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5 de septiembre de 2011

Semen Cristus (16 final)



Candela y Josefina se dirigen charlando animadamente hacia el hogar de Semen Cristus, por el camino se encuentran con otras vecinas del pueblo.
Junto al camino de la casa se encuentra el todoterreno de la guardia civil y la cabo apoyada en él.
— Buenos días, Candela —saluda la cabo Eugenia.
— Buenos días Eugenia ¿vienes a misa?
— Hoy sí, por fin —dijo suspirando— ayer no pude asistir por un accidente de tráfico en la comarcal y me llevó mucho tiempo el atestado.
La mujer policía se unió al grupo de quince mujeres y enfilaron el camino hacia la casa. Un sendero de grava bordeado de macizos de margaritas y claveles rojos.
La fachada de la casa, restaurada y estucada en color salmón, tenía dos grandes letras caligráficas sobre la puerta de entrada SC.
Cuando entraron en la casa, la voz de Semen Cristus, bajó desde el desván:
—Benditas seáis, tomad mi cuerpo. Que el placer sea con vosotras.
El comedor se había transformado en un vestuario con dos filas de taquillas, y bancos en el centro. Las mujeres se desnudaron, y se vistieron con las bragas y sujetadores que llevaban en sus bolsos. Sujetadores negros translúcidos y bragas negras con una cruz roja sobre la parte delantera; estaban abiertas en la entrepierna. A medida que se vestían con aquella lencería, jadeaban excitadas. Candela se acariciaba contenidamente la vagina esperando que el resto de mujeres acabara de cambiarse.
Las mujeres subieron en silencio al desván. Sobre una cama sencilla y cubierto por una sábana roja con una cruz negra, se hallaba Semen Cristus.
—Te amamos Semen Cristus —pronunciaron las dieciséis voces al unísono.
Cada una de ellas se acercó a la cama y besó la sábana allá donde se encontraban los genitales de Semen Cristus
La última mujer besó un miembro duro y erecto que elevaba la sábana.
—Candela, madre querida. Libera el cuerpo.
La mujer se acercó a la cama y localizó en la sábana una abertura por la que metió la mano y sacó por ella el pene endurecido de su hijo dios. Acomodó también fuera de la sábana sus testículos y alisó la tela para que cubriera el resto del cuerpo.
Y así comenzaron todas a salmodiar una letanía de deseo y placer que se convirtió en un concierto de gemidos. Una a una durante su rosario obsceno, besaba y manoseaba el Sagrado Pene. Cuando todas hicieron su ritual, el pene de Semen Cristus se encontraba congestionado y sufría espasmos de placer, la respiración de Semen Cristus se había acelerado y trataba de demorar la inminente eyaculación. Su pecho hacía subir y bajar la sábana rítmicamente.
—Madre Mía, ven y ofrece mi leche, que gocen mi semen.
Candela volvió a acercarse a la cama, se sentó a un lado y aferró el pene caliente y viscoso. Las mujeres se llevaron las manos a sus sexos separando las piernas, sus dedos estaban brillantes de su propia humedad y Candela con la mano libre, acariciaba su clítoris casi brutalmente. Al tiempo que Semen Cristus gemía, las mujeres elevaban el tono de sus gemidos y el ritmo de las caricias.
Cuando las piernas de Semen Cristus empezaron a temblar ante la proximidad del orgasmo, Candela ya lamía el glande amoratado, para luego metérselo en la boca sin dejar de tocarse, torpemente. Había momentos en el que se le salía de la boca y volvía a metérselo desesperada.
—Madre ahí está mi leche para que el mundo se bañe en ella.
Candela se retiró y mantuvo el pene en su puño, firme y vertical para que todas lo vieran. Un primer chorro de semen se elevó unos centímetros por encima del miembro. La mano lo agitó con más fuerza y escupió más lefa viscosa, la mano de Candela estaba cubierta del caliente semen de su hijo.
Las mujeres gemían y llegaban al orgasmo desflorando sus vulvas hacia Semen Cristus.
Candela se untó la vagina con el caliente esperma y gritó cuando el orgasmo la obligó a arquear la espalda.
Las mujeres desfilaron ante la cama del hijo de dios y mojándose la punta del dedo corazón con el semen derramado entre la sábana, se santiguaron en el pubis y se tocaron el clítoris.
Salieron en silencio de la habitación.
Antes de salir, Candela le preguntó a Semen Cristus que aún jadeaba.
—Dime Semen Cristus ¿está bien mi hijo?
—Tu hijo es feliz, María. Tu hijo sonríe y canta en un mundo de luz y sonidos celestiales. No necesita nada, no te necesita. Sólo te ama y desea verte pronto.
Candela descubrió el rostro de Semen Cristus, al que ya no reconocía como al hijo que parió y le besó la frente.
Aquellos ojos no eran los de Fernando.
Ya llegaban las voces animadas de las devotas desde el vestuario.
—¿Convoco a misa de ocho?
—Sí, Madre querida.
Cuando llegó al vestuario se formó otro revuelo de risas y voces y las dieciséis viudas satisfechas, tomaron camino del pueblo para continuar con sus quehaceres diarios.
Alguna le pidió a Candela que la anotara a la misa de la tarde para el día siguiente.
Para el turno de la tarde, había doce viudas apuntadas para la misa.
A medida que iban saliendo de la casa, las mujeres depositaban dinero a través de la ranura de una caja de madera que había a un lado de la puerta principal de la casa.
Ecijano es el pueblo con más viudas por metro cuadrado.
La cabo Eugenia redactó y mecanografió debidamente los atestados por las muertes de los catorce varones que murieron por distintos accidentes en aquella “quincena negra”, como la llamaron los forenses.
En su profunda paranoia las devotas Sementeras han acordado pedir la beatificación en vida de Semen Cristus en el Vaticano.
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El padre José no olvidó la conversación con Carlos, simplemente hubieron muchas muertes en aquel pueblo durante las dos semanas siguientes a su charla con el marido de Candela. Muchas misas fúnebres, muchos servicios. Demasiados para aquel pueblo.
Dos semanas de pesadilla, y de un mal interpretado dolor de las viudas.
Era todo demasiado extraño, fue demasiado fácil que murieran tantos hombres en tan pocos días.
Se dirigía a pasar la tarde con su colega el párroco del pueblo vecino. Al llegar a la altura de la casa recién remodelada de María detuvo el coche a la entrada del camino de grava y se dirigió a la casa para hablar con María con el pretexto de que le diera un remedio para su tobillo. Se lo debía a Carlos.
Tras llamar varias veces al timbre nadie respondió.
Se dirigió hacia el establo, una de las puertas estaba abierta, sin entrar gritó desde la entrada.
—¡María!
En la penumbra de aquel maloliente establo, no se podía atisbar movimiento alguno; pero sí podía escuchar sonidos de pisadas y el ronquido tranquilo de un cerdo.
Entró y la penumbra lo envolvió también a él.
—¡María, soy el padre José!
Silencio.
Avanzó hasta la pocilga del cerdo, acostumbrando sus ojos a la penumbra.
Cuando llegó a medio metro de la jaula, el animal se puso en pie apoyando las patas delanteras en el barrote de acero de su pocilga y lo miró directamente a los ojos, mostrándole amenazador sus enormes colmillos.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Y sintió humedad en su zona lumbar y un gran dolor en el vientre.
Cuando se dio la vuelta llevando las manos a las púas de la horca que lo había atravesado, vio a Jobita, la viuda de Gerardo empuñando el astil de la herramienta.
El cerdo roncó con ira y sintió como los colmillos de aquel enorme animal le destrozaban el cuello.




