo del viejo y jubilarlo.

–No es una buena idea, porque sin tu padre sólo quedaremos tú y yo en un mundo sin dolor, sin cruentos designios divinos contra vidas miserables hasta morir. Ver a los cometas dar la vuelta al universo continuamente todos los días sería espantosamente aburrido. El dolor, la hipócrita misericordia, la caza y el tormento son nuestros alicientes.

–Eres oscuramente sabio.

– ¿Quieres que a tus monos les envenene el agua que beben durante tu descanso de diez años y vivan una especie de plaga que les haga creer en las viejas profecías que se inventaron aquellos locos? No es trabajo, me place. Y te los dejaré bien blanditos esperándote de nuevo con ansia.

–Por supuesto. Sólo asegúrate de que queden unos cuantos para que haga mi performance del juicio final ante un numeroso público. Y así, angustiados de miedo y penurias, les pasaré a esos hijoputas un video que guardo para la ocasión en mi palacio del octavo cielo. Un documental de mi tortura y crucifixión. Nunca me acuerdo... ¡Ah, sí! Pasión la llaman.. ¡Oye! Podrías aparecer conmigo como bestia surgida del infierno llenándolos de terror. ¿Te imaginas? Incluso podríamos interpretar que me arrancas la cabeza ante la multitud en un “gran evento global” y pierdan toda esperanza de salvación; en unos minutos resucito te doy una patada en el culo y te esfumas creando una tormenta de espinas y vidrios rotos.

–Sabes que soy impredecible y que podría acabar mal, es mi naturaleza. No juegues con ella JC, tengo una escasa tolerancia hacia la lealtad y cualquier ente surgido de la sustancia de tu padre maricón.

–Está bien, pero cuando llegue el momento si te sientes de humor, podríamos montarnos una buena comedia.

– ¿Sabes, Jesusito? Si me llegas a pedir piedad para los monos, tu cabeza ahora estaría metida en una sombrerera, sobre el regazo de tu todopoderoso y maricón padre.

Jesucristo le sonrió encendiendo un par de porros de maría y los fumaron a espaldas de los judíos que cabeceaban automáticos y mecánicos pegados al muro.

– ¿Me dejas sostener tu daga?

–Sácala tú mismo; pero no toques el filo o pasarás un mal rato, causa severos daños en el tejido celestial.

666 alzó la camisa por encima de la cabeza dejando descubiertos sus omoplatos, entre ellos, hundida en su carne palpitaba su puñal.

Con un sonido viscoso, Jesucristo lo extrajo. Del filo goteaba un miasma rojizo y gelatinoso desprendiendo vapor y restos de tejidos corruptos.

666 rebuznó como un asno y los monos que se encontraban frente al muro y los alrededores de la plaza del muro, quedaron congelados en el tiempo y el lugar.

– ¿Puedo? –JC señalaba con el puñal a un judío frente al muro.

–Adelante, disfruta.

Admirando el puñal en alto y haciendo movimientos de ataque y defensa en el aire, Jesús llegó correteando hasta el judío, con la inmovilidad de una estatua mantenía la cabeza gacha frente al muro, muy tentadoramente. Deslizó el filo por la nuca y el puñal se hundió dulcemente en la carne, se detuvo durante unos segundos en la médula espinal para encontrar una vértebra por la que pasar y acabó decapitándolo. La cabeza cayó al suelo de losas de piedra con un ruido sordo; pero no manaba la sangre, quieta y vibrante permanecía al borde de los vasos sanguíneos, el tejido de los muñones tenía el aspecto de las carnes que se venden en los mercados, limpias de sangre, crudas.

No pudo evitar cierta incomodidad, sentía que el decapitado era un muñeco roto, como si no lo hubiera matado. Es importante que mane la sangre como la suya corrió festivamente y sin pudor bajo el látigo romano, con cada pedrada en la cabeza, entre las espinas de la corona, entre los clavos y la lanza... Cuando 666 mata todo a su alrededor queda encharcado de sangre. ¿Cuántos litros de sangre son los de setecientos millones de monos desangrándose en dos horas? ¿Se evaporará parte de la sangre y luego lloverá espesamente? Sonrió, sería estupendo que mañana en su segunda venida, lloviera la sangre de los muertos sobre los rostros de la “humanidad redimida” dos mil años atrás.

666 captó el pensamiento de JC frente al muro.

–Está bien, lloverá sangre en tu performance. No me gustan los milagros, porque le dan a la muerte un acto de furia divina; pero se debe reconocer que será impactante– le transmitió.

Jesucristo esbozó una sonrisa. Encantado le dio una patada a la cabeza que rodó tan solo media vuelta para quedar detenida contra el muro, los judíos ojos permanecían cerrados y la boca congelada en un lamento, de la que escaparon por los labios dos gotas de sangre espesa y pesada que cayeron semejando las cabezas carmesíes de dos clavos en la piedra.

–Todo cuadra, es perfecto –pensó divertido JC.

Sonriente e ilusionado, dio media vuelta para volver con 666.

– ¡Qué belleza de arma! Parece un ser vivo...–comentaba introduciendo de nuevo el puñal entre la carne de 666.

–Me espera mi Dama Oscura, vamos a pasar la tarde con cuarenta familias en un pueblo de Ucrania. Las descuartizaremos. No hay nada que desestabilice más el ánimo de los monos que muerte sobre muerte. Cuando los colmas de asesinato, dolor y hambre, pierden el control de sí mismos. A veces se atacan con sus propios excrementos. Luego, el tonto del pueblo contará cosas increíbles.

–Vámonos de aquí –concluyó 666.

–Yo me quedo, quiero ver qué hacen cuando los descongeles y vean al decapitado. Más tarde le pediré a mi padre que me arrastre al cielo. ¿Cuándo empezarás la masacre?

–Dame cuatro horas para hacer mi obra en Ucrania y luego follarme a mi Dama Oscura. Después cenaremos en algún bistró de París. Calcula esas cuatro horas y dos más para masacrar a esos setecientos millones de monos. En seis horas puedes hacer tu segunda venida. Yo te aviso.

–Te debo una- le respondió con entusiasmo.

666 se desmaterializaba.

Y la inmovilidad en aquel lugar desapareció y se elevó de nuevo en la atmósfera el insoportable rugido de la colmena humana.

El decapitado creó una gran alarma, la sangre manaba ahora con fuerza de los muñones. La gente huía aterrorizada de la plaza por miedo a un acto terrorista, otros rodeaban el cadáver. Nadie se lamentaba frente al muro en ese momento. No se entendía como pudo pasar algo así, en qué momento...

La policía israelí y un convoy de militares antiterroristas crearon puntos de control prohibiendo salidas y accesos al lugar sagrado. En pocos minutos se inició la tarea de identificación de los testigos.

Los sanitarios, tras la actuación de la unidad forense, retiraban la cabeza y el cuerpo del judío dentro de una bolsa para conducirlo a la morgue para su autopsia. Por protocolo antiterrorista, podría la víctima estar contaminada química o biológicamente. Repentinamente a los sanitarios les cayeron encima cinco musulmanes descabezados lanzados desde la cara opuesto del muro, sus kaftanes blancos estaban ensangrentados. Policías y soldados apuntaron con sus armas hacia el muro esperando algo más, un helicóptero volaba en círculos a muy baja altura. No ocurrió nada más.

JC sintió la carcajada de 666 en su cerebro:

–Estaban en la lista de los setecientos millones. Bueno, hay un par que no; pero es más difícil no matarlos que matarlos. Nos vemos Jesusito, sé malo.

JC sacó del bolsillo de la camisa empapada de sudor otro porro de maría y lo encendió esperando el momento en el que su padre lo elevara de nuevo al cielo. Admirando los cuerpos, ahora sí, sangrantes. La agitación de los monos le evocaba a las hormigas moviéndose neuróticas cuando se aplasta con el pie la entrada de un hormiguero.

