Powered By Blogger
Mostrando entradas con la etiqueta fatalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fatalismo. Mostrar todas las entradas

8 de abril de 2026

lp--Dramatización de un puente--ic


Pienso existencial y fatalistamente, llevado por un ingenuo y banal romanticismo: ¿Por qué es tan oscuro y pedrizo el camino a la luz? Debería ser alegre, esperanzador. Y no profetizar el final a un precipicio.

Y caigo en mi estupidez de romanticismo simplón: si camino hacia la luz es porque habito lo oscuro.

Es el contraste, el puto contraste de luz y penumbra lo que saca lo más tonto de mí.

Y a falta de magia me propongo crearla porque la imaginación, la mía, no tiene límites. No me impongo la más mínima concesión al comedimiento o censura.

Hay un mojón justo al final de la cuesta vestido de luz y sombra. Es una prohibición más, o un resto de ella.

Las prohibiciones nunca mueren, se acumulan como los excrementos en los prados.

Indica que no hay libertad, que si quieres cochina libertad, te mantengas en la oscuridad donde nadie te envidie ni controle. Sé oculto, porque en la luz estás indefenso a la mezquindad, codicia, servilismo y pobreza que te envuelven.

Tal vez el mojón evitaba el paso de carros ya inexistentes. Las puertas al campo y su libertad son milenarias, no es un invento nuevo.

Los mojones se mantienen como aviso a la luz opresora en la experiencia de la oscuridad.

La luz está acotada por leyes, pecados y condenas como la oscuridad por los muros del puente.

La luz y la oscuridad no representan el bien y el mal, el cielo y el infierno. No hay nada especialmente bueno o malo en ellas.

Son las metáforas propias de la cobardía y el valor, del conocimiento o la ignorancia.

Libertad o servilismo.

En la oscuridad se crean las cosas más hermosas que la luz deshilacha en jirones.

No… La luz y la oscuridad sólo pueden ser metáforas de la bondad y la maldad en la ignorancia y la cobardía. En la incomprensión de la propia naturaleza humana.

La especie animal humana sacó alimento de la luz y creó sueños de esperanza en la oscuridad.

Los dioses, todos, se inventaron a plena luz por un homínido cobarde y enfermo que por sus incapacidades quiso parasitar, esclavizar y vejar la existencia de miles y miles de humanos como él.

Un dios no es más que el excremento seco de aquel parásito alérgico al trabajo, al esfuerzo y a la imaginación.

Y aquel primer creador de dios, ni siquiera lo modeló con sus manos; le dio la mierda que cagó a uno de aquellos primeros homínidos para que le diera forma, de pirámide, de cruz, de luna… A cambio de un favor mezquino.

Todos aquellos medio-humanos abrazaron la fe que llamaron luz, y dejaron la imaginación y la esperanza pudrirse en la oscuridad.

Y se hicieron mayorías votantes, las de hoy.

No voy a cruzar el puente, me detengo a fumar. Decido quedarme en la penumbra de mi pensamiento íntegro e inviolado.

Luego, volveré a la oscuridad que amo, la de su coño húmedo y envolvente. Absorbente… Que amo, que busco, que beso y embisto. La necesito tanto como para someterme a su esclavitud oscura y cremosa.

Dulce...

No, aquella luz en la pasarela del puente es mala, mala, mala… El mojón se esculpió con libertades y sueños muertos.

Me fundiré en mí, no emergeré a la luz.

Bye…


Iconoclasta

Foto de Iconoclasta (“Dramatización de un puente”. Pont del Raval, Ripoll).


16 de marzo de 2025

lp--Extrañándote en el infierno--ic

Te extraño en la gelidez y el ardor, en la pobreza y la tristeza, en la enfermedad y el agotamiento, cuando la ira me posee y dibujo cruces al revés o bebés sin cabeza en mi cuaderno.

Cuando miro la fúnebre luna muerta o un cielo negro a pesar de sus incontables estrellas, maligno por sus gases cósmicos letales.

Y te extraño mirando los nuevos brotes de los cerezos en esta gélida agonía del invierno.

Me urges mirando mi sombra fantasma, lo que apenas queda de mí.

