Powered By Blogger

12 de octubre de 2008

Dejadez

Es pura holgazanería, hoy no soy bueno ni me encuentro relajado porque alguna reacción química en mi cerebro haya creado endorfinas.
Por dejadez sería lo más correcto.

Cuelga mi brazo del diván y la mano parece flotar, los dedos se agitan lentamente palpando el aire, tal vez soñando en un coño caliente donde meter mis dedos rudos y secos como raíces extirpadas, algo que los hidrate.
Desear follar también es un síntoma de dejadez; indica que la mente está relajada y por lo tanto, dispuesta a la consecución del placer.

Es que estoy cansado. Y no físicamente; soy como uno de esos relojes suizos: antichoc, antimagnetic, wáter resistant 10000000 meters, cristal de zafiro anti-rayas como mis putos ojos (esta ostentación de irritación por mi parte, significa que eso de estar relajado es una cochina mentira de mi mente literaria).
Simplemente estoy cansado de aborrecer todo esto; deseo rendir mi pensamiento por un rato a todo lo que me rodea y dejarme llevar por la vida en la tierra. Fumar un cigarro y que una lepra se desarrolle tranquilamente en mis labios si ello es una consecuencia de vivir aquí: entre esto, entre vosotros.
Si no han podido corromper mis bronquios vuestros alientos, dudo mucho que un cigarrillo de tabaco negro, pudra a estas alturas cualquier parte de mi anatomía.
Pensar en cáncer de polla me da escalofríos, es por ello que me cojo el pene con fuerza. No se trata de un acto obsceno.
Es miedo puro.
Un poco de lascivia hay, para qué engañarnos.

Estoy confuso, estaba seguro de que era presa de una desidia deliciosa y casi voluptuosa; que por una vez estaba a punto de sentir esa empatía hacia mi entorno.
A pesar de todos mis esfuerzos, de mi dejadez; no es así.
Me gustaría, lo juro: relajarme y sentir vuestros pasos y vuestros roces y ruidos sin sentirme ultrajado en mi libertad e inteligencia.
Es imposible, una utopía. Deberían morir tantas personas, que el solo hecho de pensar en ello me provoca un vómito. Estos miasmas podrían ser la prueba de que mi odio hacia esta prisión de mierda en la que vivo, no es tal y tengo capacidad para perdonar vuestra vida. Incluso excusarla.

El hombre: ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Soy tan hijoputa como aparento?
Se me escapa una risa tonta. No es por lo de hijoputa, si no por la dejadez.
He de tener en cuenta que estoy relajado. Que la desidia se ha instalado en mi organismo. Actúa como un anticuerpo para evitar que me pudra como un cadáver en la cuneta de una carretera oscura. Los coches pasan veloces y no hacen ruido, no hay atmósfera que moleste e interfiera en mi pensamiento.
Los silenciosos coches respetan mi vientre en erupción. Mis ojos vidriosos.

Si no me dejara llevar por la desidia de vez en cuando, acabaría llorando en cualquier momento y en cualquier lugar. Es necesario desahogarse, y en mi caso, dejar de desahogarse es una antítesis que me relaja.
Me gustaría ser paradójico y demostrar así más ingenio.
No sé donde está esa belleza que algunos dicen que tiene la muerte.
Y no soy cobarde.
Sólo es un poco de dejadez. Un “no va plus”.
Son terroríficos los reflejos oculares de los peces en las pescaderías. Les pasa como a mí, no se creen que puedan estar muertos. ¿Y sus bocas abiertas? No saben que sus pulmones no funcionan.
Animalitos...

Lo mío no es muerte, es dejadez. Aunque no me vendría mal dejar de respirar de una vez por todas para que sea completa y efectiva la dejadez.
Me pregunto cuánta sangre cabe en nuestro cuerpo, dicen que cinco litros. A mí me parecen mil. Coño, es que llega la sangre hasta la puerta de la cocina. Alguien se equivocó contando litros de sangre. No sería la primera vez que confunden a un humano con una hiena.

Será una tontería, pero con toda esta dejadez, siento que el humo del cigarro me escuece en la herida del antebrazo. Desde el codo hasta la muñeca, me he tatuado una sonrisa sangrienta y cuando muevo los dedos, un tendón blanco con lunares rojos parece agitarse como un gusano entre la carne abierta.
Un gusano que se remueve inquieto, no quiere estar ahí.
Yo tampoco. No es por nada, es por vosotros.
Dejadez... La sangre mana y la desidia es el narcótico contra el miedo.
Qué más da, me importa una mierda que sea dejadez o simple holgazanería de pecado mortal. Cuarenta años de vida bien se merecen un momento para la desidia. Me la he ganado.

¿Resbalará mi hijo con la sangre cuando llegue a casa? Tendría que pegar una nota en la puerta.
Bah, es joven. Tiene tiempo para olvidar a un padre muerto, y sus ojos de pescado. La monstruosa sonrisa en su brazo. Carne desdentada.
No tengo hijo, estoy solo.
Me hubiera gustado tener un hijo que descubriera a su padre muerto.
Ser padre no es tan divino como dicen, tienes que engañar demasiado a tus hijos para que te adoren. Esas cosas pesan.
Lo sé por mi padre. Yo soy hijo.
Mentiras grapadas con sonrisas pegadas a besos, cosidos a amor.
Y todo está tan apretado, tan comprimido y compactado, que extirpar lo pútrido mutila lo bueno. No hubiera sido un buen cirujano.

Mi mujer gritará, y se pondrá histérica.
No tengo mujer que grite ante el esposo desangrado.
Estoy solo...
No me abro las venas por soledad.
Es por desidia, estaba aburrido de la vida.
Es mera dejadez.


Iconoclasta

9 de octubre de 2008

666 pasa consulta

Boomp3.com

Este capítulo es algo especial, no literariamente hablando, ni siquiera es literatura.
Tiene de especial que un auténtico experto en música, ha elegido para este capítulo una canción desquiciante-acojonante de Neurosis.
Guille, el autor del blog de la Comunidad El País: Camanduleo en Londres "El blog de la locura", ha sido quien ha dedicado con generosidad su tiempo para elegir la banda sonora de este relato tras leer todo este chorro de bestialidades.Así que por primera vez, un capítulo de 666, se acompañará de música, cosa que no podría haber hecho jamás sin nuestro querido Guille.
Su blog es imprescindible, tanto en música como en crítica feroz, incluso voraz.
De Hurano, tampoco me olvido, que también ha discutido lo suyo con Guille.
Así, que gracias a estos dos gigantes de La Comunidad El País, tenemos una música tan irritante como el propio 666.
Os deseo buen sexo, amigos.



La sala de espera del consultorio de medicina general se encontraba repleta de gente, y todos eran ancianos, algunos soportaban con una mirada apática y aburrida los juegos de los nietos que tenían que llevar consigo.
Esperaban con expectación y nerviosismo que la enfermera apareciera por la puerta cerrada de la consulta del médico y gritara sus nombres.
Necesitaban que el médico les dijera que estaban sanos.
La enfermera recepcionista de la segunda planta atendía a un viejo matrimonio que acudía para que se les recetara sus medicamentos habituales.


—Esperen en la sala, frente a la consulta siete —les explicó la enfermera leyendo la citación.

Os tengo tanto asco, os odio tanto que no hay medida alguna en mis actos contra vosotros. Quiero veros vomitar sangre y sólo así se me pone dura.
He arrancado el feto a una madre desgarrando su vientre con un destornillador y lo he lanzado contra el suelo aplastando su cuerpo.


Los viejos anduvieron con los pies muy juntos hasta llegar a un banco frente a la consulta que les había indicado la recepcionista.
Muchas personas y sobre todo los viejos, son incapaces de descifrar lo que leen. Necesitan que otra voz con autoridad les diga lo que han de hacer, que les explique lo que han leído y no han sido capaces de comprender.
Un hombre corpulento, con pantalones de loneta caqui y una ancha camisa de lino color beige, ocupó el puesto del matrimonio frente a la mesa de la recepcionista dejando una gran bolsa de deporte en el suelo.


—Busca al médico más ocupado de todas las consultas y pídele que llame al paciente Julio Nerón Agripa. Pídeselo como un favor urgente, ya que es tu sobrino. Y no aceptes a nadie más para su consulta. No le pases ninguna llamada.

La voz del hombre pareció taladrar el cerebro de la mujer, se le abrió la boca involuntariamente y una gota de saliva se le escapó del labio inferior para caer en el listado de pacientes que tenía aún entre las manos. Sus ojos estaban brillantes y dilatados de puro terror. Cogió el auricular del teléfono sin apartar la vista del tatuaje que aquel hombre tenía en la parte interior del antebrazo derecho: 666 en números rojos que parecían deshacerse en sangre.
Lloraba y gritaba por dentro, la invasión de su mente era lo más terrorífico que jamás había sentido y las náuseas... Tenía miedo de morir y era fácil que así ocurriera. Tecleó una extensión.


He descuartizado a la mujer delante del esposo y le he metido en la boca los ovarios de su amada.
Me he masturbado ante la puta que agoniza de sida y he manchado sus cuarteados labios con mi negro semen, le he metido un billete en el coño.


—¿Nando? Hazme un favor, mi sobrino necesita que le eches un vistazo al oído derecho, parece una otitis media. ¿Lo puedes llamar ahora a consulta? Se llama Julio Nerón —contra lo que ella esperaba, sus palabras surgieron de su boca dinámicas y joviales. Como si sus labios no supieran que su cerebro estaba atrapado por otro ser, que su pensamiento había sido relegado a un rincón de su cráneo y que no podía hacer otra cosa que llorar y gritar en lo más profundo de si misma.

—Ahora mismo lo llamo Elvira, no hay problema.


El hombre acercó su rostro al suyo y olió su aliento fétido de podredumbre; si su cuerpo hubiera estado bajo su control, hubiera vomitado.

—Y ahora escúchame bien, primate de mierda. Contesta tú todas las llamadas, no desvíes ninguna a ningún médico y cierra la puerta de entrada a la sala; que no entre ni salga nadie. Tal vez quedes viva para contar lo que aquí va a ocurrir, pero no te fíes. Cuando vuestra sangre me cubre, la ira me lleva y no puedo dejar de asesinaros y cazaros.

Dicho esto, el hombre cogió una mano de la mujer entre las suyas y le dobló los dedos índice y anular hacia el dorso de la mano, hasta que estos se descoyuntaron con un crujido incómodo hasta para 666.

