16.11.09

Carta de amor tardía a G.

En algún lugar del tiempo y el espacio, donde la amo. Era Eterna de Mi Bella. Año Cero de nuestro señor.

Hola mi bella:

“—Nunca me escribiste una carta”. Me dijiste.
El simple comentario me hizo feliz. Y triste: no tiene una carta como cualquier amante posee para abrazar en su pecho cuando el amor duele.
Comprendí con un relámpago clarificador, que no te podía amar como escritor, que no podía haber asomo alguno de intención literaria. Y en algún momento rechacé la posibilidad de escribirte, porque estás en todas partes, eres omnipresente en mi vida. Era necesario hablarte, mirarte y mimarte.


No fue un plan, no sabía porque no te escribí una carta de amor; sólo el tiempo lo ha desvelado, en un momento de lucidez de los pocos que tengo viviendo en ti. Fue un instinto no escribirte mi amor. No soy tan inteligente como para trazar un plan.
Si hubiera escrito una carta para hacerte saber lo que te amo, mi amor se hubiera visto diluido entre palabras románticas e ilusiones. Un escritor más idealizando. Escribo tanto, mi bella, que temía perderte entre letras y sueños. Como si escribirte, te eternizara plana en el papel, algo que archivar, algo que publicar.


No se puede escribir tu sensualidad, es un baño puramente sensorial. No se puede describir...
No podía arriesgar más tiempo en unas palabras que te hicieran sonreír y decidir que soy hábil.
“No más escribir de ella en secreto”, pensaba, “la necesito”. Necesito la crudeza de un “te amo” a bocajarro, algo no usual. Algo definitivo.
Que no cupiera una sola duda de que mi pensamiento era íntegramente tuyo.
En cada renglón de aquel cadáver exquisito que un día comenzamos cincelaba como un atormentado escultor mi deseo en cada línea. Estabas allí, deseable hasta la tortura. Eras tú sudando, eras tú buscando, eras tú amando y deseando. Estabas sola como yo, porque todo ese amor, toda esa densa pasión, te abandona en el mundo, un mal lugar para el amor en estado puro. Y era yo triste como un llanto de ballena. Como un pez en la arena ahogándose de tanto aire.


“—Te amo”, te dije.
“—¿Si?”, preguntaste haciendo que mi corazón se detuviera, tuve miedo tanto miedo en tan poco tiempo, mi bella, ante aquella pregunta.
Luego me lloró el cuerpo por dentro, liberado al fin, cuando te sentiste feliz al ser amada. Cuando sentí que lo deseabas. El universo estalló, mi bella. Una supernova calcinó lo plano y lo inamovible.
Detonamos en el cosmos miles de “te amo y te quiero y te he buscado tanto tiempo...”
No podía enmascarar más el amor, tenía que ser claro, directo y conciso. Como un telegrama urgente.
Era urgente amarte, sin metáforas ni eufemismos. Te amo orgánicamente.


Y cuando mi amor quedó asentado en nuestro libro de la vida, cuando te identifiqué como lo que en todas mis vidas busqué, supe que todo lo escrito y lo que queda por escribir serías tú.
Y ahora que todo está claro, ya sí que es el momento de escribirte una carta.
Un escritor debe amar sin la palabra; y con la palabra envolver el amor como envolvería tu cuerpo con el mío.


¿Sabes que pensar en ti, hace que mi nariz sienta el olor fresco de los frutos ácidos, de crujientes texturas, de pieles suaves y aterciopeladas? Siempre que entras, que hablas, que estás, mi olfato se afina y te siento. Y cuando te vas, cuando deseo llorar al quedarme solo, entonces siento ese olor más profundo en mí y produce una melancolía devastadora, mi bella. Ahora el universo tiene olor. Y sonido.
Es tu voz, que acaba por hacer el mundo mudo. No hay otra, es de locos; pero es tu voz, en serio mi amor. Es tu voz la que se sobrepone a los ruidos del mundo.
Eres una diosa.
Y una ornitorrinca. Los amantes hacen chistes en la trágica distancia, reventando con risas la desesperación. Qué valientes somos, mi bella.
Y eres mi vida.


Perdona la carta de amor tardía. Perdona que te amara primero sin concesiones, con la brutalidad de un hombre primitivo, de un hombre muy poco listo.
Si supieras como odio lo que te ha hecho daño... Si supieras que podría ser el más frío aniquilador de la humanidad por ti.
Te sonreiría enamorado cortando el cuello del malo.
Pecas de sangre en mi rostro, como un asesino de asesinos travieso.


Perdona la carta tardía mi bella. Necesitaba amarte primero brutalmente, como hombre.
Ahora sólo descanso tranquilo, ronroneo con cierta pereza mis palabras a tu alma. A ti.
Esta es mi primera carta de amor en un milenio. No ha sido por desidia, es porque te quiero tanto, que me demoro en pensar.
Siempre dije que yo salía ganando en este amor. Eres lo más valioso.
¿Ves mi bella? Me había olvidado que sabía escribir desde que te encontré.
Qué idiota...


Te puedo contar de largos fines de semana, de mirar correr las horas lentas. Yo también soy parecido a ti en eso, en ser un dios. Un dios aburrido en su trono e impotente ante un tiempo que no acaba de avanzar hacia el momento de encontrarse con su diosa.
Un dios que tamborilea aburrido los dedos en su mandíbula, esperando el momento de soltar todos esos “te amo” acumulados en su garganta, en los pulmones, en la boca, en el corazón. En los huesos.


Mi vida, perdona la carta de amor tardía que ambos necesitábamos para abrazarnos en los momentos duros.
No soy malo, sólo tonto, cielo.
Un beso, mi bella G.
Hasta siempre, mi amor.


P.

200911161250



Iconoclasta

14.11.09

A tí

A tí:

Prometo no decir adiós al final de la carta. Adiós es una palabra dolorosa y punzante. Comenzaré mandando besos oscilantes como el aleteo del colibrí sorbiendo tu miel, apenas tocándote, suspendida en el aire.
Empiezo con un dato dulce porque de esto es de lo que carecemos. Temporadas de heladas transcurridas arrugando y quemando nuestras pieles. Imágenes monocromáticas corriendo en el oxidado carrete de la memoria. Traducciones de lejanas lenguas con hirientes mensajes y con la única alternativa de aceptarlas sin consuelo más que nuestras propias carnes lamidas.
Somos un rompecabezas pensante, armaduras de fisuras visibles y escondidas con el aceite consumido en las bisagras.
Aún así, hemos aprendido después de las centurias: ¿Lágrimas? es más gratificante la soberbia. Te engrandece, te infla el pecho, incluso puedes esconderte detrás de tu propia imagen gigantesca.
Hemos endurecido el gesto para todos, reservado las sonrisas para pocos momentos.
Sólo es en el silencio, clandestinos, cuando soltamos las fajas que detienen los alientos, brotan los destellos de las miradas y permitimos que las pieles se abrasen. Entonces crece el vapor de nuestra aura, bota la escarcha milenaria y tu piel se despetrifica.
Los órganos y las partes cumplen con la función con que fueron concebidas antes de todos los años. Los mimos germinan involuntarios, los molinos giran pesados moviendo las aguas y la melaza se presume incandescente con su untuosidad que nos une en constantes convulsiones.
¿Y hoy me dices que tienes miedo?
La perfección no es un término reconocible para nuestra mente. No debe de serlo. Una cadera cansada y rota no es motivo de vergüenza. Pobres de aquellos que aun con tobillos firmes no saben cuál es su camino.
Seré bastón, andadera o mejor aún reptaré a tu lado, desgajando los codos y tragando puños de tierra. Así de hermanados somos los extraños.
Por el simple deseo de soltar el rejón que empuño, por la simple gana de no escuchar más el goteo torturante, más nunca por el mínimo dolor que experimento, por eso hoy te dejo este manojo de letras, a ti, que seguramente sonreirás con los ojos caídos, con el beso consumido, entendiéndome mientras se calma mi ira con tus tantos encubiertos suspiros.
Por la calma que merecemos
un beso, miles…
Hasta siempre.
G.

