29 de septiembre de 2013

El hijo de un violador (4)


4
Lo despertó Pilar hacia las siete de la tarde.
—Hola amor. ¿Te encuentras mal? —le acarició la cara besándole en la boca.
Estaba desorientado.
—Me he venido a casa porque no me encontraba bien —dijo sin saber como explicar lo demás.
—Pues no lo parece…
Pilar había tomado con su puño el pene erecto, aunque él no lo había notado.
Se colocó encima de Fausto besándole, se arremangó la falda y se bajó hacia el vientre haciendo un camino de saliva por el pecho de su esposo, por fin se metió el pene en la boca, succionando y lamiendo mientras se sacaba el tanga. Se hizo tan grande que le dolían las mandíbulas. Y su vagina estaba empapada como nunca.
El dolor acudió como un relámpago al vientre de Fausto y Pilar confundió el quejido y el espasmo con placer.
—Tiene que dolerte esto tan duro, mi amor.
Usó sus pechos para masajear el miembro, olía fuerte y la excitaba.
Apenas hubo un segundo de sorpresa cuando se dio cuenta de que el pene ya no estaba unido a su esposo. El meato era una sonrisa ruin presionada entre sus pechos. No comprendía aún; pero estaba tan excitada que no importaba.
Se acercó el pene a la cara  y lo acarició con sus mejillas dejándose un rastro de aquella baba excitante en los labios.
— No sé qué está ocurriendo, amor; pero me haces feliz —dijo tumbándose en la cama con aquellos genitales entre sus manos.
Separó las piernas elevando los glúteos sobre la cama y llevó aquello a su sexo, lo metió todo lo profundo que pudo y se dejó hacer.
Sus pechos se agitaban con las embestidas que daba aquel bálano casi negro en su sexo, sus pezones estaban erizados hasta el dolor. Su vientre era un amasijo de nervios que estaban desatando un orgasmo incontrolado. Como a la mañana…
— ¡Otra vez, por favor! ¡Házmelo otra vez, hijo de puta! —decía golpeándose con brutalidad el monte de Venus.
Tardó años en conectarse, en crear la red nerviosa que uniera el micro cerebro que se alojaba en cada testículo con el central. Años de oscuridad, de dependencia total. Mientras tanto, Fausto crecía como un niño cualquiera. Cuarenta y ocho años fueron necesarios para que el hermano-pene pudiera conectarse al cerebro, usarlo y poder tener, aunque fuera breve, autonomía lejos del cuerpo. La parasitación fetal fue perfecta y rápida, la del cuerpo y la mente tardó medio siglo casi. Toda esa información se la lanzaba ese pene-hermano como un reproche y un alarde de su poder.
Fausto ya no podría olvidar esos recuerdos ahora inducidos y absurdos que de repente convirtieron su vida en un simple proceso parasitario de otro ser. Su vida parecía haberse acabado en ese momento, le tocaba vivir al otro.
Pilar extrajo el pene cuando lo notó a punto de eyacular, quería bañarse la cara, la boca y los pechos con aquel magma blanco.
El meato se dilató abriéndose como si fuera un grito mudo y soltó su carga de semen. La mujer se retorcía en la cama sin prestar atención a su marido. Acariciaba delicadamente la cabeza del pene convulsionándose con los últimos ecos de los orgasmos.
Pilar se durmió y el pene se arrastró con cansancio hacia su hermano para acoplarse de nuevo. El hombre cerró los ojos y su conciencia empezó a emerger lentamente.
Cuando tomó el control de su cuerpo, sacudió a Pilar por los hombros. Se encontraba profundamente dormida, tuvo que insistir durante casi cinco minutos hasta que respondió a sus estímulos.
—Maricel ha muerto… No he podido hacer nada. Se metió en su boca y la asfixió.
Pilar parpadeó sin entender, miró la habitación como si recordara lentamente donde se encontraba. Se levantó repentinamente, entendiendo las lejanas palabras de su marido. Corrió hacia la habitación de su hija, por sus muslos Fausto veía resbalar el semen ya frío de su hermano.
Se incorporó intentando correr tras ella, pero se sentía mareado, avanzaba por el pasillo aguantando el equilibrio con las manos en las paredes mientras oía llorar a Pilar.
— ¡Mi niña! ¡Mi niña! La habéis matado…
Fausto la abrazó.
—Hemos de avisar a la policía, hay que hacer algo. Soy un peligro.
Pilar lo observó y los rasgos de su rostro se endurecieron repentinamente. Intentó hablar; pero sus labios se movieron sin decir nada.
—Tranquila, cielo. Esto no nos está pasando… —lloraba Fausto abrazándola.
—No eres un peligro, ni tu hermano. Mari tuvo su oportunidad y no lo aceptó —dijo por fin con la voz serena y fría.
—Estás loca, esa cosa no es mi hermano —gritó negando lo que él mismo sabía.
—Me lo dijo él. Me dijo que durante el coito, hablaron mente con mente y no lo hubiera aceptado jamás. Dijo que lo denunciaría a quien fuera. Amo a tu hermano, Fausto. Lo siento en el alma.
—Esto es una pesadilla y tú estás drogada, algo te ha hecho esta polla de mierda —gritó sujetándose los genitales con los puños crispados.
—Vámonos, huyamos no puedes explicar lo ocurrido y de cualquier forma, tú eres el responsable de su muerte. No sé si acabarás en una cárcel, en un manicomio o en una feria de monstruos. No tienes futuro, Fausto. Y yo necesito estar con vosotros. Con él…
— ¡Estás como una puta cabra, idiota! —le gritó al tiempo que le daba una bofetada—  ¿No ves que entre los dos hemos matado a tu hija, nuestra hija?
En su pubis sintió otro trallazo de dolor y sangró el pubis en la zona de acoplamiento, aunque el pene estaba fláccido. Pilar escupía sangre por el labio partido.
—Es tú hermano, acéptalo. Tiene el control. Yo sé de su pesar, ha permanecido casi medio siglo pegado a ti sin ser nada, sin ser nadie. Quiere vivir, es un ser vivo —le dijo acariciándole el pene por encima del pantalón, calmando el dolor.
—Vámonos. Estamos a tiempo… Lejos de aquí pensaremos mejor.
Aunque el cerebro de Pilar ya pensaba donde ir y a quien acudir.
Confuso y derrotado, su esposa lo guió de la mano a la habitación de matrimonio. Se vistieron, hicieron dos mochilas con equipaje y se dirigieron en ascensor al garaje donde aparcaban su vehículo que solo usaban algunos fines de semana.





Iconoclasta

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