Tras unos minutos de idiocia narcótica, dulcemente se desmaterializó dejando una voluta de humo en aquel aire sucio de polvo y fétida religiosidad humana.

Siempre sangriento: 666



Iconoclasta

14 de septiembre de 2023

lp--La solución al enigma--ic

Pensó demasiado tiempo en el enigma del amor, sus consecuencias e imposibilidades.

Un día prestó atención al espejo y se vio viejo y débil. Humillado con un pañal.

Todo aquel desgaste para al final morir y dejar de importar…

Abrió el mando del gas de la cocina y aceleró el proceso de la agonía.

Pasados unos segundos nadie sabía que un día existió.

Yo lo sé porque soy Dios.

Y como él millones; pero muy pocos encuentran la solución al enigma, el suicidio, y mueren rabiando como ratas con el espinazo partido en una sucia calle.

Se siguen meando encima durante años y años, gastando indignamente sus ahorros en pañales.

No los creé a mi imagen y semejanza, el meteorito que mató a los dinosaurios provocó una nube radiactiva, mutó una manada de titís y el resultado fue la pérdida del pelo y un tumor en el cerebro con el que nace todo ejemplar de la raza humana. Con el tiempo algún figura afirmó que los animales humanos tienen el cerebro más desarrollado de todas las especies.

Y como no había gas, también murió babeando, como la gran mayoría votante.

Son como aquellos monos de mar que se vendían por correo en los setenta, simples amebas.

Han pasado tan solo mil millones de año y ya me aburro.



Iconoclasta

31 de agosto de 2023

lp--Los amantes troquelados--ic

El pequeño Uli (Ulises) reposaba en la butaca tras su sesión de quimioterapia. No se sentía cansado especialmente, no más que otros días. Nada le dolía; pero poco antes de detenerse la bomba que dosificaba la medicina por la vía insertada en el codo derecho, se iniciaba ese mareo que le provocaba náuseas.

El primer día que ingresó en el hospital, hacía ya dos meses, Santi el doctor de planta, le explicó que el mareo se debía, a que inyectaban un veneno muy fuerte para matar al “microbio” que lo enfermaba. Era normal marearse, pero no necesariamente malo: “Lo que importa es que mate al bicho bien muerto. Los mareos y quedarse calvos como bombillas os hace auténticos guerreros”. Cuando Uli escuchó aquello de “calvos como bombillas” le sobrevino un ataque de risa y contagió al doctor.

Bebió de su vaso jugo de naranja y volvió a sonreír mirando las bombillas que iluminaban la sala de quimio.

Sentía una fuerte comezón en el codo, donde tenía clavada la vía; pero si la tocaba le dolía. La enfermera llegó para desconectar la vía y observó un pequeño derrame de sangre en el pliegue del codo. Después de comer, a la tarde, se la quitaría y colocaría una nueva en el otro brazo. No le gustó, no le gustaban nada los pinchazos, decían que no dolían; pero sí.

Cuando llegó a su habitación, compartida con tres niños más, con el jugo aún en la mano, se sentía estupendo. El mareo había pasado y pronto sería la hora del payaso, iría con sus amigos a la sala de juegos.

En la sala de juegos solían ser poco más de una veintena de niñas y niños, todos los pacientes de oncología en tratamiento. El payaso, además de contar chistes y darse golpes tontos, cantaba alguna canción y cada viernes, al finalizar la actuación, repartía juguetitos baratos de gente y comercios que los donaba al área de oncología infantil. Las niñas eran las que más gritaban y se llevaban los primeros juguetes que el payaso sacaba del saco de terciopelo verde tras hacerse mucho de rogar por el mini público.

La paciente mayor no había cumplido los once años y el más pequeño tenía cuatro. A pesar de las risas y la ilusión de los pequeños, era el lugar más triste del mundo.

Ese día fue distinto, al finalizar la función, el payaso Pepe entregaba los regalos envueltos y cada paquete tenía el nombre de cada paciente. A Uli le entregaron un libro, estaba claro. Esperaba que fuera de dibujos y tuviera pocas letras. Aún no sabía leer muy bien, le costaba descifrar muchas palabras. Tenía seis años.

La enfermera los apremió a ir a sus habitaciones a jugar con los regalos ya que se debía hacer la limpieza de la sala.

Cuando los cuatro pacientes llegaron a su habitación, cada uno se lanzó a su cama para abrir su regalo. Uli en aquellos momentos se sentía cansado, se le habían formado oscuras ojeras y las venas de los brazos, cuello y sienes se marcaban como suaves trazos de acuarela púrpura bajo la pálida piel.

– ¿Qué te ha tocado Uli? –le preguntó León mostrándole la figura de un caballero medieval en un majestuoso caballo.

– Un libro.

– ¿De qué?

– No lo sé, lo abriré luego, estoy cansado.

León no insistió más y los compañeros bajaron el tono de sus voces cuando Uli se estiró en la cama. Había días que a ellos les pasaba igual tras la quimio. Uli dejó el libro sobre su mesita, y se durmió sin darse cuenta, dulcemente.

A pesar de que no sentía mejora alguna, se esforzaba en creer al Dr. Santi cuando decía que pronto se curaría. Ningún niño de aquella planta tenía la percepción de la muerte. Era algo de lo que no se hablaba porque no tenían edad biológica para sentir semejante miedo.

Uli intuía el mal a su inocente manera, como un velo que oscurecía un poco la luz del día. Dos meses ingresado y cada viernes, tras los análisis del jueves, esperaba que el doctor le diera el alta para volver a casa. ¿Y si no volvía nunca? Eso era lo que le preocupaba.

Antes de cerrar los ojos, había mirado el reloj de grandes números digitales en blanco sobre el televisor de la habitación: marcaba las 11:30. Su madre siempre llegaba a las 13 y un poquito más, le ayudaría a leer el libro tras un montón de besos y abrazos. Tantos que hasta sentía un poco de vergüenza.

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Dios, aburrido en el cielo, observaba con displicencia los impúberes genitales de los querubines que revoloteaban a su alrededor. Distraídamente, posó su omnipresente mirada sobre una trabajadora que, en el taller de una imprenta de la Tierra, montaba un libro infantil con decorados troquelados auto desplegables y figuras que simulaban movimiento accionando tiras de cartón. Debía de ser cosa de uno de esos editores románticos que aún creen en las cosas táctiles y no en las dibujadas en una pantalla, pensó Dios con desgana.

El libro se titulaba El Príncipe Indómito y la Princesita Perdida. El príncipe decide salvar a la princesita de un reino vecino, que se ha perdido en una selva y está rodeada de peligros.

En el final feliz del libro, su última ilustración troquelada en un claro de la selva bañado de luz, al accionar la tira de cartón, los personajes se acercaban hasta simular un beso en el encuentro.

Y de la misma forma que a Uli le regaló la leucemia, con el mismo hastío existencial, impregnó Dios de magia curativa el libro.

Lo pensó mejor, y encarceló un alma nueva destinada a ocupar un ser humano en cada una de las figuritas de cartón de los dos personajes del cuento; así proporcionarían un poco de espectáculo y divertimento a una magia que tenía la asepsia emocional de una aspirina.

El cuento viajó de la imprenta, envuelto como un regalo con el nombre de “Ulises”, a las oficinas de la empresa de entretenimientos y espectáculos que ofrecía sus servicios al hospital. Junto con el resto de los juguetes para aquel viernes, se lo entregaron al actor que realizaría la función para los niños de la planta oncológica.

Los amantes troquelados (el príncipe indómito y la princesa perdida) sintieron desde un primer momento de su existencia, la profunda necesidad de encontrarse en su oscuridad de cartón, eran los únicos seres de ese pequeño universo finito y estúpido. A su mundo sólo llegaba la luz cuando alguien abría el libro. Padecían angustia existencial, no podían fluir de su celda de cartón y salir de la oscuridad. Y luego eran presa de un neurótico optimismo cuando conjeturaban en su oscuridad, en el ignoto cuándo del encuentro al que estaban destinados por la magia del libro. Las dos almas, podían escucharse y hablarse lejanamente a pesar de que el libro estuviera cerrado. Había un mínimo consuelo en ello, en el acto de que Dios les negara un cuerpo.