Quién soy



— ¿Quién soy?
El pequeño se acercaba por detrás de su madre, sigilosamente. Se le escapaba una risa traviesa que ella escuchaba divertida, simulando estar mirando la televisión.
— ¿Quién soy? —le preguntó el niño tapándole los ojos con las manos.
Y como una flecha directa a la frente, una sucesión de emociones y recuerdos invadieron su mente.
— No lo sé... —se le escapó en un susurro.
— ¡Mamá...! —exclamó desencantado el pequeño Víctor.
—Eres un osito de peluche —respondió Julia.
— ¡No! ¿Quién soy? —volvió a preguntar el pequeño.
—Eres un rollito de primavera... ¡Qué me voy a comer de un bocado!
Julia se giró en el sillón y atrapó a Víctor. Lo sentó en sus rodillas y le dio besos, le hizo cosquillas hasta que al pequeño le falló la voz de tanto reír.
Cuando ambos se calmaron, Julia se puso en pie.
—Y ahora a la cama, ya es tarde.
—Un rato más.
—Mañana hay cole y siempre que te quedas a ver la tele, no hay quien te despierte.
“¿Quién soy?”
“No lo sé...”
Una vez supo su nombre, y lo olvidó.
Estaba cansada.
Cansada de un largo día de trabajo, cansada de un marido que trabajaba las noches y el día dormía. Cansada de estar caliente.
Arropó a Víctor y aprisionado entre las sábanas, aún le hizo más cosquillas. Le besó y se desearon buenas noches. Apenas apagó la luz del cuarto y entornó la puerta, Víctor bostezó y lanzó un suspiro de cansancio. En apenas unos minutos se quedaría profundamente dormido.
“¿Quién soy?”
“No lo sé...”
Cuando la casa quedaba en silencio, Julia clamaba por aquel ser que reinventó aquel juego infantil, un juego que se abría paso en su deseo y en su mente como un cuchillo al rojo vivo. Que hacía arder su piel y su sexo ahora sensibilizado por recuerdos y emociones.
Cuando se quedaba sola, cuando el peso de la ausencia de aquel que no recordaba se convertía en ansia, soñaba con su aliento en su nuca.
“¿Quién soy?”
Instintivamente presiona los muslos para retener el agua que le mana desde lo profundo y la empapa. La humedad de su sexo ceba más el deseo y sus dedos se insinúan en el elástico de la braguita; con los labios entreabiertos, exhala un suspiro lento y prolongado.
El olvidado. El ser que aparecía y la obligaba a darle la espalda. Como si el amor que ambos consumaban fuera a escapar al mirarlo directamente a los ojos.
Es mejor amar a alguien olvidado que morir sola.
Sólo ellos dos podían amar y amarse. Se dieron cuenta de que en realidad nadie existió antes, nadie existiría ya. El círculo se había cerrado en aquella vida.
El otro, el que no amaba, era su marido; el bueno, el que no excitaba el flujo de su sexo con el caudal que producía el que se obligaba a olvidar en cada encuentro. Era aquel, el desconocido, el que catalizaba en su sexo un lubricante denso y abundante que en ese mismo instante, estaba alimentando su libido. Mojando la cara interior de sus muslos.
Los dedos acarician el rasurado monte de Venus, suavemente, acercándose demasiado al vértice del placer.
El que no amaba trabajaba las noches. Todas las noches del mundo en la fábrica de botellas de plástico.
“¿Quién soy?”
Aquel al que olvidaba y que cada cierto tiempo le enviaba un mensaje que decía: “Quiero follarte”, hacía que se derramara en agua y que sus propios dedos dieran paz a un sexo que hervía, que parecía sudar.
Era alguien que hablaba con ella en el café, durante el desayuno en la fábrica. Era alguien con quien intercambió un número de teléfono. Era un compañero de trabajo de una mirada intensa que clavaba en sus pechos con ruda fiereza. En su sexo cubierto que ella sentía arder.
Un mensaje hace tiempo, hace semanas, hace años.
Podrían haber pasado siglos.
“Quiero follarte”.
Una respuesta: “A las 22:30 en mi casa”.
Dejó la puerta de entrada abierta cuando lo vio aparcar el coche frente a la puerta. Se dispuso a preparar unas bebidas. Víctor estaba en casa de sus padres, porque estaban pintando y renovando la decoración de la habitación del pequeño.
Estaba sola...
—¿Quién soy? —le preguntó en un susurro que le erizó la piel, tapándole los ojos suavemente desde su espalda.
—Eres...
Julia intentó decir su nombre y aquel al que olvidaba, le cubrió los labios suavemente con una mano.
—No lo digas, mi amor. Que no acabe el misterio jamás, que podamos continuar durante toda la eternidad este juego de deseos e ignorancias alevosas. Premeditadas.
—Eres...
—Olvida mi nombre y deja que mis manos cubran tus ojos todo el tiempo posible, todo el tiempo del mundo. Seamos tramposos y que nunca me separe de ti.
—Eres...
—Nuestro destino es un juego de ciegos y tontos. ¿Quién soy?
—No lo sé —respondió Julia como en un sueño.
El dedo corazón, ávido ha encontrado el mismísimo centro del placer y lo presiona, lo acaricia. Sus pechos están duros hasta el dolor. Se lleva el dedo empapado de sí misma a los pezones y bajo la camiseta los unta de deseo puro. Reaccionan casi con dolor a esa baba cálida.
“¿Quién soy?”
“Eres...”
Recuerdos, placeres en el cerebro y entre las piernas. Ahora en sus dedos.
“Nunca me recuerdes porque temo que cuando me conozcas, llegue a ser uno más, un vulgar”.
Julia se quitó el pantalón del pijama, y se sentó frente al televisor apagado, la pantalla la reflejaba. Su media melena negra, oscilaba al ritmo de sus caricias. Ojos negros y felinos se entrecerraban de un placer próximo a la explosión de una estrella. Separó las piernas y observó con creciente excitación la mancha oscura en sus braguitas.
“Dame la oportunidad de ser especial para ti, toda la vida a ser posible”.
“No lo digas, no lo adivines jamás”.
“Sólo soy algo, eso que te ama”.
“Calla mi vida, suspira y gime. Nada más, por favor. No soy”.
Cada ruego, cada frase la sumía más en el olvido, la empujaba a follar a un desconocido en cada encuentro. Cada cita un descubrimiento.
A veces insistía:
—Eres...
Su dedo se ha introducido profundamente en la vulva y encuentra el bendito agujero por el que todo fluye.
Por donde él se la mete, y la empuja y la llena.
El olvidado...
—Por favor, no lo digas; no me despojes de misterio. Déjame seguir siendo el extraño por el que cada día luchas por recordar. Borraré tu memoria mordiendo tus labios, atenazando tu coño con mi mano, con la violencia de una pasión desbocada. Joderé hasta tu memoria.
El olvidado era implacable y hendía el cuchillo en su memoria desgarrando.
Desgarraba su coño y su ano.
Ahora son tres dedos mojados de si misma, que salen resbaladizos para acariciar los dilatados labios entre sus muslos. Resbalan sobre la dura perla del placer que ahora azota sin cuidado llamando a la lujuria, ordenándole que le traspase el vientre y se enrosque en sus pezones. Que se los arranque, el relámpago del goce.
Y su cuello se tensa, las venas se han dilatado para llevar el máximo placer al cerebro. Venas que vienen directas de su sexo hirviendo.
Sus muslos se alzan temblando y un fino hilo de baba se desprende de entre sus labios y su sexo, manchando la tapicería. Las bragas, en algún momento han caído al suelo.
El teléfono avisa de un mensaje y corre hacia el bolso.
Y aún con los dedos mojados, pulsa las teclas para leerlo.
“¿Quién soy? No me mires, gírate cuando entre en la casa. No sepas quien soy”.
—¿Quién será? —se pregunta en voz alta.
Se sienta en una silla de respaldo recto, dando la espalda a la entrada.
La puerta se abre y los pasos se hacen familiares.
¿Quién es? Su deseo ha borrado la memoria y su volición es seguir el juego, abandonarse a esa isla de misterio y placer, rodeada por todas partes de hastío y monotonía.
—¿Quién soy? —las manos del desconocido cubren su rostro.
Las manos de quien olvida son diferentes a como las recordaba. Si algún día lo hizo.
Y su voz.
Tal vez el juego va tan lejos que su mente se ha girado también de espaldas al amante. Como cierra los ojos cuando él se come su boca.
Como su cuello gira rompiéndose con un trallazo de dolor cuyo grito no tiene tiempo de expulsar. La muerte se propaga más rápida que un orgasmo.
Y los ojos de Julia miran sin pestañear el rostro de aquel al que no quería, y más allá la del olvidado sobre un charco de sangre en la entrada de la casa.
El que no era querido por su mujer, se sienta en el suelo y llora la letanía del olvido balanceándose mecánicamente adelante y atrás.
—¿Quién soy? ¿Quién soy? ¿Quién soy?...
Tantos años recordado... El también tenía derecho al olvido.
Él también tenía derecho a su misterio.
A una isla en medio del Mar de la Repetición.
Y olvida quién es ella y acaricia el sexo muerto, el coño aún húmedo por obra y gracia del olvido.
El frío coño del recuerdo.
El pequeño Víctor con sus enormes ojos abiertos, en la puerta del salón, se pregunta si es un sueño, si un día olvidará que despertó y no entendió toda aquella insania.