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3 de septiembre de 2011

Semen Cristus (15)



Cuando entró en el establo, se encontró con un crucificado en la cruz, éste tenía la cabeza cubierta con un pasamontañas, la piel de su cuerpo era más morena que la del Cristus que ella conoció. Y por su forma de respirar, parecía estar ansioso, nervioso.
María la miraba expectante. La mujer se santiguó ante el cuerpo crucificado y echó tres monedas en la caja metálica.
Se escuchaba el zumbido del vibrador y el tubo de vidrio se agitaba temblón con el pene del nuevo Cristus embutido en él.
María se situó tras Candela que en aquel momento rezaba concentrada frente a la cruz, en una mano llevaba una hoz que levantaba a medida que se acercaba a la feligresa.
Fernando había podido ver a su madre y a María entrar en el establo a través de las hierbas del campo que lo ocultaban. En el momento que las mujeres desaparecieron en el interior del establo, se puso en pie y corrió en su busca.
Cuando entró a gatas a través de la puerta entornada del establo, la santera estaba muy cerca de su madre, con la hoz en alto. Se hizo con una azada que encontró semienterrada en un rimero de paja y avanzó hasta las mujeres.
El cerdo lo observaba avanzar con los ojos brillantes y en un inusual silencio.
María esperaba tras ella con la hoz en alto, Candela se había bajado los pantalones y tenía una mano metida dentro de las bragas.
—Hazme gozar, Sagrado mío —rogaba en voz alta.
Fernando se puso en pie, con la azada en alto y descargó un fuerte golpe con el plano de la hoja en la  espalda de María, ésta cayó al suelo con un grito de dolor y la hoz voló de sus manos.
Candela se subió los pantalones.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó la atemorizada voz del crucificado desde el interior del pasamontañas.
—¡Puta loca de mierda! —Candela se abalanzó sobre la semiinconsciente María golpeándola en cara y pecho.
—No, Candela. Déjame a mí, que no te lleve la ira. Esta víbora ha de responder directamente ante Mí.
Candela dio dos pasos atrás. María no podía moverse por el dolor, tal vez su columna estuviera afectada.
De una caja de herramientas, Semen Cristus, el único, cogió un martillo y unos clavos oxidados. Colocó una tabla en bajo la cabeza de María, extendió un brazo de la loca a lo largo del madero y clavó la mano izquierda atravesando la palma de la mano.
El intenso dolor hacía que María contuviera sus convulsiones para no desgarrar la mano. Cuando sintió el clavo entrar en la mano derecha, no pudo dominarse y su cuerpo se revolvió en el suelo desgarrando más aún los cartílagos afectados.
El cerdo se puso en pie sobre sus patas traseras , apoyando las patas delanteras en los barrotes de hierro de su pocilga gruñendo, con su mirada inteligente clavada en María; de sus colmillos caía una baba espesa y su pene se mostraba excitado entre sus patas traseras y en el sucio suelo.
Candela subió a la cruz por la escalera que usaba María, rozando la piel del falso Cristus. Llegó hasta la balda donde se encontraban las hormonas y jeringuillas.
Inyectó cuatro dosis en los pechos de María, clavando la aguja en los pezones.
María pensaba que no había nada más doloroso que las manos atravesadas por clavos. Se equivocaba.
La aguja entrando en el pezón puso a prueba su lucidez mental, y el líquido inyectado en aquel tejido sensible y glandular se convirtió en fuego dentro de su carne.
Semen Cristus y Candela fumaban observando a María. Tal vez pasaron veinte minutos hasta que sus pechos se inflamaron desmesuradamente, sus pezones se abrieron y dejaron manar una sangre muy clara que se deslizaba por los costados de su cuerpo grasiento. Y sus gritos se hicieron insoportables.
La piel de los pechos se hizo oscura, en los pezones se tornaron verdosos y una costra blanda y húmeda se formó en ellos.
Fernando había recogido la hoz del suelo y se acercaba a María.
La punta de la hoz se clavó con fuerza en la garganta de la santera, un fuerte tirón y se abrió la carne hasta la papada. Durante un minuto se estuvo retorciendo en el suelo, desangrándose, intentando contener la sangre con las manos.
Murió mostrando sus sucias bragas manchadas de menstruación.
Parecía que el cadáver dejaba escapar todo su fétido olor. El cerdo gruñía nervioso en la pocilga y el crucificado intentaba liberarse de las ataduras en la cruz.
Semen Cristus subió por la escalera y preparó una jeringuilla de heroína que clavó en la vena del crucificado. Le administró tres dosis seguidas; las tres papelinas que tenía en la pequeña estantería junto a una sucia y ennegrecida cucharilla y una caja de ampollas de hormonas de uso veterinario.
Fue en la tercera inyección cuando las costillas del crucificado empezaron a contraerse con fuerza, hasta que en poco menos de dos minutos el cuerpo quedó colgado en la cruz con la lasitud de un cadáver. La orina llenó el tubo de vidrio y sus intestinos se vaciaron quedando pegadas las heces entre sus nalgas y el madero vertical de la cruz.
Semen Cristus cortó las ligaduras de los pies y después las de las manos, no dejó caer el cuerpo. Con suma facilidad lo cargó en el hombro manteniendo el equilibrio en la escalera de madera y lo extendió con cuidado en el suelo.
—Hemos de ser cuidadosos con el cuerpo, lo envolveremos con sábanas tras haberlo limpiado, tenemos que evitar que se magulle; cuando lo llevemos al campo de tu marido, no ha de quedar ningún rastro de este lugar en su piel ni en la ropa que le pongamos.
Candela corrió hacia la casa en busca de sábanas, en la entrada de la casa había un llavero  y cogió las llaves de la furgoneta.
Salió del cuarto de María presurosamente con un lío de sábanas entre los brazos y la ropa que suponía que pertenecía al falso hijo de María.
—Limpia bien la paja que tiene pegada en la piel —dijo Semen Cristus incorporando el tronco del cadáver.
Candela rompió un trozo de sábana y la utilizó para limpiar suave y metódicamente la piel del cadáver. Cuando se aseguró de que no quedaban restos adheridos en la piel, extendió una de las sábanas en el suelo. Semen Cristus dejó caer suavemente el cuerpo en la sábana. Hicieron la misma operación con la parte inferior del cuerpo. Cuando estuvo razonablemente limpio de restos de paja y suciedad, lo envolvieron con dos sábanas limpias.
En dos sacos introdujeron la paja manchada de sangre que había en el suelo y cortaron en pequeños trozos el madero.  Metieron también las jeringuillas y frascos de hormonas.
Candela abrió las dos puertas del establo, y caminó deprisa hacia la furgoneta con las llaves en la mano. Condujo hasta el interior del establo.
Cargaron el cadáver del yonqui y cubrieron el cuerpo de María con paja.
—Tu marido está con mi Padre, Candela. Está feliz y tranquilo. Ahora vamos a la alameda que limita con el campo, allí lo he dejado. Descansa ya en paz.
Candela creyó desmayarse; pero Semen Cristus, el cuerpo de su hijo, metió la mano entre sus muslos y le acarició el sexo con ternura.
—Sé fuerte Candela.
Se sintió imbuida de valor y resolución.
Subió a la furgoneta y se dirigieron al campo.
Cuando llegaron al tractor, el motor aún funcionaba. La sangre había manchado la camisa y los pantalones de Carlos y su mueca de dolor congelado, la boca abierta y su piel cerúlea, provocó el vómito de la mujer que se contuvo a duras penas.
Fernando la acompañó hasta la furgoneta.
—Siéntate mujer, no salgas. Serénate.
Semen Cristus cargó el cadáver en su hombro adentrándose cien metros más allá de donde se encontraba el tractor. Desplegó la gran lámina de plástico para invernadero que había dejado allí antes de ir a la casa de María. Carlos la llevaba en el tractor para proteger la fruta que recogía de pájaros y granizo.  Dejó caer el cadáver y vistió el cuerpo con la ropa que había encontrado Candela, cuidando de que su piel desnuda no entrara en contacto con la tierra.
 Dejó el cadáver sentado en la tierra con la espalda apoyada en el tronco de un chopo, dando la espalda a la furgoneta. Clavó una jeringuilla en el pliegue del codo izquierdo y tras cerrar el puño de David en el mango del cuchillo, lo dejó a su lado, muy cerca de la mano que se apoyaba fláccida en la tierra. En el bolsillo de la cazadora, metió la cartera del padre de Fernando tras limpiarla con un trozo de sábana y dejar las huellas de la mano muerta del cadáver en ella.
Cuando volvió a la furgoneta, Candela aún lloraba ocultando la cara entre las manos.
Semen Cristus la atrajo hacia su asiento y besó sus labios, sus lenguas se encontraron y Candela sintió que sus pezones se erizaban y endurecían. Cuando Semen Cristus metió la mano entre sus piernas, las separó cuanto pudo ofreciéndose a él.
Las adolescentes manos hicieron presa en su sexo agitado de dolor, miedo y deseo.
—Debemos volver, hemos de acabar el trabajo en el establo, nos arriesgamos a que empiecen a llegar feligresas y encuentren el cuerpo de María. Todo saldrá bien, bendita Candela.
De nuevo en el establo, Candela sacó al cerdo de la pocilga.
Semen Cristus cavó una fosa en la pocilga, y metieron allí el cuerpo.
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2 de septiembre de 2011

