11 de mayo de 2011

Tormenta en el cerebro




Controla la jodida atmósfera; pide al rayo que te parta, porque hay días que es mejor no estar. Días de tormenta.
Es hermoso, es sorpresivo que sin ver una sola nube en el horizonte, de repente estalle la tormenta.
Es magno. Hasta el cáncer es una sorpresa, un aliciente en una vida sin sobresaltos.
Los días, las semanas y los meses están enumerados para que podamos darnos cuenta de que son días distintos.
No siempre vivimos el mismo día, aunque no lo parezca.
En mi puto cerebro, una sombra que es la propia vida, la puta verdad de que no valgo una mierda, me encierra en un negro ataúd sensorial y psíquico.
Los rayos caen quemando y carbonizando grandes áreas de mi alegría. Ennegrecen mi ánimo y resquebrajan mis escleróticas. Los truenos ahogan mis gritos de ira e incomprensión.
Y entonces deseas ardientemente que el rayo no sea imaginario. Que sea real y me pulverice en negro carbón, que entre la quemada piel mane sangre brillante como el rubí. La carne abierta...
Y me muera con solo un movimiento de los ojos.
No existen recursos en mi atormentado y atronado cerebro que puedan disipar esas negras nubes.
No hay esperanza.
Estoy sometido a la tormenta, no hay cobijo bajo ningún techado.
Sólo queda esperar que pase, que la tormenta se agote.
Que mi puerco cerebro deje de pensar.
Y si dios existe, que me parta un rayo, si puede ese cabrón.



Iconoclasta

El montaje del video es de Aragggón.

Aragggón

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