Dios hizo una chapuza, mezclando la magia con las almas e insuflar alma a un cartón es una aberración.

El plan de Dios consistía en que Uli disfrutara del cuento, y al finalizarlo y accionar la tira de cartón para que los muñecos con alma, al fin felices se dieran un beso; la sangre de Uli se curaría.

Dios es un mal escritor, un guionista idiota.

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Luz, la madre de Uli, como cada día, llegó presurosa y agobiada al hospital tras finalizar la jornada de trabajo. Antes de encontrarse con su hijo quiso hablar con el doctor Santiago.

–La quimio no ha mejorado el recuento de leucocitos. Mañana empezaremos, durante una semana como máximo, a dosificar un compuesto más agresivo, con lo que deberemos sedar a Uli para paliar la dureza de los efectos adversos –expuso con indisimulada tristeza y decaimiento el doctor Santiago.

Tras cuatro años en la planta oncológica infantil, no había conseguido mantener una correcta distancia emocional con los pequeños pacientes y sus padres. No nació con el superpoder de la insensibilidad.

Si a Luz le quedara algo de optimismo o una razonable esperanza, se habría derrumbado ante el médico; pero desde dos semanas atrás, ya le avisaron que el tratamiento apenas era efectivo.

– ¿Me deja llorar aquí sola? No quiero que Uli me vea así.

Santi abrió un cajón de su mesa, sacó un frasco sin etiquetar y en un vasito de papel dejó caer una pastilla que dejó frente a la madre. Salió del despacho y en pocos segundos volvió con un vaso de plástico con agua refrigerada.

– Tranquila, no hay prisa. Tómese todo el tiempo que necesite. Es diazepam–añadió señalando la pastilla–, tómela, por favor. Le ayudará y a su hijo también.

Apoyó una mano en el hombro animándola y salió de su despacho. Se dirigió al centro de enfermeras y les pidió que no pasarán llamadas a su despacho.

– ¡Pobre mujer! –exclamó la enfermera.

–Pobres de nosotros –respondió desanimadamente Santiago.

Accedió por una puerta del corredor a la escalera de incendios para fumar un poco más de cáncer. Qué más da…

Uli se despertó cuando su madre saludó alegremente a los compañeros al entrar en la habitación. Se había limpiado los ojos y el rostro de maquillaje estropeado por el llanto. El sedante había relajado su angustia y era capaz de sonreír sinceramente, con ganas.

– ¡Hola guapos! ¿Cómo estáis?

– ¡Hola, Luz! –respondieron los niños mostrándole los regalos con los que estaban jugando.

Uli se había sentado en la cama con el regalo aún por desenvolver. Había recuperado el color de la piel y las ojeras habían desaparecido.

Luz caminó hacia él inclinando un poco la espalda hacia adelante, con pasitos cortos y muy rápidos, taconeando con fuerza y haciendo reír a los niños. Abrazó y besó teatralmente a su hijo, sabiendo que lo avergonzaba. Al final de la sesión de mimos los niños sonreían divertidos.

Y Luz también, a pesar de las espinas que sentía en la garganta. Bendito sedante.

Uli rasgó el papel descubriendo su regalo y se lo entregó a su madre.

– ¡Qué cuento tan precioso! ¡Y es animado! –exclamó Luz al abrir el libro y desplegarse un castillo.

Los amigos de Uli subieron con él a la cama para admirarlo.

Uli se sintió aliviado al ver que tenía pocas palabras. En la puerta del castillo un rey joven hablaba con un rey viejo. Por un instante creyó oír en su cabeza: “Mis respetos Marqués de Uli”, no sabía lo que era un marqués; pero sonaba chulo.

No quiso tomar el libro en sus manos, le encantaba ver a su madre sostenerlo y contarlo. Sabía que mamá decía más palabras de las que había en las páginas. Cuando se marchara a casa, lo leería y jugaría con él hasta dormirse.

–Mañana por la maña, vendrá papá a pasar el día contigo, yo llegaré como siempre. Léele el cuento y no dejes que se duerma ¿eh, cariño?

– ¡Claro! –respondió Uli mirando la tele, sentado en el suelo con sus amigos.

A las ocho de la noche Luz salió del hospital hacia casa.

Debía explicarle a Vicente, su marido, la definitiva mala noticia. Y esa ansiedad parecía robarle la respiración. En el autobús, camino de casa, lloró de nuevo.

Dos meses llevaban viviendo en la penumbra, en la zona más oscura donde sufren los vivos. Pobre Vicente, siempre ha mantenido sin discusión, que todo saldría bien. Y no tenía un diazepam para él. No tenía nada con que ayudarlo.

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A las nueve de la noche y no a la tarde como le dijo Ana, la enfermera llegó con una bolsa de medicación intravenosa para Uli, antes le insertó una nueva vía en el brazo izquierdo y le extrajo la que le provocaba comezón y derrame. Conectó la medicación a la vía y les indicó a los niños que no tardaran en acostarse para dormir.

La medicación debía atenuar los efectos del nuevo tratamiento más agresivo, por ello Uli fue el primero en quedarse dormido.

A la mañana siguiente, la enfermera del turno acompañó a Uli a la sala de quimio, un lugar con las paredes pintadas en verde pálido, desleído como una acuarela y el techo azul cielo. Los altavoces emitían una suave música ambiental.

Uli llevaba el cuento para mirarlo durante la sesión de quimio.

Santi, que ya estaba en la habitación ajustando los parámetros de la bomba dosificadora, le tomó el pulso, auscultó el pecho y le preguntó si sentía bien, como siempre.

Conectó el tubo de la bomba dosificadora a su vía.

–Ya sabes, que si te sientes mal o quieres compañía, pulsas el botón y Eva o yo, estaremos contigo enseguida.

–Hoy es sábado… ¿Si llega mi papá le dirán que estoy aquí?

–Claro que sí; pero ya sabes que esto dura poco, en cuarenta minutos ya estás en tu habitación con tus amigos –el doctor conectó la dosificación y salió de la salita.

Abrió el libro por la primera página, y como ayer con su madre, del libro surgió un castillo grande y vistoso con banderas en cada uno de los dos torreones, de cada almena de la muralla colgaba un escudo o un banderín.

–Soy el Príncipe Indómito, Marqués de Uli. ¿Me acompañaría en la misión de rescatar a mi Princesa Perdida? –de nuevo sonó en su cabeza la voz de ayer.

Ya estaba seguro de que era un libro mágico.

–He despachado con el rey Gustavo X, padre de la Princesita. Me ha dado su bendición para emprender la búsqueda. Pediré su mano cuando se la devuelva sana y salva.

– ¿Para qué quieres su mano? –le preguntó sin mover los labios.

–Es una fórmula de cortesía y subordinación para que nos permita casarnos. Como sus padres lo están, Marqués de Uli. ¡Partamos ya, no hay tiempo que perder!

– ¡Partamos! –se le escapó un grito a Uli.

Pasó a la siguiente página desplegándose una frondosa selva, el Príncipe se encontraba en la pequeña senda que la cruzaba con la espada en alto y el escudo ante el pecho; una serpiente, al accionar la tira de cartón del borde de la página, se abalanzaba sobre el héroe. Entre los árboles y las plantas había ranas, tortugas, lagartos, monos, dos loros, uno verde y otro rojo y negro.

– ¡No temáis, Marqués! Soy el mejor espadachín de los Veinte Reinos de toda Quimiolandia.

Uli se reía con ganas de “Quimiolandia”, como le ocurría cuando pensaba en “calvos como bombillas”.

