23 de febrero de 2019

Yo, el sepulturero


El invierno es ya un viejo que se apaga en una vertiginosa agonía. Muere cada día unos minutos, los que la luz le roba de vida para calentar más la tierra y las cosas que contiene.
Otro invierno que muere y otra primavera que está ya inquieta en el útero planetario para ser parida y ocupar así el lugar de su hermana muerta el año pasado.
Es menos triste y dramática la historia de los equinoccios, sus razonamientos, cálculos y efectos; pero infinitamente más aburrida.
Y con toda su ciencia se equivocan. El invierno muere mucho antes de lo que calculan. Lo noto en los árboles y sus ramas que se estiran y arrancan ávidas ya el calor al aire para recuperar sus hojas queridas. Lo noto en el hielo del camino que ha perdido su dureza y apenas cruje, pareciera que al pisarlo llora quedamente. En las voces del bosque.
Lo noto en mi sudor que había olvidado estos meses fríos. Y el hueso duele menos…
El invierno no espera un equinoccio, muere cuando debe, cuando está agotado. Tal vez en su agonía aún pueda dar un frío zarpazo; pero está acabado.
El invierno ya alimenta a los buitres.
Y así, palabra a palabra he empezado a cavar su fosa. Alguien tiene hacer los honores. Tal vez, por eso estoy aquí: como sepulturero de las estaciones.
Porque si no ¿qué hago?
Hay una belleza de infinita melancolía en la muerte de las estaciones.
Dan ganas de morir con ellas.
La belleza con tristeza se paga… Son cosas que aprendes con un dulce dolor.
No tardaré mucho en cavar dos tumbas, no soy tonto ni ingenuo.
Y si ves las barbas de tu vecino pelar…





Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

21 de febrero de 2019

Políticos muertos


No soporto a ningún político sea de la secta que sea, aunque al final todos son fariseos.
No importa si están libres, encarcelados, torturados o ejecutados. Los odio de una forma vehemente, con saña.
En este momento no podría mencionar un político muerto; me es indiferente la muerte de cualquier individuo de esta especie. Sinceramente, cuando uno muere si me lleva a algo es al optimismo: uno menos.
No me voy a arrodillar para hacerle una mamada al hijoputa que me ha jodido toda la vida, al que me ha querido hundir aún más cuando he estado mal y al que piensa dañarme y robarme próximamente.
Mira, el mejor político es el muerto, porque se escriben numerosas hagiografías de él (mentiras glorificantes, literatura para subnormales) y así pasa a ser una especie de santo o mártir en el imaginario de la chusma.
Un político que sufre o muere, jamás compensará el daño y el robo cometidos desde que nací (porque me importa el rabo de la vaca lo que ocurrió antes de mi existencia).
Han intentado acabar conmigo desde que nací (políticos y sus instrumentos de poder): exijo que mueran a cientos, incluso su descendencia.
El político va contra mi libertad, mi trabajo e insulta de una forma continua mi inteligencia: que muera será motivo para que yo pueda aspirar una bocanada de aire más sano.
Pero la verdad es que cuando uno muere, me importa tan poco que ni siquiera me acuerdo de sonreír.
La peña que se manifiesta por ellos y los aprecia, padece de ese taedium vitae tan propio de los indolentes de la clase alta de la Roma clásica. El rebaño bosteza y se asusta al ritmo de sus amos, los políticos.
El político se merece la muerte como pago al mal que me ha hecho, la libertad robada y la humillación de haber nacido en el repugnante momento y lugar que han creado y perpetúan.
Si Kennedy (el que se follaba a la Marilyn Monroe) hubiera sido asesinado en este tiempo, con toda la mediática comunicación y redes sociales que hoy existen, hubiera escrito: “Joder… ¿Por qué coño no mataron antes de nacer al putañero? Me duele la cabeza, callad ya hijos de puta”.
¿Políticos muertos? Sí gracias.
Es un sueño (no puede hacer daño) y un buen, justo y honrado lema.
Los hay que aman y los hay como yo: odiadores profesionales.
¿Verdad que es hermosa esta diversidad social de mierda?
Si yo tengo que tragar, que traguen otros también. La democracia es muy puta.
Mierda para dios y para ellos (políticos).





