Cuando deslizo los dedos en lo más íntimo de sus muslos humedecidos y con un jadeo animal de lasciva agonía se abre ante mí, soy dios ante su creación.
Ella sometida a mí.
Empapada y dilatada.
Indefensa ante su dios que se clavará en ella profundamente.
Su coño es mi Olimpo...
Ahora, evocando su coño hambriento, viscoso y dulce; mi polla sufre espasmos ante el torrente sanguíneo que recibe.
Endureciéndola con un dolor místico, existencial.
Como el de Jesucristo clavado en la cruz.
Esta sangre que la polla le ha robado al cerebro y me convierte en animal enteramente, sin trazas de razonamiento.
Y antes de caer en esa fascinante bestialidad, mi último pensamiento es que el dios se ha reducido a creación ahí dentro; exprimido en su coño de diosa impía.
Somos deidades en recíprocas y lácteas venganzas.
Iconoclasta


