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24 de abril de 2013

El sociópata perfecto




Una vez afirmó ante su mujer y su hijo e hija, que la sociedad estaba haciendo de él, el sociópata perfecto. Ellos rieron porque había un sarcasmo divertido. Es difícil discernir entre frustración e ironía si no se es viejo y perspicaz.
Demasiado trabajo y poco dinero. Demasiado esfuerzo para que otros treparan a sus espaldas para parasitar su sudor. Demasiadas obligaciones que no le dejaban espacio ni para el pensamiento.
Es un error cargar a una mente imaginativa con la monotonía y el abuso que imponen las instituciones y la vida en sociedad como una dosis de droga que se da a la chusma. El alcohol cumple su cometido.
Hay cosas que se acumulan como los índices de radiactividad.
Se despierta, caga y fuma, toma un café y fuma, toma sus bolsas de basura y fuma, sale hacia el trabajo, no fuma en el metro porque no hay lugar donde esconderse de tanta carne. Fuma en el trabajo a pesar de que está prohibido, ahí hay lugares, cagaderos donde fumar.
Un mando sin cerebro le da órdenes, él obedece pensando que es un tarado y que un día lo va a matar. Aún así se da cuenta, de que hay tantos idiotas, tantos que ponen sus huevos en su espalda y le hacen asemejar un sapo, que no los podría matar aunque naciera cien veces.
Abandona su trabajo, se mete en la sala de máquinas y fuma. Y sueña con ser malo, con dar una buena lección al mundo de mierda.
Llega a casa, la mujer aún está trabajando, sus cojones huelen a orina rancia y no se ducha. Más que nada para molestar a los demás, para que su olor de macho y cabrón ofenda el olfato de los otros.
Cuando se sienta en el sillón con un vaso de refresco y un cigarro, el vapor de sus genitales sube a su nariz y se siente muy salvaje. Son cosas instintivas. Sus sobacos huelen y a pesar de que ofenden a su esposa, no se lava.
Es una discusión sempiterna.
Por otra parte ha obedecido ya suficientes órdenes todos “los putos días de su puta vida”.
“Tiene sus prontos, pero es un buen hombre, un buen trabajador”, comenta a veces su esposa con amigas o con su madre las veces que se caga en dios o en la virgen.
Es lo mismo que decir que es un borrego al que se le permite balar de vez en cuando. Él no es un hombre bueno y afable; es un predador en esencia. Su dolor de cabeza lo confirma.
Se lleva las manos a las sienes, siente las venas irritadas y los huesos del cráneo como si se hundieran para presionarle el cerebro. Hay un tumor pulsando, aunque no lo sabe a ciencia cierta se lo imagina; siente una pelota dentro del cerebro y a veces se mueve en él.
Justo en el centro de su frente hay una presión que ningún analgésico puede aliviar y conecta directamente con su vientre, a menudo siente ganas de cagar; pero sus intestinos no tienen mierda en esos momentos.
Suena el teléfono:
—Diga —responde malhumorado porque se ha tenido que levantar del sillón.
—Papá, me tienes que venir a recoger al gimnasio a las diez.
 —Allí estaré —dice al tiempo que cuelga el teléfono.
—Coño. Me cago en dios… —no exclama, solo recita suavemente, con los dientes apretados.
Está molesto porque tendrá que bajar al parking a las nueve y media, sin haber cenado y meterse en el coche durante veinte minutos para ir a buscar a su hija, a Saray que tiene dieciséis años.
No es por cansancio, es por aburrimiento.
Enciende el televisor y escoge una película de ciencia ficción, donde los personajes están muy lejos, en lugares oscuros y sin vida donde un fallo es muerte segura. Aquí, donde él se encuentra un fallo es solo un acto más de monotonía que no trasciende.
Acaba la película y se dirige al coche.
Camino del gimnasio fuma de nuevo, a veces escupe sangre de lo irritadas que tiene las cuerdas vocales, no se da cuenta de que en la manga de su camisa hay unas gotas. Su cabello está apelmazado, cosa que ha visto y no ha reparado, más que nada para demostrar que no es un padre feliz de tener que ir a buscar a su hija cada dos putos días al gimnasio.
Está realmente cansado.
Cuando Saray sale del gimnasio, la observa como si fuera una extraña: un mallón negro delata una vagina abultada y su camiseta corta deja al descubierto un vientre plano y un ombligo con un piercing. Su hija parece tener veinticinco años.