Iconoclasta

16 de febrero de 2019

Sin nada que contar


Nunca tengo nada que contar a nadie que se interese por mis días por una malentendida educación. No me ocurre nada que sea digno de mención.
Y lo que me pudiera ocurrir me atañe exclusivamente a mí.
Morir es una cosa íntima. Nadie debería estar cerca cuando te mueres (incluso cuando matas), y es lo que básicamente ocurre todos los días, todas las horas.
Así que invento cosas creando un mundo más intenso. No mejor, solo más importante y trascendente, donde las maldades y las bondades se entrelacen como las patas de dos lesbianas haciendo la tijera.
Mi cerebro está podrido y no es escrupuloso. Jamás aspiraría a imaginar cosas bucólicas o perfectas, me muevo bien y con naturalidad en la sordidez.
Si alguien me pregunta por mis días, jamás le explicaría que son un caos de ideas, imágenes, frustraciones y deseos que ocupan gran parte de mi vida gestionar: describir, nombrar, clasificar y archivar en el lugar adecuado de mi cráneo.
Administrando toda esa vorágine mental, el dolor y el miedo pasan a una fase letárgica y parece que eso le sucede a otro.
Es por mi intensa actividad mental por la que, cuando unos se van a llorar al médico por un dolorcito; yo camino y me accidento por algún tropezón; como si fuera un humano sano sin un dolor en los huesos, un vulgar en definitiva. Si me corto con el cuchillo en la cocina, me meo de risa; incluso cuando reconozco con mis letras que soy un mierda, río oscuramente.
A veces lloro al masturbarme.  Me gusta tener ese aire de maldito y triste.
Suelo cerrar mi resumen mental con un “tal vez se cumpla algún sueño algún día”; pero me río de mi estudiada candidez. Soy muy crítico y burlón conmigo mismo, es básico en alguien con una mente tan ponzoñosa y tan mal ubicada en el universo como la mía.
No, no estoy loco; de lo contrario no podría escribir con tanta lucidez mi sórdida (incluso distópica por decir lo mínimo) bitácora.
Bueno, si nadie es capaz de imaginar lo que mi cabeza esconde, es que soy hábil y tengo el control.
Hay brazos (manos y dedos los desecho, no me gusta esa carne gelatinosa de la misma forma que no me gustan los pies de cerdo) y filetes de mejilla humana en mis congeladores que jamás se descubrirá a quien pertenecieron. En mi sótano tengo cuatro arcones, y el cuarto pronto estará lleno.
Debería parar; pero es tan fácil matar...
Si no tuviera que esconderme, si fuera libre para hacerlo…
Es tan frustrante a veces vivir…
No siempre me apetece comer humanos, no soy exclusivamente caníbal. Me gusta la repostería de crema, trufa y nata; por ejemplo.
Tengo mis caprichos.
A veces sueño que estoy en una selva de otro planeta y cazo una pieza humana, la devoro donde la mato hasta saciarme y dejo sus restos como hacen otros predadores, para los carroñeros.
Sin leyes, sin esconder mi naturaleza, sin necesidad de escribir cada día toda esta literatura sórdida que solo leo yo; pero que una vez haya muerto, leerá alguno de esos seres que creen y velan por esas ridículas leyes que pretenden destruir mi libertad e idiosincrasia.
He violado tantas veces, que me duele el pene al ponerse duro por tantas cicatrices.
Me gusta esa sencilla y brutal imagen de mí. Cuando lo trato con crema hidratante para flexibilizar todas esas durezas, no puedo evitar eyacular con los dedos de los pies fuertemente contraídos y con ese dolor como una frecuencia mortificante pulsando con la del placer.
No siempre consigo evitar un grito o un rugido, no sé…
Querido diario (qué risa de ñoñería, soy feliz a veces), hoy no he matado, me he sentido un tanto desidioso.
Mañana…