Y cada muerte, cada lágrima de primate, me sigue excitando como el primer día en el que me creé a mí mismo. El día en el que ese Dios enfermo y afeminado, me creó como ángel, cometió su mayor error.
Siento tanto asco hacia vuestra piel, que necesito abrirla para que la sangre la cubra y disimule su mantecoso y repelente tacto. Vuestro cuerpo es como el de las sanguijuelas.


Aunque la enfermera creía estar aullando de dolor, su rostro se mostraba sonriente y cordial. Tal vez un pequeño brillo de locura delataba que dentro de aquel cuerpo, no funcionaban las cosas como deberían.

—No luches contra mí, no puedes hacer nada para evadirte de mi volición divina y cruel. Relájate, disfruta del miedo. O tu corazón reventará por la presión. Mi presión.

Soltó su mano.

—Y ahora, haz lo que te he dicho.

La enfermera se dirigió a la entrada de la sala y cerró la puerta, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un llavero. Cerró con dos vueltas de llave sin que nadie le prestara atención.
Había demasiada algarabía de voces, los pacientes intentaban contenerse; pero el murmullo colectivo era como el ruido de las abejas en una colmena. Hiriente y penetrante.
Volvió a su puesto de trabajo y comenzó a teclear en el ordenador con total normalidad, salvo que la mano derecha se encontraba en su regazo, con los dedos tan hinchados, que apenas podía moverlos.


—¡Sr. Julio Nerón! —el doctor Fernando llamó desde la puerta de su consulta.

Acabo de visitar un consultorio médico, me he sentido atraído por el fuerte olor genital viejo y el ruido de patas arrastradas de los primates en su caminar en grandes grupos hacia el edificio. Los he seguido, me he infectado del olor nauseabundo de su vejez y de sus ineficaces cerebros. De sus miedos añosos que están incrustados en sus articulaciones achacosas.

666 se dirigió a la consulta con la enorme bolsa de deporte, parecía ligera a juzgar por el caminar seguro y derecho del portador; sin embargo, las asas se encontraban tensas y las costuras parecían estar a punto de rasgarse por el peso.
Cuando 666 entró en la consulta, el médico ya se encontraba sentado en su mesa y tecleando el nombre del paciente en el ordenador.


—Siéntese, Julio. Elvira me ha comentado que tiene algún problema con el oído derecho.

—El problema, Nando, es que las voces de los primates no callan nunca, siempre hay un lugar en el planeta en el que hablan, nunca duerme el planeta al mismo tiempo. Es una maldición de la que no puedo escapar. Cada día me siento invadido por vosotros. Cada día vuestras voces interfieren mi pensamiento. Si no es en Europa, es en Australia; pero no he conocido un solo día de silencio en mis millones de años de vida.

El médico parpadeó mirándolo fijamente sin acabar de entender que significaba, y sin apenas darse cuenta, se encontró con una masiva hemorragia de sangre justo por encima del cuello de su camisa. Sintió los pulmones llenarse con la sangre de las venas seccionadas en el cuello y su cabeza cayó encima del teclado. Sus pies repiquetearon unos instantes con vanos esfuerzos por aspirar aire.
666 clavó el cuchillo en la nuca y el médico dejó de moverse, la consulta disponía de un pequeño balconcito, abrió la puerta y sacó el cadáver fuera.


Los viejos son plaga en este edificio, los primates canos esperan agrupados en una sala llena de bancos frente a las puertas de las consultas que tienen asignadas.

Limpió la sangre con la sábana de la camilla, se puso una bata blanca que colgaba de una percha en la puerta y cogió el listado de pacientes. Abrió la puerta de la consulta y llamó al siguiente paciente.

—¿Ludmila Herguenstein?

—¡Yo! –dijo una vieja septuagenaria con el pelo teñido de un escandaloso color violeta y lagunas de calvicie que intentaba ocultar con aquel cabello escaso moldeado como una nube de algodón.

La vieja vestía un conjunto tejano demasiado juvenil para su cuerpo arrugado.

—Dígame Ludmila, ¿qué le ocurre?

—¿Y el doctor Fernando?

—Se ha sentido indispuesto. Soy su suplente.

—No lo he visto salir y eso que hace unos minutos, ha llamado a un paciente...

—Ha salido por la puerta de interconsultas —respondió casi con paciencia señalando una de las puertas laterales que unían las consultas para uso del personal sanitario—. Y ahora, usted dirá...

—Son estos dolores de cabeza que no me dejan ni dormir. Le traigo la receta que el doctor Fernando me hizo para la migraña. Necesitaría más pastillas.


—Siéntese en la camilla, le tomaré la tensión.

Viejos monos cansados y decepcionantemente sanos que sólo acuden al médico para pasar el rato. Y por un miedo que huele mal y que llevan impregnado en sus apergaminadas pieles.
Si el médico les dice que están sanos, los primates viejos se sienten sanos.
Primates canos de lacios y amorfos penes y coños: os mataré a todos.


666 se levantó de su asiento antes que la mujer y cortó un largo trozo de sábana de papel del soporte portarrollos para extenderla en la camilla.
La mujer se quitó la cazadora tejana y se estiró en la camilla arremangándose la manga izquierda del jersey.
El “médico” cogió un tensiómetro electrónico y se lo ciñó al brazo, pulsó “start” y el manguito comenzó a inflarse en el viejo brazo.


Le colocó la mano izquierda en la frente, presionando con fuerza.

—¿Qué hace? — le preguntó la vieja visiblemente molesta.

La respuesta se la dio un cuchillo que se clavaba en su pecho izquierdo y se desviaba un poco en su viaje directo al corazón tras haber rozado una costilla. A pesar de eso, su última sensación antes de morir, fue que le partían literalmente el corazón.
666 metió los dedos en la devastadora herida y tiró de la carne y las costillas hasta rasgar la caja torácica. Metió la mano en la herida hasta enterrar la muñeca.
La mujer daba unos débiles pataleos y sus ojos desmesuradamente abiertos, ya cristalinos eran los de un pez muerto.
Silbaba distraídamente y cuando sacó el corazón de la vieja caja torácica, lo mordió y le arrancó un buen trozo que se comió con glotonería.
Envolvió el cuerpo con la sábana de papel y abriendo la puerta del balconcito, lo dejó caer encima del cadáver del doctor.
Abrió la puerta de la consulta y llamó al siguiente paciente.


—¡Iván Montilla!

Un anciano con bastón y piernas arqueadas se levantó y cogió de la mano a su nieto dirigiéndose con él a la consulta.

—Buenos días, doctor —saludó cerrando la puerta—. Vengo con mi nieto para que vaya aprendiendo el oficio, y cuide de mí —bromeó el hombre.

Mi puta polla se endurece como un hierro cuando pienso en vuestra sangre al aire, vuestras carnes abiertas, vuestros huesos aplastados. Mirad mi pene, tengo que apretar con fuerza el puño en él para controlar toda esta dureza que me provoca imaginar vuestro miedo y vuestro dolor.


Cuando se fijó en el médico, abrió la boca para preguntar por el doctor Fernando, pero se interrumpió cuando la pistola con silenciador que empuñaba el desconocido médico emitió un ruido sordo. Su nieto se derrumbaba en el suelo con media cabeza deshecha. Otro tiró pareció arrancarle los genitales, y así fue. Sintió como un alambre al rojo vivo recorría sus intestinos y el mundo comenzó a oscurecerse.
Y cuando quiso gritar, no pudo; una mano fría como el hielo le cubría la boca. Sentía vergüenza al pensar que esa humedad podría ser orina manando de sus genitales reventados. Era sangre y era orina. Y era la pena de su nieto muerto.


—Dime, primate. ¿Qué duele más el tiro en los cojones o el tiro en la cabeza de tu nieto? Viejo mono asqueroso...

El hombre sintió el acero clavarse en su vientre y el doloroso corte hacia el ombligo, lento y firme, el miedo más que el dolor lo mantenía inmovilizado. Sintió como los intestinos se retraían en su abdomen cuando el cuchillo los cortaba. Y sintió el hedor de la muerte invadiendo su nariz.
Cuando la mano de 666 se hundió en sus tripas y sacó un manojo de asaduras blancas, el hombre ya estaba prácticamente muerto.


—No soy vuestro médico, soy vuestro forense.

Dos cadáveres más se amontonaron en el exterior de la consulta.

Primates que habéis acatado las normas sin preguntar, sin cuestionar nada. Normas y leyes que os han inculcado. Viejos monos sin inquietudes, colaboracionistas de tiranos. Sois pellejos que vaciar.
No quiero vuestras sucias almas, primates de mierda.


—¡Josefa Corcovada!

Una enorme vieja se levantó con dificultad del asiento de la sala de espera y resoplando se dirigió a la consulta. Cerraba la puerta tras de si, cuando el médico se abalanzó sobre ella, la agarró del pelo y le dio un fuerte golpe en la mandíbula con el silenciador de la pistola. Cayó al suelo dejando ver bajo el vuelo del vestido las gordas pantorrillas estranguladas por unos calcetines de media.
Olía mal, 666 aspiró su aroma como un animal. Le lanzó una patada al vientre y la mujer se movió unos centímetros hacia atrás por la fuerza del impacto.
Otra patada en la cara le hizo pulpa los labios y fracturó la nariz.
Unos brazos dolorosamente fuertes, la elevaron hasta ponerla en pie y la soltaron cuando sus glúteos se apoyaron en la camilla. De un empujón, el médico la tumbó boca arriba en la camilla para, acto seguido, sentir como anudaba el doctor unas gomas en sus muñecas que fijaba en algún punto bajo la camilla.


Lloráis las muertes de que se anuncian en televisión, porque tenéis miedo de que os pueda ocurrir a vosotros, puercos primates de ojos torpes y lento cerebro.
E ignorasteis los asesinatos de vuestro gobierno, de vuestros sacerdotes y brujos, de los que dictaban las normas. Habéis llegado aquí cagándoos en los muertos de vuestro silencio y analfabetismo, en vuestro mediocre conformismo cobarde.


Le llenó la boca con gasas viejas y sucias que había en una papelera.

—Tienes un buen problema de sobrepeso, mona gorda —dijo 666 pasando el filo del cuchillo por sus ojos. Estos michelines sobran, es sólo grasa —le había metido la mano entre las piernas y le estaba cogiendo un buen pellizco de tejido adiposo de uno de los ennegrecidos muslos interiores, tan interiores, que sintió los nudillos del médico rozarle la vulva.

