30 de junio de 2011

666 y la violencia de género



Menos mal que en mi cueva no da el sol, nunca.
Jamás.
Las rocas se mantienen frescas, el tabaco es más aromático y mis recuerdos más vívidos. De hecho mi memoria no falla en ningún instante, como mi pene... Como mi sed de mal. Sólo pretendía hacerme más asequible a vosotros; un poco más cercano.
Mi pene permanece tranquilo en el fresco trono de piedra, pero durará poco, mi Dama Oscura está excitada porque le cuento algunas historias, y se toca. Coge la mano de unos de mis crueles para que le acaricie frente a mí, con su vagina abierta. Y poco a poco me excita...
El cruel, como buen malvado que es, excitado, le pellizca un pezón. Y mi Dama Oscura le arranca los ojos. Y me hace reír. Mi carcajada resuena en todas las rocas y los crueles se hacen un ovillo protegiéndose de mi agresividad. De mi maldad.
Me acuerdo de aquella muejer maltratada en la calle. Yo estaba buscando una mujer a la que convertir en ninfómana; vereís, la mejor forma de provocar destrozos matrimoniales y de parejas, es crear a una mujer tan sedienta de sexo que destruirá familias y hombres y mujeres.
Pero para convertirlas en ninfómanas se requiere un proceso sexual un tanto aburrido, sin violencia. Y eso me aburre un poco. Pero un día de estos ya os lo contaré, para que luego vayáis a joder con vuestras parejas, excitados y sudados.
Ahora os contaré de una mujer, (una primate) que me llamó la atención cuando su marido en mitad de la calle le dio un puñetazo en un pecho. Cuando cayó al suelo y él la levanto a tirones de cabello. A mí me gustó, me llenó; pero había algo en aquel mono, que me molestaba. Se creía más malvado que yo, más macho. Y ahí se equivocaba.
—Levántate hijaputa —le decía a su rechoncha mujer.
Debería rondar los cincuenta años, como él. Él era un tío bajito y delgado. Muy delgado, con una voz muy potente, de muy macho. Muy borracho. De muy muerto ahora...
No me importa una mierda los motivos. Los seguí ilusionados y aún oía a la primate pedirle perdón, que no la pegara más. Que no se pasaría con el gasto durante el resto de la semana.
—Paco, por el amor de Dios, no me pegues más.
Y él decía continuamente: "Malaputa, malaputa, malaputa..." Y de vez en cuando la golpeaba en la nuca con la mano abierta.
Un viento suave y fresco refrescaba mi frente sudada y de vez en cuando se me cerraban los ojos con placer. De ese refrescante aire; de ese dolor inhumano que infligiría con total impunidad. Con mi desmesurado poder.
Los seguí hasta su bloque de mil apartamentos, un bloque de incultos y pobres primates. Olía a fritanga de mierda, el olor se extendía de las mil cocinas como una muestra de la primate miseria. De adocenamiento revenido.
Y me metí tras ellos en el portal, ni me miraron porque a mí no me dio la gana.
Observé el piso que marcaron en el ascensor y subí más rápido que la máquina. Él abría la puerta del apartamento empujando a la mona adentro para darle una buena paliza, yo me acerqué raudo y los empujé a los dos. Al mono le di un puñetazo en la mandíbula y se la saqué de su articulación, se le quedó torcida y me miraba completamente aturdido. Ella comenzó a lanzar un grito y le destrocé los labios de un puñetazo. Quedó tendida en el suelo mostrándome sus bragas grandes y bastas. Metí la mano y exprimí su culo. Delante de su mono. Es un plus que les ofrezco a los amantes.
Como quiera que el mono intentara hablar, así con desmesurada fuerza su maxilar inferior desencajado y acabé de separarlo abriendo su boca salvajemente a la vez que extraía la mandíbula hacia fuera, un fuerte crujido y el primate sacó toda clase de líquidos por la nariz.
A la mujer le di una fuerte patada en el exterior de un muslo para que fuera espabilando.
Me acerqué mucho a sus ojos cerdos y le dije:
- De morir hoy, no te libras, mono de mierda.
Deberías ver lo gracioso que quedaba con los ojos abiertos y la mandíbula desencajada, cuando se movía por el dolor, la quijada se balanceaba de un modo que seguramente era doloroso. Es que me parto el rabo.