Dios de carne y semen.




No lo he inventado, mi fantasía no da para tanto.

En los resquicios de mi mente deja sus gotas blancas de leche viva, resana las grietas y lo siento en mis tragos dulces escurriendo por mi garganta olvidando mis pecados.

Deshago su carne cuando presiono mi lengua en el paladar; es el cuerpo y la sangre divina, redentor de mis torturas.

Me encomiendo a él y hace llover con su brizna cálida que baña mis áridas memorias, les otorga vida en la convulsión de sus espasmos.

Tengo la certeza de su existencia cuando compruebo el salado sabor de su glande que me llena la boca. Me iré con la desdicha de que después de la vida no existe nada, porque no estará él. Es un temor que consuela frotando mi clítoris y el sosiego es carnal. Después de la muerte no hay dios que me lleve al paraíso, no hay clímax ni gloria. La muerte es una interminable anorgasmia.

Me arrodillo ante él y hunde mi cabeza entre sus muslos... El cielo sobre mí.

Su mirada dibuja un “gratia plena”.

No es humano, pero es divino sin ser el Dios ordinario.

Toca mi corazón saboreando mis pezones, sorbiéndolos hasta dejarlos endurecidos; hunde sus dedos y revienta con ellos la rabia de un calor recopilado por años.

Es la carne hecha Dios, el semen omnipotente vertido en mi piel. Un caminante vagabundo redentor sin más seguidor que mi coño empalado por él.

No es espíritu porque su carne vibra con fuerza y me arrastra arrancándome del suelo con su endurecido miembro. Y colgar de su cuerpo cruz nunca sería sacrificio, no hay clavos en mis extremidades, solo sus dedos entrelazando los míos y su pene clavado en mi raja coronándonos como reyes.