Iconoclasta

13 de febrero de 2019

Emigrantes y sus categorías

 
De pequeño siempre he sido un sano escéptico, nadie consiguió adoctrinarme y lo que intentaron inculcarme lo puse a prueba (de ahí lo de sano). Cuando tuve un uso de razón eficaz (sobre los seis años), unas cosas las rechacé con cuidado para no provocar incomodidades en mi infantil vida y otras las acepté. Ahora mismo no recuerdo cuáles acepté, aunque creo recordar que tuve fe en la tabla de multiplicar del dos. El resto era demasiado complicado y abstracto. Nací con limitaciones, no puedes ser fuerte, robusto, astuto, hermoso, ingenioso, sensible e imaginativo y además ser inteligente. Los superhombres no existen, por mucho que cacaree Nietzsche.
Encontrábame yo formándome en la vida entre finales de los 60 y principios de los 70 del siglo pasado (el puto Franco cabrón estaba vivo), cuando comencé a oír una frase que mi padre y otros catalanes en corrillo y voz baja, entre cerveza y cerveza, repetían hasta el asco. No le hice puto caso pero; la archivé hasta que me hice adulto y obrero: “Si emigras, si vas a trabajar al extranjero y dices que eres catalán, serás mejor considerado y te darán mejores trabajos y mejor pagados. Los catalanes somos muy respetados afuera”. YO a veces, al oír aquello, sentí como una especie de cosquilleo en la polla y poco más.
En fin, le hacía el mismo caso que el avemaría de los cojones que nos obligaban a rezar al empezar y acabar la clase en el colegio.
Sin embargo, cuando empecé a trabajar con otros obreros como yo, me di cuenta de la gran mentira. Primero: yo era catalán y esclavo, no le veía privilegio alguno a ser catalán. Segundo: la inmensa mayoría de emigrantes eran extremeños, andaluces y gallegos; lo supe por sus hijos que eran mis compañeros de trabajo.
De catalanes emigrantes no conocí a ninguno mientras acarreaba sacos de cemento y rollos de tubería de plomo en la obra; supongo que debería haberme criado en una familia pija y burguesa para encontrar un funcionario emigrante catalán al cual le comieran la polla cada día por ser tan catalán en Bélgica, Alemania, Suiza o Estocolmo.
Por supuesto que hay racismo por parte de catalanes hacia el resto de España. Como sin duda alguna ocurre lo mismo con otras élites como vascos, valencianos o madrileños.
Y es que la rotunda expresión franquista de la miseria, la pobreza, el hambre y la endogamia, se encontraba en el sur de España. Lugares tan deprimidos que en plenos 60 y 70, moría gente por hambre y vivía en auténticas cavernas construidas con desperdicios cancerígenos.
Así que aquellos emigrantes de tercera categoría (los no catalanes), tenían más cojones que los de primera para salir al mundo y luchar contra la miseria.
Por poca atención que prestes a los que te rodean y los que tienes que soportar, con el tiempo acabas reconociendo la ponzoña que habita en las entrañas de la chusma.
Panda de hijos de puta generación tras generación…
Y claro, mis padres no me hicieron muy inteligente; pero tampoco idiota: los vascos, los valencianos, los madrileños… Todos pensaban que eran unos privilegiados y les darían cargos de ingeniería en cualquier parte del mundo por gozar de esos gentilicios.
Toda la chusma es patriota de su pequeña y sobrevalorada tierra. Vayas donde vayas, sea el continente que sea, encuentras el mismo patrón.
Que una etnia o una región del mundo desee erigirse en un nuevo estado, es algo que ocurre cuando nace el psicópata de turno que sabe enardecer el ánimo de sus idiotas y domesticados ciudadanos.
Yo estoy a salvo, porque de muy pequeño ya era alérgico al asunto de banderas, himnos y patrias. He vivido en sitios mejores que en el que nací pero; no todo el mundo es tan afortunado.
Que se jodan.
Estoy seguro de que “la inmensa mayoría” de los catalanes en este instante de la historia, sueña con ser un pueblo sufrido y místico como los judíos del antiguo testamento y exigir una circuncisión a modo de marchamo identificativo de denominación de origen patriota. Las catalanas, conque tengan un buen culo ya es suficiente.
Es de risa la sensiblería patriota. La hipocresía de aquellos antiguos fariseos, dejó una huella indeleble en el genoma humano.
Porque lo viví aquí en Cataluña; pero insisto: una cosa tengo clara, en su momento vascos, valencianos, etc… Decían exactamente lo mismo.
Y si no vete a México y verás lo que dicen chilangos de poblanos y poblanos de indios.





