16 de junio de 2011

Semen Cristus (6)



Mediodía, el calor era abrasador y el trigo apenas se movía, parecía que el aire se había cansado de correr. El olor inmundo del establo parecía pegarse al cuerpo. Semen Cristus descansaba en la cruz antes de dar su cuarta y última misa.
María le daba de beber de un vaso con una cañita de plástico, extrajo su pene del tubo vibrador y se lo lavó con cuidado. A pesar de haberlo acariciado durante la limpieza, no hubo erección. Llenó una jeringuilla y la inyectó en la vena del brazo.
—Esta es la última de hoy. Cuando acabes, nos iremos al centro comercial.
A los cinco minutos, el pene de Leo, de nuevo alojado en el tubo de vidrio, se puso duro y sus testículos, plenos y pesados.
Entró la última devota de aquella mañana que se prolongó hasta el mediodía.
—Luz, no te toques aún. Confiesa ante tu dios que eres una puta que por un poco de placer, se tiraría a ese cerdo.
—Soy la más puta, mi Señor. Si así lo deseas, dejaré que el cerdo me use. Que el cerdo se folle a la puta.
El cerdo roncaba nervioso y excitado.
—¿Me amas Luz? Si me amas, bebe mi semen. Gime conmigo y recita hasta que te estalle el coño de placer, que eres puta.
El pecho de Semen Cristus se hinchaba y deshinchaba con un mayor ritmo, parecía sincronizado con sus gemidos, y Luz sincronizada con él.
—Soy puta, soy puta, soy puta. Soy tu puta.
Recitaba la mujer sumida en trance al tiempo que se masturbaba frenéticamente.
—Eres puta, Luz. Eres la más puta entre las putas y serás bienaventurada en los cielos. Mi Padre te espera. El te guiará la mano hasta lugares que desconoces en tu sexo y vivirás eternamente en un continuo éxtasis. Mi hermano Jesucristo, murió en la cruz por tu coño.
Leo sermoneaba con gran esfuerzo, e imaginaba la capilla en la que próximamente haría las misas. Pidió a Dios que le aliviara de ese calor que parecía deshacerle los dientes.
—Soy puta, soy puta, soy puta. Soy tu puta, Semen Cristus. Preña a la zorra, métemela, hazme madre de tu carne.
Semen Cristus ahora gemía con los ojos cerrados, su pelvis se movía con movimientos de cópula y de tanta fuerza con la que movía el bálano en aquel tubo, se hirió el pubis. No sentía dolor alguno, tan sólo la percepción de que algo se había dañado ahí abajo.
Luz conocía bien cuando era el momento, conocía cada una de las expresiones de Semen Cristus.
—Soy la más zorra de entre todas las putas que venimos a adorarte, mi Semen Cristus. Dame tu sagrada leche, sáciame de sed y sexo.
Sin dejar de masturbarse y con el cuerpo desnudo de cintura para abajo. Luz se agachó frente a la boquilla por la que salía el semen expulsado y la cubrió con su boca.
—Bebe, puta. Bebe y revienta como tu sexo de guarra explota ante el placer que te doy.
Leo lanzó un prolongado gemido, el cerdo gruñó convirtiéndose en un coro insano.
El crucificado se estaba vaciando de leche literalmente.
Y algo de su vida, de su organismo, también salía diluida en el esperma.
María se encontraba fuera del establo observando por un agujero de la pared lo que ocurría en la misa. Sus piernas cortas y gordas, se movían con nerviosismo agitando la celulitis de sus muslos como si fuera de gelatina. Sus sucios dedos, pellizcaban hasta la lesión los pezones.
Luz, con la boca en el eyector, mascullaba que su coño sangraba por Semen Cristus, y quería beberse aquellos jugos divinos que estaba expulsando su Dios.
Se atragantó cuando el semen impactó con fuerza en su lengua y se deslizó con un sabor nauseabundo por su garganta.
Con la leche derramándose de su boca entre gemidos, tuvo tres orgasmos que la clavaron de rodillas en el suelo.
—Así, hijo mío. Santifíca a la puta —susurró María acariciándose con ferocidad.
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Eran las tres y media de la tarde cuando entraron en el restaurante. El camarero apenas podía disimular su disgusto ante el hedor que desprendían madre e hijo.
Pagaron con muchas monedas.
A las cuatro y media entraron en el cine.
Los zombis de la película gritaban y aullaban con una rapidez sobrecogedora en la pantalla. El sistema de sonido los envolvía y María sentía como se le erizaban los pelos de la nuca con cada ruido, con cada gruñido. Rezó a Dios porque ninguno de aquellos seres de la película la atacara.
Leo dormía desde que la sala se quedó a oscuras al inicio de la proyección.
Tenía que descansar, sin embargo, Jesucristo jamás descansó.
Debía ofrecer a su hijo en sacrificio. Ella era María, la madre de Semen Cristus, y no era su intención ofrecer descanso al Dios que salió de su coño, al hijo de un repugnante hombre que la follaba en lavabos sucios, que la obligaba a ponerse a cuatro patas encima de orines y agua sucia.
Su propio hijo era el sacrificio. Lo que nunca haría una madre cualquiera, lo haría ella para asegurarse el cielo y la vida eterna allá, con el Padre.
En el mundo hay demasiados sexos hambrientos, demasiadas fantasías que sólo quedan en eso. Demasiado semen derramado en soledad; discreta y angustiosamente.