Iconoclasta

6.11.09

Performance



Soy el que os entretiene hasta que tome el escenario el gran protagonista de este espectáculo. Soy un telonero, dijéramos que un fracasado al que no saben si colocar al principio o al final.
Les he dicho que soy artista de principios, que si tengo que esperar al final, me tomo un cuarto de kilo de somníferos y se quedan sin artista underground.
El apoderado se ha dado cuenta de que mis vidriosas escleróticas prometen tanta locura, que tal vez sea bueno que salga yo el primero; el artista titular se está retrasando demasiado.
El titular es un cantante famoso, no sé quien coño es.
Respetado público:
Yo sé humillarme, id con cuidado. De la misma forma que me ofende vuestra vida, puedo ofenderos con la mía. Unos se aficionan a la música, otros al fútbol y yo os detesto de la forma más natural. He nacido para odiar todo aquello que me es impuesto. Y vosotros sois una imposición. Yo mismo soy una imposición.
A veces me odio.
Me odio sin reservas.
Yo sólo os quiero provocar. Aunque sea asco.
Una reverencia doblando la riñonada y la espalda bien recta, los brazos grácilmente extendidos y por el esfuerzo se me escapa una sonora ventosidad.
No os riais aún, queda mucho por lo que reírse de mí.
Danzaré con mallas ajustadas, con mis grasas contenidas por una sutil tela que dejará a la vista más miserias de las que desearíais ver.
Fuera el pantalón.
¿Es esto una performance? La obra es mi cuerpo, es una de las condiciones. Sí, siempre es bueno dar nombres exóticos a la miseria y la auto-mutilación.
¿Os dais cuenta de cómo me tengo que denigrar para que se os tuerza el gesto al mirarme? ¿A que es difícil apartar la mirada de una carne pálida envuelta en medias negras?
Y este vello que surge entre el tejido... Yo no me depilo, no busco un efecto estético.
Estoy sólo ante la masa, no necesito ni quiero estar guapo. Uno a uno, charlaría a gusto con vosotros; pero así en tropel, prefiero impactaros. Con una bala en el cerebro.
Si creéis que es gracioso, seguid riendo. Hoy día se ríe por todo y siempre ayuda a promocionarse en el mundo laboral.
Podría sonar música; pero os distraería de mi autodestrucción. Y me interesa que en esta performance, podáis sentir el ruido de mis enfisematosos pulmones al danzar con cierta energía descontrolada.
Estoy rabioso.
Furioso.
No tengo una sola razón para intentar ser un poco agradable.
Nadie muere en el momento adecuado.
Aunque pienso que es más importante nacer en un buen tiempo. Y en un buen lugar. A ser posible.
Si he de pagar un suplemento, lo pago; pero sáquenme de aquí, por lo que más quieran, sé que me voy a hacer daño.
Os reís; pero noto el nerviosismo, queréis disfrazar de risa algo que se precipita firme y peligrosamente hacia la debacle psíquica. Lo físico llegará. Lo tengo pensado, porque no se puede ensayar, sólo hay una vida.
¿Sabéis que la cabeza del verdadero telonero la tengo hay detrás, tras el telón? Si no lo hubiera decapitado, ahora os haría reír de verdad. Un orador chistoso de la banalidad; están de moda: miran sus calzoncillos sucios y hablan de la raya marrón hasta que las ovejas bostezan evidentemente aburridas. Monólogos...
Monos locos, sábanas ensangrentadas, una rosa decapitada.
No os riais, va en serio. La sangre fuera del cuerpo apesta enseguida, un voluntario que suba y notará que hay un ligero aroma a matadero municipal en el ambiente del escenario. La sangre también sabe a hierro oxidado. Siempre hay una importante fuga de sangre cuando la carótida se corta. Debería haber usado mascarilla, no consigo sacarme de la boca ese pegajoso sabor. Cuando entren en su camerino, se van a preguntar dónde cojones debe estar la cabeza.
No puede hacer daño destruirse uno mismo, es en definitiva una auto-crítica. Y si hiciera un poco de daño, no tendría importancia en comparación a lo que me irrita el culo la costura de la media. Mi bella es mucho más delgada que yo. No soy delgado, soy gordo, una vaca vestida de bailarina.
Puede ser gracioso; pero a mí no me lo parece. Estoy aquí por el puto dinero nuestro de cada día. Me pagan poco o nada por trabajar; y asaz a los que no trabajan; así que un servidor se frustra y decide que para ser apaleado, me azoto yo mismo que lo hago mejor y con más garantías sanitarias.
Con dos cojones.
Si se entera mi bella de que he cogido sus pantis...
Le diré que los he necesitado para atracar un banco.
¡Muuuuuu!
¿A que no es tan cómico el ridículo cuando roza la enfermedad mental? Cuando algo no puede tener un final feliz.
Tranquilos no voy a cagar en el escenario ni me voy a beber mis orines. Ese número ya lo he hecho demasiadas veces.
¿Os gustan mis rápidas fouettes? La brutalidad de una patada contra el suelo, el dolor de unas articulaciones no entrenadas. Grasa agitada, un cuerpo amorfo.
El giro veloz sobre la uña rota de mi dedo me centrifuga las mantecas.
¿A que sentís vergüenza ajena?
Los artistas somos extraños.
Os cogeríamos por los intestinos tras rajaros el vientre y os arrastraríamos al infierno: los bastidores de vuestra vida mal decorada. Oropel de oropel. Todo más falso que el dinero del Monopoly.
Salto con una pierna hacia adelante y la otra atrás luciendo una evidente y hermosa erección. No estoy excitado, no me excitáis nada.
Ocurre que mi pene es un ser con voluntad propia y no siempre me cuenta lo que piensa. Ni me avisa de lo que va a hacer. Hoy me ayuda a denigrarme. Siempre está para lo bueno y lo malo. Lo bueno es follar a mi bella. Lo malo, el resto.
Posición arabesque, en la que mi tripa cervecera, pálida y velluda, se come el elástico de las medias. Y luzco majestuoso como vuestro padre de pie en la playa, cuando una vez ha clavado la sombrilla en la arena, se siente orgulloso y mira con gallardía al horizonte antes de beberse la quinta cerveza de la mañana.
Bebed antes de volver a casa, puede que a la vuelta, os convirtáis en la parte orgánica del metal de vuestro carro. Estas cosas pasan. Mejor estar ebrio cuando la muerte se sube en nuestros hombros; hasta los médicos lo dicen: no hay porque pasar dolor. Los padres que beben cerveza en abundancia, suelen criar hijos con exoesqueletos metálicos y espuma de tapicería.
No os riais, es hereditario. Vosotros miraréis al horizonte, si no lo confundís con ese manto de mierda y medusas que el mar nos regala.
Posición attitude, aquí un brazo mira al cielo y el otro atrás, hacia donde mira mi culo. Es la posición homosexual de Supermán antes de emprender el vuelo, salvo por la pierna estirada lateralmente. Yo sólo hago performance, no salvo a ningún necesitado de mierda. Yo soy un necesitado y precisamente me estoy destruyendo.
¿Por qué iba a querer ser un héroe?
Y ahora un salto.
Gracias por los aplausos y las risas, hijos de puta.
Sé que al principio os hará gracia el crujido que habéis escuchado; pero no es una madera rota debido a mi exagerado peso. Es mi tobillo, ha crujido como una ramita y el dolor me sube por un nervio oculto en el interior del muslo o cuádriceps y me atenaza los cojones.
En definitiva, me he meado de puro dolor. ¿A que ya no tiene tanta gracia ver el huesecito ensangrentado que asoma por la media? Parece una especie de excrecencia, una deformidad. Un feto pegado a mí. Mi gemelo olvidado.
Gracias por los reticentes aplausos. Si estuviera entre vosotros haría lo mismo: cerrar el puño con fuerza y pensar que el truco está bien hecho.
Los pantis van a quedar hechos unos zorros. Como yo.
Demostrar valentía requiere mucha voluntad. Los deportes de riesgo no demuestran valor porque hay esperanza de que acaben bien.
Aquí, bailando en el escenario, frente a vosotros, querido público que espera la actuación del artista principal; no habrá final feliz. Por ello seguís mirando, venciendo la vergüenza de mi propia humillación. Evidentemente aliviados de no ser yo.
¡Hop! Salto. ¡Hop! Salto y tijera, y la media rasgada en la puntera derecha.
Debería haberme cortado las uñas.
Y las arterias.
Plié. Y con esta bajada de culo con los pies planos en el suelo, se ha descosido el panti por la costura y siento aire fresco en las nalgas.
Esto sí que es gracioso... Ya veo, ya. Pues apurad, porque puede que sea la última vez que os podáis reír durante los próximos cinco minutos.
Mi bella va a pensar que en lugar de robar un banco, he utilizado los pantis para envolver las heridas de un cerdo. ¿Y por qué iba a curar nadie las heridas de un cerdo, si lo que queremos es comerlo?
¡Hop! Quedo clavado en una grácil attitude de nuevo.
Y tengo que morderme la lengua para evitar un grito desgarrador. El tobillo se ha partido un poquito más y me duele la cabeza.
Ahora una serie de treinta y dos giros llamados fouettés, que es el número de repeticiones ideal para ser considerado una buena bailarina. El vómito no estaba previsto, ahora se amalgama el olor de la bilis con la sangre que se seca formando costras blandas en el cuello de la cabeza cortada.
Y la orina.
Hasta para morir tenemos poca dignidad y soltamos nuestras miserias a los cinco minutos de haber muerto. Ni la mierda quiere a los muertos.
Y dicen las malas lenguas, que los ahorcados, hasta eyaculan.
Hay que ser retorcido... Cuando le cortaba la carne del cuello y se desangraba en el camerino, no ha eyaculado
¡Atchissss! ¿Qué gracia tiene que alguien estornude? ¿Los mocos que me cuelgan? A mí me daría asco o repugnancia. Aversión.
Sabed que soy portador de la peste porcina.
No os asustéis, afortunadamente estoy demasiado lejos de vosotros para contaminar a nadie.
Un trote para que mis tejidos adiposos luzcan en un mundo de fibrados y mimados cuerpos. A mí me da igual, mi vida sexual no requiere demasiados rituales y follo con mi bella habitualmente. Incluso ella me exige más. Me hace sentir su esclavo sexual. Ella sí que sabe hacerme sentir hombre y útil.
Un tropezón y a punto estoy de caer de bruces al suelo.
Necesitáis una vulgaridad como el tropezón para reíros hasta llorar. Porque la cosa no pinta bien. En los velatorios, la peña acaba contando chistes y ríe como nunca lo había hecho. He visto tanta mierda... Mejor aún, la he entendido.
Y eso quita interés a la vida.
Vaya... ¿Oís la sirena de la policía? Es el final del espectáculo, alguien ha debido entrar en el camerino, tal vez porque bajo la puerta de ese pequeño habitáculo, se extendía una marea de sangre. Cinco litros de sangre es una cantidad considerable como para pasar desapercibida. Pongamos que un litro ha sido absorbido por la ropa del cómico. Quedan cuatro litros para que quien entre en el camerino, resbale y se dé de morros con el cadáver sin cabeza.
Otra carrerita y doy pequeños y ridículos saltitos. Me elevo lo que puedo y ofrezco mi mandíbula al suelo. Pequeño impulso para dar la voltereta sobre el cuello y ¡Zas! La performance está llegando a su final. Miro al techo, sólo puedo mover los ojos. No sé si respiro. Y no me duele el tobillo.
Me he partido el cuello, ahora soy como una serpiente rota. Podríais reír, es gracioso. Sí, ya sé que las performance son difíciles de entender.
Veréis: quería morir dejando huella, como he sido tan mediocre viviendo, que mi muerte sea recordada por todos vosotros. Soy simple como una pelota.
¡Ah, la vanidad!
No lo olvidaréis jamás. Yo no olvido las cosas que más me han impactado.
La policía corre hacia el escenario.
Dicen que a alguien que se le ha roto el cuello, se le ha de mover con sumo cuidado para que el último nervio que lo mantiene con vida no se parta y se muera.
Espero que no me defrauden, porque entonces sí que me iba a reír yo.
Mar adentro... (qué película más deprimente, coño).
El humor negro siempre es un buen recurso para quitarle gravedad a la muerte.
—En pie, queda detenido —me dice uno de los dos policías con la mano preparada sobre la pistola.
La gente aplaude, parece que les gusta el final...
—Una mierda, he de acabar mi número.
Su compañero saca las esposas de su cinturón y ambos se acercan a mí.
El final...
Con los pies me hacen rodar de lado y apenas siento un clic cuando la médula se romp...