Y se durmió vencido por el cansancio de una guerra mucho más dura que la de ayer sin darse cuenta. El libro se le resbaló de las manos y cayó cerrado al suelo.

En una pequeña cámara de video, en lo alto del tabique, frente a las tres butacas de medicación, se encendió una luz roja; desde la sala de enfermería habían accionado el zoom para observar la quietud de Uli.

La enfermera entró en la sala y suavemente lo despertó.

– ¿Te encuentras bien, Uli? ¿Te has mareado?

–No, sólo me encuentro cansado.

–No pasa nada, es normal. Quedan dos minutos para acabar la dosificación, así que me quedo contigo para desconectar la vía. ¿Te gusta el cuento? –le preguntó alcanzándoselo tras recogerlo del suelo.

–Sí, es muy chulo–respondió casi con un bostezo.

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Vicente compró cuatro bolsas de golosinas variadas para su hijo y sus compañeros de habitación.

Comprar aquellos dulces en un momento en el que su hijo moría le pareció surrealista. No entendía el mundo, no se entendía a sí mismo. Tenía la sensación de ser cada vez menos, como si el aire mismo lo diluyera. Su pensamiento se hacía volátil, errático; le costaba un tremendo esfuerzo fijar una idea o voluntad. Y ese nudo en el estómago que le evitaba respirar con normalidad…

Y hoy más que nunca debía ocultar su triste desesperanza ante su hijo.

No se sentía cansado, simplemente estaba derrotado.

Uli miraba el televisor y de vez en cuando mordisqueaba una galleta con mermelada sentado en la cama con las piernas cruzadas, los compañeros también comían con cierta apatía sus desayunos prestando atención a los Simpson.

– ¡Buenos días, enanos! – interrumpió la paz Vicente.

– ¡Hola! –respondieron uno tras otro.

–Quien quiera unas chuches, por favor, que pase por taquilla– anunció mostrando las bolsas de golosinas en alto.

Uli se puso en pie en la cama para abrazarse a su padre.

– ¿Cómo ha ido la quimio hoy?

–Bien, me he dormido y no he sentido mareo– respondió Uli antes de meterse una fresa de gominola en la boca.

– ¡Mira, papá! Es un cuento mágico.

Se sentó en la butaca de visitas y abrió el libro. En aquel momento solo se escuchaba el sonido a bajo volumen de la televisión y el ruido líquido de las bocas al sorber y masticar el dulzor de las golosinas.

Tardó unos veinte minutos en “leer”, comentar y explicar el cuento a Uli, que a veces miraba la tele, otras rebuscaba su golosina favorita en el cucurucho de papel o miraba el nuevo diorama desplegado por su padre al pasar página.

Jugaron al dominó, la oca o el monopoly en versión “suave y distendida” para niños. La habitación era grande, evidentemente preparada para acoger a los pacientes y sus padres; pero a medida que llegaban familiares y amigos de los críos, la habitación parecía encogerse y chocaban las palabras unas con otras.

Eran niños cansados, sometidos a un tratamiento duro; así que tras la temprana comida de mediodía, no es extraño que se adormilaran hasta caer en una reparadora siesta. Momento que los familiares aprovechaban para comer en el restaurante del hospital o en otro cercano.

Vicente esperó a Luz en la parada del autobús frente al hospital, irían a comer juntos.

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– ¡Marqués de Uli! Os ruego que despertéis. Debemos seguir con nuestra misión.

Uli escuchó muy lejana la voz del Príncipe, llegaba de una montaña muy alta. Él se encontraba en un profundo pozo.

– ¡La Princesita debe estar muy sola y angustiada!

Con un épico esfuerzo ascendió por aquel pozo construido con sueño, cansancio y enfermedad. Se despertó e incorporándose abrió el libro sobre las piernas. Sus compañeros dormían con profundas y tranquilas respiraciones.

Pasó páginas hasta llegar a la mitad del cuento, donde había un río lleno de cocodrilos. El Príncipe Indómito debía cruzar a la orilla opuesta por encima del agua lanzándose con una liana.

– ¡Ahora, Marqués! – le apresuró.

Uli accionó la tira de cartón que surgía del borde de la página y el Príncipe osciló en la liana temblorosamente hasta la orilla opuesta, por encima de las fauces abiertas de los cocodrilos.

– ¡Bien hecho! – le gritó ya a salvo en la otra orilla –Sólo nos quedan tres aventuras más para rescatar a la Princesita.

Sin embargo, Uli se había dormido de nuevo, sentía frío en el cuerpo. Un frío que se surgía de dentro, bajo de la piel. Al fin, con el libro aún entre las piernas, se dejó caer en el colchón y dejó de oír la voz del Príncipe Indómito.

Hay una ley no escrita que dice: si dejas un libro abierto sin leer, se sentirá abandonado. Sus hojas quedarán indefensas a un mundo agresivo y cruel. El papel es tan frágil que cualquier suspiro lo puede dañar, cualquier ser malvado; por ello siente miedo y tristeza. Además, al ser abandonado, piensa que no gusta, lo que cuenta es aburrido.

Por ello, la magia de Dios, se esfumó de cada hoja como un espejismo de sol sobre el asfalto mientras Uli dormía. A nadie curaría ya.

Y unos minutos más tarde se olvidó de respirar.

Aquel frío que sentía bajo la piel emergió y tornose pálida. Sus pecas rojizas se oscurecieron y sus labios se hicieron lívidos.

Nadie oía los lamentos y llantos de tristeza del Príncipe y la Princesita por la muerte del ilustre y valeroso Marqués de Uli. Separados ambos por una gran selva, sus almas encerradas en cartón, no sabían ya de su destino. Estaban desolados, las almas tenían miedo.

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Luz y Vicente llegaron a las tres de la tarde a la planta oncológica infantil. La enfermera les pidió que esperaran al Dr. Santiago Méndez; pero la joven lloraba. En la ronda de las dos, encontró a Uli muerto.

A Luz se le aflojaron las rodillas, Vicente no tuvo reflejos ni fuerza para sujetarla y ambos quedaron sentados en el suelo de la recepción como muñecos rotos.

Santiago salió corriendo de su despacho y una enfermera de la farmacia, cuando escucharon pedir ayuda.

Lo demás ya no importa.

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El cuento se guardó en un pequeño cuarto que servía de almacén, adyacente al cuarto de limpieza. Los juguetes que se quedaban sin dueño eran revisados y si estaban en buenas condiciones, se enviaban a hospitales de otras provincias para que nunca los niños pudieran reconocer el juguete de un amiguito muerto.

El Príncipe y la Princesita se hablaban en la oscuridad e inmovilidad de su mundo.

– ¿Vamos a vivir siempre así? –preguntaba la Princesita silenciosamente como hablan las almas.

–Dios, nuestro creador nos ayudará. No temas Princesita, pronto estaremos juntos bañados de luz.

Dios ya no recordaba la existencia de aquellas almas apresadas en cartón.

Ni siquiera recordaba que hubo un niño llamado Ulises que había existido y luego murió; como siempre ocurre, unas veces antes y otras más tarde según la negligencia del Sagrado Idiota.

Dios es una cosa innecesaria, una máquina defectuosa en el mejor de los casos; pero, sobre todo, Dios es el mal de la especie humana.

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Florencia trabajaba en el turno de noche para una empresa de limpieza contratada por el hospital. Una viuda bajita y regordeta que, veintisiete años atrás había llegado a España desde Lima en busca de una vida más esperanzadora. Con sesenta y un años no veía el momento de jubilarse, cada jornada de trabajo requería mayor esfuerzo y voluntad para cumplirla.

Comenzó su jornada a las diez de la noche en la sexta planta fregando los suelos de los pasillos y aseos. Eran las dos de la madrugada y aún le quedaban cuatro horas más de servicio. Se encontraba en la planta de oncología infantil. La semana entrante había rotación de turno y haría el de tarde. Los turnos de mañana y tarde pasaban más rápidos y no se sentía tan agobiada con el silencio del hospital y sus cientos de toses, gemidos y respiraciones forzadas, algunas tan enfermas…

Antes de entrar en el cuarto de la limpieza, abrió la puerta del cuarto de los juguetes y cerrando la puerta tras de sí revisó si había alguna novedad. Cuando había uno bonito y en buen estado, se lo llevaba para su nieta Rebeca de tres años.