Luego, un corte eterno y doloroso, y encima de sus enormes pechos, el médico depositó un trozo de su muslo, que aún se encontraba jugoso de sangre reciente.

—Hasta tu coño es grasiento, primate.

La camilla goteaba sangre como una mesa carnicero, como una mesa de autopsias. Como la mesa de una funeraria.
Y sintió como el cuchillo mutilaba su vagina. Sobre sus pechos, dejó caer dos trozos de labios mayores.


—¿Lo ves, primate repugnante? Hasta tu coño es grasa pura; no puedo ni encontrar el clítoris, vaca.

El cuchillo penetró bajo los pechos y la mujer expulsó mocos y sangre por la nariz reventada. Las escleróticas se habían teñido de sangre y la camilla, ahora también goteaba orina.
La orina le hacía daño, le escocía la masacre que le había hecho entre las piernas.
Enterrado bajo el seno izquierdo el puñal giraba en redondo, separando la mama con lentitud. Su corazón no falló en ningún momento y aún pudo ver en la mano del médico su pecho mientras se desangraba. Parecía mucho más grande separado de su cuerpo.
Fue consciente de la mano que masajeaba su vulva, del pene erecto que salía por la bragueta del pantalón del doctor y se frotaba contra su brazo inmovilizado. No pudo ver como goteaba un espeso semen negro, cuando 666 expulsó aquellas gotas de semen residual, la vieja dio un ronquido y dejó de respirar.


—¡Amada Bautista, a consulta! —anunció 666 desde la puerta de la consulta visiblemente aburrido.

La mujer entró acompañada por su marido, notablemente más viejo que ella; ambos arrugaron la nariz al entrar en la consulta por un hedor insoportable. El suelo estaba pegajoso, sucio; el rojo de la sangre coagulándose era tan oscuro que era imposible identificar esa mugre como sangre, y no había razón alguna para hacerlo.

—¿Y el doctor Fernando?

666 miró al techo aburrido, como si la paciencia estuviera pegada como un chicle en las placas de fibra. Se levantó del asiento mostrando la ropa de sanitario empapada en sangre, apuntó con la pistola al marido, un hombre encorvado y muy pequeño que movía la cabeza como si tuviera un muelle por cuello, y disparó.

Os desmembraré, os desangraré y morderé vuestros cartílagos hasta cortarlos, mataré hasta la más idiota de vuestras ideas.

La bala entró por debajo de la nuez y salió por un lado del cuello, bastante alejada de la médula. El hombre cayó al suelo con estrépito, encima de un taburete de acero. Su boca se llenó de sangre y de su nariz bajaban dos tímidos regueros que teñían el bigote blanco. La mujer apenas pudo abrir la boca para gritar, cuando 666 la alcanzó y con la mano izquierda tapó su boca presionando contra su pecho la nuca de la mujer; ésta, aunque lo intentaba, era incapaz de ofrecer la más mínima resistencia. Los viejos tienen más buenas ideas que fuerza.

—Amada, yo soy bastante bueno matando, pero a veces ocurren estas cosas. Quería haber hecho un tiro limpio en el cuello que no le dejara emitir ningún sonido y que me aguantara vivo, al menos unos diez minutos —le decía al oído—. Me encanta hablar y contaros historias mientras os mutilo; pero como parece que tiene un resorte en la cabeza, he fallado por unos milímetros dejando sus venas seriamente tocadas y derramándose así la sangre por las vías respiratorias. No durará más de cuatro minutos así que te la he de meter rápidamente para que disfrute. Entiéndeme, no me gustan las monas viejas, pero se trata de humillarte, de hacerte daño y por fin matarte. Y quiero que ese primate agonizando vea toda la escena. ¡Bájate las bragas ahora mismo o te arranco el coño con mis propios dedos!

La mujer miraba a su marido que intentaba incorporarse a resbalando y escupiendo sangre como un cuarteado lagarto. Se bajó las bragas metiendo las manos bajo el vestido, casi cayéndose al suelo a pesar de la mano que la sujetaba firme y dolorosamente.
Se escuchaban gritos de protesta en la sala y a la recepcionista intentando calmar a los pacientes.
Viejos primates cobardes de cerebros podridos...
Nunca me saciaré matándoos, vuestro dolor será eterno. Seré tan brutal exterminándoos, que os parecerá que habéis conseguido la vida eterna.


—Tengan calma, el cerrajero está a punto de llegar y podrán salir enseguida —la enfermera de recepción intentaba contener la creciente impaciencia de la gente; pero la situación la desbordaba.

—¿Y no tienen una salida de emergencia para salir de aquí sin tener que esperar tanto? En las consultas hay puertas interiores, podríamos salir por ellas.

—Es cuestión de minutos, señoras y señores, cálmense.

—Yo tengo que recoger a mi nieto en el colegio dentro de diez minutos, y si dentro de tres minutos esa puerta no está abierta, saldré por las consultas.
666 cerró sus ojos. Ordenó a los crueles que acudieran a él. Le pidió a la Dama Oscura que acudiera, estaba excitado.


En pocos segundos, comenzaron a escucharse gritos de dolor, carreras y gruñidos de bestias furiosas. Algo golpeó tres veces la puerta de la consulta. Una marea de sangre se filtraba bajo la puerta. Una sucesión de detonaciones de pistolas se escuchó mucho más cercana.
Los sonidos de las sirenas de la policía y ambulancias se aproximaban.
Obligó a la mujer a sentarse en la camilla empapada de sangre, cortó con unas tijeras el vestido longitudinalmente desde los bajos hasta la cintura y dejó al descubierto las piernas y el desnudo vientre de la vieja.


Primates: sea cual sea vuestra edad, sólo servís para abonar la tierra de vuestro planeta. Sois carcasas de pollo sin órganos dentro.

—Sé que antes de que los pelos de tu coño se hicieran blancos, ese mono viejo te lo ha besado muchas veces. Sé que a pesar de que ahora está arrugado y casi calvo, aún te posa la mano en él y tus muslos tiemblan evocando su pene bombeando en ti. Cuando te hacía sentir puta.

666 sacó el cuchillo que llevaba insertado entre los omoplatos y unas gotas de sangre se desprendieron de la afilada punta de metal. Lanzó rápidamente el cuchillo hacia adelante y lo volvió a clavar en su espalda.
Lentamente, la carne del estómago de la mujer se fue abriendo y como en una presa rota, la sangre se desbordó por su pálida y pellejuda piel tiñéndola de rojo.


—Mira, te ha venido la regla, a tu edad... —se burló 666 señalando la vagina por la que se escurría la sangre que manaba de su herida abierta.

Se bajó los pantalones y quedó desnudo de cintura para abajo, de su pene goteaba un fluido denso con el que se frotó el glande para lubricarlo.

—Túmbate y levanta las piernas.

La puerta de la interconsulta se abrió en aquel momento. La Dama Oscura vestía un pantalón corto ceñido que dejaba al descubierto parte de sus nalgas. Un cordón negro que debía cerrar el pantalón en el vientre, estaba flojo y dejaba ver una buena porción de un Monte de Venus rasurado y terso. La camiseta de tirantes que apenas le cubría las costillas inferiores, parecía reventar tensada por los pechos evidentemente erectos. Su melena negra iba recogida en un moño en la nuca y mechones sueltos bailaban en sus sienes. En la cintura llevaba una automática cromada y en la mano un cuchillo de filo japonés.
En la mano izquierda sostenía seis orejas.


Hoy, mis queridos viejos primates, pagaréis caro vuestro conformismo y abulia. Pagaréis todo ese respeto hacia las normas y leyes que os ha convertido en subnormales que lloran las muertes de la televisión. Cuanto más viejos, más hipócritas, primates de mierda.

Guardó el cuchillo en la caña de sus botas militares negras, toscas y rudas; grotescas en sus piernas musculosas y largas.
Tiró las orejas a la cara del viejo que agonizaba.
Se acercó hasta 666 se pegó a su espalda y besando su nuca le susurró:


—Tus crueles están matando y comiéndose a los primates de la sala de espera; de los monos del resto de consultas, me he encargado yo.

—¿Quieres que esperemos al arcángel Gabriel antes de matarlos a todos para que llore por ellos y pueda decirle a Dios que es tu gracia y voluntad asesinar todos estos monos?

No respondió. La mano ensangrentada de la Dama Oscura asió con fuerza su pene y comenzó un suave vaivén con el puño. 666 echó la espalda atrás para tensar el vientre cogiéndose los testículos.

—Tírate para mí a la mona, fóllala. Jode esa basura.

666 sintió como un cálido dedo invadía su ano, hurgaba en su interior y encontraba la próstata; ante aquella presión se le escapó un chorro de orina que empapó las piernas de la vieja y cerró los ojos llevado por el sorpresivo placer.
Un rugido animal escapó de su boca, las venas del cuello se tensaron, se inflamaron de ira y maldad pura.


Respirad cuanto podáis, porque estáis muertos como muertas las piedras; sólo que las piedras no sangran.
¿Cuánta sangre almacenan vuestros decadentes cuerpos? Lo sabréis enseguida, hijos de putos monos.


La Dama Oscura se colocó a su lado y sin soltar el pene, lo hizo avanzar hasta que su cintura se encontró entre las viejas piernas temblorosas.
Sacó el cuchillo de su bota y lo clavó en el dorso de la mano derecha de la mujer atravesándola y clavándolo con fuerza en la madera de la camilla. La mujer gritó y la dentadura postiza se le desenganchó de la boca.
El marido emitía una especie de débiles ronquidos y una mancha de sangre se extendía a su alrededor lentamente hasta alcanzar los pies de 666 y la Dama Oscura.
La Dama Oscura abrió la vulva de la mujer para facilitar la penetración y con la otra mano, condujo el pene de 666 hasta el viejo sexo.


—Ahora mi Dios —dijo escupiendo en el sexo de la anciana.

666 lanzó con fuerza su cintura y el pene entró con sin preámbulos. Los labios mayores de la vagina fueron arrastrados adentro por la falta de una buena lubricación. La mujer intentaba por todos los medios sacarse de dentro aquello que la estaba desgarrando. Las uñas de los dedos de la mano que tenía libre, se clavaban con fuerza en el vientre, intentando defenderse de aquel trozo de carne que la hacía arder por dentro.
La Dama Oscura acabó de rasgar el vestido desde la cintura al pecho y le arrancó el sujetador para pellizcarle los pezones.