Recuerda un pasaje de la biblia que citaban en un libro que leyó hace unos años, tal vez ayer porque el tiempo parece no transcurrir: “Ninguno de vosotros se acercará a un pariente para descubrir su desnudez. Yo Yahveh”.
Su hija no le gusta, le parece simplemente algo aburrido que ha salido de él, no le aporta ningún estímulo sexual su coño marcado o sus tetas que se mueven aún agitadas por la fatiga del spining.
—Hola papá —le saluda con un beso al sentarse a su lado.
—Hola —le responde encendiendo un cigarro.
Escupe y se le escapa la mucosidad.
—Qué asco… Deja ya de fumar un poco.
No le hace caso.
Cuando llegan a casa, acciona el mando de la puerta. El tiempo de bajar los tres pisos del garaje le ha pasado en blanco, son tantas veces que lo ha hecho, que no registra nada su cerebro de ese instante.
Cuando Saray se apea del coche, la observa subirse el mallón y ajustándolo más a su piel.
Se dirige a ella, la empuja contra el capó del coche y le mete la mano entre las piernas.
— ¿Qué haces? Esto no es una broma.
—Nada es una broma, Saray —le responde con desgana, rompiéndole de un tirón en la cintura la malla de gimnasia.
Un tanga rojo cubre escasamente su vagina. Ella le da una bofetada y él le devuelve un fuerte golpe en la sien con la almohadilla del puño. Su hija lo mira con los ojos abiertos de par en par, en el derecho se ha formado un feo derrame y de su boca cae un fino hilo de baba. Se derrumba encima del capó del coche.
Él la penetra sin quitarle el tanga. Se extraña ante la estrechez de su vagina, requiere un esfuerzo y le duele un poco el pene al penetrarla, no está acostumbrado. Ni siquiera le ha dado por culo a su mujer. De pronto siente que cede y todo su pene entra raudo de una vez, la sangre del himen rasgado corre por sus testículos. No es tan sugerente follarse a una virgen, la sangre molesta e irrita el glande con el continuo roce que exige la cópula.
Está a punto de eyacular, levanta la camiseta y descubre los perfectos pechos juveniles, le gusta como se agitan. Son iguales que los de su madre cuando era joven.
Se corre sin gemir, sin espasmos.
Sin limpiarse de sangre, se abrocha el pantalón, abre la puerta de su asiento y saca de debajo del asiento la barra antirrobo.
Golpea la cabeza de su hija hasta que el pelo se confunde con el cerebro.
Respira hondo, no hay furia y observa a su hija muerta como un problema resuelto y una lección a esta puta ciudad. Le preocupa la policía y piensa en como será la vida en la cárcel. O en un manicomio.
No quería matarla, y menos follarla; pero ha considerado que su vida necesita un cambio, le gusta imaginar lo que pensarán sus amigos y jefes, qué comentarán con la policía sobre el gran trabajador que era y lo que sin embargo, cometió. Se les pondrá la piel de gallina de pensar que ellos también podrían haber muerto en sus manos, por su simple capricho. “Era un hombre que pagaba puntual el seguro del coche”.
Cuando matas a tu propia familia, demuestras el desprecio más grande, el más obsceno.
Es así como lo ha decidido y lo ha hecho, es así como funciona de verdad y definitivamente, rompiendo todo vínculo de buen hombre y afable. No hay que ser muy listo ni muy desalmado para matar a nadie, basta con estar asqueado y aburrido.
Se siente bien porque ha hecho lo que debía, lo justo.
Sube a su casa, al quinto piso, cuando entra su mujer se está duchando.
Carlos, su hijo, no ha llegado, debe estar de camino de la universidad, tal vez se ha metido en un bar con sus compañeros a tomar una cerveza. Suele llegar a las diez, tiene veintiún años.
Entra en el baño.
—Hola Olga.
—Hola cariño, ahora salgo.
Está orinando y se observa la polla sucia de sangre con tranquilidad.
— ¿Otra vez estás fumando?
—Sí, coño.
— ¿Qué hace Saray?
—Se está cambiando de ropa en su cuarto.
Se le ocurre que podría follarse a la madre de su hija por el culo. Se dirige al cuarto y la espera tendido en la cama, no se preocupa de que la ceniza caiga en las sábanas.
— ¿Aún no te has cambiado? —le pregunta extrañada Olga al entrar en el cuarto.
—No, voy a salir dentro de poco —dice levantándose.
Se acerca a su esposa por la espalda en el momento que se envuelve la cabeza con la toalla y la lanza a la cama boca abajo para cubrirla con su cuerpo.