Cobraba una mierda mensual, escasamente le llegaba para pagar el alquiler y comer, ya no tenía edad para hacer doble chamba como hacía tres años atrás, cosa que la penalizaba económicamente. Se sentía más pobre aún, cuando al visitar a su nieta, no le podía regalar un bonito juguete.

Se podían ver los mismos juguetes durante meses. Revisarlos, empaquetarlos y enviarlos era algo que hacían las enfermeras cada mucho tiempo. Primero por el exceso de trabajo, y luego porque era una tarea deprimente, las llevaba a evocar los niños muertos por los que tanto cariño sintieron durante meses de tratamiento.

Era muy raro, y razonable, que los padres no quisieran tener un recuerdo en casa de aquella época de enfermedad y muerte de su pequeño. Sus hogares estaban llenos de buenos recuerdos, no necesitaban aquellos juguetes por mucho cariño que les hubieran tenido sus pequeños.

Y así fue como se llevó una pequeña muñeca con melena de color rosa y aquel cuento tan bonito de El Príncipe Indómito y la Princesita Perdida, que lo guardaría en casa para cuando Rebeca fuera más mayor. Ambas cosas las metió en su vieja mochila junto al bocadillo que no había comido aún, y que guardaba en el cuarto de la limpieza.

Más de una vez le habían ofrecido las enfermeras que se llevara en la mochila cualquier juguete que quisiera para su nieta. Algo que les ahorraba espacio y tristes momentos; pero la mujer sabía que cuando algo se pide, tarde o temprano te lo niegan por el simple placer de joderte con autoridad. Ocurría en Perú, en España y en cada ciudad de esta cochina vida.

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Damián despertó sobre las nueve de la mañana, su madre roncaba en su habitación. Como las últimas dos semanas, había llegado del hospital a las siete de la madrugada y sobre la mesa del pequeño comedor, había dejado una muñeca y un cuento para Rebequita, su sobrina, la hija de su hermana Yeraida. Era el hijo menor de Florencia, con veinte años, no trabajaba. Formaba parte de una pequeña banda ecuatoriana de tráfico de drogas y extorsión, no tenía grado alguno en la jerarquía del clan y se dedicaba a trapichear como camello con pequeñas cantidades de drogas en colegios e institutos de las zonas más degradadas de la ciudad y cobrar los impuestos mensuales por protección a los míseros comercios que aún funcionaban en aquella ciudad dormitorio vecina de Barcelona.

Tomándose un café y un vaso de anís, con el cigarrillo colgando del belfo ojeaba el cuento. Le gustó y se le ocurrió una idea divertida. El Principito le habló, pero el cerebro de Damián no estaba habituado a sutilezas. De hecho, su cociente intelectual se encontraba en el límite mismo de la idiocia clínica.

De un cajón del armario de su habitación sacó unas tijeras, una barra de pegamento y de la cocina, un rollo de papel de aluminio.

Con el papel de aluminio hizo tiras que enrolló hasta formar cilindros, los cortó a la medida adecuada y los pegó en las distintas ilustraciones del príncipe indómito como si de un pene plateado se tratara. Se reía como si tosiera, pareciera que su risa imbécil le surgiera del culo.

En la última ilustración del libro, el pene hacía contacto en la larga falda de la princesita. A la que, además, había pintado en el pecho pezones con dos puntos rojos.

Damián se bebió de un trago lo que quedaba de anís en el vaso y con el cuento bajo el brazo, encendió un porro de maría y salió de casa.

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La princesita tenía miedo de ser destruida por el subnormal que los llevaba bajo el apestoso sobaco. Tal vez, porque aún estaba “infectada” de la indefensión de su personaje.

– ¿No te das cuenta? Somos almas, los muñecos son nuestra cárcel, si escapáramos del cuento seríamos libres. Debemos conseguir que el idiota lo destruya para que podamos existir juntos –le explicaba el Príncipe intentando animarla.

–Dios no hará nada por ayudarnos– respondió con repentina sobriedad y serenidad la Princesita.

–Ni siquiera se acuerda de que nos creó. Y si hubiera tenido algo de decencia, no hubiera dejado que nos humillaran. O que Uli muriera; pero el imbécil nos dio el poder de interferir en las mentes como haríamos en los cuerpos a los que deberíamos ocupar. Entraremos e invadiremos la mente del subnormal.

Las almas estaban tomando conciencia de su real naturaleza por minutos.

–Ya no me siento princesa, soy algo más grande que este muñeco en el que estoy atrapada –afirmó tras reflexionar sobre lo que el Príncipe había expuesto.

–Me ocurre igual. Nos estamos liberando de la magia del cuento y desarrollamos nuestra voluntad de almas independientes.

–Cuando el idiota abra el libro nos meteremos en su pensamiento con fuerza, juntos. Hemos de conseguir doblegar su voluntad. Y si lo hemos de destruir a él, que así sea –expuso con determinación la Princesita–Y aunque no sea necesario. Lo odio.

– ¿Cuándo seamos libres, seguirás conmigo?

–Seguiré contigo, mi Príncipe. Desde que fuimos encarceladas aquí siempre me has buscado. Quiero ser libre, un alma libre contigo, con magia o sin ella.

–Ahora debemos tomar conciencia del instinto humano y su naturaleza. Al fin y al cabo, íbamos a habitar un cuerpo antes de que ese imbécil nos metiera en estos muñecos. Hemos de esforzarnos para que aflore rápidamente nuestra pura sabiduría, con la que íbamos a impregnar los cuerpos, conociendo cada parte del organismo y la mente, de sus emociones y límites. Descansa, Princesita, deja que la magia de Dios que te ensucia se desvanezca de tu ánimo. Guardemos silencio hasta que seamos puras almas de nuevo. Trascendamos.

–Trascendamos, amor.

Y las almas callaron. Se cerraron en sí mismas a cualquier frecuencia o injerencia exterior.

Capullos metamorfoseándose… Elaborando su existencia más allá de lo que Dios les había destinado.

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Damián entró en una tienda de comestibles especializada en productos latinos, saludó al cajero del minisúper y accedió a la trastienda, donde el almacén servía como “oficina y club social” de la banda.

El comercio se había montado en una nave industrial de planta baja, un pequeño almacén adyacente a una gran nave industrial que, en su tiempo, antes de ser abandonada por quiebra, era un almacén de tejidos. Se hallaba en un polígono industrial prácticamente abandonado, los pocos que compraban en la tienda llegaban de un distante complejo de viejos y altos edificios-colmenas como celdas, una construcción típica de la Cataluña especuladora de los sesenta y setenta del siglo pasado. Ahora habitada por parias y delincuentes, por trabajadores que no ganaban lo suficiente para vivir en un lugar digno.

– ¡Ey, Dami! Toma estas diez papelas de farlopa y las doce bolsas de maría y te vas a al instituto San Martín, putito. Aprovecha la salida de mediodía de los niñatos. Te vienes de nuevo y pasamos cuentas. Y no te metas nada mientras esperas. ¿Qué llevas ahí? ¿Ahora lees?

– ¡Qué va! Es un cuento de niños que se ha traído mi madre del hospital para mi sobrina.

Damián abrió el libro ante Riobravo, el jefe del clan sentado frente a una vieja mesa de oficina metálica, y le mostró las hojas con el príncipe armado con un pene de metal.

– ¡Eres imbécil! ¿Y esto te hace gracia? Déjalo aquí y cuando vuelvas te lo llevas, no quiero que te distraigas. Y si no lo vendes todo, te vamos a dar un curso de ventas a patadas en la cara, joputa tarado. A las dos te quiero aquí para ver cuánto has vendido.