Iconoclasta

1.11.09

Todos somos Carne de Dios

De una forma sorprendente y con una injusta suerte para los buenos escritores, he tenido la fortuna de participar con treinta relatos en el libro: Todos somos Carne de Dios. No es por alarde, es por agradecimiento a mis compañeros escritores y a Adela V. Alcalá, que de alguna forma ilógica, creyó en mí.

Todos somos... Carne de Dios
(Mensaje publicado por La Muerte, Adela V. Alcalá, querida escritora y amiga)
http://lachimeneaenponiente.ning.com/forum/topics/todos-somoscarne-de-dios


Prólogo

Carne de Dios es el resultado del esfuerzo conjunto de una comunidad de escritores que defendemos la Literatura por instinto y bajo insomnio. Todos reunidos bajo la tutela de Teonanácatl, una página de Internet que promueve y apoya el talento novel.
Cuatro talentosos escritores, que la misma comunidad literaria eligió para que presenten sus trabajos editados, forman el cuerpo de este libro, cobijados en fuerte abrazo de solapa por Ignacio Díaz del Monte, escritor español de reconocida trayectoria literaria.

El título del libro ya de por sí conlleva a tantas lecturas ¿Carne de Dios porque el ser humano es su alimento? ¿Carne de Dios porque el ser humano es parte de él (en caso de existir)? En fin, tantas y tantas lecturas como lectores tenga. Y no conforme con ello, se ha reunido en él, un cuadro de estilos muy versátiles: Poesía surrealista, Relato breve, Cuento corto y Poesía de vanguardia, si acaso se vale etiquetar estilos.
En mi intento de describir personas, personajes y personalidades, dejo aquí algo de lo que encontrarás de adentrarte más allá de este prólogo.

Los relatos de Iconoclasta, el azotador de teclas, no son aptos para las sensibilidades simples, éstas deben huir lo más lejos posible de su tinta corrosiva. Nuestro cáustico escritor, trata inútilmente de atrapar incautos definiendo sus relatos de manera sencilla: “Abiertamente sexuales y Violentos” en tanto que, renglón a renglón, historia tras historia, va derribando las Puertas Caspianas que inútilmente construimos para separar nuestro bárbaro de nuestro civilizado.
El título de sus relatos, es sólo una gota ácida que advierte de su contenido: 200 miligramos de Valium; Curso básico de llanto; 666; Alarido.
Como presentación, dejo a Esquizo, un relato breve, que tome la batuta del concierto mayor que está por venir: ...inmersión en una alucinación esquizofrénica, pongo a prueba los nervios de vosotros pobres mortales, un poco de dolor mental no puede hacer daño, incluso ejercita la resistencia y la valentía.

Soy anárquica, dí¬scola, voluble/ perezosa, soñadora, insurrecta. No creo en dioses ni milagros. Sé que no hay caminos/ solo a mí me corresponde. A veces me miro con espanto... en este fragmento, una Adriana Ulloa tratando, más que definirse, aprehender sus pasiones para ordenarlas, alinearlas y encontrarles el sentido de su manifestación; “No sé, a quien le importe” el título de esta poesía, nos revela francamente su intención.
La poesía de la Ulloa no viene a parlar “La Vie en Rose”, viene a graffitiarle, a escribir encima de ella, a tachonarle en femenino. Si tú lector, vienes buscando en sus letras, una plácida isla caribeña de libélulas y alcatraces, aquí no la encontrarás, pero a cambio, nuestra escritora te ofrece una selva de versos identificables y un mar profundo para reflejarte en él. Pasa a conocerla y te aseguro que no la olvidarás.