Los dioses vulgares no follan y son castos. El mío me diviniza con cada empalme y reza entre mis labios musitando salmos carnales.

Le entrego mis aguas para que camine por ellas y separe los mares de mis piernas.

Es el universo naciendo en la cópula sagrada… Sangrante.

Aragggón.

Ardides y destierro



¡Qué se llenen los infiernos de santos y ángeles! ¡Qué se pudran las divinidades benditas y malditas!

Para que el demonio vomite de constipación santa.

No sirve de nada ser bueno, mucho menos ser malo.

Yo me largo de los paraísos y los infiernos. Crearé un planeta donde no exista el bien ni el mal, donde solo pisar el suelo derrita las almas y carcoma los cuerpos. Un territorio de vientos corrosivos que pulvericen esqueletos y la sed sea interminable. Ojalá que haya curiosos que asomen sus ojos para verlos caer como canicas y su dolor sea por culpa.

El dios de alma blanca, trae el culo reventado por el rabo de su diablito consolador. Ambos eyaculan en los rostros de sus fervorosos…divino bukake, ¡qué lindos!…

Mi tierra es el rincón de la mentira.

Y quiero estar sola con mis engaños.

Que se empalmen los sexos sucios y limpios y hagan con ellos la orgía de la desolación y el infortunio. Yo puedo acarrear costales de pena para levantar mis muros y que se vengan abajo con mi propia respiración. Sudaré extenuación porque de eso me sobran los tejidos, las grasas, la sangre.

Cuando mis uñas esculpan las lajas, colocaré estatuas violadas a la entrada principal y planearé la decoración de mi reino con colgajos de clítoris desgarrados en memoria de mis orgasmos vendidos.

Los dedos sin yemas escribirán blasfemias en el trozo de madera astillado que colgaré en mi cuello.

Pieles de serpiente hechos trenzas como adornos en mi espejo empañado.

La bandera rezará a media asta por un luto eterno.

Millones de batallas.

Todo es caída, todo es pérdida.

No hay gloria.

No hay paraíso.

Siempre condena.

Soy más poderosa que un artificio. He cruzado caminos de espejismos y tentaciones. Ni Satán ni Dios son tan creativos como yo.

Los pájaros de picos arrancados solo sueltan graznidos de tangos mortuorios y agitan sus alas quebradas sin plumas en danza agónica. Son mis palomas mensajeras que llegarán a los mundos de las divinidades para dejar colgajos de hastío y envenenen sus atmósferas ridículas.

Camino con el destierro a cuestas para ser molestia estéril en donde ancle mi estancia. Llevo conmigo el exilio de dioses y demonios para cambiarlo por ardides que me mantienen en constantes muertes.

Cansancio y pena hacen sombra bajo mis tobillos.

Seré la fatiga de unos párpados en llanto, el desespero de la navaja perdida para unas venas que arden por reventar.

Voy al limbo en búsqueda de mi armadura, lejos del bien y del mal.

Sola.

A pesar de la penumbra mi brújula estrella su aguja en el centro de mi ombligo, me lleva, me atrae…comienzo mi viaje.

Aragggón.

Vida Prozac.



Hay un cerebro deforme y mutilado debajo de mi cráneo. Quiero que sea aspirado por una de mis fosas nasales (total ya está el camino trazado, los imbéciles dejaron surcos). No me gustaría que vieran el trozo que me falta. He tratado de rellenarlo con píldoras blanquiverdes para que el hueso no se hundiera y disimulara el vacío.

No tienen buenas ideas los psiquiatras, el olor que desprende esa masa verde gelatinosa sorprende a todos mientras paso. Hubiera sido mejor rellenar con estopa y tener la tranquilidad de la absorbencia y el silencio en mis pasos.

Lo he lastimado.

He quitado el brillo de su mirada con alguno de los cientos de efectos secundarios.

Es resistente a la reacción alérgica y hoy se tiende en agonía a besar el dedo que me cuelga asomado de la camilla.

Veinte miligramos cada doce horas no dieron claridad a mi vista para descifrar las palabras que decían que me quería. Hay que nacer imbécil para destruir a un hombre de tan buenas intenciones.

Y sigue aquí a pesar de la pestilencia que desprendo. La habitación es fría como lo eran mis palabras.

Pensar que se abrirá mi boca y un gas repugnante hará virar el gesto de quien cosa mis labios… Esos que él no deja de besar y que con gusto rellenaría de algodones con su propia lengua para encontrar un pretexto de no perder momentos junto a mí.

He quedado con la mirada abierta. Los diminutos músculos de mis párpados son torturantes, siempre lo fueron. Me obligaron a ver lo que no deseaba y caían densos ante situaciones de amor.

Duplicaba la dosis cuando el hombre que me amaba sudaba cansancio. A veces solía ser responsable de los dolores que lo lastimaban. La culpa no es sanadora, es adicción repetitiva.

Una gota acaricia por detrás de los globos oculares. La viscosidad putrefacta anuncia que no cabe un prozac más. Ni siquiera pude lograr la sonrisa artificial que los anuncios publicitarios prometieron. Risas sádicas, malvadas, burlonas, hirientes… Solo eso mi retorcido cerebro pudo reproducir.

El hombre que quiere deja gotas saladas en la punta de sus zapatos. No hay retorno y sus pasos se manchan con los restos de mi cerebro en un charco verdoso.

Mierda al nacer, mierda en mi final dejando rastros de un cráneo vacío.

Soy la prueba clínica de la incapacidad de resistir a una sobredosis de vida.

