7 de junio de 2011

Semen Cristus (4)



Candela deseaba y necesitaba volver a sentir el placer y la paz que sólo Semen Cristus había conseguido darle.
Su marido aún se encontraba en el bar jugando al dominó, y ella esperaba con la cena preparada a que entrara por la puerta para servirla. Su hijo estudiaba en su cuarto. Sentada en la mecedora frente al televisor apagado, tenía la mano metida entre las piernas, demasiado cerca del sexo.
Evocaba su última misa y la humedad en su vulva era constante. Había gastado mucho dinero en este mes con las misas, pero ella y su bienestar lo valían.
Al contrario que su hijo y su marido, Candela era una devota convencida, cuando Lía le contó que el hijo de la María tenía “algo” especial, ella pensó que se trataba de algo banal referido al físico o a alguna aptitud infantil anecdótica.
Tras mucho insistir, Lía consiguió que aceptara acompañarla a lo que llamaba misa del placer que por lo visto, organizaba la María cada día.
—De esto no se puede enterar nadie, y menos los hombres.
Ella asintió sin convicción, pensando que se trataba del exagerado entusiasmo de una viuda reciente que intenta por todos los medios apartar el dolor de la ausencia de su marido.
Cuando entraron llamaron a la puerta, María las recibió con un beso, vestía una túnica negra con una enorme cruz roja en el pecho.
Nunca olvidará Candela el momento en el que vio por primera vez a Semen Cristus. Un chico de dieciséis o diecisiete años se encontraba crucificado en una cruz de basta madera. Sus pies se apoyaban en una cuña y estaban atados con vendas, al igual que las muñecas en el travesaño de la cruz.
Cuando entendió que lo que asomaba entre las piernas del crucificado era el pene embutido en un tubo de cristal, toda su sorpresa y rechazo, se convirtió en una humedad que invadió su sexo.
Asistió a la misa de Lía y le sobrevinieron los orgasmos antes de que fuera su turno.
Salió de aquel establo avergonzada.
—Candela, no te avergüences de tu coño. Dios nos lo dio para que gozáramos con él. Jesucristo quería que nos tocáramos felices ante él y por él. Eres hermosa, ven mañana otra vez. Haz la comunión con Semen Cristus y abandónate al placer que sólo un dios bueno nos depara.
Al día siguiente acudió sola, y ante el Semen Cristus, se derramó, se deshizo y gimió a gritos su placer con el pecho salpicado de semen templado.
Entra su marido en el salón de casa y le besa rápidamente los labios.
—¿Cenamos ya?
Se sobresalta y todos las imágenes de su cabeza, se esfuman haciéndola sentir desdichada.
Su hijo apenas habla, está en esa edad en la que los niños parecen estar enfadados y ofendidos por el mundo. Esa edad en la que piensan que los mayores que les rodean, si no son idiotas o lerdos, poco les falta.
Así es cada día.
Así hasta que conoció a Semen Cristus y el milagro de su polla redentora.
Tantos años de monotonía. Tanta hambre sexual que no se saciaba con un acto al mes o cada dos meses. Con Semen Cristus abrió sus sentidos a una vida de matices ya olvidados. De deseos calientes y fantasías que ni ella misma hubiera creído que podría soportar sin sentir asco.
Semen Cristus la ha hecho mujer de nuevo.
Están viendo la serie televisiva de la noche cuando se levanta de la butaca.
—Me voy a la cama, estoy reventada. Carlos, no dejes que el crío se vaya tarde a dormir, mañana se ha de levantar temprano. Los llevan de visita al museo de la capital.
Las sábanas están frescas y su sexo palpita, se siente anegada de humor sexual. Los dedos se empapan de esa humedad con prisa, con urgencia. Con brutalidad. Muerde la almohada con el orgasmo, con la hostia blanca y cálida de Semen Cristus bañando su sexo. Cuando se duerme, aún suspira. Y durmiendo, los gemidos y ronquidos de placer del crucificado, la sumergen más aún en un mundo donde el placer ocupa el lugar del sacrificio. Un mundo en lo que todo está bien, en su lugar.
