4 de julio de 2011

Semen Cristus (8)



Cuando María entró en casa, Leo se encontraba en la cama, se había tapado hasta la cabeza. Se quejaba de frío y sudaba copiosamente.
Le colocó el termómetro digital bajo la axila; marcaba treinta y nueve grados. Le hizo tomar un comprimido de paracetamol.
—Descansa, te has enfriado. ¡Malditas obras! ¿Es que nunca van a acabar?
Ese día no había obreros en la casa; quedaba por finalizar los trabajos de electricidad, agua y pintura; pero estaban a falta de materiales y se encontraban trabajando en otros lugares.
Tan sólo dos semanas más y podrían dar las misas de una forma más decente e higiénica.
Metió la mano entre las piernas de Leo sin que éste se moviera. Notó un bulto en la ingle del chico, era una garrapata.
Apartó la mano con repugnancia.
—No te muevas ahora Leo.
Leo estaba dormido, su pecho bajaba y subía rápidamente.
Encendió un cigarro y apoyó la brasa en el cuerpo de la garrapata durante unos segundos, acto seguido la cogió con los dedos y ésta se desprendió fácilmente, la dejó caer al suelo y la aplastó de un pisotón.
Apartó la colcha y la sábana y examinó detenidamente el cuerpo de Leo, cuando palpó los testículos encontró otro bulto; pero no se trataba de una garrapata, parecía una verruga. Los limpió con colonia y una gasa y le aplicó una pomada contra eccemas. De tanto tocar los genitales, el pene se había puesto erecto.
Se sobresaltó pensando que podría tener ella también una garrapata, se desnudó y se exploró el cuerpo como pudo, sobre todo en los pliegues de grasa. Estaba limpia.
Pensó en llamar al médico; pero no podía.
A la mañana siguiente, Leo intentó levantarse, pero su madre tuvo que ayudarle a llegar al baño.
—Mamá, me duelen mucho los huevos, me noto algo —dijo mientras orinaba.
María lo acompañó de nuevo a la cama y le hizo separar las piernas, la verruga se había convertido en llaga abierta que supuraba. La limpió y le aplicó más crema.
—No es nada, Leo, un eccema que ya está mejor.
—¿Quieres que te ayude a relajarte, cielo? —le preguntó cogiéndole el pene con dulzura.
—No, mamá. Me encuentro muy cansado, sólo quiero un poco de agua y reunirme con mi hermano Jesucristo.
María le dio de beber alzándole la cabeza y salió del cuarto.
Al día siguiente, la fiebre había remitido un poco, tan sólo medio grado y la llaga estaba enrojecida, supuraba pus. Tenían ocho misas para ese día.
—Tienes que levantarte, cielo. Hoy tenemos trabajo. Eva y Gloria están esperando frente al establo.
—Está bien; pero me pondré la túnica.
La túnica era de lana, la usaban durante los días fríos. Tenía un agujero abierto en la zona genital para poder sacar por él el pene y los testículos durante la crucifixión.
—Claro que sí. Y tengo también tu jersey de lana.
Cuando Leo se puso en pie, su piel parecía de cera y se pegaba a los huesos de las costillas dándole un aspecto famélico y enfermo.
Su madre se santiguó y le pidió a Jesucristo, que lo mantuviera vivo un poco más.
Al final del día, Semen Cristus olía a sangre seca. Sus testículos estaban negros y tumefactos y la necrosis se extendía a la base del pene.
Lo lavó, le hizo tragar tres comprimidos de antibiótico e intentó que dejara de gritar y retorcerse de dolor agarrándose los genitales. A su pesar, le metió en la boca cuatro comprimidos de analgésico y tras media hora más de gritos de dolor y delirio, Leo quedó dormido por puro agotamiento.
Llamó por teléfono al veterinario, el doctor Hipólito
—Doctor, al cerdo se le han puesto negros los testículos y no deja de quejarse.
—¿Hace mucho tiempo que se encuentra así?
—Va para tres horas.
—¿Huele especialmente mal, diferente?
—Sí, doctor.
—Es necrosis, hay que amputar esos órganos antes de que la infección se extienda.
-¿Y no le puedo dar un calmante para que se tranquilice? ¿Algo para la infección?
—Pásese por mi casa, le daré un tratamiento para que el animal no sufra hasta mañana que lo examine.
—Ahora mismo voy para allá.
Cerró la puerta de la casa y cogió el coche para recorrer los escasos dos kilómetros que había hasta el domicilio y consulta del veterinario.
La consulta estaba ya cerrada; pero cuando llamó al timbre, el doctor abrió la puerta, llevaba dos frascos en la mano.
—Aquí tiene María. Esto son calmantes y esto antibióticos de amplio espectro. No creo que sirvan de mucho, por lo que me ha explicado se están gangrenando; lo único que haremos con ello, es evitar que la infección avance. Y aún así, puede que muera.
El Dr. Hipólito no se ofreció a visitar al cerdo esa misma noche. Por experiencia sabía que la gente del campo prefería esperar unas horas, antes que pagar tres veces más por la visita de urgencia.
—Son sesenta euros.
—Muchas gracias Dr. Hipólito —dijo contando apresuradamente los billetes y entregándoselos.
—Buenas noches, María. A ver si hay suerte.
Cuando María entro en casa, subió a la habitación, incorporó a Leo y le obligó a tomar seis pastillas.
En la cocina se preparó una cena a base de ensalada y un bocadillo de longaniza. Se quedó dormida en el sillón frente al televisor hasta bien avanzada la madrugada.
Soñó que a su hijo se le caía el pene seco y al estrellarse contra el suelo, se rompía dejando salir orugas de una blancura virginal. Ella se las comía entre arcadas y vómitos.
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—Nuestro Señor está enfermo, llámame dentro de tres días. Si se encuentra mejor, ya os daré cita.
María hablaba por teléfono con las mujeres que ese día tenían cita para la misa. Hizo diez llamadas.
—¿Qué tiene nuestro Señor? —preguntó Candela tras escuchar las palabras de María al teléfono.
—El médico ha dicho lo de siempre, un virus o un trancazo.
—Me gustaría visitarlo y rezar por él.
—No Candela, está con fiebre y cansado, es mejor que esté tranquilo.
—Tienes la voz cansada ¿Seguro que no es grave?
Se hizo un silencio demasiado prolongado en la línea.
—¡María! ¿Qué le ocurre a nuestro Señor?
—¡Se está muriendo Candela! A mi hijo se le están pudriendo los testículos. El Señor nos castiga.
—¿Y el médico que ha dicho?
—No puedo llamar al médico, le he inyectado hormonas, me meterían en el manicomio otra vez.
—Voy para allá María, no entiendo nada.
Candela salió corriendo hacia la casa de María después de dejar una nota a su hijo en la mesa de la cocina, avisándole dónde estaría. Era una tarde radiante, nadie podía morir en un día así. Y menos aún el mesías: Semen Cristus.




Iconoclasta

Las ilustraciones son de la autoría de Aragggón



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