Iconoclasta

11 de febrero de 2019

Inmensas mayorías

Una de las expresiones más terroríficas y repugnantes que está de moda usar por políticos, prensa y que hacen suya ciudadanos que escriben cartas al director y mensajes pseudo-democráticos en las redes sociales es: “La inmensa mayoría de…”. Para completarla se deben sustituir los puntos suspensivos por un gentilicio o adjetivo político o religioso.
La inmensa mayoría es una inmensa bola de mierda. Las inmensas mayorías aclamaron a grandes genocidas como Hitler, Stalin, Milosevic, Idi Amín, Trump, Franco, Mussolini, Chávez, Maduro… Y con ello, eliminaron a “inmensas minorías”.
Las inmensas mayorías disfrutan cuando se congregan festivamente para ver arder un hereje o falsa bruja en el fuego purificador, cuando el puto conde manda ajusticiar a un niño muerto de hambre por cazar un conejo o para apedrear la cabeza de una mujer cuyo cuerpo se ha enterrado cobardemente en un hoyo.
Cuando existe una “inmensa mayoría”, existe un feroz analfabetismo, una absoluta carencia de entendimiento y una ingenuidad que hace de esa “inmensa mayoría” un conjunto de deficientes mentales hermanados.
Es ahora cuando de alguna forma (la única que es rápida y eficaz es una guerra mundial), el planeta tiene que eliminar inmensas y feroces mayorías para, crear nuevas líneas sanguíneas y erradicar así esta endogamia global.
La inmensas mayorías que crean grandes corrientes morales eliminando y ensuciando todo asomo de ética, deben morir. Es la única forma de eliminar la náusea, la mía.
Cuando pienso en “la inmensa mayoría”, sufro visiones de vulgaridad, ingenuidad, crueldad y un injustificado elitismo. La inmensa mayoría no lo sabe; pero son todos ellos los que deben acabar en hornos crematorios.
Y es que ninguna “inmensa mayoría”, al igual que un camello, ve su propia giba.
Las “inmensas mayorías” son tumores que gangrenan la libertad, el humor, el arte y el individualismo que hace digno al humano.
La inmensa mayoría es una piara de envidiosos y frustrados.
Que nadie se sienta privilegiado de pertenecer a una “inmensa mayoría”, es lo peor que a uno le puede ocurrir.
Inmensa mayoría de paletos…