No te echo de menos en la paz y la alegría porque están en ti, entre tus pezones que se erizan con mi baba animal, entre tus muslos resbaladizos y vertiginosos que esconden los mudos labios vibrantes. Y en el sonido que surge de tus labios y el corazón ardiente y pulsante de vida.

Si por algún extraño fenómeno sintiera esa paz y alegría, te extrañaría también en ellas; pero semejante posibilidad es ciencia ficción si estoy sólo conmigo y mis miserias.

Te amo asaz y nada que no me mate puede evitarlo por doloroso y sórdido que sea.

Besos y una postal desde el infierno, cielo.



Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

27 de agosto de 2022

La vida turbia


El río baja turbio, que es el color de la vida por mucha muerte que arrastre.

El color de mi vida y mis muertos.

Y se me detiene un segundo el corazón ante las aguas tan opacas, tan barro. Como si la sangre se hubiera achocolatado también.

Pienso de un modo natural que las tragedias son contagiosas. Sin acritud, es un hecho.

Es un buen color, el color menos mezquino. Las termitas humanas quieren colores más alegres y claros en su ropaje para reflejar la luz del sol y evitar un poco de calor en su hacinamiento paranoico y devorador.

El río arrastra el polvo y las cosas calcinadas por el verano; con todo ello hace una sopa ruidosa y fría, con los cadáveres y trozos de árboles muertos.

Y limpia sin cuidado ni alegría, los rostros a las piedras que sobresalen con su tez dorada por el sol.

Rostros de granito sin alma que el verano ha quemado.

El sonido del agua es la urgencia por llegar al mar.

Una alegría y un llanto…

Le ruge el caudal a los recodos y los cantos rodados que dejen paso. Y les canta un adiós y hasta nunca jamás, porque el agua pasada es tiempo muerto ya. Solo provoca unas lágrimas de pérdida íntima si estás lo suficientemente cerca para escuchar el río y a nadie más.

Un agua empuja a otra y los patos, canoas vivas, incluso nadan contra la corriente si así les apetece; como a mí siempre.

Jodidos patos malhumorados... No se quejan de los cadáveres, ni de lo turbio. Ni siquiera se quejan, hacen lo que quieren y lo que deben.

Yo no siempre.

No tengo la suerte de ser siempre pato.

Pero mejor bajo la lluvia que bajo el techo.

Mejor el rayo que la lámpara y mejor el trueno que la música.

Mejor empapado que seco.

Mejor partido que humillado.

Soy de naturaleza asilvestrada, no puede hacer daño.

Y que las lerdas y lentas babosas, caracoles indigentes, se arrastren por la tierra jaspeada de chorros de agua brillantes que se pierden mágicamente entre la hierba para enfriar el infierno.

Las ninfas están sobrevaloradas y los diablos olvidados.

Yo soy la turbia justicia de los tristes.

Pareciera que el otoño se asoma secretamente camuflado ente las nubes, observando en qué estado ha dejado el planeta el verano, su enemigo mortal.

Le han sentado bien las vacaciones; porque una repentina brisa fresca evoca una risa satisfecha y despreocupada.

Antes de que un rayo de sol consiga destripar una nube, me dice retirándose sigilosamente: “Mantente vivo, no tardaré en llegar. El maldito verano está acabado, muerto. Te lo digo yo”.

Le digo que vale; pero que no me queda mucho tiempo, y soy algo que el río quiere arrastrar.  Lo dicen sus aguas al hacerse espuma contra un roca, lo que le pasará a mis sesos muertos.

Sinceramente, no me voy a estresar por vivir, soy un recio de piel gruesa y curtida.

“Pues si encuentro tu cadáver lo cubriré de hojas y te pudrirás en la tierra, soy bueno en lo mío”.

Le doy las gracias por educación, porque me importa literalmente una mierda lo que le pase a mi carne muerta.

Mientras no duela, me suda la polla.

Y que los patos, si quieren, pellizquen mi carne tan encantadoramente malhumorados.

El otoño es un buen tipo, pero con hipertrofia de ego.

Mi ego va río abajo, a veces me desprendo de él si me place.

Puedo ser absolutamente ajeno a mí mismo.

Incluso no puedo evitar ver mi cuerpo golpearse contra las rocas y luego llegar al mar partido.

Soy un delirio mudo.

Mi pensamiento es turbio, tiene el color de la vida, aunque no quiera.



Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.