—Sé que está disfrutando la vieja primate, mi Dios. Métesela más, más fuerte más profunda...

Aprenderéis tarde, y sin que ya os pueda servir de nada, entenderéis que vuestro comportamiento, la observancia de todas las normas y leyes; no os aportará ningún bien, ningún premio y mucho menos respeto.


Se arrodilló ante 666 y sacó la lengua con obscenidad para chupar sus testículos pesados y cargados de semen. Los cogió entre sus dedos ávidos y su lengua los lamía, sus labios los sorbían y sus dientes los amenazaban.
El pene se tiñó de sangre y poco después, por las nalgas de la mujer, se deslizaban unos pequeños ríos de sangre que goteaban en las botas de 666.
La Dama Oscura se había abierto completamente el pantaloncito y acariciaba su sexo con las rodillas muy separadas y flexionadas para mantener el equilibrio.


—La puta mona está gozando, mi Dios. Empálala.

Una fuerte embestida acompañada de un gutural berrido, hizo que la mujer abriera desmesuradamente los ojos para quedar completamente laxa, inerte; salvo por una respiración rápida y jadeante.
Un líquido denso y oscuro manó entre la cópula de ambos sexos, la Dama Oscura agitaba la base del pene para que se vaciara por completo de semen.
Cuando 666 retiró el pene, de entre las piernas de la mujer manó un espeso líquido negro y abundante sangre mezclada.


Viejos monos de mustios genitales, os enseñaré mi pene henchido de sangre en vuestro último aliento y tal vez, como un acto de contrición, me besaréis este glande que late excitado ante vuestra muerte, como si se tratara de un cristo crucificado. Con la misma devoción. Me correré en vuestras venas abiertas, primates de mierda.

La Dama Oscura limpió con la lengua el glande, se lo metió tan profundamente que 666 sintió la náusea de su Dama en el miembro.
Cogió la pistola, metió el silenciador en el sexo de la vieja y disparó tres veces. Una de las balas salió por el ombligo para clavarse en la pared.
El marido aún respiraba; 666 apoyó la bota en su sien para después darle una patada en vertical que aplastó el cráneo como un melón. Olisqueó el aire aspirando la muerte que subía desde su calzado.


—Hasta para morir sus huesos hacen un ruido repugnante. Son como cucarachas.

Cuando salieron a la sala de espera, cuatro grandes crueles estaban devorando a una anciana que aún pataleaba. De sus grandes colmillos retorcidos, pendían jirones de carne y ropa.
Al fondo de la sala, un grupo de treinta personas heridas y temerosas se agolpaban contra la pared para mantenerse separados de aquellos enormes osos de pezuñas hendidas y con morros de cerdo, con unos ojos tan humanos como los suyos. El pelaje de los crueles era pardo, salpicado de zonas desnudas que dejaban ver una piel rosada por la que corrían grandes insectos inidentificables.
Un niño oculto entre la gente apiñada, emitía un grito agudo e irritante, llamaba a su padre y a su madre sin cesar. Sin descanso.


—¡Papa, mama. Papa, mama. Papa, mama...!

666 sacó de la bolsa un fusil ametrallador y disparó ráfagas contra la gente hasta que la voz calló.
Las sirenas de un buen número de coches de policía y ambulancias calaban las paredes y daban una banda sonora a la escena. El sonido de los crueles rasgando y devorando la carne, sólo era comparable en terror con el hedor de la sangre y la carne muerta.
Uno de los crueles sacó su hocico del vientre de un viejo con las piernas amputadas y se dirigió a la enfermera de recepción.


Comprenderéis que no hay premio tras cobijarse y aceptar leyes y creencias. Si hubierais tenido sólo un poco de cerebro útil... Os hubiera matado igual, soy la maldad pura y vosotros, viejos e ineficaces cuerpos, mis juguetes desmontables.

—A esa primate no la toquéis, la quiero viva, que cuente lo que ha visto. Que no la crean; pero tampoco puedan dar una explicación. Que los primates psíquicos sepan que he sido yo y que Dios, ese maricón cobarde, los ha abandonado a mí.

El arcángel Gabriel invadió de una luz cegadora la sala cuando apareció. Lanzó un aria vibrante que emocionó a 666. Apartó a uno de los crueles de un hombre que escupía sangre y sus tripas rebosaban por ambos lados del cuerpo. Lo acunó entre sus poderosos brazos, confortándolo en su agonía.
666 le reventó la cabeza al viejo de un tiro, y las alas blancas del enorme arcángel se salpicaron de sangre.
Gabriel lloró por el hombre con su cabeza reventada entre las manos. Siete ángeles menores aparecieron en aquella sucursal del infierno que se había creado en la Tierra.


—No quiero sus almas viejas, no quiero almas de primates rotos, cansados y enfermos. Os las podéis quedar. Yo no me llevo mierda a mi reino. Dile a Dios, Gabriel, que no han muerto suficientes aún. Que mi ira no tendrá fin, que jamás dejaré de perseguir y matar a aquellos que dijo hacer a su imagen y semejanza. Cada primate que destrozo, me hace sentir que mato a ese afeminado que tenéis por jefe en vuestra mierda de cielo.


Alguien podría ver este acto como una lección para la humanidad, para todos los primates nacidos y que nacerán. Pero me importa una mierda que aprendáis o no. Este acto es sólo para mi satisfacción, os odio tanto...

Y dicho esto, 666 disparó con su fusil contra el grupo de gente que aún sobrevivía.
La Dama Oscura andaba entre los cuerpos mutilados y disparaba un tiro de gracia a todos aquellos que se movían o respiraban. Los crueles la seguían con sus penes erectos, gimiendo de ansiedad por copular con su ama. Levantó el rostro de una niña pequeña, y olió su boca.


—¡Gabriel! Mi verdadero Dios te la brinda —gritó elevando el cuerpo de la niña entre sus brazos.

Lo único que pretendo enseñaros, es vuestro corazón en mi mano.

Y dejó que uno de los crueles, le arrancara la cabeza de un zarpazo.
El arcángel Gabriel agitó sus alas con violencia y se lanzó contra el cruel que masticaba la cabeza de la pequeña, metió sus manos entre las fauces y las separó y arrancó de su cabeza. El cruel cayó muerto, sin hacer ningún ruido.
La tez de Gabriel estaba salpicada de coágulos de sangre negra.


—Gabriel... Siempre has sido un poco sensiblero, un poco histriónico. Deberías estar acostumbrado a ver primates muertos. Primates que sufren, primates llorando de miedo. Primates que sólo viven el tiempo que yo les permito. Según mi humor. Y ahora, los monos que entren aquí y encuentren toda esta basura, serán un mar de dudas. Nadie entenderá nada. Y la leyenda de mi existencia, volverá a darles algo inteligente sobre que hablar. Y no creerán en mí porque los primates son seres miedosos. Y aún así, me temerán y evitarán decir mi nombre. Dile al puerco Dios, que soy tan Dios como él. Y tú mi esclavo, sólo vives porque yo te lo permito.
Quiero veros vomitar vuestras viejas entrañas mientras morís como perros sarnosos.


Los policías estaban golpeando la puerta con un ariete, se oían sus voces apresuradas.
En el subsuelo, bajo el edificio, una gran tubería de gas se rompió.
666 se dirigió a la enfermera de recepción, uno de los crueles la olisqueaba arrastrando su hocico húmedo por la mejilla. 666 apartó a la bestia de una patada y le arrancó la chaqueta del uniforme a la enfermera. Con el filo del cuchillo, escarificó 666 en su espalda. Elvira creía enloquecer de dolor sin saber que su boca se relamía obscenamente con cada corte que el diablo hacía en su espalda.
La puerta estaba a punto de venirse al suelo.
666 arrastró a Elvira del brazo hasta la consulta del Dr. Fernando, abrió la puerta del balconcito y la lanzó al vacío, a la calle.
Y dejó de empujar su mente.
Cuando la mujer tocó el suelo sintió su cadera estallar; dos sanitarios se apresuraron a cubrir su torso desnudo y ensangrentado con una manta y la subieron a una camilla. La ambulancia se la llevó de allí antes de que el edificio se viniera abajo por una gran explosión.
Angeles y demonios se diluyeron en el aire, los crueles gritaban asustados al ver como por enésima vez, sus cuerpos se desintegraban, no tenían suficiente cerebro para entender esa forma de moverse en el espacio y en el tiempo. 666 abrazaba a su Dama Oscura por encima de los pechos, su pene se encontraba encajado entre las nalgas provocando en la mujer una excitación que sentía bajar por los muslos.
El cuerpo del cruel muerto, quedó allí, con los de los viejos, niños, médicos y enfermeras.
Cuando los policías y bomberos irrumpieron en la sala, no entendieron nada durante lo poco que vivieron. La explosión permitió mentir y buscar una teoría razonable sobre el origen de aquellas 367 muertes.
Elvira se encontraba en la unidad de cuidados intensivos. Un ángel apareció frente a ella, y su mano suave y cálida le rompió el cuello con suavidad. Murió con una sonrisa en el rostro, sin miedo; casi feliz acompañada por un aria celestial.
--------
Dios no podía permitir que quedara un testigo de su incapacidad y cobardía.
Ya os contaré más aventuras.
Siempre sangriento: 666.