Iconoclasta

2 de febrero de 2019

Un gris musical


Es un día gris como un muro de hormigón, frío como la anestesia que en el quirófano me hiela la sangre dentro de la carne.
En los auriculares suena Oh Susie de Secret Service, como si quisiera salvarme de este gris hermoso y letal para el ánimo que me lleva a pensar en la vida y sus ataúdes.
Sin embargo, la vieja y rítmica canción me encanta: pero no mejora mi ánimo. Me provoca una súbita añoranza de triste juventud.
Y observo con los ojos lagrimeando frías gotas que me roba el viento, que los árboles sin hojas lucen grises, grises las farolas, grises las pieles de los humanos, gris mi pensamiento que tiñe el papel.
El cielo lo impregna todo, no hay salvación.
Y lo peor: no me comprendo, estoy bien bajo este cielo; de alguna forma trasciendo.
Los auriculares hacen lo que pueden con lo que tienen. Tienen buenas intenciones; pero se equivocan como yo con su aleatoria reproducción.
Y cuando parecía que iba a llevar una sosegada y gris melancolía sin demasiados sobresaltos, atruena en mi oído el brutal y colosal Concierto para Margarita de Cocciante. Mi pecho parece que va a estallar de tanto amor que le inyecta la canción. Sueño por un momento con la tragedia de amar y morir en un abrazo, en un beso fibrilador.
Porque las palabras del concierto, dicen con exactitud lo que fui, lo que fue, lo que deseé, lo que no se cumplió. Lo que debería haber sido en un mundo perfecto.
Lo que debería ser y ya no queda tiempo.
¡Por favor…! Es mágico, es impío en su operística contundencia.
Los buitres vuelan bajo en círculos, les incomoda ese gris, tal vez teman planear en plomo puro y que sus grandes alas se rompan. Dos gaviotas chillan alto y contrastan con un sedoso blanco, perfecto en toda esta grisentería.
Saco la navaja del bolsillo, en principio para cortar los cables de los auriculares, algo definitivo que me libre de esta bella y fascinante autodestrucción.
Sin embargo, por alguna razón el filo corta las venas ya cansadas de bombear tanta vida, tanta tristeza y esta fuerza que no me abandona y no me da descanso. Ser fuerte tiene sus inconvenientes en un mundo gris.
La sangre que sale de mi carne no es gris es de un rojo granate que, hipnótico se desborda por el asiento de madera de plomo que me sostiene.
Es un buen final, aprendí con el tiempo a cazar las oportunidades al vuelo.
Adiós, Susie.
Adiós Margarita.
Bye…





Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

26 de enero de 2019

666: Didáctica y necesidad del humano dolor


Alguien se ríe de alguien que sufre un accidente.
Y del que ahora ríe, se reirán otros cuando sufra y cague sangre.
Los primates se ríen del dolor ajeno, no así de la muerte; porque con la muerte se acabó la risa y es ineludible para cualquier mono.
El dolor ajeno es cómico y la muerte horrorosa.
Debería haber mucho más cáncer en el mundo para que se desarrolle cierta valentía y dignidad en los monos.
El cáncer conlleva una gran dosis de dolor y acaba en muerte.
Dios no hizo bien las cosas y por eso existo yo, para aportar el dolor que ese maricón creador no supo dar con la intensidad debida.
En el ciclo vital de todo primate debería imperar el dolor durante unos meses de vida, como selección natural y para curtir su ánimo.
El que los leones dejaran de comer primates resultó nefasto para una correcta evolución de la especie humana.
Y en estos tiempos de fertilidades artificiales y artificiosas, cualquier mono no apto puede tener descendencia. Una descendencia que empobrece aún más la especie.
Lo del dolor… El dolor emotivo o psicológico no aporta nada a la entereza. El dolor ha de ser físico y destructivo. Y así, si salen vivos de él, aprenderán de una cochina vez a distinguir ingenuidades y banalidades de cosas importantes y trascendentes.
Yo soy, por titularme de algún modo que entendáis, el Gran Maestro del Dolor; pero ocurre que cuando cazo un mono o se cruza en mi camino, no hay reparación posible ni mejora, no tengo ni quiero alumnos, no pueden existir si me han conocido. Mato sistemáticamente todo primate o mono racional al que miro a los ojos. De los cientos de miles de primates que he matado con mis manos desde la creación de este repugnante planeta por ese dios idiota, tal vez haya dejado a dos o tres vivos para que sirvan de testigos de que si hay un dios al que rezar, hay un dios del que huir: c’est moi.
Lo cierto es que mi satisfacción ante la tortura y asesinato, es ahora mayor. La disfruto más que hace unos cientos de miles de años atrás, con diferencia.
Desde el Génesis y los primeros miles años de existencia de la especie humana, los primates eran simples animales a los que mataba sin obtener de ellos demasiadas lágrimas y terror. Ahora la chusma humana sufre más por todo frente a las pantallas de televisión, ordenadores y teléfonos. Todos lanzan sus mensajes de “Yo también soy fulanita o fulanito de tal”. Lloran y padecen con mensajes cursis mil veces copiados y pegados, falsos de bondad y solidaridad hacia toda cosa que sufre.
En definitiva: se han alejado de la vía del dolor y se han convertido en cobardes profesionales.
Viven en el escaparate de la pusilanimidad y la hipocresía.
Hoy las familias pueden estar formadas por macho-hembra, hembra-hembra y macho-macho; da igual, ambos tienen hijos o los mantienen y alimentan. A mí me da igual descuartizar a una familia normal o a una formada por maricas o tortilleras. Soy la hostia puta de la tolerancia y la democracia.
Pero por ahora, y como al ser mayoría son más fáciles de cazar, os presento a esta familia (lo que queda de ella), un matrimonio en el que ambos (macho y hembra) andan sobre la treintena y con un par de crías (dos hembras) de cinco y ocho años. Si hubiera una enciclopedia de la mediocridad y el adocenamiento, una foto de la familia Gutiérrez Vílchez serviría como ejemplo e ilustración de la entrada.
Las niñas, sus cadáveres, permanecen sobre la mesa del comedor, desnudas y con las piernas separadas frente al matrimonio debidamente inmovilizado por la Dama Oscura. El hecho de que puedan ver sus pequeñas vaginas desgarradas y goteando un conato de precoz menstruación, unido a que sus gargantas están abiertas, sus ojos acuchillados y mi pene fláccido y sucio, goteando sangre en el piso laminado de cerezo del salón, crea una atmósfera letal para sus mentes primates.
No obtengo satisfacción con la violación de niñas; me aburren sus pequeños clítoris inoperantes aún. Me gustan las hembras voluptuosas, completamente formadas y con la mentalidad adulta que les permite captar todo el horror que aportaré a lo que les queda de vida. Follarme a sus hijas es solo un aporte de una crueldad necesaria para mi satisfacción como eviscerador.
Matar debe ser un arte y la crueldad es el color más llamativo, el que más impacta.
Siento absolutamente lo mismo descuartizando a un adulto que a un bebé: cero, nada, niente, rien de rien…
Ahora los concienciados progenitores saben con absoluta certeza lo que es el mal y simplemente esperan morir sufriendo lo menos posible.
Han gritado mucho por sus crías; pero ahora están agotados, en un estado de shock del que saldrán en unos instantes. Y como me he cansado de sus gritos, los hemos amordazado, cosa que amplifica el dolor que, normalmente se libera por la boca.