Aragggón

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31 de agosto de 2011

Delicadezas eróticas



Soy un hombre delicado y mi forma de expresarme es con un sutil erotismo.
Y la polla me arde.
Sé que debería escribir que siento una deliciosa comezón en mi miembro viril; pero la puta realidad es que tengo el pijo inundado de una baba espesa.
Es mi néctar delicioso, el fluido del amor.
Y una mierda: es una baba de olor fuerte, casi almizclado que ríete tú de la peste que echan los hurones. Es un fluido que me prepara para la penetración, para follar.
Y hacer el amor entre sábanas de satén es lo más excelso que hay.
Es que me pongo malo de pensarlo; no puedo ser tan sutil cuando pienso que la follo entre las sábanas aún húmedas de semen anterior, de su propio fluido que deja manchas.
Beberé de su cáliz…
Lo tenéis crudo, yo no bebo de ningún cáliz de mierda, no soy católico ni masón. Lo que hago es dar largas lamidas a su vagina, desde donde empieza su deliciosa raja hasta el mismísimo ano.
Y con ello consigo que se abra desesperadamente de piernas y su culo se relaje.
Ella no bebe el jugo de la vida, ella se inunda la boca de semen y cuando su pelo roza mi pecho, siento esa leche fría en mi piel. Mi semen en su cabello.
Accidentes del follar… Cosas que pasan, cosas que me la ponen dura.
Me cogería ahora mismo el pene con el puño y lo apretaría hasta estrangularlo y que mis cojones liberen toda la presión en el papel.
Tinta invisible erótica…
Quiero que pase sus labios por todas y cada una de las venas que dan relieve a la piel que cubre mi bálano que se agita en espasmos.
Cuando hundo los dedos en las entradas de ese paraíso cálido, en las grutas carnosas de un universo resbaladizo…
Coño… No es así, joder.
Sólo un cabestro habla así.
Cuando meto los dedos en su coño y en su culo siento como vibra toda ella.
Y eso me hace macho, me hace importante.
Y empujo para dilatar todo ese placer, para que se sienta zarandeada, posiblemente de puto amor; pero mi último fin es que grite, que se muerda los pezones de placer, que sus ojos se cierren y sentir como su líquido se asemeja a una eyaculación.
Eyacular… ¿O es más correcto liberar la vida en su deliciosa corola?
Otra mierda…
Erotismo… Me pone tan nervioso… Al fin y al cabo soy un animal, la jodo porque la deseo con toda mi alma y la deseo porque la amo, eso sí.
Cuando me corro, cuando suelto mi esperma en su coño es porque su santa vagina (y es santa, es lo más bendito) oprime mi capullo, y de una forma nada sutil me pide leche. Me desangro en esperma con el pijo aprisionado en su coño. Rozando su punto G que es el mío.
Porque cuando la jodo, no sé donde empieza mi pene y dónde su coño.
Está todo tan inundado…
Entiendo que nazcan bebés en el agua.
Escupiendo mi semen embisto hacia arriba sin cuidado. Se tiene que aferrar hasta al aire para poder seguir clavada a mí. Quiero joderle hasta el estómago, inundarla toda de mi semen.
Quiero que sus tetas le duelan de tanto que se agitan por mis convulsiones.
No hay pájaros de mierda a nuestro alrededor, está mi jadeo y el suyo.
Y siento que abraza mi hombría con delicadeza.
Me cago en Dios. No abraza nada, me maltrata el capullo y me obliga a correrme cuando no quiero. Hace mierda mi voluntad y control.
Luego viene una banda sonora o una música celestial.
Mentira, reposo con una respiración agitada, con ganas de escupir por el esfuerzo al que he sometido mis pulmones.
No escucho nada, sólo a ella respirar.
Erotismo… Menuda mierda.
Siempre huelen los sexos a orina y cuanto más te acercas al culo, más huele también.
Y eso es lo que me gusta, eso es lo que me hace babear.
Ya soy demasiado mayor, ya sé demasiadas cosas de la vida como para que nadie me enseñe erotismo.
Coño… El suyo el que lamo…
El que parece a veces eyacular…
A la mierda.
Adoro follarla. Y odio los pájaros.



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Semen Cristus (14)



