Tengo un amor enquistado en el corazón que, en aleatorios momentos provoca una taquicardia que pone en jaque por exceso de presión las venas y arterias del cerebro y rabo.
Y que en mi leche haya sangre: un batido de melancolía y deseo roto.
Nunca he pretendido obviar mi naturaleza animal y territorial. Soy cien por cien humano para bien o para mejor, porque la violencia es don de supervivencia y selección.
Y las erecciones y humedades están intrincadas en el tejido frecuencial del amor como las emociones en el cerebro.
Así que desear o amar es follar, es un lote.
De ahí la tristeza. La inmensa y puta melancolía.
Y claro, la castración no va conmigo.
Ni la amputación.
Y no voy a pedir permiso de mierda a la autoridad para suicidarme si se diera el caso.
Yo no pido permiso ni al puto dios para hacer lo que me afecta.
No quiero que el cochino estado/dios haga propaganda electoral con mi muerte alardeando de haber autorizado una eutanasia piadosa de mierda.
A lo que iba: anhelo metérsela, que se corra entre mis dedos y boca.
Y mañana, compartir el primer café del día con ella otra vez...
Los amores enquistados están muertos; pero ocurrieron y viven en mi íntimo universo.
Y está bien, aunque revienten las arterias.
A lo hecho, pecho y haré o no lo que deba según mi sagrada, obscena, violenta y única voluntad.
Iconoclasta