Por cierto, se me ha puesto duro como el acero y le indico con el dedo a mi Dama Oscura que venga y me lo chupe.
Tiene una boca...
Oigo un rumor y tras una cortina encuentro a un ángel, un enviado del jodido dios para intentar arreglar este matrimonio; para salvarles la vida.
Agarro al querubín por los cojones:
- Dile al maricón de tu jefe, que ha fallado, lo arreglaré yo. Y son míos. Estos monos me pertenecen, maricón.
El ángel mira con lágrimas en los ojos al mono y a la mona.
Le doy una patada en el culo para que aligere y se va cantando no se qué mierda clásica (Haendl) con su angelical voz.
Precioso de verdad; pero si vuelve lo descuartizo.
Agarro al marido por la cintura después de haberle roto un par de costillas a patadas y lo ato con su propio cinturón al radiador del pequeño y oscuro comedor. Un comedor deprimente con una sola ventana que deja las paredes interiores en penumbra, así que enciendo las luces y mejora un poco el ambiente.
Le separo las piernas sin preocuparme por los brazos, los cuales al doblarlos en sentido contrario a su articulación, le he reventado los codos. No los puede mover y he tenido que sacudirle de hostias para que no se me durmiera. Hostias como las que da dios, sólo que las mías son putas. ¿Entendeís?: Hostias putas.
Soy lo que rima con joya de ingenioso.
Silbando felizmente a los Rolling y su famosa Angie, saco mi navaja Laglioli de acero inoxidable pulido y clavo la hoja profundamente en su muslo, muy cerca de sus cojones, hago correr el filo unos cuantos centímetros hasta que un chorro de sangre a presión salta a borbotones rítmicos con cada latido de su miserable y cobarde corazón.
Con mi cinturón le practico un torniquete hasta que sangra justo lo que necesito para que se muera poco a poco; sin perderse nada del espectáculo.
Podría haber invadido su mente para que no sintiera dolor, pero no mola.
Desnudo a su mujer delante de él tras haberla despejado con ligeras palmadas en la cara.
Parece sumida en un marasmo intenso y queda desnuda y quieta, inmóvil.
Yo me desnudo también y la obligo a arrodillarse delante de mí. Le apoyo el pulgar en la barbilla para que abra la boca, le meto mi pene en la boca y muevo la pelvis. Mi mano le indica que ha de mover la boca y chupármela. Nos hemos colocado de perfil a su marido para que capte todo el detalle.
Mi pene se ha inflamado como si le hubieran metido aire a presión y su boca se llena.
En un momento dado, sale de su sopor y vomita al darse cuenta de lo que tiene en su boca.
Yo es que me parto.
Pues no es delicada la mona… Seguro que nunca le ha comido el rabo a su asqueroso macho.
La navaja amenaza su garganta y mi mano muy cerca de los ojos de su marido masajea su vagina seca, así que meto los dedos a ver si así corre un poco más de flujo. Ella no reacciona, continúa forcejeando con sus tetas gordas bamboleándose.
He visto cierto odio en los ojos de su marido, odio hacia a mí. A mí ni el puto dios me mira así.
Hay una grapadora en un estante de una librería, así que estiro de uno de sus párpados hasta pegarlo a la ceja y de un fuerte golpe le clavo una grapa. Hago lo mismo con el otro ojo. Y le dejo gritar porque me pone.
Le pego otra hostia a la mujer porque se resiste y mira a su marido con pena. Como si le quisiera, como si temiera por la vida de su verdugo...
Siento un odio ciego.
La planto encima de la mesa del comedor y la penetro sin miramientos, su coño está tan seco que me da un placer extremo, no hay lubricación por su parte y mi glande se frota contra unas paredes elásticas pero ásperas y disfruto. Y disfruto con el dolor y el asco de ella. Disfruto apretando sus pezones hasta el punto de cortarles la circulación.
Y el marido apenas se mueve, la sangre continúa saltando rítmicamente de su muslo y yo resbalo en ella.