Cuando David despertó en el establo, sintió náuseas por la insoportable peste y se sacudió el pelo para sacarse los insectos que tenía enredados. Miró la cruz y sintió vergüenza. Y una fuerte excitación. La heroína aún fluía por sus venas dulcificándolo todo. Jamás se había metido mierda como aquella en la sangre.
Cuando entró en la casa, se encontró a María planchando sábanas y túnicas.
—Es para ti. Tienes que parecer Leo, que nadie sepa que me ha abandonado. Les diremos que es tu penitencia cubrirte el rostro —dijo entregándole el pasamontañas.
—¡Joder! Voy a parecer Rey Misterio, pero con la polla en un tubo.
María soltó una carcajada y sus enormes y fofas tetas temblaron como gelatina.
—Ya verás como te gustará. Además, ¿dónde te iban a pagar por hacerte unas pajas?
—Voy a ducharme, ese establo está hecho una mierda.
—Mañana, cuando acabes las misas, lo limpiarás y tal vez matemos al cerdo.
¬—Lo que usted diga, jefa —contestó desapareciendo tras la puerta del lavabo.
Durante el resto del día, David estuvo ensayando las frases que usaba Semen Cristus en sus misas. María, lo miraba muy fijamente con las piernas separadas y sin bragas bajo la bata. Cosa que provocaba cierto desagrado al chico, puesto que olía a orina y mierda.
Al anochecer, María se dio por satisfecha con lo aprendido por David.
Ninguna de esas zorras rurales, podría sospechar que David no era más que un yonqui. Un completo desconocido.
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Eran las ocho de la mañana cuando Carlos vio a su hijo caminando por el campo, condujo el tractor a su encuentro. Se preguntó extrañado qué debía ocurrir para que se presentara en el campo tan temprano y sin haberse curado de la gripe; imaginó muchas cosas y todas malas. Aceleró con impaciencia.
Fernando llevaba guantes y un grueso anorak de plumón; las mañanas ya eran muy frías. Su semblante como siempre, estaba serio y no dejaba transmitir más emoción que cierta agresividad adolescente.
Detuvo el tractor a unos metros de Fernando, que esperó quieto a que su padre llegara hasta él. Abrió la puerta para que su hijo subiera a la cabina para evitar hablar con aquel frío en el campo.
—¿Qué ocurre Fernando?
—Mamá me ha dicho que te traiga este bocadillo. Se va a casa de la María y no tendrá tiempo de preparar la comida hoy —dijo echando una última nube de vapor.
—¡Pero bueno! ¿Qué coño le pasa a esta mujer? Ya estoy cansado de esta historia de la bruja y sus remedios de mierda. Y encima te envía a ti. ¿Te ha dicho por qué va pasar tanto tiempo con María la loca?
—No. Sólo la he oído hablar por teléfono con Lía y la Eugenia, por lo visto se van a reunir unas cuantas.
—¿Me dejas conducir el tractor hasta los chopos?
Carlos sonrió, a Fernando le encantaba conducir el tractor. Y ya no tenía que variar el ajuste del asiento, era tan alto como él.
Carlos bajó del vehículo para que Fernando ocupara su asiento y volvió a subir por el otro lado.
Sin mediar palabra, Fernando pisó el embrague, introdujo la primera velocidad y condujo lentamente hacia los chopos.
—¿Y tú cómo te encuentras? ¿Vas a ir a clase?
—No, ya llego tarde y estoy cansado. Y además, hoy hay clase de educación física; cuando llegue a casa me meteré en la cama.
Carlos puso la palma de la mano en la frente de su hijo y éste hizo un mohín de disgusto.
—No parece que tengas fiebre.
—¿Crees que de verdad María puede curar con sus hierbas y unas cuantas oraciones?
—Lo que creo es que tu madre y sus amigas están muy aburridas.
—¿Crees en Jesucristo, en Dios?
Carlos miró a su hijo asombrado.
—Sí, supongo que sí.
—María dice que su hijo es Jesucristo encarnado, el nuevo mesías.
—Ni se te ocurra hacer caso de lo que dice esa loca. Tu madre va a tener que dejar de ir a su casa.
—Yo creo que dice la verdad, papá.
Carlos miró a los ojos de su hijo, tenían un brillo especial, algo parecido a la locura que crea realidades de la fantasía. ¿Y si en el colegio tomaba algún tipo de droga?
—Te voy a llevar a casa, esta noche hablaremos de este asunto.
—Papá, soy Jesucristo, soy su hermano: Semen Cristus.
El asombro de Carlos se convirtió en su último pensamiento. Fernando le clavó el cuchillo que había sacado de dentro de la manga del anorak. El acero partió en dos el corazón y Carlos aunque abrió la boca, no fue capaz de articular sonido.
Cuando le arrancó el cuchillo del pecho, el cuerpo se estremeció ligeramente.
Condujo el tractor al interior de la chopera, hasta que debido a la cantidad de troncos, el campo no se podía ver y por lo tanto, el tractor tampoco se vería desde el camino de acceso a la finca.
Dejó el motor en marcha, limpió con cuidado el volante y el interior de la cabina. Sacó la vieja cartera del bolsillo de la camisa de su padre y se la guardó en el bolsillo del anorak.
Cuando bajó del tractor, limpió la maneta de la puerta por la que había subido y corriendo campo a través, se dirigió a casa de la María la loca.
A trescientos metros de distancia pudo ver la figura esbelta de su madre entrar por el camino de la casa de aquella santera.
Aceleró el ritmo y cuando su madre presionaba el timbre de la puerta, se tiró en el suelo para no ser visto.
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—Pasa, Candela, vamos a tomar un café.
Candela no abrió la boca, se sentó frente a María en la mesa de la cocina y negó un cigarrillo que le ofrecía.
—Ya está todo preparado, Semen Cristus espera en la cruz y tú serás la primera feligresa de su nueva etapa de reinado.
—¿Quién es, María?
—No importa la carne, es Semen Cristus, el cuerpo es sólo una caja. El Mesías del Placer está allí, gobernando su cuerpo y su mente.
Candela se sintió excitada a pesar de que sabía que no era así. El verdadero Semen Cristus se había reencarnado en su hijo. Aún sentía en la boca el calor del semen con la que había comulgado aquella mañana. Lo que fue su hijo la había bendecido con su leche divina.
Tal vez, la locura de María era contagiosa y aquella secta de dieciséis mujeres que aportaban su dinero semanalmente para sostener la Nueva Iglesia del Placer, no eran más que cerebros lavados por los desvaríos de aquella loca y su hijo también esquizofrénico.
—Estoy impaciente, María, necesito a Semen Cristus, lo necesito para ser mujer de verdad.
María sonrió satisfecha, sabía que todos aquellos meses de placer no podrían borrarse de las mentes de aquellas mujeres. Bien al contrario, aquellos casi cuatro días sin ritos, había creado en ellas una profunda ansiedad y voracidad. Sus sexos palpitaban, sudaban deseando comulgar con la leche de Semen Cristus salpicando sus pieles frías.
-Vamos al establo. Santíguate ante él cuando llegues y no esperes respuesta. El espíritu aún no gobierna bien el cuerpo. Dale tiempo; pero ofrécele tus oraciones en voz alta. Que se sienta confortado por las feligresas que lo han hecho divino en la tierra.
La santera se puso en pie, Candela la siguió. La santera caminaba firme y rápidamente hacia el establo. Candela dirigía la mirada al campo buscando a su hijo, el mesías, el nuevo Semen Cristus. Caminaba presurosamente intentando no quedar atrás.