—Elías, que Saray puede entrar.
—Saray está muerta.
— ¿Qué has dicho?
Se saca el pene por encima del elástico del calzoncillo e intenta penetrar el ano de su mujer, pero no puede porque ella no deja de moverse y es virgen por el culo. Demasiado estrecho.
—Que me dejes, cabrón.
Olga se da la vuelta y le araña las mejillas.
Elías toma la lámpara de acero de la mesita de noche y le golpea la boca sin que Olga cese de gritar. Y la sigue golpeando hasta que las piezas dentales de la mujer saltan al suelo y a las sábanas. Hasta que la policía entra derribando la puerta de la vivienda, porque un vecino ha visto el cuerpo de Saray encima del capó del coche y ha dado el aviso.
Cuando los agentes separan los dos cuerpos, Olga tose escupiendo los dientes y las muelas, su mandíbula está deshecha. Un par de bomberos la cargan en una camilla y se la llevan a toda prisa.
— ¿Cómo puede haber hecho esto? —le dice el policía que le coloca las esposas.
—Lo dije, estaban fabricando al sociópata perfecto.
—Tú has visto demasiadas películas, hijo puta —responde el otro agente que lo encañona con el arma.
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Soy el fracaso de los psiquiatras, la vergüenza de mis padres, la decepción de mi hijo, el terror de mi esposa. En el centro de mi frente hay una presión que las drogas de los médicos no pueden aliviar, aunque yo les digo que sí, que ya no me duele.
Las sienes me laten irritadas donde tengo las cicatrices de los electrodos con los que me descargan electricidad para que me someta a ellos.
No conseguirán jamás que me someta de nuevo a nada de lo que han creado.
No importa el dolor que causo o he causado. No importa que le duela al puto Jesucristo si existiera. Mataría a mi esposa si pudiera y si resucitara el coño de mi hija, lo volvería a follar.
Mi sonrisa ha muerto, ya ni puedo ser cínico. No puedo esconder el desprecio que siento y el desencanto de vivir. Ya no puedo disimular mi hostilidad y peligrosidad. Los enfermeros me tratan con miedo y eso me proporciona erecciones.
Ayer violé a una vieja de noventa años del pabellón  de Alzheimer, me escapé tras la inyección sedante que pensaban me dejaba imbécil; pero soy listo. La vieja se lo dejó hacer todo, cuando me encontraron encima de ella, ya la había inundado de semen.
No quiero ser feliz.
No me interesa volver a aquella mierda. Aquí tengo pesadillas y experimento con algunas drogas que mi mente se escapa a lugares peores donde todo es maravillosamente desconocido y hostil. No existe la monotonía, la cotidianidad.
Podéis descargar vuestras electricidades en mis sienes; partirme los dientes con esas descargas a pesar del protector.
¿No os dais cuenta, tarados, que me faltan todas las muelas?
Las he destruido yo mismo apretando las mandíbulas cada noche al dormir, a lo largo de mi vida de mierda. Por asco, por desprecio, por una ira cancerígena que me hacía dormir tenso como la polla con la que violo.
Porque sabía que me quedaba por vivir años y años de lo mismo.
Pero rompí el conjuro.
Soy mejor matando que trabajando.
Y me alimentan igual.
Tal vez, y solo es una posibilidad, una par de minutos a lo largo de mi vida he llegado a sentirme contento a pesar de toda esa gentuza que he conocido y que pensaba que aún tenía que conocer.
Fijo la vista en un punto de las paredes alicatadas de blanco de este sanatorio y aunque cruce un humano mi campo de visión, no lo identifico, aunque lo haya conocido. La gente son cosas que se mueven.
Moribles… Matables… Violables…
He aprendido a ignorar a toda bestia viviente.
Y no me voy a dejar robar esta habilidad por muchas descargas que me deis en el cerebro, hijoputas.
Que alguien como yo haya conseguido vivir en esta sociedad y entres sus individuos, muestra una astucia en mí que no es habitual en ningún otro ser.
Si mi hija salió de mis cojones, tenía derecho a ser el primero en desvirgarla, no es malo a mis ojos (parafraseando al puto Yahveh de los judíos y cristianos).
Han pasado dos años y aún no me han doblegado. Soy tenaz.
Cuando todo el mundo pensaba que era un hombre integrado, estable y buen vecino, les enseñé una buena lección. Ahora que se metan todos sus juicios erróneos y su cultura de mierda por el culo.