Fred, el segundo y matón del grupo, se acercó y le dio una sonora palmada en el cogote.

– ¡Espabila, cabrón!

Damián salió a la calle con la mercancía repartida en los bolsillos del pantalón y el ajado y sucio anorak. Antes de sentarse en uno de los bancos de la plaza y parque infantil adyacentes a las puertas del instituto, repartió disimuladamente la droga bajo los huecos de las ruedas de un par de coches que había alquilado la banda a un par de vecinos de confianza, por si la policía les pedía a los camellos los papeles y los cacheaban.

Miró la hora en su móvil, no sabía por qué; pero sentía cierta ansía por tener de nuevo el cuento en sus manos y admirarlo. Había tenido la vaga sensación de oír una voz muy bajita cuando lo ojeó. ¿O era cosa del anís? Como tenía muy poco cerebro, se quedó dormido enseguida, hasta que la alarma del móvil lo despertó para empezar a trapichear con los chavales que salían del instituto para ir a comer a sus casas.

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Tras haber provisto de mercancía a tres camellos más, Fred salió a la calle para vigilar que estuvieran en su lugar de venta y sin colocarse con la mercancía.

El año pasado, el Michis se había dormido frente al instituto del Poblado Gitano fumándose un porro de hachís y no vendió nada. Aquella misma tarde lo llevó a la oficina y ante el resto de camellos de la banda, seis en total con Damián que era nuevo, le cortó una oreja.

–Vete al hospital y cuenta lo que quieras; pero si la pasma viene por aquí, te cortaré el cuello de oreja a oreja.

El Michis se había convertido en ejemplo de que en el barrio, con los Riobravos no se juega.

Ya a solas, Riobravo extendió las piernas sobre la roñosa mesa tras haberse metido cuatro tiros de farlopa. Con la nariz blanca y los ojos llorosos, abrió el cuento sobre su vientre y comenzó a pasar páginas y accionar las tiras de cartón con estúpidas sonrisas.

Cerró los ojos por un súbito y agudo dolor de cabeza, alguien hablaba dentro ella.

– ¿Sabes que Damián corta la mercancía y saca el doble de lo que te entrega? Va a estropear el negocio vendiendo esa mierda. No os va a comprar nadie –el Príncipe le hablaba con el conocimiento del mundo que el humano tenía en la mente, asimilaba y usaba sus conocimientos de una forma natural y fluida.

Era ya un alma íntegra, completa y potente, y sabía que la Princesita también.

El muñeco, el Príncipe, había girado el rostro hacia él y le hablaba.

Riobravo sonrió por su delirio. Bajó los pies de la mesa y del cajón sacó la bolsa de farlopa, hizo con una navaja cuatro gruesas rayas en la mesa, retirando a un lado el cuento abierto. Solo quería meterse dos; pero la voz le decía que otro par más, el Príncipe le había guiñado un ojo. Con la última raya, había dejado escapar un par de gotas de sangre por la nariz.

–Métete un chute de caballo, que se te ponga bien dura la verga, cabrón. Te quiero muy, muy colocado para montarte. Mira mis pantis, los tengo mojados, el hoyo de mi concha gotea de caliente que estoy. Métete el caballo y cógeme lindo –era la voz lejana y suave de Sandra, la zorra de Fred con la que tanto fantaseaba metérsela allí, sobre la mesa. –Quiero tu rabo duro y largo, como el de ese Príncipe del cuento. Sácala, quiero ver lo dura que se pone con el caballo. Quiero que seas mi Príncipe de verga de plata. ¡Uy! ¿Me harás daño con eso tan grande, Riobravo?

La Princesita, desde la oscuridad de la fibra de cartón que la mantenía presa, bombardeaba el cerebro del traficante al mismo tiempo que el Príncipe lo invadía, escuchando lejanamente la voz de su amante. Y supo que todo iría bien tras haber asumido ambos su naturaleza pura, limpios de la suciedad de Dios.

Las dos voces en la cabeza del traficante se hicieron reales, las palabras del Príncipe se convirtieron en su conciencia, y creía ver a Sandra ante él con la blusa abierta mostrándole los endurecidos pezones.

–Cuando llegue ese idiota, que Fred lo amarre a la columna, empapáis su puto cuento con alcohol, se lo metéis bajo los huevos y le pegáis fuego. No se juega con el jefe. Que sepan todos quién manda; que camine sin huevos por el barrio como muestra de tu poder –lo aleccionaba sin descanso el Príncipe.

La Princesita, a la sazón no dejaba de inducirle ideas e imágenes. Ya había hecho hervir la heroína diluida en la cuchara con un encendedor y se ceñía al bíceps el torniquete, un tubo sucio de silicona transparente. Con el pantalón desabrochado dejaba ver su pene erecto ante nadie.

–Ahí no. Clávala en esa vena gorda que te corre por la verga, esa que palpita. No sabes lo muy dura que se te pondrá, me harás gritar como una perra durante horas, pinche cabrón. No, no es malo. Fred lo hace para cogerme duro, la tiene mucho más pequeña que tú y me hace sudar, me duele el coño. Imagina la tuya. No me dirás que tienes miedo… Pues me largo a casa de mi padre a esperar que venga Fred a cogerme rico en mi cuarto. Mira mi concha.

Riobravo fascinado, observaba a Sandra separar los labios de su vagina para mostrarle cuan mojada estaba.

Se inyectó el caballo en la vena dorsal del pene por ser la más grande; pero no era tan recia ni amplia como la del brazo. No se dio cuenta de que se había rasgado y estaba formando un gran hematoma; cuando vacío la jeringuilla el pene había adquirido un tono morado profundo. Parecía haber sido aplastado por una bota contra el suelo.

–Has de quemarle los huevos a ese imbécil, y si se muere que Fred se encargue del fiambre. Sabrá tirarlo donde se lo coman las ratas –El Príncipe no cesaba de bombardear su pensamiento –Métete otro par de tiros, tío. Te hace falta.

– ¡Oh, dios! Me llega hasta la mitad del vientre, qué vergazo… Reviéntame duro, Riobravo –gemía la Princesita.

El traficante sentía y tenía la absoluta certeza en su mente, que Sandra lo montaba, estaba empalada a su pene morado y áspero de sangre seca.

En realidad, se estaba masturbando con la mano sucia embarrada de sangre, que con cada movimiento, aún exprimía unas gotas por la vena rasgada.

– Empólvate la nariz, gran verga –gimió obscena la Princesita en su mente.

Cesó de masturbarse para aspirar la farlopa directamente de la bolsa a través del tubo de un bolígrafo de plástico vacío. Se frotó el puente de la nariz como si tuviera vidrios clavados y continuó meneando el rabo con paroxismo hasta eyacular.

Las escleróticas estaban cubiertas de telarañas rojas y por el prepucio rezumaba semen caliente, su pene aún palpitaba con el orgasmo.

Y así quedó dormido. Aunque en realidad, toda aquella droga que había tomado estaba llevando al límite el organismo. Era pura pérdida de conocimiento.

El corazón y la sangre debían vencer una gran resistencia química contra la droga acumulada en tan corto espacio de tiempo. Las almas sentían los efectos; pero no los sufrían, los asimilaban como alimento y las fortalecía.

–Ha sido perfecto Princesita. En poco más de una hora seremos libres–le susurró el Príncipe desde la lejanía en su prisión de cartulina.

–Me gusta este poder, las emociones que he sentido en ese pensamiento. ¡Quiero más!

Y ambos sonrieron lejanos, cada cual en su selva de cartón.

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A las dos y media de la tarde llegaron Fred y Damián a la oficina para hacer el balance de cuentas que exigía Riobravo cada día. El tipo que trabajaba de cajero había cerrado la tienda para ir a comer. Fred abrió con sus llaves y cerró de nuevo cuando Damián cruzó el umbral.