El lector ávido de sobresaltos cuánticos, encontrará su espacio en los cuentos cortos de Soma, un escritor nacido para la Gloria, según sus propias palabras, huérfanas de modestia. En los cuentos que aquí presenta, tanto las acciones como los personajes, son descritos como una sucesión de luces intermitentes -como esas advertencias de accidente de auto en carretera- entre breves periodos de oscuridad que no logran perdernos sino despertar nuestro instinto de orientación. Podemos identificarnos o no con sus personajes, pero ciertamente los hemos vivido. Soma urde sus tramas con elegante locura y con gran manejo del lenguaje; como amplio conocedor de grandes autores de la literatura, logrando hacernos sentir que, si bien no podemos anticipar dónde ni cómo terminará la trama, si nos lleva ágilmente a puerto... endeble. Toma tu Cabernet y pasa a leerlo bajo tu propio riesgo.

Texto, contexto y pretexto deberían textualizar la poesía surrealista de Dina. Pero no es una autora fácil de desentrañar. El que sea estudiante de medicina debería darnos luz sobre el papel que obra la medicina en su creación, pero no es así, acaso es un recurso de terminología, apenas: Yo soy la culpa/ la tráquea violada por ofidios/ el insomnio de los padres a la diestra. Los destruyo/ como la rama de los fetos/ pendulados en el lago,... (Con plexo de Culpa)
Feromonimos; Polifagia; Lisis; Necrofilia, son algunos de los títulos que eligió para exorcizar los demonios de sus circunstancias, para enfrentar la Libertad y sus rivales y para respirar en el todo asfixiante. Sin un asomo de pérdida su lectura.

Rebeca Valenzuela Soto.

28.10.09

El follador invisible y el cambio horario



Estos días que ahora de repente se hacen más largos, con más luz; son una burla de los que ostentan el poder sobre los visibles.
Son días más penosos, días de una luz forzada, impuesta. Amarga como la hiel que brota del hígado de la niña muerta.
Me han contaminado el tiempo, yo que no estoy sujeto a nada ni a nadie, un funcionario mediocre ha conseguido colmatarme de ira.
Ha intentado adulterar mi ciclo vital, mis biorritmos.
Ahora pagarán.
Para los visibles, para gran parte de ellos no tiene importancia; pero para mí, es una violación flagrante de mi libertad. De mi vida.
De mi invisible vida.
Odio cuando esos seres retorcidos deciden adelantar o atrasar la hora del día, como si fueran brujos vividores en una aldea donde han de trabajar para ellos.
No tengo párpados, son tan invisibles como mi polla y cuanta más luz, más tormento. Tampoco es un gran tormento; pero para un ser superior como yo es humillante que un mierdoso representante de un gobierno me moleste. Estas cosas no debieran ocurrir.
No es por una enfermedad mental por la que busque descanso y relajación en tanatorios y morgues. Soy un hombre invisible con costumbres de vampiro.
Soy un hombre invisible al que no le gusta ni soporta que ningún ser inferior intente dominar su tiempo, y el tiempo es luz y movimiento.
No me gustan los cocainómanos con alucinaciones de divinidad.