Iconoclasta

Las imágenes son de la autoría de Aragggón



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30 de agosto de 2011

Un puzle chino



Algo no acaba de ir bien, no acaban de encajar las piezas. Se hace difícil montar el gran puzle del amor cuando hay que oprimir con tanta fuerza las piezas para que encajen en su lugar. Los dedos duelen y acaban temblando ya entumecidos.
La frustrante sensación de que la próxima tampoco encajará bien me irrita.
¿Por qué no presta atención el fabricante a la calidad de sus productos? Es importante que las piezas encajen bien, suavemente. Porque de lo contrario, podemos encajar las que no son correctas y la confusión se torna caos.
El caos está bien en el puto cerebro de otro, yo no quiero caos en el mío.
Cada error es una desilusión.
Es un puzle horrible el del amor. No es amor, se trata de amargura.
Dicen que el amor hay que cuidarlo día a día, fortalecerlo, alimentarlo con ilusiones; pero las ilusiones no se han troquelado bien y alimentas todo: frustraciones y dichas, como ocurre con los bultos extraños en el cuerpo.
Lo malo y lo bueno tienen en común la alimentación, a ambos les sienta todo igual de bien, igual de mal.
El amor es una bacteria patógena que enaltece lo bello y lo horrible en idénticas proporciones.
Algo falló en la prensa de Puzzles del Cochino Amor S.A. Las piezas no acaban de casar bien unas con otras, la fotografía se separa del cartón. Queda feo.
Hay horribles huecos.
Y alguno lleno con mi polla; pero no es suficiente. Y solo tengo una polla.
Pego las piezas con semen gris. Un ámbar que apenas tiene valor y asegura que las piezas que encajan no se muevan, aunque asegure la podredumbre. No me puedo permitir el lujo de perder lo bueno por erradicar lo malo.
La vida dura muy poco como para entretenerse en esas cosas. Los hay que mueren intentando arreglar las cosas que están mal por no tener cojones, por no tener valor de soportar tanta mierda.
Hay piezas extrañas que no pertenecen al tema y uno se empeña en encajarlas. Hay piezas que no quiero que estén, y están. Las odio con toda mi alma de enamorado amargado.
Sobran piezas en mi puzle.
Sobra ese hijo de puta. Que un cáncer le coma el cerebro y lo estornude como un moco por la nariz. Me meo en él. Que se muera cuando esté dentro de ella, que se le muera encima, cuando la folla.
También falta alguna.
Carencias…
Se rompen las uñas cuando intento sacar la pieza mal encajada. Porque lo que está mal entra penosamente; pero cuando sale, lo hace desgarrando y arrancando trozos de carne ¿o es cartón?
Estoy confuso y el dolor se suma a la frustración.
Es una profunda tristeza que se muera el amor entre las manos. Girando la pieza entre los dedos siento la agonía subir como una descarga eléctrica a mi corazón.
Y un latido se pierde, o tal vez simplemente se ha convertido en una punzada.
Las piezas que no encajan son vudú en mi cerebro.
No debería ser tan difícil sostener el amor. Debería ocurrir suave y dulcemente.
El hálito del amor muriendo es un soplo helado que roba el calor de la piel. No es algo que transcurra suavemente, es una brusca congelación. Del corazón.
Aunque no sé bien donde está el jodido amor, digo el corazón porque así lo dicen; pero a mí me estalla de dolor la cabeza y siento que los cojones me arden.
Y acabo aterido de frío. Insensibles las fibras nerviosas, incapaz de imaginar la ternura de una piel cálida.
A mi puzle le faltan las piezas de un lado plano, las que ayudan a orientarte en el universo. Son necesarias para delimitar los confines del amor y no enloquecer en un universo donde no sabes bien si estás al derecho o al revés.
Un universo difícil de encajar.
Tal vez sea yo una pieza errónea, una tara que al fabricante le ha pasado por alto.
Mis ojos son de distinto color, es un error. Un error imperdonable de impresión y troquelado.
Como encajan los sexos de los amantes. Así deberían encajar las mil cosas, las mil emociones.
Mil lágrimas…
No entiendo donde encaja mi mano masturbadora. No comprendo porque aún follándola sigo deseando estar dentro de ella, a todas horas.
No hay consuelo ni paz en el puzle del amor.
Soy una pieza que encaja tan mal como la angustia latente de la muerte que nos divorciará.
Es una lágrima la que ha estropeado la pieza que ahora gira blanda y podrida entre mis dedos. Las piezas deberían ser impermeables.
No es un gasto significativo en el proceso de fabricación plastificar el puzle y darle algo más de vida.
Un puzle con condón…
No puedes comprar cosas chinas, se te rompen en las manos solo al desembalarlas.
Mi amor es chino y por ello nació roto.
Es barato mi puzle, no tenía otra cosa.
A la mierda, no pienso perder más el tiempo, lo acabaré, lo encajaré, encajaré yo mismo en el planeta como el feto en el útero de la preñada a punto de parir y cuando me haya engañado y sea medianamente feliz, el puzle arderá conmigo en la cama, cuando una colilla prenda el colchón donde descanso de tanto girar piezas que no son.


Iconoclasta

Ilustrado por Aragggón.