Así que extraigo de nuevo el puñal de entre la carne de mis omoplatos (es mucho más cómodo que llevar una funda de piel en la cintura, da más movilidad y de paso, los fluidos de mi herida eternamente abierta actúan como un magnífico veneno que impregna la milenaria hoja, si tuviera tiempo de actuar, claro), hago un tajo en el abdomen de papá y le introduzco entre los intestinos un teléfono móvil.
La Dama Oscura toma un afilado estilete y corta la sudadera de mamá, sus tetas aparecen menudas y un tanto lacias. Hace una incisión por debajo del pecho izquierdo e introduce como relleno el otro teléfono.
Se han agitado frenéticamente, lo suficiente para darme satisfacción. Y en lugar de gritar, les ha salido a presión los mocos por las narices.
Mamá se ha meado y mi Dama, infinitamente obscena, acaricia su coño para estimularla a que mee más. La escena de este acto me la ha puesto dura.
Me gusta que se meen encima, la entrepierna de papá está seca.
Le separo las piernas me meto entre ellas y con la punta del cuchillo hago un corte longitudinal a lo largo de la próstata, ahora sí se mea, aunque no es perfecto, la sangre enturbia la orina.
Conozco absolutamente bien la anatomía humana, localizo cualquier víscera, hueso, músculo o punto de dolor con una precisión que ya quisiera tener un neurocirujano operando con instrumental robótico.
Le levanto la microfalda a la Dama Oscura, me ha excitado ver como acaricia a la mamá y meto mi polla dura entre sus muslos, buscando su coño y ella, con suavidad lo guía por su raja con un gemido que me hace vibrar los cojones.
Mamá y papá tienen la mirada extraviada, sus ojos están llenos de lágrimas, ni siquiera se miran entre ellos. El dolor es la soledad absoluta, no se puede compartir y requiere toda la atención.
Esto no es una lección para el mundo; tenéis que saber que mis actos no son publicitados, no aparecen en las noticias. Son demasiado violentos, demasiado crueles para la psique humana. Trascienden más allá de la imaginación y se asientan como un parásito en la columna vertebral humana, un pánico enquistado que pulsa y lanza descargas periódicamente a los que han visto mi obra. Así que se guarda celosamente el secreto para que el gallinero no se alborote.
El poder mundial conoce mis actividades, hay un pacto de absoluta discreción y no comprometer así al melifluo dios con sus errores y su absoluta falta de poder para evitar que yo exista. Por otra parte, los poderosos no quieren morir e intentan congraciarse conmigo no interfiriendo en mis obras.
Soy un cáncer inoperable en la humanidad no hay forma de que me puedan extirpar, no hay dios que pueda evitar que Yo haga lo que me plazca.
No soy un narcisista como ese dios que lame los culos de los ángeles, solo soy un hedonista convencido. Los placeres del mal son mucho más intensos que cualquier bondad de mierda.
Mi semen corre ahora por la cara interna de los muslos de mi Dama Oscura.
Antes de irrumpir en la casa, hemos acordado no pronunciar ni una sola palabra para que la familia sufriera aún más, para que al dolor se sumara la oscuridad de la incomprensión.
Lo hacemos perfecto.
Se ha formado un gran charco de sangre que mana de mamá y papá, las hemorragias que padecen son importantes. Si los dejáramos así, si nos fuéramos a cenar ya, morirían en no más de media hora a lo sumo.
Cuando los leones cazan a un ñu, el resto de la manada no se pone a llorar, se alejan unos metros de los leones y continúan comiendo, cagando y bebiendo, no teclean con sus pezuñas mensajes de mierda.
Y dudo que esta familia que ha tomado conciencia del dolor y el miedo, tenga ahora mismo, deseos de poner un mensaje de piedad con carita triste.
- Me aburro ya ¿Acabamos y vamos a cenar? -le susurro a la Oscura al oído, que está concentrada cortando la punta de la nariz respingona y las fosas nasales de mamá.
Asiente sonriéndome.
Mientras acaba de realizar los retoques de la nariz de mamá (su nariz parece ahora la de una vaca), decido guiar a papá un poco más hacia el supremo dolor y corto los tendones de sus ingles.
Y… ¡Opsss! Se me ha ido la mano y seccionado la femoral, el surtidor de sangre es espectacular.
Mamá se ahoga con la sangre que mana de su nariz, se le va garganta abajo y a los pulmones.
Fumamos observando como mueren.
Tras un bostezo de aburrimiento, apago el cigarrillo y absorbo sus almas a través de sus bocas, en un beso que no lo es. No puedo evitar arrancarles los labios con mis dientes y escupirlos encima de los cadáveres de sus hijas.
Me arrodillo ante mi Dama y lamo su coño húmedo, ella se mea en mi boca graciosamente. Y hundo mis dedos en su sexo hasta que siento sus muslos temblar de un dolor que llega a confundirse con placer, miro hacia arriba y sus pezones están erectos.
-Vamos a cenar, mi Oscura.
Doy por concluido mi magisterio del dolor y la crueldad.
Siempre sangriento: 666.




Iconoclasta