Al acceder a la oficina Fred se acercó a la mesa y lo sacudió por los hombros. Riobravo abrió los ojos con un sobresalto sin saber dónde se encontraba.

Y se apresuró a esconder el pene y abrocharse el pantalón.

– ¡Joder qué cebollón llevas, mano! –exclamó Fred. – ¿Te encuentras bien? ¿Te dejamos solo hasta que te recuperes un poco?

Fred hablaba con sarcasmo y desdén. Al fin y al cabo, mientras el jefe se ponía hasta el culo, él estaba cuidando del negocio.

–Tomad la pasta y la mercancía que ha quedado por vender. No ha ido mal… –Damián se acercó a la mesa del jefe.

Metió la mano en el bolsillo y sacó el dinero y las drogas dejándolas ante Riobravo. Cuando quiso cerrar el cuento y tomarlo para ir a casa, Riobravo lo impidió plantando la mano encima, rompiendo la figura del príncipe colgado de una liana sobre un río lleno de voraces cocodrilos.

– ¿Te ha dolido? –le preguntó la Princesita en su oscuridad al saber que uno de los Príncipes troquelados se había rasgado.

–No. Ha sido un instante de liberación. Pronto saldremos de aquí, lo hemos hecho bien. Sobre todo tú, qué calor… Daban ganas de tener cuerpo.

–Sí… Estoy hambrienta de más.

Riobravo sacó una navaja de un cajón de la mesa y la abrió con un movimiento rápido, produciendo un chasquido metálico. Y apuntó con ella al rostro de Damián.

– ¿Cuánto te has quedado de lo que has cortado, idiota? –a continuación, se dirigió a Fred – ¿Sabes que se dedica a cortar la mercancía para ganarse un extra, Fred? Porque si no lo sabes y no lo evitas, es porque no haces tu trabajo.

–Eso es mentira, los controlo a todos y conozco a los chavos que les compran. Ni ha cortado nada, ni nadie se ha quejado.

–Alguien me ha dicho, aquí mismo, que la coca parece azúcar de bollería –Riobravo hablaba lentamente, forzando la mirada para mantener los ojos abiertos.

– ¡Y una mierda! Siempre he sido legal con vosotros, no os he puteado nunca –gritó Damián.

–Alguien te ha contado mierda a la oreja ¿y tú lo has creído? Te colocas demasiado con tu mercancía –intervino Fred.

–Hagamos una cosa, dentro de un par de horas se aclarará la verdad. Damián se queda aquí hasta que hablemos con el pibe que me ha venido con la información–dirigiéndose a Fred señaló una de las columnas de acero del local, cerca del lavabo – Que se siente allí y lo amarras al pilar, no quiero que salga por patas cuando menos lo esperemos.

Fred levantó los hombros con indiferencia, metió la mano en un saco de plástico vacío que se encontraba en una estantería oxidada apoyada en un muro y sacó unas cuerdas.

– ¿En serio me vais a amarrar, hijueputas? –gritó Damián.

Fred lo empujó de mala gana. Damián gritaba que no era necesario, que no se escaparía. Con una violenta bofetada que le rompió el labio superior, lo hizo callar y sentarse en el suelo con la espalda apoyada en la columna. Con varias vueltas rodeando columna y pecho, lo inmovilizó.

Riobravo había metido la cara en la bolsa de farlopa y esnifó, porque Sandra se lo pedía con el coño chorreando de caliente que estaba. Tosió varias veces y miró con odio a Damián.

– ¡Métele al idiota un trapo en la boca, que no siga jodiendo!

Fred entró en el lavabo y salió con una sucia toalla que le embutió en la boca.

Riobravo rebuscaba en el botiquín de la mutua de accidentes, que por ley debía encontrarse en lugar visible y accesible. Estaba a un lado de la puerta de acceso a la tienda.

Se dirigió de nuevo a la mesa y empapó concienzudamente el cuento con el alcohol que había encontrado.

–Pónselo debajo de los huevos.

A Fred le importaba una mierda Damián, tenía hambre y quería salir del local para ir a comer al apartamento de su madre y echarse luego una siesta.

Le ordenó elevar las piernas y deslizó el libro hasta las nalgas.

Damián intentaba hablar, las venas del cuello se hincharon dolorosamente por el esfuerzo y se dio por vencido cuando le subió vómito a la garganta.

Fred se acercó hasta Riobravo, que volvía a hundir el rostro en la bolsa de cocaína.

–Esto es demasiado, Rio. Nadie se me ha quejado y estoy seguro de que a ti tampoco. Algo tienes hoy con Damián.

–Eso ya no importa –le respondió Riobravo ya más apaciguado por la sobredosis de coca. –Si alguien dice que vendes mierda, debes resolverlo con un castigo ejemplar que acalle cualquier rumor. Y le ha tocado al idiota. Cuando lo vean por la calle caminar sin huevos, los del barrio sabrán que con nosotros no se juega.

Fred pensó que era una buena lógica dado el negocio que llevaban.

Riobravo se acercó hasta Damián y gastó el alcohol que quedaba en la botella vertiéndolo sobre la bragueta del pantalón y entre los muslos.

Y volvió a sentir un agudo y repentino dolor de cabeza.

– ¡Ahora! Que arda el idiota junto a su mierda de cuento, hasta que sean solo ceniza –le apremiaba violentamente el Príncipe en la mente.

Con un encendedor prendió los pantalones de Damián, el fuego se extendió dulcemente azul hacia el libro y los genitales, subiendo por el pecho y haciendo arder la toalla que le colgaba de la boca.

– ¡Abre la puerta trasera y las cuatro claraboyas con el gancho! –le ordenó a Fred ante la humareda que se estaba formando.

Damián, durante tres largos minutos, pataleó y se rompió el cráneo dando golpes contra la columna a la que estaba atado.

Hasta que repentinamente se relajó. Los ojos o se habían quemado o estallado por el fuego; pero ya no los tenía. Respiraba afanosamente y le salía sangre mezclada con saliva por la nariz; estaba extrañamente sereno para estar tan asado. Entre sus piernas solo había un bulto negro y amorfo de carne, ropa y papel calcinados. Riobravo recordó haber leído que cuando el fuego quema los nervios, se acaba el dolor. Pues eso le debía pasar al Damián, por eso estaba tranqui. El anorak de nailon se había deshecho fundiéndose con la piel y la corriente de aire generada por la aireación, hacia volar por todo el local las cenizas del cuento.

De los restos calcinados del cuento surgieron un par de volutas anaranjadas que se desvanecieron entre el humo que flotaba denso a media altura.

El Príncipe y la Princesita eran libres y poderosas almas no sujetas a ninguna materia, hambrientas de las emociones que ya habían experimentado desde la lejanía de sus celdas de cartón.

El humo se disipaba, el fuego sin más combustible perdió potencia con la evaporación de la carne de Damián, su ropa y el cuento.

– ¡Eres un vergón, Rio! –le susurró la Princesita como la caliente Sandra. –Ahora córtale el cuello a Fred y así seremos libres de coger cuando se nos dé la gana. Ya sabes que mi panoja está siempre mojada para ti.

Riobravo se desnudó el torso sin prestar atención, se ahogaba de calor.

La Princesita lo apremió, daba la impresión de que se dormiría de pie viendo agonizar a Damián con interés narcótico.

–Métete un par de tiritos más de farlopa, mi Super Verga! Y deshueva al Fred a navajazos ¡ya!

El Principito entró en la mente de Fred y se hizo fuerte en su pensamiento para tomar el control.

–Riobravo te matará. Está loco, completamente ido. Debes pegarle un navajazo en cada pulmón y que se ahogue con su pendeja sangre. Ya no tiene control. Mátalo, va a por ti; se coge a tu Sandra y la quiere para sólo para él –Fred dejó con sigilo la pértiga con la que acababa de abrir la última claraboya del techo y desplegó silenciosamente la navaja.