Y las mujeres en los pueblos y ciudades, viven tan sometidas a sus maridos e hijos, que su vida está necesitada de todo lo prohibido.
Leo dormía profundamente en la butaca, gemía en sueños.
María acarició su cabello negro y rizado y deseó que la capilla se terminara pronto, Semen Cristus necesitaba descansar, demasiadas horas de crucifixión estaban deformando su columna y sus brazos aún adolescentes.
No podía morir aún.
Mientras tanto, la sangre de Leo corría por las venas y arterias contaminada de hormonas para ganado. Sus testículos se estaban endureciendo y secando, y una llaga en el escroto, enviaba bacterias a la sangre. Su pene tenía un tono amarillento. Y su mente estaba tan llena de basura como la de su madre.
Cuando acabaron los títulos de crédito de la película y las luces se encendieron, María despertó con ternura a su hijo.
Durante la vuelta a casa, condujo aterrorizada, era de noche y los zombis se escondían en la cuneta de la carretera. Debía ser cuidadosa.
Leo vomitó en la vieja furgoneta y María rezó a Dios rogando que no se convirtiera en un zombi. Aún no.
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A principios de mes, Candela disponía ya de dinero en el banco; la cooperativa agrícola pagaba los kilos de producción cereal que se habían entregado a lo largo de mes.
Carlos había ingresado el talón en el banco y ella sacó el poco dinero en metálico que quedaba.
Bajo la larga falda negra no había bragas; andar así la excitaba. El sujetador era liviano, de una blonda tan sutil, que no podía disimular sus pezones duros.
Cuando llegó al establo, María estaba atando a su hijo en la cruz.
Estaba caliente, dos semanas sin ir a misa. Dos semanas fregando tres y cuatro veces el piso, mirando la televisión. Tocándose, acariciándose con la imagen de Semen Cristus metida en su cerebro.
Tocando sus pechos e imaginando que extendía la caliente leche del Hijo de Dios lujurioso. A veces se corría con sólo pellizcar los pezones constantemente erectos.
—Buenos días Mi Señor y Santa Madre.
—Te hemos echado de menos estas semanas, seguro que has acumulado muchos deseos en ese chocho que nuestro Semen Cristus ha de hacer llorar.
—Ya sabes María, hay temporadas en las que tengo que ayudar a mi marido a recoger la producción. Maldito dinero.
—Maldito tu coño, Candela y bendita la mano que lo acaricie —Semen Cristus se encontraba pálido y ojeroso.
—¿Cómo avanzan las obras de la capilla?
—Siempre se atrasan. Esperemos que dentro de un par de semanas podamos comenzar a dar allí las misas —María llenaba una jeringuilla.
—Me he tocado tantas veces yo sola, mi Señor, que temo haber pecado; busco tu absolución.
Semen Cristus cerró los ojos cuando la aguja se clavó en la vena y el émbolo metió en su sangre todas aquellas hormonas.
—Te correrás en silencio, mascando tu lujuria. No quiero oír tus gemidos de puta condenada —contestó Semen Cristus con la boca pastosa.
Sus testículos ardían y el pene se endurecía provocándole un fuerte dolor en el glande.
—Puta de mierda, me bajaría de la cruz y te haría sangrar el ano por ser tan egoísta y no compartir tu placer con el Hijo de Dios, conmigo.
El sexo de Candela se empapó de fluido, la humedad invadía los muslos ante aquel reproche divino. Sintió deseos de ofrecerle sus nalgas para que la castigara.
María se metió en la pocilga y se arrodilló para rezar. El cerdo metió el hocico entre sus piernas y olisqueó, luego se tumbó en aquel barro sucio con un gruñido desganado.
Cinco monedas cayeron en el monedero de la cruz. Y el zumbido eléctrico de un motor pareció bajar el volumen del sonido del mundo.
Semen Cristus no jadeaba; se quejaba. Algo en sus genitales no funcionaba bien. A pesar de ello, el pene ya llenaba el tubo de vidrio. El calor del calefactor testicular se sumaba a la fiebre y sus piernas se tensaron como respuesta al dolor.
—Frota tu coño, límpialo, hermosa y puta Candela. Friégalo con la paja hasta que te duela, hasta que te sangre. Hasta que te corras.
Candela cogió un puñado del suelo, con una mano se subió la falda y separó las piernas, acto seguido, comenzó a frotar lentamente aquel manojo de paja en su vagina.
—Gime, gime como una perra. Gime como yo. Gime ante mi santa madre y ante el cerdo santo.
Toda aquella locura, todo aquel fanatismo esquizofrénico la llevaba a irremediablemente a la excitación. Aquel olor inmundo estaba presente en todos sus orgasmos. Frotó con fuerza la paja hasta que los labios mayores enrojecieron y sintió pequeñas heridas. Su sexo estaba tan húmedo que la paja se quedaba pegada en él.
Semen Cristus se excitaba por momentos, su pene parecía a punto de reventar el tubo que lo aprisionaba y con la cintura lanzaba el pubis queriendo penetrar a aquella mujer que se tocaba con fiereza a sus pies.
María masturbaba al cerdo.
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Iconoclasta

Las ilustraciones son de la autoría de Aragggón.



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