Iconoclasta

3 de octubre de 2008

Momias patéticas

Da pena ver restos tan antiguos, cadáveres y cultos que no encontraron nada más allá de la muerte.
Son tan frágiles las momias...
Frágiles y patéticas, porque entre sus restos, entre vendas y podredumbre están las muertas esperanzas intrincadas.
No necesitaron sus órganos tan celosamente guardados.
Vasos canopos... Cicateros ricachos guardando celosamente vuestras asaduras.
Todo fue una gran mentira creada por el miedo hacia la muerte, por ignorancias.
Y por una ambición desmedida.
Sed sinceros viejos muertos; queríais eternizar vuestra riqueza y vuestro poder.
Da un poco de pena al veros ahí, corruptos e inanimados. Muertas y vanas creencias cuyos ritos tanto tiempo y energía os llevó cumplir para nada.
Dan pena los vivos que aún creen que hubo magia en aquella farsa con la que moríais.
Nunca debieron engañarse los poderosos antiguos y pensar que la muerte era una esperanza, una puerta a otra vida.
Os prometieron que os recibiría Isis y vosotros, enfermos e ignorantes ambiciosos, lo creísteis.
La muerte es el fin e Isis y Osiris personajes de un cuento cándido e infantil.
Adiós viejas momias, no os contemplan los dioses, sólo nosotros, esclavos de nuestro tiempo, como vosotros lo fuisteis del vuestro aunque no os reconocierais como tales.
Sobrevalorados faraones y emperadores, no teníais magia, sólo inspirabais terror en los esclavos. Y una vez muertos, os lo robaron todo. Hasta vuestra alma polvorienta.
Patéticos payasos revestidos de yeso y oro.
Me embarga cierta sensación de tristeza verlos ahí presentes y corruptos tras tantos años. Ha habido tanto tiempo para que sus dioses los revivieran...
Isis la mentirosa, la resucitadora, os dejó plantados.
Y pensar que soy yo el que os mira, el que es testigo de vuestra corrupción y muerte eterna e irremisible. Soy la prueba viviente de que no hay dioses.
Seres como yo rompieron y saquearon vuestras tumbas, esparcieron vuestros secos cuerpos y derramaron vuestras vísceras, se llevaron vuestros tesoros. Rasgaron vuestras curtidas pieles.
Vanidosos muertos...
La prueba de vuestra muerte es que no os sentís humillados al estar expuestos a los ojos de todos nosotros. Si estuviera viva vuestra alma, os taparíais los rostros avergonzados.
Tantas tumbas pretenciosas creadas con sangre y piel esclava. Tanto esfuerzo por no dejar de ostentar vuestro poder.
Ahora soy un dios que os mira, soy el dios con el que creíais encontraros, os miro a través del cristal de la urna que os protege del polvo y la polilla, y pienso en todos esos años de espera.
Y aunque no tengáis ya ojos para mirar, ni piel para sentir; aunque vuestra vieja alma no sea más que una pátina mohosa adherida a vuestros huesos, miradme como un dios, porque a vuestros ojos lo soy.
Soy un dios creado por vuestra muerte, por vuestra ambición enfermiza de ser más que nadie. Yo, hijo de esclavos y parias. Soy el dios que os mira.
Que se ríe ante la guasa del destino.
Curioseo vuestras intimidades, os imagino creyendo las mil y una mentiras de una vida ultra-terrena y se me escapa la risa, al fin y al cabo los dioses son inmisericordes.
Es difícil mantener la pena hacia vosotros, enseguida se muta en risa y burla cuando pienso en vuestra vanidad. Narcisistas de la muerte...
Somos deliciosamente malvados e injustos los dioses. No nos rezasteis bastante.
Yo, un desgraciado sin un collar de oro con el que adornar mi cuello, siente pena y luego cierta emoción malvada, cierta malicia, al saber lo que fuisteis y en lo que no os habéis convertido. Vuestros fracasos y la poca pena que siento, os convierte en patéticos restos de ambición, miedo e ignorancia.
De la pena a la burla sólo hay un pensamiento. De la vanidad al ridículo una venda vieja y podrida.
Fuisteis maestros del engaño.
De una inocencia pueril.
Qué pena dais, mis patéticos muertos.
Yo os bendigo.
Yo soy vuestro Isis y Osiris; un esclavo...



Iconoclasta

22 de septiembre de 2008

El crepúsculo


Cada día miro al cielo con la salvaje expectación que me provoca la lucha y la sangre.
Es la lucha a muerte entre la luz y la oscuridad.
La muerte...
En el crepúsculo combaten el día y la noche tiñendo el cielo de una pasión roja.
El cosmos apuesta fuerte una infinita fortuna por la noche, por la luna. Es su puta.
Creo escuchar los gritos del sol a medida que la sangre se extiende hasta el límite de la oscuridad. Y la noche devora esa marea agonizante que vomita ese dios asqueroso que es el sol. Inmisericordia.
Cuando muere el día siento un placer obsceno, una retribución justa a la monotonía a la que me somete la vida. Otro día más de mierda, otro día muerto.
Mi noche es mi vengadora.
Es el único momento del día en el que me permito soñar esperanzadoramente.
El crepúsculo es sangriento porque se niega a morir; la luz es soberbia como los humanos. Y sangra como ellos.
Que se joda el sol, que se joda el día.
Que se joda la humanidad y se ahogue en sangre como su Dios Sol tan adorado.
Miserables.
Ruge el sol como una bestia agonizante dando zarpazos ciegos a la oscuridad. Sufre, sufre, sufre... Sangra.
Como a mí me haces en cada amanecer, en cada día que me obligas a vivir como una condena. Igual a ayer, igual al otro y al otro y al otro y al otro día.
El día muere luchando y no tiene un buen perder, yo tampoco.
Que se joda.
Si tuviera ojos, se los arrancaría.
La noche lo ahoga en su propia sangre, el cielo anaranjado se extiende hasta el límite de lo oscuro y grita y se revuelve como un animal destripado. Y mis lágrimas no son rojas por la pena. Me sangran los ojos impresionado por la belleza de un ocaso hemoglobínico.
Muere día de mierda, muere y púdrete en una tumba abierta donde todos los animales te arranquen las entrañas, sol de mierda.
Que la belleza láctea de la luna nos cubra y haga oscuros los colores que radian adulando al sol.
Que la sangre del sol, se extienda como la de la ballena muerta por las hélices de un barco en el mar.
Un día y otro y otro igual.
Eres el mismo cabrón de siempre.
Un día, la hermosa y fresca noche, acabará contigo para siempre y no habrá más luz cegadora. Sólo una luz fría que hará nuestras pieles pálidas. Que resaltará el azul de las venas. Que arrinconará a los cobardes en sus madrigueras para que no ocupen mi espacio.
No quiero llorar cada día ante la serena muerte de la noche. Ella sí que tiene elegancia, sabe morir sin miedo, sin histeria.
A pesar de tus rayos de mierda iluminando el horizonte, hay en el alba una franja de un azul oscuro y opaco que se retira lentamente, sin sangre. Sin cobardía.
Sus negros ojos miran tus rayos sin pestañear. Sin sangrar como tú, perro.
Cuando la noche muere, lanzo un beso al cielo y le digo que la espero.

Quisiera ser tan alto como la luna ¡Ay, ay!

Para darle un beso de despedida, y decirle que si muero bajo el sol abrasador, que cubra mi cadáver con su manto negro. Que amortaje mi cuerpo y lo enfríe pronto. Que me salve del sol. Misericordia...
No quiero que mis tripas estallen frente a ese repugnante y caliente astro.
Asesina del sol: si estoy muerto cuando el día se desangre, hazme estrella, hazme punto en el firmamento.

Dame vida para luchar contigo
contra el sol cada día.

Quiero manchar mis manos de crepúsculo, quiero ser el matarife del cielo. Lo teñiré tan rojo, que la humanidad temerá que llueva sangre.
El sol es un bastardo que nos señala, que revela secretos, que nos desnuda a ojos de otros. Despierto cada mañana contando los minutos, observando su movimiento. Mirando al oeste con la esperanza de que cada vez se encuentre más cerca de él.
Que se ahogue en sangre el hijo de puta.
Tú eres mi diosa, Noche. Tú eres la que me das un momento para el amor, la que baja el volumen del ruido de la vida. Los cobardes te temen, saben de tu poder, saben que cada día matas al sol. Y los hombres, tristes y cobardes, temen que les pueda ocurrir lo mismo.
Como si tuvieran importancia alguna para ti; lerdos ignorantes.
La luna se deja mirar blanca y deseable, provocando locuras y mareas. La luna se deja mirar como una puta hermosa prendida del brazo del cosmos.
Te doy un millón de euros por una felación, luna hermosa y asesina. Te doy mi propia vida si así lo quieres.
Pero mátalos, mata todos y cada uno de los días que me hunden en un tiempo y en un lugar inamovible y sin salida.
El tiempo es un barro sucio, la tierra un pozo negro ya colmado.
Misericordia...
Blanca luna, negra noche, mátalo; por mi vida. Mátalo de nuevo y que sufra el día.
Que sangre.
Que se joda.



Iconoclasta

18 de septiembre de 2008

Sympathy for the Devil


Simpatía por el diablo (letra traducida)

Por favor, déjame que me presente
soy un hombre de riquezas y buen gusto
Ando rodando desde hace muchos años, muchos años.
He robado el alma y la fe de muchos hombres.
Yo estaba allí cuando Jesucristo tuvo su
momento de duda y dolor
y me aseguré por los infiernos que Pilatos se
lavara las manos y sellara su destino.

Encantado de conocerte.
Espero que sepas mi nombre.
Pero lo que te desconcierta
es la naturaleza de mi juego.

Estaba cerca San Petersburgo
cuando vi que había llegado el cambio.
Maté al zar y a sus ministros
Anastasia gritó en vano.
Conduje un tanque, tenía el rango de general
cuando estalló la guerra relámpago
y los cuerpos hedían.

Encantado de conocerte.
Espero que sepas mi nombre.
Pero lo que te desconcierta
es la naturaleza de mi juego.

Miré con alegría mientras vuestros reyes y reinas
luchaban durante diez décadas por los dioses que crearon
grité: ¿Quién mató a los Kennedy?
Cuando después de todo fuimos tu y yo.
Deja que me presente
soy un hombre de riquezas y buen gusto.
Tendí trampas a los trovadores
que murieron antes de llegar a Bombay.

Encantado de conocerte.
Espero que sepas mi nombre.
Pero lo que te desconcierta
es la naturaleza de mi juego.

Al Igual que cada policía es un criminal
y todos los pecadores santos
y cara o cruz es lo mismo, llámame simplemente Lucifer.
Necesito cierto freno.
Así que si me encuentras, ten cortesía
un poco de simpatía y cierta exquisitez.
Usa tu bien aprendida educación
!o haré que se te pudra el alma!

Encantado de conocerte.
Espero que sepas mi nombre.
Pero lo que te desconcierta
es la naturaleza de mi juego.


The Rolling Stones.

Sympathy for the Devil (traducido habitualmente en español: "Simpatía por el diablo", aunque la traducción más apropiada sería "Compasión por el diablo"; siendo que aparentemente el diablo busca exonerarse de los pecados de los hombres) es el título de una canción de The Rolling Stones. El tema abría el álbum Beggars Banquet, publicado por el grupo en el año 1968. En el año 2004, la revista Rolling Stone incluyó a la canción en el puesto 32 en su Lista de Rolling Stone de las 500 canciones más grandes de la historia (extracto del artículo Sympathy for the Devil, de Wikipedia).