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24 de agosto de 2011

El fin del mundo



Podría ser el fin del mundo. Hoy, un día soleado y tranquilo, no excesivamente caluroso podría sorprenderme.
De días preciosos estoy harto, me chorrean por la ropa como una lluvia pertinaz.
Que los días hermosos se los meta Dios en el culo.
No he vivido nunca un día del fin del mundo, dijéramos que me apetece experimentarlo. Es un tanto grotesco e incongruente pensarlo; pero la destrucción siempre es algo atractivo. La creación no me gusta porque al universo se le ha acabado la originalidad.
Puede que alguien sugiera que todos los días es un fin del mundo porque siempre hay alguien que la palma.
Y porque todos los días nace alguien es el día de la creación.
Tonterías de quien busca desesperadamente dar interés a su mediocre existencia.
No quiero un fin del mundo largo como una era geológica. El fin del mundo ha de ser brutal; pero nada de impactos que vengan del espacio, quiero algo más espectacular.
Lo que debe ocurrir es que el mundo reviente desde dentro.
Que el planeta quede partido en tres o cuatro trozos. De una puta vez.
Que los tan “poderosos” océanos se vacíen en cuestión de minutos por un imposible precipicio.
Puedo imaginar el crucero atestado de gente cayendo por la catarata del fin del mundo. Hay humanos que han caído del transatlántico y caen solos entre toneladas mortales de agua. Ballenas, delfines y tiburones intentando nadar hacia la arena que los asfixiará por evitar caer en ese horroroso vacío imposible.
Las gaviotas han perdido el rumbo y siguen al agua que se precipita al vacío, al espacio, a la nada…
Ningún ser vivo puede imaginar su planeta partido.
Necesito que no sea muy rápido para que YO y toda la jodida humanidad sintamos el inconsolable miedo a la muerte y al sufrimiento.
Necesito sentir miedo.
Estoy seguro de que con una buena dosis de pavor dejaría de sentir asco y desprecio.
Y lo que es más importante: aburrimiento.
A mi gato se lo tragaría una sima insondable y abrasadora. Puedo ver sus ojos asustados, sus pupilas como rendijas pidiéndome ayuda. Qué triste es ver lágrimas en los ojos de los gatos. Sus garras clavadas al borde del precipicio sin fondo tiemblan de cansancio.
Adiós gato mío.
Así tiene que ser el fin del mundo: tan horroroso que provoque el llanto hasta de las bestias.
No quiero que el fin del mundo sea tranquilo.
La humanidad ha de sufrir ahora y en la hora de su muerte, amén.
¿No es preciosa esta oración del fin del mundo?
Hasta las Vírgenes gritaran con su Jesús mamando teta ante el estruendo de la rotura planetaria.
Niños y adultos caminan sobre el mundo roto, cada cual sobre el pedazo que le ha tocado en suerte cubriendo sus oídos con las manos, intentando contener la hemorragia de los tímpanos destrozados.
Yo no, yo dejo que la sangre mane libre. Mis oídos siempre han sido defectuosos, no me importa y tampoco tengo gran cosa que oír. No me duelen más que cuando se me infectan.
Y se me infectan por la grandísima culpa de los sonidos y voces de lo vulgar y mediocre.
Dicen que mascando chicle se alivia la sobrepresión en las orejas, yo no masco chicle. Masco rabia y descontento. Que venga el fin del mundo, eso es lo que dará nueva vida a mis oídos ahítos de vida ajena.
El estruendo que ha provocado la fractura del planeta es inenarrable. Cuando ha cesado, se ha instalado la muerte con todo su silencioso poder, como la raya en el mar bate sus aletas colosales y su mirada fría busca vida con la que alimentarse.
Por primera vez en mi vida he escuchado el magno silencio, que ha durado varios minutos; hasta que los oídos han podido escuchar y las bocas han comenzado a gemir por amputaciones, roturas y muertes de amigos y familia.
Quiero vivir para escuchar ese silencio de nuevo y que sea real…
Es lo que siempre he pensado: la única forma de arreglar esto es que ocurra una gran catástrofe que acabe con todo. Que acabe con la vida simplemente.
Hay planetas deshabitados que no son infelices.
Es hora de morir pequeños…
Quisiera que ahora mismo se interrumpiera mi escritura ante la Gran Rotura de La Tierra. Vale la pena morir por disfrutar de unos instantes de absoluta sorpresa y terror.
La humanidad no es de las cosas más valiosas que se puedan encontrar en el universo. Si nuestra civilización estuviera tecnológicamente preparada para viajar a otros planetas, lo único que aportaría es vulgaridad y aburrimiento.
Una bandera de tolerancia e hipocresía dibujada en el fuselaje de la nave imbécil-espacial.
Follar no es para tanto, al final, si no te la meten por el culo también te aburre. Lo saben los ricos y los que ostentan cargos públicos de poder. Los que viven holgada y cómodamente en su mundo mierdoso.
La humanidad no es como follar, es como la masturbación con la que te consuelas, es una foto de un momento intenso donde el sexo abierto de una mujer se muestra durante los primeros segundos como algo nuevo a descubrir. Una vez te has corrido, pierde toda gracia e interés.
El fin del mundo, la gran hecatombe tiene que durar lo suficiente como para que pueda disfrutar el momento sin sentir la pestilencia de los cuerpos descomponiéndose.
Pongamos… ¿tres, cuatro horas?
Estaría bien.
Es solo por mi comodidad y un poco de higiene (aunque morirme sucio es algo que me la pela); porque muertos todos, poco importa una plaga.
Lo más probable es que hoy no ocurra nada. Que a lo sumo mueras tú o incluso yo.
Que mueran algunos bebés intrascendentes y ancianos que dejaron de importar hace tiempo.
No es consuelo alguno para mí. Hay que morir con mucha más fuerza, con más estrépito, han de morir millones. Algo que me impacte, que llame mi atención de una vez por todas.
Algo que no sepa, algo que no haya experimentado.
Y no me importaría ser el último en morir. No le temo a morir solo sin un abrazo de consuelo. No necesito consuelo.
Quiero acción.
En mi vida todo ha sido esperar y esperando muero lentamente, aburridamente.
Si he de esperar más, que sea observando con mi cigarrillo colgando de la boca como revienta el mundo y lo que contiene. Sería un triunfo en mi vida. O lo que quedara de ella.
Cuando queda tan poca vida uno ha de pensar que está muerto.
Cuando has gastado las tres cuartas partes de la vida, date por muerto, porque cada segundo que vives se lo has arrebatado a la muerte.
No puedo comprender porque los iluminados, los clarividentes y charlatanes de feria, los sectarios religiosos y todas esas culturas tan exóticas ven el fin del mundo siempre lejano. Estamos en el 2011, ¿por qué coño esperar al 2012?
Les faltan cojones. Al calendario maya le falta valor y le sobra hipocresía disfrazada de cobardía.
Tengo prisa, no he de esperar más.
Por eso mi hijo ha muerto bajo mi cuchillo con la garganta abierta. Yo haré mi fin del mundo mientras su sangre se filtra por las sábanas y gotea en el suelo tras atravesar el colchón.
¿Cómo morirán aquellos a los que amo? No importa, no se puede hacer nada por ellos.
Si a la madre de mi hijo no le hubiera reventado la cabeza con la plancha de la ropa, hubiera muerto ardiendo en una falla del suelo inundada de magma, o aplastada por el derrumbamiento de un edificio. Ha sufrido menos con mis dieciséis golpes en su rostro, que si hubiera resbalado por la tierra para acabar sumergiéndose en metales fundidos. Soy piadoso.
Lo bueno de la muerte total y para todos, es que es imposible el consuelo.
Nadie se queda para despedir a los muertos y todas las propiedades se desintegrarán con el planeta y la vida.
Será la muerte más justa.
Mi gato que cuelga del cuello en la lámpara del salón con los belfos encogidos, no llorará jamás en un fin del mundo. Sus garras no se aferrarán al borde de una sima sin fondo.
Y de la misma forma que no habrá consuelo alguno, será imposible la pena y la misericordia.
Moriremos solos, abandonados ante y dentro de la gran hecatombe.
Solo se abrazarán los cobardes. Yo no me abrazaré a nadie.
Mi pequeño bebé de piel morada, no será una pieza de este sacrificio cosmogónico. He incrustado su biberón todo lo que ha sido posible en su garganta.
Si para mí, un pobre hombre sin más poder, es fácil acabar con mi propia familia, bien podría el mundo entero reventar por algún mandato caprichoso de un universo también aburrido.
¡Ya!
Digo yo...
Tiene que ocurrir. En algún momento de flaqueza temo haber matado a los que amo para nada. Quería evitarles el sufrimiento ante la imposibilidad del consuelo.
¿Y si el fin del mundo es sólo un sueño de mi mente enferma?
¿Y si el mundo no reventará nunca?
No quiero esperar más y es muy triste morir sin ilusiones.
Que reviente ahora. ¡Ya!



Iconoclasta

Ilustrado por: Aragggón.


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