Riobravo aspiraba la cocaína inducido por la Princesita, como las bestias comen del morral, cuando Fred se acercó por su espalda y le asestó dos rápidas puñaladas en cada costado. La hoja entró hasta el puño entre las costillas rasgando ambos pulmones; lanzó un gemido sin fuerza, el aire salía por las heridas formando burbujitas rosadas. Respirando como un fuelle intentó asir su navaja sobre la mesa; pero Fred le clavó el puñal en el cuello repetidas veces hasta que quedó inerte en el suelo.

–Ahora te vas a meter un pico para celebrarlo. Ya eres el amo del negocio –le inducía el Príncipe.

Fred usó la misma jeringuilla que Riobravo había dejado en la mesa junto a la cuchara y el tubo de silicona. Retiró con un pie el cadáver y se acomodó en la silla para realizar el ritual de la heroína.

Cuando vació la jeringuilla en la vena sentía deseos de cerrar los ojos y alucinar.

– ¿A qué esperas para meterte el chute? Y cárgala bien, que ya sabes que el cabrón de Riobravo la corta mucho –le hizo pensar el Príncipe.

Y volvió a inyectarse otra jeringuilla.

El Príncipe volvió a hablar en su cabeza.

–Vamos, hombre, métete el caballo de una vez no lo pienses tanto. Duermes un poco la mierda que te has metido te vas a ver a Sandra, la coges y luego le pegas una buena paliza a esa puta.

Aún no había acabado de inyectarse la heroína por tercera vez, cuando convulsionó sobre sobre la silla con la boca llena de espuma. Cuando su cabeza golpeó el suelo, ya estaba muerto.

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Conceptos como el bien o el mal, el odio o el amor, adquieren una cruel y desinhibida intensidad en las almas.

El Príncipe y la Princesita habían desarrollado la plena conciencia de su naturaleza, ya limpias de la magia con la que Dios impregnó el libro ensuciando, vejando las almas.

Las almas son entes que no están sujetos a las normas y necesidades de la carne. Desconocen el dolor y el placer carnal; pero sintetizan cada emoción o frecuencia sensorial, en el pensamiento o las que se propagan por la atmósfera. Son voraces receptoras de sensaciones y su único fin, es experimentarlas a través de cuerpos que invaden, porque los que les correspondía les fueron negados.

–Vayamos a conocer el cuerpo de Sandra, a experimentarla –le propuso incorpórea al Príncipe –Quiero más.

Ambas conocían todos los detalles y secretos de las mentes invadidas. Y flotaron entremezclándose como efluvios invisibles hasta el barrio de los edificios colmena.

Sandra vivía con su padre borracho en la décima planta de la colmena. Fred vivía en la planta inferior. Allí se conocieron y allí cogían según convenía, en uno u otro apartamento. Fred le daba dinero a Sandra con el que su padre y ella se mantenían sin trabajar. La madre había muerto hacía muchos años, cuando Sandra tenía ocho años de los diecisiete que ahora tenía. Un cáncer de pecho la colonizó toda, no hizo caso de los bultos. Tal vez, porque le dolía tocarse los pechos por los golpes que le daba el borracho de su marido. Y claro, también le prohibía ir al médico; pero eso no lo sabía Sandra conscientemente, eran recuerdos ocultos, dormidos que la Princesita encontró en su cerebro.

El Príncipe se metió en el sucio y maloliente pensamiento del borracho que dormitaba frente al televisor encendido, mientras la hija en su habitación chateaba con el móvil.

Ambos habían acabado de comer. Sandra esperaba a su Fred y el padre sesteaba antes de meterse otro litro de vino antes de cenar.

La chica dejo el móvil encima de la almohada, se quitó los leggins azules y el tanga. Con los pechos asomando entre la blusa roja desabotonada se dirigió al salón.

–Sandrita quiere coger rico –la Princesita gobernaba la mente de Sandra obligándola a acariciar profundamente la vagina ante el borracho ya despierto que dejaba desprender un hilo de baba por el labio inferior.

–Chúpamela primero –ordenó la voz quebrada del padre ocupado por el Principito.

Sandra se arrodilló entre sus piernas, desabotonó y bajó la cremallera del pantalón; tomando el pene en la mano, empuñándolo con fuerza lo excitó hasta la erección. Dio un fuerte tirón del prepucio para descubrir el glande y se lo llevó a la boca.

Las almas gozaban y los cuerpos sentían ingobernables espasmos de placer.

–Muérdeme el pijo –pidió el padre.

La hija mordió el glande sin cuidado, unas gotas de sangre se formaron en sus labios. Cuando se lo sacó de la boca, el glande tenía los incisivos marcados en el meato, que se había rasgado.

Sandrita tiró del piercing que coronaba el vértice superior de la vagina excitando a su padre, al Príncipe.

–Siéntate en mi boca –su padre se había estirado en el sofá.

Sandra colocó cada pie al lado de la cabeza y apoyando las manos en el reposabrazos para mantener el equilibrio bajo las nalgas hasta sentir el roce de los labios.

El padre la sujetó por los muslos y elevó el rostro. La lengua recorrió pesada y seca los labios, el clítoris y luego la metió repetida y rápidamente en la vagina.

La Princesita pedía más y el Príncipe jadeaba en el cerebro del borracho.

Sandra se desplazó hacia atrás y tomando el pene, lo dirigió a su coño. Se sentó en él con un grito. El padre gemía ronco y Sandra comenzó un perreo violento empalada.

Las almas, asumieron todo el placer de la carne, incluso el dolor los enloquecía. El pene del borracho se lesionaba con el veloz coito, cuando se salía de la vagina se aplastaba doblándose y los testículos estaban siendo machacados por las nalgas de su hija.

Cuando se corrió, la leche tenía restos de sangre y la Princesita sentía expandirse con el colapso del orgasmo. El cuerpo de Sandra se estremeció con el dolor de los labios rasgados, avanzó hasta la cabeza del padre torpemente y le pidió que siguiera lamiéndola, quería correrse otra vez. Se corrió cinco veces y al borracho se le torcieron los incisivos en la encía por las continuas presiones de su hija corriéndose.

Ahora las almas fluían por el aire juntas, comunicándose. El padre y la hija estaban mudos, sorprendidos, confundidos. Quietos, ella con la vagina en el rostro de su padre cuyo pene estaba lacio.

– ¿Vamos a por más, mi Príncipe Salvador?

–Vayamos, Princesita Ardiente.

Fluyeron hacia la oficina por curiosidad y porque tenían todo el tiempo del mundo. El cajero había llamado a la policía cuando encontró los cadáveres en la trastienda, por ello la zona estaba acordonada para los humanos, bomberos, personal sanitario, ambulancias y policías habían montado el circo habitual.

Y en ese mismo instante, en el complejo de edificios próximo, un borracho reventaba su cabeza contra el pavimento de la calle, tras un viaje desde la ventana de un décimo piso.

Sandra sin comprender nada y ver su coño metido en la apestosa boca de su padre, se puso furiosa. El padre le decía que había sido quien inició aquello, y durante la discusión lo empujó contra la ventana del salón. Y luego se lanzó ella, aunque no quería, simplemente le apetecía hacerlo.

Y así fue como el Príncipe Indómito y la Princesita Perdida se hicieron libres y fluyen libremente por el mundo en busca de alimento para sus almas: a veces se alimentan de ternuras, a veces de la violencia y el dolor; pero el placer del sexo ¡guau! era su bocado preferido.

Su poder para someter el pensamiento de los cuerpos hasta llevarlos a la muerte los elevaba a divinidades.

Y lo mejor era que Dios se había olvidado de ellas.

Así que no olvidéis, niñas y niños, que cuando el Príncipe Indómito y la Princesita Perdida se encuentren cerca de vosotros, relajaos, porque nada podréis hacer. Sólo les importa vuestras emociones y sentimientos, la carne es solo una butaca en un cine.

 

 

Iconoclasta