11 de junio de 2011

Semen Cristus (5)



María despertó. Leo dormía plácidamente a juzgar por su pausada y regular respiración. La noche era negra y ningún tipo de luz entraba por los cristales de la ventana. Encendió un cigarrillo, le dio dos caladas y se lo apagó en el poblado pubis, con los dientes apretados y el cuello tensado por el dolor. El olor a vello quemado invadió la habitación. Con un suspiro se quedó dormida.
Su mente enferma le dio descanso hasta la hora de despertar.
María se despertó, dejó caer una sucia túnica blanca por su cuerpo desnudo y rechoncho y se dirigió al lavabo donde llenó una palangana con agua caliente. Vertió jabón y dejó caer una esponja. Volvió a la habitación y dejando la palangana a los pies de Leo, levantó la sábana hasta descubrir los genitales de su hijo.
—Buenos días, madre.
—Buenos días, hijo mío. Reza a tu hermano Jesús para que este día sea cuanto menos, tan hermoso como el de ayer.
Metió la mano en la palangana y cogió la esponja apretándola entre su puño para escurrirla de agua, cuando tocó con ella los genitales de su hijo, éste exhaló un suspiro perezoso y la erección matinal se acentuó. María bajó el prepucio para descubrir el glande y lo frotó con cuidado, besándolo a menudo. Los testículos se habían contraído y no tardó en cubrirse de un humor resbaladizo aquel trozo de carne sensible que tantas alegrías le había dado.
Si no tuviera la matriz tan podrida de tantas drogas y tan machacada de meterse toda clase de objetos, ahora tendría otro hijo, un hijo directo de Jesucristo.
—Dios de la bondad y el placer, soy tu siervo, soy tu báculo del placer. Bendice mi cuerpo para que tus hijas lleguen a ti por mi sacrificio de placer. Bendice mi semen y bendice a María, mi madre santa que vive por mí y para mí. Dios de la incomprensible volición, permite que ellas lleguen a ti con el sexo húmedo y dilatado. Preparadas y deseosas para recibir tu descomunal falo divino. Otórgales el placer supremo en sus agujeros pecadores. Llénalas, préñalas, dales alegría a sus almas grises. Que resplandezcan. ¡Oh Dios mío, al igual que mi hermano rindió su sangre ante ti, yo rindo mi semen! Dolor y placer, muerte y vida. Es tu voluntad —la oración que Leo declamaba con fervor, fue convirtiéndose en un apagado murmullo conforme su excitación llegaba a la cumbre.
—Madre, chupa la divinidad hasta que te llenes.
Y María abrió la boca, con los ojos cerrados cubrió el pene-hostia hasta que sintió como los pies de Semen Cristus se retorcían ante el orgasmo. Su boca apenas podía retener toda aquella cantidad de semen hormonado que bajaba ya por su garganta y expulsaba por la nariz para poder respirar.
Semen Cristus lloró sin derramar una lágrima, sin que María se enterara de su dolor. Cuando eyaculó sintió fuego en el meato, miró su pene temiendo haber eyaculado cuchillas y encontrárselo reventado.
Se levantó de la cama, apartó el semen de la comisura de los labios de su madre y le besó la boca.
—Te quiero, mi santa madre. ¿Desayunamos?
En el lavabo se tomó tres analgésicos para aliviar el dolor que sentía en los testículos y el pene.
Desayunando hablaban de la decoración de la nueva capilla del desván, de cómo la Candela se empapó los pantalones de tanto que lubricó. Cómo la madre de la adolescente condujo la mano de su hija para enseñarla a tocarse ante el Sagrado.
Contaron el dinero recaudado en los dos últimos días y si todo iba bien aquella mañana, se acercarían al centro comercial del pueblo vecino por la tarde a ver una película y cenar en el restaurante chino que tanto les gustaba.
María le dio a Leo un tubo de pomada y levantó la túnica mostrándole la quemadura del pubis.
—Cúrame, hijo mío.
La curó y su lengua la consoló hasta hacerla gritar las más sagradas obscenidades.