13 de septiembre de 2008

Golosina

Golosinas, caramelos, dulces y el humo de un cigarro. Ojalá fueran sólo ideas culinarias, postres y tabaco nada más. Algo intrascendente.
Pero no es posible que ahora pueda saborear un dulce sin sentir una profunda sensación de falta. Ni es el dulce que quiero ni el lugar donde se deshace en mi boca reseca.
Seré realista: este bombón no tiene el tacto ni la tersura de tu piel.
No sonríe como tú.
Dan ganas de soltar unas lágrimas de frustración y pena.
Masturbarme con los dedos manchados de chocolate; sólo por esto puedo resultar a veces dulce yo también.
Eres tú mi golosina, es tan fácil afirmarlo como difícil contener esta creciente ansia que todo lo dulce me provoca.
Maldito el día en el que adiviné que eras dulce. A partir de ese momento cualquier golosina eres tú.
Qué putada amarte. Se acabó la tranquilidad, se acabó mi pensamiento egoísta y práctico. Ahora existo para saborearte, paladearte, chuparte...
¿Sabes que los caramelos tienen propiedades vaso-dilatadoras? Es algo que he descubierto recientemente.
Contigo.
Chupo un caramelo y tengo una erección y pienso en ti.
Es mentira, no es el orden real de los síntomas de la patología.
Chupo un caramelo, pienso en ti y me crece, se expande.
Pienso en ti y chupo un caramelo.
Chupo caramelos porque te amo.
Dulces ensayos clínicos a los que me someto con tu dulzura, con solo evocarte.
¿La perdida de la madurez es un efecto secundario de la pasión por lo dulce? ¿Se puede perder el peso de la vida por sólo un dulce?
Un caramelo... Sólo...
A pesar de todo el tiempo vivido.
Es vergonzoso desear con avidez. Incontinencia de sinceridad...
El misterio de nuestro ser nos hace interesantes a ojos de otro.
Y amar así es perder todo asomo de exclusividad; sentirse mediocre y desnudo ante tu dulce sonrisa.
Ante tus ojos de menta.
Tus labios de fresa.
Tus pechos de gominola.
Ositos de goma...
Eres una chuche, mi caramelo. Preciosa.
Y yo un niño con barba, un poco amargo.


Iconoclasta

10 de septiembre de 2008

Cobardes de sol y lluvia

Es increíble, está ocurriendo.
No hay niños en el parque o en la calle por las mañanas, y mucho menos al mediodía.
Comienzan a salir bien entrada la tarde, como los murciélagos.
Lo están consiguiendo.
Es cuanto menos curioso ver cómo doblegan el ánimo y el valor de la población.
Recuerdo (hace miles de años) que ni el calor ni el frío nos retenían encerrados en casa. Recuerdo a mis padres confiar en la fortaleza y salud de sus hijos y no temer al calor del verano. Eramos niños tan fuertes y valientes como nuestros héroes. Bruce Lee sólo daba increíbles patadas y manejaba los nunchakus como un dios. Y no decía tonterías del agua.
Una emoción de ser espía cuando acompañaba a mi padre a comprar alguna novela de Henry Miller a una librería de ocasión. El librero se sumergía entre abarrotadas estanterías de madera y emergía con un libro con el lomo un poco roto y las páginas dobladas. Lo envolvía varias veces en periódico y le decía a mi padre muy flojito el precio. Y todo porque aquella puta de Franco respiraba como un cerdo ahíto.


Conducíamos bicis pesadas y cascos de plástico de romanos. Eramos valientes y arrojados, eso nos creíamos.
La libertad de la calle y el espacio abierto eran drogas poderosas.
Insultos, peleas, rodillas rascadas y el vómito de un mareo por culpa de un cigarrillo compartido entre mil mocosos. Nadie murió, y tal vez sea el único de aquellos enanos que ha desarrollado un más que merecido cáncer de tibia. Seguramente debido al anti-ergonómico diseño de una bici. Y a un afán por querer ser fuerte y poderoso y héroe y gozar de superpoderes y fumar para querer parecerme a los mayores. Fui malvado como ninguno.
Es que se me escapa la risa.
¿Cómo evitar pensar que se ha hecho de la debilidad y la cobardía, una aceptada pauta de vida y convivencia?
¿Cómo puede temer un niño al sol sino vive en el desierto? ¿Cómo es posible que un niño no explore el mundo que lo aprisiona?
¿Cómo no pensar en hijos cobardes de padres cobardes?
¿Cómo escribir esto y no ofenderos? O no llamar basura cobarde y sin cerebro a esta sociedad farisea, descendiente directa de los envidiosos que lapidaron a aquel mito del nazareno y su cacareada cruz.
Ser cobarde es simplemente carecer de valor. No tiene nada que ver con ciencia, tecnología y costumbres.
Los niños salen cuidadosamente a la calle con sus ropas limpias y planchadas, con pelos engominados. Rechazan bancos polvorientos y a veces, cuando se aproxima el anochecer, se frotan los brazos porque debe resultar tierno y adorable que un chico sienta frío en una noche de pleno verano.
Cobardes de sol y lluvia, cobardes de heridas, luchas y juegos.
Convenceos cobardes, con sofismas de salud y consejos institucionales y sectarios de que no lo sois; pero sólo se os puede llamar cobardes. No existe otra forma de llamaros sin ofender mi propia inteligencia.
Cobardes vosotros, vuestros hijos y los que están por nacer.
No veo que esto vaya a mejorar.
Golpes de calor...
¡Qué cojones! Ni que los niños nacieran con ochenta años...
Menos mal que siempre queda el sexo y las putas para desahogarse, que si no... Y el caballo, y la coca, y el jaco y los mensajes institucionales de los gobiernos; que es lo más consumido.
Yonquis cobardes.
Buen sexo.


Iconoclasta

4 de septiembre de 2008

666: Escatología

Nota del autor:
Como todos los episodios de este personaje, hay pornografía y violencia extrema. Es para adultos.
Este episodio de 666 es especialmente fuerte y repugnante. De hecho, el más repugnante que he escrito hasta la fecha. Cruel como ninguno, hay un pobre perrito...


-----------------------------------------------

Me encontraba buscando material pornográfico en la videoteca de mi oscura y húmeda cueva, cuando en la estantería de parafilias, observé un dvd marcado como “Escatología”.
Seguramente se lo trajo alguno de mis crueles como botín de algunas de nuestras salidas.
Una parafilia es una desviación sexual; algo de tarados y enfermos.
La escatología es la afición por follar entre mierda, con mierda y comiendo mierda si es necesario.
Para que lo entendáis:

Escatología---> Parafilia---> Enfermos mentales---> Marginales---> Coprófagos (comedores de mierda)---> Sexualidad enfermiza---> Escarabajos peloteros---> Porno-actores tarados.

Los primates tenéis de todo en vuestra propia especie, y los aficionados a la escatología son los escarabajos peloteros de la humanidad.
Nada de lo que sentirse orgulloso, porque dejar que alguien se te cague o mee en la boca, es sucio y repugnante hasta para mí.
Hasta los perros tratan de tapar sus propios excrementos cuando han cagado.
Por otro lado, yo no estoy sujeto vuestras costumbres de tolerancia, cobardía e hipocresía y si un primate es un repugnante come-mierda, no tengo porque sentir simpatía alguna por él. Sólo asco y más odio aún. Lo hago pedazos o lo quemo, me da igual. Y la duración del tormento está en función de mi humor.
La tolerancia de la que pretendéis hacer gala, patéticos paletos, me la paso por el forro de mis malditos cojones y si mi propia naturaleza me lleva a despreciaros hasta tal punto que el acto de torturaros y asesinaros me aburre; no podéis ni llegar a imaginar el asco y el desprecio que siento por los escatologistas, coprófagos, coprófilos o como quiera que mierda se quieran llamar (valga la redundancia).

Coloqué el dvd en el reproductor, seguro de que encontraría razones para hacer una nueva visita a la humanidad y lanzar otro de mis mensajes de miedo, odio y maldad.
Cuando comenzó la película; una mujer fea, tan fea como son los hijos nacidos de la cópula entre padres e hijos o entre hermanos durante muchas generaciones (eso que llaman endogámicos y que abunda en los pueblos más ocultos y pequeños), se separó las nalgas con las manos y de su ano salió un excremento gordo y seco que me estropeó la bocanada de humo del partagás kilométrico que me estaba fumando.
Decidí apagar el televisor, si quería ver mierda, no tenía más que pasear por entre los primates y abrir en canal a cualquier espécimen elegido al azar.
En el momento en el que accionaba el pulsador del mando para apagar la televisión, apareció otro tarado en escena con una peluca de payaso en la cabeza; se arrodilló frente al culo de la cerda y con la boca cogió el cagarro que asomaba repugnante por el esfínter.
Mi Dama Oscura se encontraba masajeando mis trapecios tras el sillón de piedra.

—¿Me das permiso, mi Señor, para hacer una visita y felicitar a tan buenos actores? Mostrarles su propia inmundicia cuando aún la tienen dentro del cuerpo.

El televisor mostraba al macho y a la hembra, se habían untado la mierda en sus pieles cerdunas y ahora copulaban como dos cerdos en una charca.
Cuando abrían la boca, sus dientes estaban llenos de excrementos.
Seguramente sería chocolate, pero el efecto era pura mierda.
Mi Dama Oscura, me había dejado y volvió a los pocos minutos con una cámara de video.
Me gusta el cine, y cuando puedo, me gusta rodar mis propias películas.

Y en Suecia, aunque la luz es muy fría, y el color un poco crudo para mi gusto, se está fresquito. Y es de agradecer.
Decidí ser director de películas porno-escatológicas y hacer algún cameo durante el rodaje; mi ego es tan grande como mi capacidad de odiar. Cogí un trípode, metí los dedos en la vagina de mi Dama Oscura y la masturbé hasta que se me corrió de pie ante la mirada de todos los crueles escondidos entre las piedras. Cuando gritó de placer, lancé un rugido que provocó una lluvia de polvo desde el invisible techo de la cueva.
Llevar a la Dama Oscura conmigo me facilita el acceso a todos los lugares del planeta, ellos y ellas se la quieren follar. Imaginan su negra melena agitada por el placer que le proporcionarían. Sus piernas son tan lujuriosas que uno no piensa más que lo que tiene entre ellas, deseas lamer cada pierna hasta llegar a su coño, que sin duda alguna, se encontrará empapado de una baba de fuerte olor.
Hombres y mujeres desean tenerla cerca y lanzan sus devaneos pueriles para intentar joder con ella.
La productora Scandinavia Erotics, era la autora del dvd escatológico.
Mi Dama Oscura vestía una microfalda negra y al caminar, dejaba ver sus nalgas desnudas contoneándose como las de una verdadera puta.