Ahora estoy en la oscuridad de la casa grande y silenciosa del delegado del ministerio de industria y energía.
A él le suda la polla joder el tiempo y el día, ya que es su placer. Como ha sido mi placer violar a sus dos hijas en el piso inferior. La menor, la de catorce años, está muerta; no callaba ni debajo del agua. Su cabeza pende de un cuello roto y de su ano rasgado mana la sangre.
El primer día de atraso o adelanto horario siempre es especialmente duro para mí, ergo para los demás.
Yo sé que estos idiotas se sienten orgullosos de hacer ostentación de poder. Yo trasciendo cualquier poder para ser invulnerable, implacable, cruel, feroz y vengativo.
Cualquier puerta abierta, cualquier coche que entre o salga de una propiedad, me invita a pasar. En los lugares más seguros e inexpugnables, siempre hay quien entra y sale, sólo hay que pegarse a él.
Aún no entiendo como no hay el doble de muertos en esta ciudad.
Tiene su lógica, la muerte de los visibles no me atrae, busco su locura y dolor, son como juguetes que quiero romper.
La hija del delegado, se me ha roto de otra forma. Sin embargo, su hermana con dieciocho años, en cinco minutos ha vivido una experiencia que muchos no conseguirán tener aunque nazcan mil veces. No grita, llora silenciosamente sus pezones casi arrancados y sus manos en su sexo, intentan contener el dolor de una penetración seca y dolorosa ante el cadáver de su hermana pequeña.
—Soy un diablo que entrará en ti, y te partiré el cuello desde dentro, como a tu hermana —le he susurrado al oído con mi estudiada voz sobrenatural.
Y no hay nada como una voz incorpórea y tocar una carne que no se ve para conseguir la máxima cooperación de mi juguete.
Cuando he mordido sus pequeños pezones y ha manado la sangre, ha cerrado los puños con fuerza y se ha comido su dolor.
He lamido sus lágrimas y la he llamado puta. Ahora está a un paso de la locura y aún no ha acabado todo.
Si alguien me irrita los invisibles testículos, le arranco la piel a tiras después de haberlo sometido a tormento psicológico.
La pequeña no se ha avenido a razones y le he partido el cuello, he follado su cadáver por el culo y su hermana veía como su ano se dilataba y se formaba entre las nalgas un negro agujero que parecía tener movimiento. Cuando la decoración de las habitaciones lo permite, observo mis violaciones a tiempo real frente a un espejo, y he de confesar sin asomo alguno de sonrojo, que no hay experiencia más extraña y más excitante que ver los sexos abiertos y deformados por algo que no se ve, pero que está entrando y saliendo de ellos.
El que me tirara post-mortem a la hermanita, no es por necrofilia. Simplemente se trata de impresionar también al matrimonio que duerme arriba, que aprendan lo que es la violación de la libertad con actos sencillos de comprender como los de los programas infantiles.
Soy un buen psicólogo.
En definitiva, estoy haciendo lo mismo que el delegado y sus amigos; pero con más gracia, gusto y pasión.
Lo de la pasión es mentira, a veces me aburre tanto juguete y deseo un poco de paz. Vamos, que no me molesten haciendo el día más largo. Yo no curro, pero el movimiento de las ciudades sí que cambia y me tengo que adaptar cuando no tengo gana alguna de que cambie nada.
He encendido todas las luces de la casa y conectado el televisor al máximo volumen. La hija grita en la habitación y papá y mamá bajan precipitadamente por la escalera.
—¡Ivana, Maraya! ¿Qué está pasando aquí? ¿Sabéis que coño de hora es?
Son exactamente las cuatro de la madrugada.
El delegado es un cincuentón bajo y regordete, de piel sonrosada y cuidadas canas. Tan cuidadas que aún sigue bien peinado a pesar de haberse levantado de la cama ahora mismo. Y no creo que haya ido primero al lavabo a peinarse.
La mujer debe ser puta, porque es la única manera de entender que una tía buena, buenísima, viva con semejante mediocre por marido. Viste un camisón transparente y unas braguitas rosas sin costura, como una segunda piel que se empapará de sangre.
El idiota lleva un pijama abotonado de tergal azul cielo. El que muta y corrompe los días entra en la habitación con energía y cabreado. La mujer, aún confusa, apaga el televisor del salón.
—¡Ivana, Ivana! ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha pasado aquí? —grita el delegado evidentemente exasperado.
La mujer se dirige hacia la habitación con sus plenos pechos agitándose y sus redondeadas nalgas vibrando excitantemente; pero no llega, no la dejo llegar. La tumbo de un empujón y cae de espaldas en el enorme sofá de piel blanca.
Lanza un grito y de un puñetazo le parto los labios y hundo un diente.
—¡Helga, algo le ocurre a Ivana! —insiste el histérico padre, marido y delegado ejemplar.
—Está muerta, es normal que esté fría, y que empiece a adquirir cierta rigidez. Y que sangre por el culo —le explico pegando mis labios al oído de Helga. Confidencialmente.
No deja de ser sorprendente como se crea cierta complicidad entre el juguete y el amo. Es un juguete precioso. Me gustan más las tías maduras y bien formadas que las jovencitas. Las jovencitas sólo me sirven para atormentar y hacer sufrir a los padres. Es más trágico violar y torturar a una niña que a una adulta. Cuestión de psicología hipócrita. Como si los adultos sufrieran menos.
Gilipollas.
Sus ojos enormes y almendrados miran arriba y abajo, a izquierda y derecha desmesuradamente abiertos.
Le arranco el camisón y las bragas.
Grita, grita, grita...
El delegado sale de la habitación y no se da cuenta de que está mirando mi polla que se acerca obscenamente a la ensangrentada boca de su puta.
A veces pienso que soy excesivo con esta ira que cultivo.
No hay nada que me ponga más que una visible asustada y con la boca ensangrentada. Les da un aire de locura digno de Munch.
La hija, desde su habitación grita:
—¡Es un diablo, un espíritu!
Dadas las circunstancias, podría ser cierto, es comprensible.
Pero yo soy aquello que cualquier ser humano sería si fuera invisible.
El padre no presta atención a lo que berrea su retoña. Observa atónito la boca de su mujer, sus mejillas moviéndose y abultándose como si chupara un enorme caramelo. Yo porque estoy acostumbrado; pero es muy extraño ver una mamada a un pene invisible. Los ojos lloran, la mente enloquece y la víctima siente que va a morir asfixiada. El que mira, siente un escalofrío, no comprende lo que ocurre salvo que hay algo poderoso y malvado ahí. Masca el miedo de la víctima como suyo propio.
La sensación de peligro es uno de los instintos básicos del ser humano y yo la pongo de manifiesto como ningún otro ser en el planeta.
—¿Qué te ocurre, Helga? ¿Por qué haces eso?
Pero Helga está demasiado ocupada en no asfixiarse. Le he agarrado el pelo por la nuca para presionar su boca en mi pubis. Seguro que el señor delegado de industria y energía, piensa que es tan extraño ese pelo que flota tenso y rígido, como el tremendo horror que sus ojos reflejan.
— Tú atrasas y adelantas la hora, tú lo gestionas. Eres en parte responsable de joder los días, de joder el tiempo. O disfrutas con ello, o no entiendes la magnitud del acto. Seas inocente o no, hoy los minutos van ser lentos como años. Yo también puedo variar el tiempo e interferir en tu vida.
Los ojos del hombre buscan desorbitados el origen de la voz, que he modulado con mucha gravedad para dar algo más de misterio. Mira directamente mi cara sin saberlo.
—¿Quién eres? ¡Helga deja de hacer eso!
Yo creo que en el fondo sabe que le estamos poniendo los cuernos ante sus narices.
Por toda respuesta, tiro del pelo de la tía buena obligándola a ponerse en pie y le doy un un puñetazo en el abdomen lanzándola contra su marido.
La hija grita histérica.
—Nos matará como a Ivana. Nos matará —recita ausente, un salmo a la locura.
—¿Qué eres? —susurra mirando ahora hacia el jarrón del comedor, sujetando a su esposa entre los brazos.
—Soy un hombre invisible y vosotros mis juguetes. Por culpa del horario de verano, tengo ahora serios trastornos del sueño. Y ahora vosotros no dormiréis. Por decir lo mínimo.
—¿Qué dices? ¿Qué estupidez es esa? ¿Todo esto por el adelanto de hora, hijo de puta? Estás loco seas lo que seas. Es para disfrutar de más luz, para ahorrar más energía. Nada más. Nadie quiere joder al hombre invisible.
Ahora estoy a su espalda y el especial tono con que ha pronunciado “invisible”, me ha ofendido un poco. No me gusta que los inferiores me hablen en ese tono, sólo acepto el del miedo.
Maraya está aún a la entrada del salón, sin atreverse a entrar. Le tapo la boca con la mano para evitar que grite; pero es imposible evitar los sollozos y gritos ahogados; el forcejeo por liberarse de mi mano que metiéndose bajo la camiseta del pijama, descubre y manosea sus tetas. Las tetas, cuando no están excitadas, son de una suavidad divina, los pezones blandos invitan a ser pellizcados, chupados hasta arrastrarlos por entre los dientes ávidos. Uno se recrea en ellos con el aliciente de que se endurezcan y cuando lo hacen, es hora de pasar al coño y follarla.
Apenas han pasado diez minutos; pero todos sudan como si llevaran dos horas corriendo. Einstein se acariciaría alelado su pene circunciso ante mi capacidad de relativizar el tiempo.
Yo lo que quiero es que el delegado sienta el dolor de la muerte de su hija de una vez por todas, se está obsesionando conmigo.
—Tu hija está muerta. Le he partido el cuello y la he sodomizado. Todo delante de estas maravillosas tetas que estoy sobando. Ivana no se estaba quieta como la buena de Maraya, si se revolviera entre mis brazos, le partiría el cuello también y la follaría en la mesita del sofá. ¿No te gustaría atrasar la hora y evitar lo que ha ocurrido? Aunque creo que lo más factible y lógico en estos momentos, sería adelantar la hora para que yo salga de aquí cuanto antes. Tienen suerte tus hijas de que se parezcan a tu puta y no a ti. ¿Sabes que Maraya odia morir? Sus pezones están deseosos de contraerse entre mis dedos. Ahora y dentro de unos años.
Viendo los pechos desnudos de su hija, sobados por el aire, deformados por una presión invisible, se derrumba.
—¿Cómo es posible? Ivana...
Llora y su esposa con él. Se dirige hacia nosotros, hacia mí y Maraya.
—Maraya, ven conmigo, acércate —le dice extendiendo la mano.
Cuando la chica intenta avanzar, la retengo contra mí y le giro el cuello hasta el punto máximo de torsión y todo el mundo comprende que han de estar quietos.
Cuando mis juguetes por fin asimilan lo que les está ocurriendo, se someten al miedo. Los primeros minutos siempre son para la sorpresa y la negación de lo imposible, aunque sea tan obvio como ahora. Al final, muerte y dolor es lo que se impone.
Mi rabo se ha endurecido entre las nalgas de Maraya y ahora lo meto por entre sus muslos, la tela del pijama está caliente y al poco tiempo, la noto mojada de mi propio fluido. Si en este momento le picara el coño y se rascara, se encontraría con mi pijo bajo las uñas. ¿No es esto maravillosamente obsceno y extraño?
Quien me conoce, quien sabe de mi existencia, acumula una experiencia que envidiarían muchos.
El cuerpo de Maraya se agita laso ante mis rítmicas arremetidas entre sus muslos. Estoy pensando en joderla, obligar que su padre la sujete mientras le chupo el coño y luego le meto el puño entero.
Helga se ha separado de su marido y viene hacia nosotros, con su boca ensangrentada está adorable. Es cierto que el diente hundido le resta belleza; pero también le da un aire de fragilidad excitante.
Me encantan los menages a trois; le lanzo a su hija a los brazos para que no me toque, odio que me rocen los visibles sino soy yo el que lo provoca.
Se abrazan lloriqueando.
—¿Sabéis familia? El tiempo se acaba y estoy confuso. No sé cuando amanecerá. Por otra parte me aburro inmensamente hablando. No es normal que hable tanto con mis juguetes.
Me acerco al delegado hasta que es capaz de notar mi aliento en su rostro.
Ya no me siento enfadado, no siento odio. Mi ánimo se ha templado. ¿Qué importa una hora más o menos cuando no estoy sujeto a norma alguna?
Tengo unos prontos malísimos.
Al delegado le he obligado a beberse una botella de bourbon, media hora quejándose, pidiendo que me vaya, que los deje tranquilos y bla, bla, bla...
La madre y la hija se han sentado desnudas en el sofá y mantienen las piernas separadas. Les he tenido que pegar unas cuantas veces para que hicieran lo que les ordenaba y ahora se mantienen así de abiertas y excitantes.
Como padre y marido no creo que sea muy querido, porque apenas han lanzado un tímido grito cuando le he obligado a tragarse su reloj de pulsera. Le he tenido que golpear varias veces en las costillas con la botella vacía, pero lo cierto es que ese reloj tan grande no pasa por ahí. Ahora la sangre mana abundante por sus labios.
Le obligo a tomar unos tragos de coñac. Se desploma como un pelele en el suelo, no sé si por coma etílico, dolor o miedo.
Es igual, me siento orgulloso.
Todo queda en silencio, sólo se escuchan las respiraciones agitadas de las mujeres que miran a su padre y marido. No gimen ya, sin embargo sus ojos están hermosos anegados de sangre.
Creo que es hora de irse, esto ya me aburre.
Al llegar al salón, el reloj de carillón da cuatro campanadas. Me acerco a su esfera y no puedo evitar tocar sus manecillas negras y girarlas al revés, hasta que marca las tres.
Doy media vuelta, y al entrar en el salón grito:
—Se ha atrasado la hora oficialmente, por tanto vamos a pasar otro rato más juntos hasta conocernos bien. Una hora más.
Las mujeres, han roto a llorar de nuevo, presentían que aquello llegaba a su fin. Es una crueldad engañar a los visibles y darles esperanzas; pero es algo que se hacen continuamente entre ellos. Son más fuertes de lo que parece.
Cojo las cuidadas canas del delegado y tiro de ellas hasta que se despeja y consigo que se ponga en pie.
—Harás lo que te diga, sin rechistar. Si no me haces caso pronto y siguiendo al pie de la letra mis instrucciones, las mato a cuchilladas. No pronuncies una sola palabra a partir de ahora, o las descuartizo. Si me has entendido, si eres consciente de lo que te he dicho y lo has comprendido, llámalas putas.
Parece no reaccionar.
—Las voy a cortar en pedazos, tarado. Si no eres capaz de entenderme y seguir mis órdenes, las voy a descuartizar lentamente delante de ti.
—¡Putaaaaaas! —grita a pleno pulmón, lanzando gotas de saliva y sangre.
—Cariño... ¿Es él, aún está aquí? —le pregunta su mujer aterrorizada.
—No le respondas —le susurro al oído.
—Papá... –Maraya se acerca a su padre buscando su abrazo.
—Vuelve al sofá Maraya, no te muevas de ahí.
—Tengo mucho miedo, papá.
—Te he dicho que vuelvas al sofá.
Tal vez hayan sido las húmedas y mudas súplicas de los ojos de su padre, la que la convencen de que se quede sentada en el sofá, junto a su madre.
—Y que mantenga las piernas abiertas...
—Ahora quiero que ates las manos de tus zorras a su espalda y las arrodilles; pero a tu hija, además le vas a atar los pechos, hasta que sus pezones se endurezcan y se amoraten. Ve a la cocina, he visto cordel —le susurro con un tono tan bajo que no pueden oírlo las tías buenas.
—Cariño ¿adónde vas? ¿Qué ocurre?
—Diles que estás loco, que ahora sólo tú me puedes escuchar y tienes que obedecer, soy un dios que exige sacrificio —le susurro al oído conteniendo con dificultad una carcajada camino de la cocina.
La pequeña Ivana ha perdido completamente el color y es tal su apariencia de cadáver que cualquiera sentiría cierto tufo a descomposición por pura sugestión. El padre acaricia su cabello con tristeza.
—Vamos te están esperando.
Les ata las manos a la espalda y a Helga la obliga a girarse hacia el sofá y la invita a que descanse el pecho en el asiento. Su culo redondo y musculoso por el gimnasio se ofrece voluptuoso a mi invisible polla.
—¿Por qué nos haces esto? Responde.
—No respondas y ata las tetas de tu hija.
La primera vuelta de cordel la pasa por debajo de ambos pechos y da cuatro vueltas de cordel a cada pecho, siguiendo mis instrucciones, cuando estoy satisfecho con la fuerza con la que se han atado, le susurro.
—Déjalo ya y ahora, arranca el cable de lámpara de pie.
—Papá me duelen mucho.
El delegado desenchufa y tira al suelo la lámpara halógena de pie que se encuentra a la entrada del salón y arranca el cable al tercer intento.
—Quiero que le azotes sus tiernos pechos, quiero masturbarme viendo como se amoratan y la piel se rasga.
—Hijo de puta —contesta ante los horrorizados ojos de su hija.
—O lo haces tú, o lo hago yo. Y te juro que le arrancaré las tetas a golpes.
Helga se incorpora.
—¿Estás loco? ¿Qué vas a hacer?
Golpeo la cabeza de la mujer y la obligo que pegue la cara al asiento del sofá, manteniendo su cabeza presionada.
Cojo un cenicero de la mesita y lo sostengo tras la cabeza de Ivana. Si no empieza a azotarla, le casco el cráneo.
El delegado ha entendido y lanza un fuerte latigazo que causa un escalofrío de dolor en los músculos de su hija, lanza un gritito, que se convierte en alarido a medida que los azotes se suceden.
La madre forcejea por liberarse de mi presión, sin soltar mi presa, me coloco tras ella y la penetro con facilidad. A la vez acaricio los pezones ensangrentados de Ivana, que no siente mi tacto, se encuentra en estado de shock y sus pechos están tan amoratados como insensibles al placer. Hay sólo cabe el dolor. La chica se ha derrumbado en el suelo agotada y dolorida.
El delegado ahora observa cómo las nalgas de su mujer se agitan y su sexo está extrañamente lleno de aire. La vulva se muestras abierta y dilatada ante mi invisible bombeo. Helga ha dejado de gemir y se ha sometido. Su mente ya ha empezado a deshacerse.
Dentro de unos minutos serán de nuevo las cuatro.
Eyaculo mi invisible semen en el ojete de Helga y la ira me posee al no poder ver mi propia polla escupiendo la leche. Es algo frustrante.
Todo es rojo.
Me acerco hasta el delegado y le doy una fuerte patada en los cojones.
Todo queda ahora en silencio. Dong, dong, dong, dong... Las cuatro.
Me siento satisfecho, razonablemente sereno ya.
Aunque haya algunos daños colaterales, yo soy pura justicia. Imaginad un mundo en el que los señores delegados no sufren y sólo viven bien y ejercen su santa voluntad. ¿Asqueroso verdad?
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Han pasado tres años. Y hace dos que el señor delegado se suicidó en su celda mordiéndose las venas de las muñecas. Le insistí sobre tal hecho unas cuantas noches durante los cambios de turno de los celadores.
Madre e hija se pudren en un sanatorio mental. Continúan contando extrañas historias, sin duda alguna, aún aleccionadas por la obsesiva personalidad enferma del padre y marido maltratador.
Cuando atraséis o adelantéis la hora, acordaos que alguien estará muriendo y sufriendo. Eso os hará sentir mejor.