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Carlos ha oído cosas en el bar sobre la mujer y su hijo que compraron las casa de los Villarejo; son curanderos. Varias mujeres del pueblo acuden a su casa con asiduidad y algunas otras vienen desde el pueblo vecino.
—Todas nuestras mujeres han pasado por su casa. Dicen que les va muy bien, que tienen mucha parroquia. Lo que es cierto, es que mi parienta ya no se queja todos los días del dolor de huesos —hablaba a sus compañeros de juego eligiendo cuidadosamente la ficha de dominó y plantándola en la mesa.
—Por mí está bien —terció Carlos, examinando sus fichas—. Necesitan algo de distracción; este pueblo es cada día más aburrido y muchos de los críos ya han crecido suficiente para no necesitar a sus madres para que los recojan en el colegio.
Asintieron en silencio sin demasiadas ganas de hablar; con diez horas trabajando sus campos y cuidando de los animales, ya tenían suficiente distracción.
—¿Habéis visto a Lía, la viuda? Ha mejorado muchísimo. Si la María y su hijo las hacen sentir bien, me alegro. No hacen daño a nadie —Alfonso plantó otra ficha.
—¿Sabes qué ocurrirá con la María y su hijo? Que en cuatro días, aburrirán a las mujeres y se buscarán otra distracción. La María y su hijo van a tener que trabajar en algo de verdad —por primera vez durante la tarde César dijo más de dos palabras seguidas.
—Es verdad, como aquella temporada en las que se vendían y compraban las unas a las otras los potingues del Avon. Aún tenemos jaboncitos con forma de florecitas por toda la casa —Alfonso volvió a golpear la mesa al plantar otra ficha.
Los hombres rieron y se levantaron para ir a cenar a sus casas.
Carlos meditaba subiendo la empinada calle en la que vivía, sobre lo bueno que sería que Candela se distrajera un poco. Hacía ya tiempo que la encontraba desanimada y abatida; desde que Fernando ya no necesitaba que su madre lo acompañara al colegio y los amigos ganaron en importancia. Lo normal.
La monotonía del trabajo y el matrimonio no mejoraba las cosas.
—Vámonos ya a dormir, Fernando.
Ambos gruñeron una especie de buenas noches antes de apagar el televisor.
Candela dormía tan relajada y profundamente que no se revolvió en la cama cuando Carlos ocupó su sitio.
Sí, se alegraba de que acudiera a la curandera. Se la veía más relajada, un poco ausente; pero no había tristeza en sus ojos.
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María y su hijo dormían en la misma cama.
Leo lloraba en sueños.
—Jesucristo, hermano mío. Pronto estaremos juntos en el Cielo, con nuestro Padre.
María estaba inmersa en una pesadilla angustiosa. La lengua de su hijo se había convertido en un pene aplastado de cuyo meato chorreaba continuamente semen a modo de baba.
—Madre ayúdame; lo de abajo se me está pudriendo —decía su hijo en un tono muy bajo, al oído.
La luna iluminaba de blanco su cuerpo endeble y delgado, una estatua de cera que respiraba. Eso parecía Leo. La mano entre las piernas aferraba el pene con dolor y del glande emergió una abeja de ojos rojos, no voló, caminó por el balano hacia los testículos y allí le picó y murió.
Leo gritaba de dolor agitando su lengua-pene, salpicándola de semen.
María sujetó con las dos manos su cara obligándolo a mirarla a los ojos y le besó la boca para calmar su dolor. Se encontraron ambas lenguas y la madre sintió el agridulce sabor del semen bajar por su garganta.
Leo dejó de llorar a pesar de que una escolopendra le estaba arrancando trozos de pene con voracidad. Masticando la carne, los ojos del gusano se encontraron con los suyos. Los ojos verdes del gusano se estaban apagando. El veneno de la carne de su hijo, estaba matando a la escolopendra.


Iconoclasta

Las ilustraciones son de la autoría de Aragggón.


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