—Soy Lans Hoëder y quiero una entrevista con el Sr. Sergei Lepizc, el director de Festín de Mierda 4. Esta señorita es mi representada y quisiera ofrecérsela para que participe en alguna de sus producciones. Caga como ninguna y además tiene la habilidad de lanzar la mierda lejos de si con el culo.

—Si no tienen cita, el sr. Lepzic no les recibirá. Pueden dejarme una tarjeta y...

No acabó de hablar, porque planté mi mano en su poderoso y siliconado pecho izquierdo y lo oprimí con fuerza. Y oprimí su mente.
Como mucho cerebro no tenía la secretaria del pornógrafo, su pezón se puso duro. Mi Dama levantó la falda dejando al descubierto su coño y se acercó hasta colocarse muy cerca del rostro de la secretaria. La primate comenzó a lamer su pubis con el pecho estrujado en mi mano. Sus lengüetazos eran largos y pegajosos. Estuve a punto de sacarme la polla; pero me pudo la crueldad.
No pude evitar clavarle mi puñal en el pecho y sacarle la prótesis de silicona. Yo seguía invadiendo su mente; a pesar del dolor y el terror, la secretaria siguió lamiendo el pubis de mi Dama Oscura hasta que le arranqué el corazón y lo dejé encima del teclado del ordenador.
Hice una foto de tan dramática escena.
Dejamos el cadáver allí para que se pudriera y no me preocupé de coger el alma de la tía buena, mi preocupación era filmar mi propia película. Y para ello necesitaba actores acostumbrados a la mierda.
Abrí la puerta del despacho de Sergei y mi Dama entró desnuda de cadera para abajo, se había quitado la falda y su pubis estaba ensangrentado por la sangre que le salía de la boca a la secretaria cuando le arrancaba el corazón.

—¿Quiénes son ustedes? ¿No les ha dicho mi secretaria que no recibo sin cita previa?

Debe ser un buen negocio todo lo relacionado con la mierda, porque el despacho de Sergei era un derroche de decoración vanguardista. La mesa del despacho era una losa de fino mármol, los sillones de las visitas, medios huevos de acero inoxidable con su interior mullido y forrado en piel.
Una luz color salmón salía de paneles adosados a las paredes y todo era de un blanco níveo tiznado de rosa. Demasiada luz para mi gusto. Y demasiado calor.
Sergei vestía un jersey negro de cuello alto muy ajustado y unos pantalones marrones de piel. De lo más hortera.

—Nosotros sólo queríamos saber donde se encuentran los dos actores de Festín de Mierda, me gustaría contratarlos para una fiesta particular.

Sergei no me escuchaba, se encontraba pasmado mirando el coño ensangrentado de la Dama Oscura y ésta, sin reparo alguno, se lo estaba limpiando con un pañuelito de papel, mojándolo con saliva.
Me acerqué a la mesa, apresé la mano de Sergei y metiendo la punta del cuchillo entre uña y carne, le hice saltar la uña del dedo corazón.
Aquello no mejoró su atención pero me hizo visible a sus ojos y más receptivo a mi charla.

—Quiero la dirección de esos dos marranos.

Cuando se piden las cosas con la debida seriedad y te haces valer como un hombre de palabra y peligroso, te lo dan todo.

—Están rodando otra película, aquí mismo, en una casa de las afueras, allí los encontrarán.

Tenía la esperanza de que no le matara. Y garrapateó en una lujosa carta con membrete la dirección de la casa.
Cogí la pistola que me ofrecía mi Dama y le pegué un tiro entre los dientes. Salpicó sangre por todas partes; sin duda alguna ya habéis visto en algún reportaje el efecto hidrostático que una bala tiene en una sandía, pues bien, estoy seguro de que algunas paredes de aquel despacho jamás volverán a ser de blanco níveo.
La Dama Oscura se sentó en uno de aquellos asientos-huevo y se cagó sin asomo alguno de pudor.
Será hermosa y malvada, pero cuando quiere es toda una cerda.
Y sutil no es con sus mensajes.
La amo.
La casa de campo se encontraba al norte de Estocolmo, a escasos diez minutos. Un chalet lujoso de algún millonario pervertido o un socio de la productora.
La verja principal que cerraba el camino de la carretera principal a la casa, se encontraba abierta y conduje el Aston Martin recién adquirido para la ocasión por el camino particular.
Una furgoneta y un par de autos se encontraban estacionados frente a una pequeña casa separada de la mansión principal.
Estacioné el coche frente a la casa principal y nos acercamos caminando hasta la casucha donde estaban rodando la película, seguramente Festín de Mierda 5 o Amo tu mierda.
La actriz, según Sergei, se llamaba Ana y el actor John. No tenían apellidos, seguramente se encontrarían bajo una capa de mierda.
Aparte de los dos artistas, en la casa se encontraban un cámara, el director, el ayudante de dirección, el iluminador y una maquilladora.
Y ni siquiera era la casa, era el garaje con un mal decorado. Por mucho que a un millonario le guste la mierda, le revienta que caguen en su casa.
Sois tan complejos los primates...
Mi preciosa Sig Sauer P220 del 45 acp, se encontraba pletórica de balas y el sol de la tarde se reflejaba en su superficie creando una difuminada pátina anaranjada. La belleza de la muerte no tiene parangón con ninguna otra cosa.
La Dama Oscura sujetaba en la mano una Beretta del nueve pavonada. La negrura de aquella arma hacía juego con su cabello y su piel. Había nacido humana, pero ni yo podría asegurarlo viéndola empuñar con aquella naturalidad la pistola.
No hubo saludos. No hubo tiempo para las sorpresas. Estaba todo en silencio filmando una mamada que Ana le estaba haciendo a John. Su pene era mucho más pequeño de lo que parecía en la película y a Ana se le veía la suciedad incrustada entre los pliegues de la piel.
Apoyé el arma en la nuca del director y disparé. Al ayudante lo tenía muy cerca y le acerté un tiro en la sien.
La Dama Oscura había disparado en el cuello de la maquilladora y cuando el iluminador echó a correr gritando, le acertó en la espina dorsal; cayó sin poder llegar a la furgoneta. No podía moverse y reptaba como un gusano, gimiendo, llorando. La sangre estaba empapando la abundante ropa que llevaba. Agonizó durante más de media hora.
En cuestión de segundos, el suelo se tornó resbaladizo por la enorme cantidad de sangre que dejaban ir los cuerpos.
Los actores estaban quietos en la cama, inmovilizados por el miedo.
La Dama Oscura se dirigió a nuestro coche para coger la cámara de video y el trípode. Afortunadamente, la iluminación ya estaba montada. Cuando se trata de matar, siempre salen bien las cosas.

—Vamos a filmar una película de cagones. De morir no os libráis —les decía a los actores que nos miraban fijamente alternando su atención entre nosotros dos—; pero de vosotros depende que sea interminable vuestra tortura.

La Dama Oscura tocó mi hombro y me dio la cámara y el trípode. Llevaba una bolsa negra con cadenas y esposas colgada del hombro.
Mientras preparaba la cámara y me encendía un cigarro, ordenó a los actores a colocar las manos en una tubería sujeta al techo del garaje y les esposó las manos.
Les obligó a abrir las piernas cuanto podían y les encadenó los pies con grilletes a las estanterías murales ocultas bajo el decorado.
Dejó cerca una escalera de mano abierta.
Nos llevó casi dos días el rodaje.
Mientras tanto, apareció un Saab descapotable blanco con un cincuentón de pelo blanco y una puta de lujo, a los que degollé cuando se acercaron al garaje. El primate maduro era el dueño de la casa, lo sé por las fotos. Nos instalamos en la casa durante el tiempo que duró el rodaje.
También tuve que matar al jardinero y a un par de críos (los nietos del dueño de la casa) que se acercaron con sus bicicletas. El hedor a cadáver se extendía por toda la propiedad, cosa que me hacía sentir bien.
El resultado de lo filmado es más o menos así:
Mierda letal 1 (este es el título y aparece una mierda deshaciéndose como sangre líquida para dar paso directamente a la primera escena)
La cámara muestra un sucio garaje con el suelo lleno de sangre y cadáveres, el sonido de las moscas es omnipresente y se acerca el encuadre hasta la oreja de una chica por la que asoma la cabeza de una mosca.
Un hombre y una mujer se encuentran encadenados con los brazos en alto a una tubería en el techo, ambos lloran intentando no mirar a la cámara. Sus pies están separados y encadenados a las paredes. La mujer es un celulítica treintona que aparenta tener cincuenta años, con una peluca rubia torcida tapando sus rizos morenos, sus tetas son gordas y están lacias. La cámara hace zoom en el hombre que lleva una grotesca peluca pelirroja. Está enfermizamente delgado y sus velludos y pequeños genitales penden como piel reseca entre los sucios rizos negros.
Ambos muestran sus pechos manchados de vómito.
La cámara los rodea y el encuadre muestra las nalgas de los actores. Sus glúteos están ensangrentados, se cierra más el encuadre y se puede apreciar que en cada actor, se han cosido las nalgas con un grueso cordón de cuero, cegando así los esfínteres.
Se aproxima más la cámara para mostrar el detalle de las infecciones y la pus que rezuma por los puntos de sutura. Una mano de mujer pasa seductoramente el dedo por las puntadas de cuero para acabar dando un cachete cariñoso en las nalgas. Se escucha un gemido
El enfoque vuelve hacia atrás y muestra a los dos actores en un plano alejado. Ahora se aprecia que hay una escalera de tijera tras ellos. Con una música de película muda y filmado en cámara rápida, hago mi primer cameo y corro cómicamente hacia ellos subiendo por la escalera abierta. Los actores intentan, girando la cabeza, ver lo que ocurre u ocurrirá a sus espaldas. No hay nada como el miedo para aprender a actuar.
Subo tres peldaños de la escalera para estar cómodamente tras ellos. Una broma: saco mi cuchillo de entre los omoplatos y llevo el peligroso filo al cuello de la cerda. La cámara muestra mi rostro con la lengua fuera en actitud malvada y un hilo de baba colgando de mis incisivos. He de reconocer que soy un hombre deseable.
La Dama Oscura aparece en escena, con unos zapatos negros de charol y unos tacones kilométricos, porta con cuidado un pequeño cubo de plástico rojo y un embudo grande en la otra.
Me alcanza primero el embudo y al ponerse de puntillas se puede ver en todo su esplendor la raja de su coño depilado. Arranco la cinta que tapa la boca del hombre, le obligo a tragarse la parte estrecha del embudo y mantengo su cabeza contra mi pecho obligándolo a mirar al techo. La Dama Oscura me alcanza el cubo y vuelco en el embudo el contenido: chocolate caliente mezclado con galletas.