Cuando las visitas entraban en la casa, no eran conscientes del hedor a orina y semen agriado que emitían hasta las paredes, el suelo estaba sucio y pegajoso de porquería del establo y barro; esto era debido a que se habían acostumbrado a la peste del establo, donde los excrementos de animales y otras fermentaciones, hacían inverosímil que alguien pudiera respirar allí dentro más de dos minutos.
El espigado cuerpo de Semen Cristus, olía también a orina y sudor rancia. Y su melena crespa y negra, acentuaba su esquizofrenia hasta el punto que nadie se podía explicar cómo podía atraer a las mujeres.
María con su pelo corto y despeinado, era lo contrario de su hijo: bajita y rechoncha, una enorme barriga sobresalía tanto como sus pechos caídos y la suciedad de sus piernas provocaba repugnancia. No usaba compresas, y a menudo la menstruación bajaba por las piernas.
Apenas se acuerda del padre de Leo, un celador que se la metía cuando la medicación la dejaba adormilada. Cuando se dieron cuenta de su embarazo, la sometieron a electro-shock hasta tres veces por semana. Querían provocar un aborto accidental.
Dios la bendijo haciendo arder el manicomio.
María olía a podrida.
En madre e hijo, hasta sus almas olían a podrido.
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A las seis de la mañana sonó el despertador y Carlos masculló algo buscando a ciegas el reloj.
Candela se despertó también con él.
—Carlos ¿te apetece hacerlo? —le preguntó mirando su erección matinal.
A Carlos le pilló por sorpresa y aún adormilado no atinó a contestar suficientemente rápido, por lo que Candela se plantó entre sus piernas, bajó el pantalón del pijama y se metió el pene en la boca.
A los cinco minutos estaban desayunando y Candela se encontraba radiante. Carlos también.
Candela se había propuesto dejar de acudir a la misa del Semen Cristus, era cuestión de economía y discreción. Esa mañana se encontraba satisfecha y no sentía que su sexo latía buscando placer.
Se duchó y se frotó la vagina con la esponja más tiempo del necesario. El miembro duro y gordo de su marido dentro de ella, sus tetas agitándose con brutalidad y la onda expansiva de placer recorriendo su piel desde lo más hondo de su coño, aún daban vueltas en su cabeza.
Sonó el teléfono cuando se estaba vistiendo.
—Candela, voy a la misa. ¿Te vienes?
Era Lía.
—Hoy no voy a ir. Y tampoco me puedo gastar más dinero; Carlos se preguntaría en qué me lo gasto y con razón.
—Está bien, cariño. Lo comprendo. Cuando vuelva, te llamo y nos tomamos un café.
—Hasta luego, Lía.
Sintió envidia de la libertad de su amiga. Era libre, no tenía que rendir cuentas a nadie y tenía todo el tiempo para ella.
Por mucho dinero que le costara asistir a las misas de Semen Cristus tan a menudo, no podía negarse que había salido de aquella profunda depresión tras la muerte de Ignacio.
Imaginó a Semen Cristus en la cruz, padeciendo-gozando, mirando directamente a su sexo manoseado por su propia mano. La leche del crucificado en su piel. Cálida, espesa...
Cogió el monedero y contó el dinero que le quedaba; le costó un gran esfuerzo no salir corriendo hacia la casa de María la guarra, que así la llamaban las devotas a su espalda.
Salió de casa para ir a comprar, para no pensar, para no ir a la cruz y pedirle a Semen Cristus que la empalara hasta sentirse reventada.
Estaba loca; pero nadie lo decía en voz alta porque hubieran tenido que admitir, que todas ellas lo estaban.
La locura sólo puede tolerar a otra locura. Y la locura crea realidades y mundos nuevos; con sus dioses, con sus mismas incoherencias.
Y los bendecidos por esta locura, se contagian de esta realidad que les depara placer y el olvido de la amargura en lugar de sacrificio, hastío y dolor.
Los designios del Señor son inescrutables, los de Semen Cristus, llevan al placer.
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Iconoclasta

Las ilustraciones son de la autoría de Aragggón.



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