Yo lo decía y pensaban los infelices que era una broma: “conmigo están creando el sociópata perfecto”.
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Han pasado cinco años y he aprendido de nuevo a ser astuto. Ahora me muestro cordial y sonrío. Los mediocres confían en mí, los títulos de medicina se rifan en una tómbola montada en un barrizal.
Me van a dar el alta, bajo vigilancia, claro. Y una paga hasta que me encuentren o encuentre trabajo.
Ahora mataré a mi hijo, mataré lo que quede de mi esposa y me volverán a encerrar y los volveré a engañar, porque los idiotas no aprenden nunca.
Odio al universo entero con una cordial sonrisa.
Soy la justicia que jamás existió.







Iconoclasta

16 de abril de 2013

Antinacimiento




Solo las mujeres pueden parir; pero los antinacimientos (partos de ausencia y desesperanza) no conocen sexo ni biología. Los momentos de dar a luz y  antinacer se diferencian en someros detalles durante las primeras horas. Cambia una cosa: el final en un antinacimiento nunca será feliz. Es tan duro y tan doloroso que no se olvida jamás. Son losas pesadas con la que nos carga la puta vida en el pecho para que no podamos respirar.
Porque cuando alguien que amamos muere, muere solo él, no morimos con él; ni siquiera románticamente una parte de nosotros. Nos quedamos embarazados de dolor y pena; los que quedamos apesadumbrados, antiparimos.
Padecemos el antinacimiento.
No basta con despedirse, con sentirlo. Hay que sufrir largo y tendido, mierda de vida…
Me cago en dios…
Aunque no son muchos los antinacimientos: la gente no suele amar; solo se siente desolada con vacuidad y dramática pompa, solo cumple un ritual de mierda sin más trascendencia que una lágrima farisea.
La mujer al parir respira, exhala repetida y rápidamente la respiración. Grita de dolor y de repente se calma ante un final feliz, ante lo esperado.
El antinacimiento provoca una respiración lenta, abrimos la boca para captar un aire que nos roba un invisible puñetazo en el abdomen. Es un aire que necesitamos en esos momentos porque lleva la esencia de nuestros muertos. Y parece que mueren aún más cuando perdemos el aliento.
El corazón se para durante un segundo varias veces por hora, en el parto se acelera.
Son diferencias que uno se calla para no parecer derrotista, para no parecer dramáticamente herido; pero piensas sin poderlo evitar en la vida y en la muerte, y al final gana la muerte por puntos, nos roba mucho más aire y sangre que un nacimiento.
Tras la apnea del antinacimiento, no hay alegría ni descanso, no hay sudor, cansancio, ni unas lágrimas felices. Tras los intentos por aspirar grandes bocanadas de aire, queda la tristeza perfecta, la descomunal desolación que día a día provoca un vacío en el corazón. A veces no late pensando en quien murió.
Y deja secuelas como el molesto dolor que ataca sorpresivamente a lo largo de toda la vida, como un vértigo que no podemos controlar. Nos detenemos para tomar aire ante el abismo de algo que no volverá, que está irremisiblemente muerto.
Cuesta dios y ayuda sonreír cuando llevas ya unos cuantos antipartos.
Si has amado lo suficiente, claro. No todo el mundo tiene la desgracia de “gozar” de un antinacimiento.
Otra vez a antiparir, antinacer… Esto es una mierda…
Estas apneas durante la consciencia y las punzadas en el corazón y el vientre, es mi antinacimiento sin final feliz.
Lo acojo como mi prueba de cariño, de capacidad de amar, me jodo por ella. Si la amé es sus caricias, la amaré en su miedo y dolor.
Es un brindis y mi homenaje a un ronroneo dulce, unos ojos que se convertían en ranuras negras sobre fondo dorado, unas patas pequeñas y de fino pelaje carey que buscaban mi cara cuando estaba cubierta por una capucha. Un maullido casi infantil en demanda de una caricia. Una lengua pequeña y rasposa que aportaba una ternura de tal magnitud a mi piel, que me hacía dudar de que en mi vida hubieran ocurrido cosas malas. Se revolvía en el suelo para que acariciara su barriga. Pedía cosas posibles, bonitas, sencillas y hermosas. Nunca quise que hablara, no quería nada de humanidad en ella.
Era todo tan sencillo, tan hermoso en su simplicidad…
Es normal, es otro de los síntomas del antinacimiento: las manos se crispan involuntariamente con la absoluta certeza de que tras el antiparto (cuando pasan los años y se apilan los dolores) no volveré a experimentar ese tacto tan suave para el alma. No volverá jamás la suavidad de ese inocente cariño.