—Si no empiezas a tragar esto, te arranco tiras de las pantorrillas hasta que te comas tu propia lengua.

Un plano muestra como el embudo se vacía a cámara rápida para luego, enfocar el rostro del encadenado y su garganta para mostrar los fuertes y rápidos movimientos de la glotis al tragarse todo aquel dulce manjar.
La Dama Oscura, se coloca frente a la cámara y llevándose los dedos a la vagina, separa los labios y los tensa, hasta que aparece su duro clítoris empapado por entre los pliegues. El dedo corazón, se posa en él y comienza a rotarlo.
Fundido en negro.
Otra vez, en una cómica y rápida velocidad, bajo la escalera y la llevo tras la mujer; hago exactamente lo mismo que con el hombre, sólo que a ella, sin querer, le he partido los incisivos al meterle el embudo en la boca.
Un reloj corre a velocidad de vértigo, han pasado cuatro horas y un encuadre muestra las barrigas ya un poco prominentes de los actores escatos.
Enfoque de sus glúteos y unos segundos mostrando las tumefacciones y el feo color de las heridas suturales de las nalgas. Un punto rezuma un líquido espeso y amarillo veteado de sangre. Entre la raja del culo se les pone a cada uno un termómetro y la pantalla digital marca los 39,8 grados centígrados.
La Dama Oscura se coloca frente a los dos actores y les toca los genitales y las tetas sin conseguir arrancarles un gemido. Sus ojos apenas reaccionan.
El director (yo) sale a escena de nuevo para darles su nueva ración de chocolate con galletas. Piden agua, pero no se les da ni una gota.
Otra vez el reloj avanzando a cámara rápida hasta que pasan cuatro horas.
Los vientres de los primates ahora están tensos y enrojecidos, empieza a notarse la presión en sus intestinos. Una mano con uñas largas y rojas y un anillo con tres seises en el pulgar, acaricia aquellas prominentes barrigas. Es hora de cebar de nuevo a los primates.
En esos dos días, cada uno de los actores, se tragó ocho kilos de chocolate con galletas.
El reloj vuelve a avanzar rápido para luego mostrar las barrigas de los primates. Parecen embarazados y los ombligos sobresalen como tumores de la tensa piel. Alguno ha vomitado, por la nariz. Sudan mucho, están pálidos y respiran con mucha dificultad.
Una toma de mi espalda, muestra como me saco el cuchillo de entre la carne de los omoplatos para ponerlo en la femenina mano de la Dama Oscura.

—Es tiempo de morir entre mierda —dice frente a la cámara con sus labios rojos como la sangre y sus negros ojos brillantes como zafiros.

Se abre el cuadro de la escena y la Dama Oscura se acerca al hombre contoneándose, empuña el cuchillo por el peligroso filo. Es fantástica.
Se dirige al primate macho. Hunde ligeramente el filo en la parte baja del esternón y practica un corte poco profundo hasta el pubis. Una sangre muy espesa se desliza perezosamente por el vientre, los genitales y las piernas.
Un perro pequeño lame la sangre a los pies del actor (apareció en las últimas horas, y llevaba un collar con cristales de Swarosky que decía: Brutus).
Con la cerda hizo lo mismo, sólo que además, le cortó ambos pezones practicando una cruz encima de ellos. Les habíamos amordazado con una tela muy fuerte, ya que sabíamos por experiencia, que cuando el dolor es intenso, la cinta aislante no sirve como mordaza, no tiene la suficiente fuerza para sujetar unas mandíbulas que claman misericordia al cielo ante la devastadora tortura.
Me excité como un perro ante los pezones sangrantes de la guarra, la Dama Oscura salió de escena y me lancé a mamar la sangre que manaba de los pezones de la actriz.
Cuando me sacié, le pegué una fuerte patada lateral a su barriga. La Dama Oscura había hecho un buen trabajo, porque la herida se abrió en su totalidad y cayó al suelo el paquete intestinal de la puta con un sonido gelatinoso. El hombre se debatía intentado liberarse de las cadenas, aterrorizado ante lo que le esperaba. Se estaba poniendo morado por momentos.
Por mucho que se moviera, no tenía forma alguna de esquivar la patada y tras pegársela, otro nuevo montón de tripas cayó al suelo.
En ningún momento les quité las mordazas; aunque estuve tentado para que se pudieran oír sus gritos; pero si vomitaban, ensuciarían las tripas que ahora parecían gordos gusanos palpitantes. Estaban tensas y prietas como longanizas.
Cogí la morcilla del hombre y la corté con el cuchillo, de tal forma que exprimiéndola con fuerza, la vacié en la cabeza de la hembra.
Consiguió chillar después de todo. La mierda comenzó a contaminarse con la sangre que manaba del tejido intestinal.
Cuando corté el intestino grueso de la mujer, no me dio tiempo a llevar el cabo a la cabeza del hombre y la mierda salió rápida y a presión. Sólo pude manchar los genitales del hombre.
Aquella casquería rellena de mierda despedía un hedor insoportable que se apoderó de todo el garaje y la pobre Dama Oscura tuvo que vomitar. Filmé sus pechos agitándose tras las náuseas, es preciosa haga lo que haga. El artista también tiene que sacrificarse en pro de su obra si quiere ser pasional y transmitir emociones al espectador.
(Estas anécdotas hicieron más largo el rodaje, aunque gracias al montaje final, la película no aumentó demasiado su duración).
A los pocos segundos, los primates dejaron de moverse y sus ojos se habían cerrado. Respiraban con dificultad cuando les arranqué los restos de intestinos para que la cámara captara la caverna que quedaba; el último plano que filmamos de ambos vivos. El final de la película es más vulgar y sólo trata del descuartizamiento de los cadáveres y una masturbación que la Dama Oscura se hizo usando la mano del primate macho.
Fundido en negro para el final, no hay títulos de crédito. Se escucha la canción de los Rolling :”Simpaty for the devil” y un plano muestra al perrito blanco llamado Brutus, mordisqueando los cadáveres en descomposición, agitando contento el rabo.
Hasta que un balazo en el costado lo lanza muerto dos metros al interior del garaje. Mi Dama Oscura tiene una puntería envidiable.

Así es como matamos dos pájaros de un tiro e hicimos una película de escatología y a la vez una snuff movie.
Me han pedido copias a cambio de su alma: tres reyes europeos, seis presidentes, siete jeques árabes y tres raperos traficantes de drogas.
La película, he de reconocerlo, no es muy comercial y no creo que se convierta en una película de culto para un consumo masivo.
Ya os contaré más historias.
Siempre sangriento: 666



Iconoclasta

29 de agosto de 2008

Estrés post-vacacional (Lloronas)

¿Será cierto que existe gente que necesita ayuda psicológica al volver al trabajo tras las vacaciones?
YO, afortunadamente, no he conocido a ningún pusilánime de éstos. Soy muy selectivo con la gente que trato; no me hablo con inferiores.
Puede que sea una mentira de los psicólogos para que alguien se lo crea, se sugestione, se deprima y pida cita para rascarse el bolsillo.
YO no consigo imaginar al albañil llorando como una mujerzuela con una paletada de mortero secándose entre sus crispados dedos gritando a la grúa su angustia.
Aquí no acaba la cosa, nada puede ser tan sencillo: los niños también tienen su corazoncito depresivo y su cerebro estresable. Y han de ser llevados a un psicólogo porque se muestran irritables y llorosos.
Que los niños se estresen y hayan de acudir también al médico para que les sanen el cerebro, es normal. De tal palo tal astilla; los padres no hacen más que transmitir y eternizar la cobardía y la falta de voluntad a través de las generaciones para hacer una humanidad más vacuna y ganadera.
YO a pesar de todo, confío en que los humanos estresados, sabrán salir al paso de su angustia por volver al trabajo. Unas gotas de pegamento super-rápido en el café acabaría con sus vidas rápida y eficazmente. Es una forma digna y bohemia de acabar con tanta tristeza. A vuestros hijos estreso-deprimidos, se lo podéis mezclar en los cereales. Cualquier analfabeto de tantos que hay con títulos por todas partes, sabe que el pegamento super-rápido contiene cianuro como componente principal. ¿O alguien se ha creído que el olor a almendras amargas es un aromatizante?
La selección natural entre los humanos, como es de preveer, está encaminada a convertir a la humanidad en un conjunto de rumiantes televisivo-deportivo que disfrutan como un cochino en una charca. Es catártico para el homo basura erectus, el ver que un montón de nenazas corren tras el balón y se lleva el mérito del gol el que menos ha trabajado. Como les pasa a ellos, les encanta que les ocurra lo mismo a los demás. Les hace sentirse menos putas.
Ser un pusilánime y un cobarde no es una enfermedad, es una degeneración, una tara que no se puede curar más que con la amputación de la cabeza.
Los estresados pusilánimes que no tengáis cojones a daros un buen lingotazo de pegamento, tenéis otra opción: coleccionar los fascículos que todos los septiembres de la vida salen a la venta. Casas de muñecas, es una bonita y tierna colección; los hombres así demuestran ser sensibles y tener un desarrollado lado femenino y las mujeres porque se pasan por el forro de las bragas el acorazado de guerra de un millón de piezas en un millón de entregas.
Respecto a vuestros hijos, si no sabéis ser padres y os asustáis ante las lágrimas caprichosas de vuestros retoños, no los llevéis al médico, regaladlos a hombres y mujeres que sepan educar niños. No los estropeéis más y entregad a vuestros hijos a quien de verdad se los merece.
Es que folláis sin ninguna contención y es muy fácil preñar y dejarse preñar sin tener en cuenta que no hay suficiente inteligencia para ser padres.
¡Ay pusilánimes míos...! Id a currar, so maricones y dejaros de lamentos de cobardes.
Ego os absolvo, nenazas.
Idiotas.

Buen sexo.


Iconoclasta