Iconoclasta

25.10.09

Un día de risas y amor



Es normal esta voz torpe, mi bella.
Se han liado mis cuerdas vocales por todo este torrente de amor que se atropella y agolpa por decirte al oído y al espacio lo que te quiero.
Son pólipos de amor, deseo y ternura que hacen de mi voz algo parecido al graznido de un cuervo. Nada inusual.
El pato Donald estaba enamorado.
Y puedo parecerte fatigado, pues no. Tampoco es por el tabaco, listilla. Simplemente me cortas la respiración cuando ríes o cuando cierras los ojos llevada por un placer, por un beso de mis labios o por una promesa de amor eterno.
Y es por eso que lagrimeo tanto. Todo este amor pesa en mi pecho y requiere un gran esfuerzo respirar contigo. Es entonces, cuando me concentro en atrapar aire bendito, que los ojos se escapan a mi control y los muy bastardos buscan el ébano de los tuyos; emisores de rayos de luz de una arrasadora sensualidad. Deslumbrante.
No es un lagrimeo triste, mi bella. ¿No ves mi sonrisa de Cheshire? Es que la luz de tus negros ojos me somete, me esclaviza. Si no fuera por mi férrea voluntad, desearía seguir mirando hasta quedar ciego y guiarme por el mundo sólo con tu mirada.
¡Vaya, cielo! Debería hacer algo, mi bella. Entre mi tartamudeo, la dificultad respiratoria y esta pequeña alergia que provoca un ligero lagrimeo en mis ojos, te debo parecer de lo más patético. Si tienes paciencia, dentro de otros mil años conseguiré arrebatarte el control de mi organismo.
Y sólo me falta dejarme vencer por el peso de tus palabras, para caminar un poco doblado y así ser el vivo retrato del corcovado Quasimodo.
Y tú la hermosa Esmeralda, que me quiere a mí, no a Febo.
¡Vaya amante te has buscado, mi bella!
Mi vida, tus ojos son preciosos; pero necesitas gafas.
No es un día para hablar de ausencias y de encuentros, ni de tiempos de desolación. No es el momento de pedirle cuentas a la puta vida; que explique esa furcia porque nos ha hecho esto.
Hoy sólo quiero arrancarte sonrisas a puñados, mi bella.
Amada, amada, amada...
Quiero ser el motivo de tu sonrisa, seré una fresca brisa que acaricie tu piel y te haga cosquillas de amor.
Una palmada en el culo: ¡Pero qué buena estás cordera!
Soy tu rústico patán y estiro las mandíbulas como un auténtico cro-magnon, pensando en cosas profundas, tan metafísicas como darte con una porra en la cabeza, gritarte: ¡Ujungo bongo! (te amo, maciza) y hacerte madre en una caverna con una gran hoguera y una luna llena gigante en el cielo.
Me he comprado unas gafas de broma, de su montura dos grandes ojos cuelgan de unos muelles. Me las colocaré cuando estés mirando a otra parte y te diré un dulce “te amo” mirándote fija y tiernamente con esos ojazos.
Necesito tu risa, mi amor.
Hoy llenas mi corazón, soy tuyo. Estoy en ti, sólo necesito tu reír.
Porque ya te tengo toda.
Te contaré un chiste de tontos enamorados. Otro de los que se confunden enamorados con enanos morados. Blancanieves besando a Gruñón de forma obscena. De locos; pero no tontos.
De sordos; pero no ciegos.
Tengo tantas cosas para hacerte reír...
Me tropezaré con la raya de un lápiz marcada en el suelo, seré un tosco Charlot para arrancarte tu sonrisa, mi premio de vida.
Y astuto yo, aprovecharé para abrazarme a tu cintura y darte un beso serio como un cáncer, grave y profundo. Sin asomo alguno de chanza, como el universo negro sin estrellas.
En ningún momento dejaré que aflore la tristeza de casi una vida entera sin ti.
No te contaré de las tristes mañanas en las que despertaba sumido en una profunda pena que no entendía, no podía identificar. Al abrir los ojos me cubría una capa gris, fría y desabrida que me torcía la boca en una mueca de náusea. Me faltaba algo que no supe lo que era hasta que vi tus ojos.
Cada amanecer sin ti, me sumía en una profunda melancolía.
Mi vida, ya no podía seguir acumulando tiempo sin ti. Vivir a duras penas era viable.
Cuantas veces, durante cuantas horas he mirado mis pies buscando pistas sobre el amor, sobre tu existencia. Alguien por quien vale la pena vivir.
Alguien por quien me despelleje la piel por arrancarle unas sonrisas.
Miles de ellas a ser posible.
¿Sabes el chiste de Caperucita Roja?
Iba por el sendero del bosque a casa de su abuelita, cuando aparece el Lobo:
-¿Adónde vas Caperucita bonita?
Y Caperucita, que parecía no haber tenido un buen día ya que iba dando patadas a las piedras, le respondió:
- ¡A rascarme el coño!
Dime que es gracioso y ríe mi bella
Ríe mi vida, hasta parar mi corazón.
Es un día de amor y risas.
Nos lo hemos ganado, cielo.
Ha sido tan largo vivir sin ti, tan triste...
¿Sabías que las brújulas son las que montan en escóbulas?
Una risa más...



