7 de junio de 2011

¡Salve a la Reina!




Imposible entrar en su desierto pestilente. El hedor llega a kilómetros de distancia. Las moscas hacen su cielo ensordecedor. Trozos de carne como viñas con pus al aire denso hacen de su suelo infértil una grava que hiere las pisadas.
Mi sangre ensalza los talones de quien entra, derrames de los días anteriores a mi destierro. Aun brota de mi piel reseca que he dejado en los tapices de sus muros restos de vida y sueños incumplidos.
Arañas anidando las bocas de los asesinos y las arpías estiran sus tentáculos venenosos porque quieren alcanzarme. Vomitan enredos de pelo que acumulan en sus gargantas, viscosidades malolientes de babas que se escurren de sus tajos de labios negros. Sudan vapores que lamen entre ellos con morbosa hambre de intoxicación.
Sus dedos acumulan orines y mierda con la que enjugan sus manos de cuchillas y hacen castillitos en una playa de cal con la que salpican a sus ciegos ojos entre risas idiotas de frases incompletas, en ofensas que enuncian mi nombre.
Lloran un llanto que no suena, que es vacío total, es el sonido de unos tímpanos reventados por sus miserias. Da asco ver dolor en la mediocridad.
Su desierto se levanta en la bruma de lo falso y lo fingido. Y quieren pelear una guerra fantasma. Conjuran posesiones a sus dioses falsos, se inclinan ante la cruz del redentor que perdona sus crímenes y los vuelve santos.
No soy ya su contrincante, ni mucho menos su enemigo. Soy un pedazo de hombre sin piel amoratada por sus lenguas, expongo al sol la carne de mis músculos para que se genere un cáncer antes que volver a pisar sus tierras.
Soy un hijo que vomita al recordar haberse formado en un útero podrido y revienta los dientes al inmortalizar cómo fue expuesto a las bestias mientras su progenitora frotaba su sexo frígido.
He perdido la piel en su camino al escapar. No busco oasis de consuelo. Busco la muerte pronta con una mirada hacia el lado opuesto de su desierto.
Mis pies sin talones aún pueden alejarme del olor fermentado de una leche agria que algún día ahogaba mi boca con las tetas fastidiosas de la anémona materna.
¡Salve a la Reina de imbéciles vasallos! ¡Que viva eternamente rodeada de su propia mierda! ¡Que calmen con sus lenguas su arrugado coño varicoso! ¡Que su infierno nunca se termine y sea infinita su condena! Porque su útero vacío, sin mí, dolerá por la rabia incesante y se arrastrará sin caminar dando vueltas en el laberinto del odio por de haberme parido.
Solo soy un hijo en el destierro buscando muerte con la piel abandonada en su reino de carroñeros.
No quiero esperanzas, busco con mi muerte lejana a ellos su eterno dolor.

Aragggón.
060620112121

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