Decido invadir la mente de la mujer para que él vea que ella disfruta de un verdadero macho. Me meto en su mente con brutalidad y allí huele mal, así que me tapo la nariz y comienzo a excitar su lóbulo derecho con mis poderosas ondas mentales. Mi otra mano amasa su vagina entera, mi mano exprime su vulva y se va deslizando por su interior, al cabo de unos segundos mis dedos están manchados de una baba fuerte, densa. Ella misma se ha acostado de lado en la mesa con una pierna en alto ofreciéndome su coño mojado. Meto mi polla y resbala suave allí, sus ojos lloran pero sus labios lanzan gemidos de placer, el marido llora sangre mientras la ve chuparse sus dedos con una lujuria intensa.
Y se toca su clítoris embutido en grasa mientras la follo...
Se da la vuelta, porque tiene el coño tan mojado que no nota ya el roce de mi pene. Y abre sus nalgas ofreciéndome su ano oscuro. Yo escupo en él y la penetro con una violencia salvaje, ella tensa la espalda y parece querer separarse de mí, la tomo por la cadera y empujo con fuerza. Mi polla resbala entre su culo ensangrentado. Y empiezan sus jadeos sincronizados con mis embestidas.
El marido parece próximo a perder el sentido, así que le saco la polla a la mona, y le reviento la nariz, el masivo derrame alcanza los ojos que han perdido el blanco.
Y la vuelvo a penetrar con mi pene ensangrentado, su culo está tan irritado que me excita hasta la eyaculación.
Y empujo su mente...
Y mis cojones se contraen, el semen está siendo bombeado al pene, y ella siente toda esa presión. Sus ojos tristes y aterrados, me miran profundamente cuando se lleva mi glande a la boca, pasando la lengua por él, succionándolo de rodillas ante mí, ante el Maldito.
Y me acaricia los cojones sin que su cerebro pueda evitarlo; me lleva hasta su verdugo y cuando la primera gota de semen le llega a la lengua, dirige el pene hacia la cara de su macho, y me corro en la cara del mono, en sus ensangrentados ojos, en su boca abierta y deforme. Y apenas se mueve, su sangre mana muy lenta ya.
Y le cuelgan hilos de blanco semen de su nariz.
Mi vientre se ha contraído tantas veces que me duele. Y mis piernas flaquean.
Ella con asco en los ojos limpia mi pene. Con la lengua.
Yo abandono su mente y vuelve a llorar, abrazándose a su cabrón de marido.
Le coloco la navaja en su mano y ella la mantiene obediente. La policía necesita huellas y entender lo que ha ocurrido sin prestar atención a los “desvaríos” de la primate.
Le penetro el culo sorpresivamente con cuatro de mis dedos y vuelve a sangrar. Grita llevándose las manos al ano destrozado. Y ensucio con su anal sangre los cojones de su puto marido. Para que metan a esta tarada en la cárcel.
Para que se pudra allí.
Acabo de escurrir la poca sangre que le queda a su verdugo introduciendo la mano en la herida del muslo y rasgándola más aún con un tirón seco.
Aúlla y acerco mi boca a la suya metiendo mi lengua en ella, sorbiendo su muerte. Convirtiéndome en muerte.
Tras vestirme y darle un golpe en el cogote a la mujer, como su marido le hacía, me largo cerrando la puerta suavemente.
—Mi Paco, mi Paco… ¿Qué te han hecho, mi vida? —la oigo con asco lamentarse, seguramente abrazando la muerta cabeza de su puto marido.
¿Sabéis lo que pretendía ese dios cabrón con ella?
La quería convertir en una mártir. Ese dios homosexual y folla-niños quería que ella cayera un día bajo el cuchillo de su mono macho.
Y les he jodido su puto plan de mierda.
Soy mejor que vuestro puto dios, al menos le he dado placer, le he dado más años de vida y más dignidad.
Pero sinceramente, estoy seguro de que no ha aprendido; estoy seguro de que un carcelero, día sí y día también la follará por el culo y le dará palizas, tremendas palizas. Pero no morirá pronto. Morirá vieja y apalizada.
No soy un ser bueno, soy un anti-dios.
Y mi Dama Oscura se está acariciando su sexo rasurado mientras mi pene palpita excitado en su boca.
Me voy a correr...
Ya os contaré más cosas otro día.
Secretos, secretitos...
Siempre sangriento: 666



Iconoclasta

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