Iconoclasta
Nota del autor: el chiste de Caperucita Roja, aunque versionado a mi gusto, no es de mi invención y como de tantos otros chascarrillos, desconozco al autor. Igual ocurre con el chiste de la brújula.

18.10.09

Está lleno de cruces



En algún momento de la infancia (seguro que fui niño, tuve que serlo), tal vez en mil novecientos sesenta y siete, (más atrás no; los niños tan niños no deberían soñar según qué); soñé con un cielo saturado de azul y blanco; se podía tocar, hundir las manos en las nubes de un blanco tan crudo como el sudario impoluto de un cadáver. El azul era tan sólido, que la luz apenas podía vencer la oscuridad. Un toque de noche al día. Una balsa oscura reflejando el mar sereno, maldito, infranqueable y voraz.
Era hermoso aquel cielo a pesar de las cruces que se mantenían ingrávidas como naves espaciales amenazando la tierra. Oscilando imperceptiblemente al ritmo de los pulmones de los crucificados.
No tuve tiempo.
El primer crucificado, hermoso su rostro congestionado por el dolor, era mi padre.
Yo lo observaba tranquilo. Fascinado por las detalladas vetas labradas en la negra madera de la cruz.
Él no me miraba, sufría más allá de mí. El dolor nos hace tímidos y en lugar de mirar a los ojos, miramos el polvo.
No tuve tiempo.
Se murió antes de saber que su hijo soñó con él crucificado.
No tuve tiempo de sopesar si era mejor hablar o callar.
Se murió antes de saber que su hijo estaba loco.
Todos me sobrevaloran, es una constante como la lenta velocidad del tiempo cuando siento que me arrancan las uñas.
Tras él y en todas direcciones, se extendía un inmenso campo de cruces, cada una con su crucificado, con su culpable. Centenares de tristes cristos convertían sus lágrimas en lluvia sobre la tierra.
Uno de ellos era un presentador de la televisión, me parecía viejo. Ahora, al seguir viéndolo ahí crucificado, me parece un poco más joven que yo.
Hasta en mis sueños los extraños interfieren, el mundo infecta lo más íntimo, lo más sagrado de mí.
Si pudiera, haría arder a los crucificados, los incineraría a ellos y sus rostros dolidos. Hasta las cenizas desintegraría para que no quedara nada de ellos en mi mente, en mi sueño.
Sucios...
Como los odio, los odio allí colgados sufriendo y llorando.
Tal vez nunca los queme, que se jodan y sufran durante toda la puta eternidad por haber infectado mi sueño.
Beso tu coño, mi bella. Eres lo único que permito que interfiera en mí. Eres lo único que miro con una sonrisa. Eres mi jardín perverso y la ternura, la inocencia que un día quedó clavada en algún madero de una cruz negra.
Oscilando con mi respiración hostil.
Mi padre está caliente en la cruz. Lo prefiero allí que frío y rígido sobre la cama. Antes de encerrar su carne en un ataúd sellado lo toqué y el frío de su piel aún quema mis yemas.
Deberíamos morir directamente en una urna de cristal para que nadie pueda tocar nuestra fría carne.
Muerdo tus labios, mi bella. Esto no debería escribirse, y sólo tengo el consuelo de la cálida humedad de tu boca.
Tampoco le pude decir a mi amado crucificado, que tuve que arrastrar el cadáver de su madre. Se murió con el cuchillo en una mano y con una vaina de judías en la otra. A fuego lento como el agua que calentaba en la cocina.
Es otra razón por la que los cadáveres deberían caer en un recipiente, jamás en el suelo. Pesan infinito, pesan dolorosamente. Por más que los cojas y los aprietes contra ti, no vuelven, no te hacen caso. Ni siquiera te ayudan a llevarlos hacia una cama donde exponerlos. No los puedes dejar en medio de la cocina todo el día: los perros que los aman podrían arañarlos pidiendo que se levanten.
Necesito acariciar tus pechos hasta sentir tus pezones duros presionar las palmas de mis manos. Necesito lo vivo y lo cálido; te necesito a ti entre toda esta insana tropelía de recuerdos.
Porque estás tú, mi bella, de lo contrario no podría vomitar esto sin lamer el indoloro filo de la navaja con mis venas.
Tal vez ni estés, tal vez gires la cabeza asqueada.
¿No es hermoso el plateado brillo de un filo? Mi padre usaba una navaja para afeitarse. La conservo por si algún día he de cortarme el cuello. Nunca se sabe.
Ojalá fuera tan valiente.
Que nadie se fíe.
¿Y si soy uno de ellos, de los que llueven dolor sobre el mundo y tú no estás? ¿Y si soy el sueño del sueño y tú la que mira horrorizada? Necesito la navaja...
Debo preguntarle a mi hijo si ha soñado conmigo, si me ha visto crucificado en la cruz como está mi padre.
Si me dice que sí, me cago de miedo.
Me cago de pena.
Tampoco le puedo decir a mi querido crucificado que no soy un buen padre, que mi hijo no basta para dar consuelo a la angustia que a veces me dobla por la mitad. El sigue mirando abajo, como los otros. No le importa si soy buen padre.
Pero a mi hijo no se lo diré, yo no hago daño a mi hijo. Jamás permitiría que por sus dedos se extendiera el frío de la carne muerta. Llevo un ataúd a la espalda para tal fin.
No se ríen los crucificados ante mi gracia. Y si alguno se riera, allá al fondo del infinito, sería yo.
Ahora soy tres años mayor que cuando mi padre murió. Sé más que él. Estoy seguro, porque ahí, sufriendo en la cruz, se le ve más joven de lo que pensaba que era, ergo no podía saber más que yo. Imposible.
Si hubiera sabido tanto como yo, estaría sonriendo. Se reiría de lo que su cansado cuello le obliga a mirar allá abajo.
Necesito abrazarte, mi bella. Abrázame, no quiero el calor de las cruces ni de los dolientes. Sólo quiero el calor de tu cuerpo. Conjura a los muertos y a los que odio. Conjúralos con una caída suave y profunda de tus párpados; un telón que cierra una maldita obra que no consigue arrancar una sola sonrisa a nadie.
Tú me absolves.
RIP


Iconoclasta