28 de julio de 2015

666 en el barro


Tras el estruendo, los gritos y los llantos: el silencio...
Es el momento en el que las almas no saben qué ha ocurrido y miran incrédulas la muerte a su alrededor. Son graciosas en su ignorancia. Me río con ganas.
Me gusta este momento íntimo de encender un buen Davidoff y caminar por el barro fresco que da consuelo a mis muslos y genitales.
Pasear y sentir que piso un cráneo, o meter el brazo en el pútrido barro y sacar un bebé humano, un pequeño primate. Como si fuera una trufa y mirar su rostro sucio y muerto y pensar en lo que no será jamás.
Las avalanchas de barro en aldeas o barrios pobres, son como las lavadoras automáticas. Es como pulsar el encendido y todos mueren, todo se limpia.
Y lo mejor es que sus almas van directas a mi oscura y húmeda cueva.
Se pudrirán en el infierno con dolores desgarradores que no cesarán jamás. Hasta que mueran millones de veces, hasta que sangren para crear océanos rojos.
Esos ángeles idiotas no bajarán a este lugar para ensuciar sus alas de mierda. Y Dios silba a otro lado cuando piso la barriga de una embarazada recién muerta, los fetos tardan más en morir que sus madres. Lo noto en mis botas.
Tres mil pobres menos, paria más o menos.
Está bien, he de apuñalar a alguno que no acaba de asfixiarse; pero desde el aire, aviones y helicópteros ven un trabajo perfecto.
Más que de un genocidio, me considero autor de una performance.
Recordad que moriréis.
Siempre sangriento: 666.



Iconoclasta

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