No hay modo alguno de evadirse, de relajarse cuando arrastras una pierna casi en descomposición que pesa como el plomo.
No es sólo por el calor y la fatiga.
Es el dolor y el desánimo.
El dolor y los recuerdos.
El dolor y lo que no pudo ocurrir.
El dolor y lo que te resta de vida.
El dolor y la vergüenza de un mal caminar.
Y el dolor está intrincado en el cansancio, intrincado en el miedo en mis huevos.
Y en la memoria.
La cochina memoria...
Y otra vez intrincado en el propio dolor.
No hay forma humana de sonreír cuando arrastras una carne cadáver.
Aunque no sonreír hace tiempo que dejó de preocuparme.
Esa cosa, esa pierna, te infecta todo quieras o no.
Y aún así, las células insisten en dividirse y multiplicarse; como si el dolor no fuera con ellas. Ni la memoria, ni el cansancio, ni el desánimo.
Ni la puta que me parió...
He aprendido de una forma natural, intuitiva que es más fácil odiar que amar.
Maravillosa e impúdicamente fácil, incluso a uno mismo.
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.