No quiero pensar en su miedo, tristeza, dolor y agonía, porque me retuerzo de pena y remordimientos.
Es duro cuando muere un humano; es espantosamente doloroso. Lo sé de la misma forma que conozco la enfermedad; pero cuando muere tu animal, tu amigo; muere la más pura inocencia, es la quintaesencia de lo puro. En ellos no hay bondad ni maldad, su naturaleza es perfecta y equilibrada.
No carecen, no necesitan y sienten.
Con el antinacimiento se desvanece toda esperanza de ternura sorprendente a lo largo del día.
No hay consuelo alguno en el antinacimiento y soy culpable de no haberla protegido suficiente. Yo sabía que en el mundo hay seres humanos y por ello: envidia y maldad.
Mi gata no tenía herramientas ni medios para saber que alguien la maltrataría, la robaría de su hogar o la mataría por capricho, por asco, por aburrimiento, por ignorancia; pero sobre todo por envidia. Hay perros y gatos más guapos que sus hijos, mejor alimentados, mejor educados, más inteligentes que ellos mismos. Es esto lo que desconocen los gatos, los perros y todos nuestros amigos irracionales cuando son pequeños. Y lo que es peor: cuando crecen mantienen intacta su idiosincrasia.
Y son siempre pequeños, cálidos, dulces…
No pueden entender ni creer que haya tanta mierda en el cerebro de los humanos.
No degeneran como el hombre.
No hay suficientes muertes ni guerras, no muere el prójimo en la necesaria cantidad para consolar mi antiparto. Falta algo más de dinamismo en la humanidad para que se renueve sangre idiota.
Para vengar la muerte de mi amiga.
Y no quiero consuelo, quiero joderme y cultivar la ira, aunque el cáncer me coma las entrañas.
Yo conozco a la mierda del ser humano y sé que mi gata no se tendría que haber separado de mis brazos. Mi antinacimiento es mi penitencia por ella, por lo que sufrió, porque me amaba y quedó solita ante los humanos.
Le falté cuando me necesitaba soy un traidor de mierda a su cariño.
Ojalá me muera.
Cago sangre por ella apretando los dientes.
La dejé libre lo que creía que serían unos instantes. Soy un hijoputa porque lo sabía, porque conociéndoos, la dejé a vuestro alcance.
Ya no habrá pasitos ligeros encima de las sábanas, el ronroneo de algo que te ama como fondo a nuestras respiraciones. No habrá un pequeño cuerpo cálido que respira tranquilo y feliz. Porque ellos son felices con nosotros, lo sabe cualquiera que no sea un subnormal endogámico que mata animales.
Llega un momento en la vida en el que dudas que puedas soportar otro antinacer.
Se suman los dolores, se apilan el uno encima del otro y cuando te das cuenta, llegas a la conclusión de que no hay esperanza para la inocencia.
Todo muere, todo es agredido por los que viven demasiado tiempo.
¿Por qué viven tantos años los idiotas y tan poco mis amigos animales?
El antinacer de mi gata es la reafirmación de la extinción de la ternura y el cariño. La absoluta certeza de que habrá un final en el que la envidia, la ignorancia y la imbecilidad, vencerán.
Han vencido los cerdos por enésima vez.
Si murieran sus hijos, yo albergaría esperanzas y mi antinacimiento sería menos doloroso.
A Xibalba también le debo mis engaños y mis fantasías sobre la ternura, el cariño y la inocencia. Ella también me hacía sonreír y recordar que aún puedo ser cariñoso. Con su muerte vuelvo a ser la bestia sin ningún tipo de escrúpulos que soy en esencia; y volveré a girar las cabezas de los bebés para matarlos por el simple capricho de sentir sus vértebras crujir.
Los antinacimientos, si no son buenos para mí, tampoco lo son para la humanidad.
Mi gata tenía tanto que enseñaros, envidiosos anormales…
Aprendo de nuevo a dormir antinaciendo, intentando anestesiar el dolor de mi cabeza e intentando no pensar en las tiernas caricias que no volverán.
Ya no sentiré miedo a abrazar ese cuerpo tan pequeño y romperlo de cariño. Hay miedos hermosos.
Joder…
Yo no quiero más antinacimientos, estoy harto.
Estoy cansado de tanta mierda.

Por Xibalba. Enero 2011 – Abril 2013.






Iconoclasta