15 de julio de 2011

Semen Cristus (10)



Era imposible apartar de su cabeza la imagen de Semen Cristus sangrando, el pavoroso ataque de su madre. La locura que había en sus ojos, incluso en el ojo abierto del cadáver del mesías.
Tiene que resucitar, los mesías resucitan y dan una segunda oportunidad a la humanidad.
Se asustó de su propia locura.
Sonó el teléfono y se sobresaltó.
—¿Candela?
—Dime Lía.
—¿Sabes algo de Semen Cristus? María me ha dicho que está enfermo y no se pueden hacer misas hasta que nos avisen. ¿Qué puede tener?
—No tengo ni idea. Debe ser algo sin importancia; Nuestro Señor es un chico fuerte.
—Que el Señor te oiga. Lo necesito, no sé que me ocurriría si no pudiera sentir su hostia. Ya he tenido bastante mala suerte —la viuda lanzó un sonoro suspiro de paciencia.
—Mañana la llamaré. A ver si consigo que me explique lo que le ocurre a Semen Cristus y para cuándo podremos volver a celebrar la misa.
—Te noto cansada, tienes la voz tomada. Seguro que ya estás incubando una gripe.
Candela se secó las lágrimas de la cara y limpió la nariz goteante.
—Seguro que sí. A ver si acaban de una vez la dichosa capilla del desván. Hace mucho frío en el establo.
—No todo el tiempo; yo salgo sudando siempre —bromeó Lía riendo.
A Candela le fue imposible sonreír y se quedó muda en el auricular.
—Buenas noches, churri.
—Buenas noches, Lía.
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—Tú no te encuentras bien. Algo te está pasando. Te noto tensa, nerviosa.
—¡Que no, coño! Ya te he dicho que me ha de bajar la regla y me duelen los ovarios. Estoy cansada.
Carlos dejó de insistir y continuó cenando en silencio. Su hijo miraba la televisión y esporádicamente el plato para acertar a pinchar un trozo de beicon.
La mujer se levantó de la mesa para ir a la habitación.
—¡Qué rara está tu madre!
—Esta tarde no estaba cuando he llegado. Ha estado en casa de la María la loca. Parecía que lloraba.
—¿Ah, si? Pues normalmente viene de buen humor. Seguro que se ha discutido con alguien en el grupo.
Carlos sabía que no era así. Candela estaba pasando por un mal momento, se lo decían sus huesos que la conocían desde hacía muchos años.
Y se preocupó. Cayó en la cuenta, de que al entrar en casa, olió de nuevo, aunque levemente, ese desagradable olor a mierda y podrido que desprendía la María a pesar de la colonia con la que se duchaba. El mismo hedor que en el coche de Gerardo.
Recuerda a un anciano vecino que tenía cerdos y al que tenía que ayudar cada tres días a limpiar el establo. Era el mismo desagradable olor. Mierda y paja fermentada.
No le costó mucho imaginar que el establo tenía que ser el “consultorio”.
¿Y por qué le ocultó Candela que estaba allí cuando él llegó la mañana que el tractor se encalló en el barro?
No hay nada al aire libre que huela como un establo sucio.
Cuando vives cada día igual al anterior durante años y años, te sensibilizas a los cambios por pequeños e imperceptibles que puedan parecer.
Y lo peor, era que Candela, no era ella. Nunca la conoció como se encuentra ahora.
¿Y si los remedios de la María eran tóxicos? Muchos curanderos y sanadores recurren a hierbas con principios tóxicos o con alguna droga que pudiera afectar al organismo si se toma con demasiada frecuencia.
Durante la partida de dominó de aquella tarde en el bar, los amigos comentaban de nuevo cómo las mujeres del pueblo acudían con frecuencia a la curandera. María la loca…
Fue un comentario de Alberto el que despertó un pequeño recuerdo sin importancia.
—Será muy buena con las hierbas y curando; pero es una guarra de cuidado. Mi mujer vino a casa con olor a mierda fermentada. Ni que pasaran consulta en la cochinguera.
Se rieron y uno de los jugadores dio un fuerte golpe en la mesa al plantar la ficha y decir: Me doblo.
Algunos maldijeron y otros simplemente se levantaron de las sillas para ir a casa a cenar.
El olor a se hizo más patente al pensar en ello y cuando entró en la habitación, lo notó flotando en el aire como una presencia insana.
Tenía que informarse mejor de lo que ocurría en aquella casa, el párroco algo debía saber de aquello.
Y pensó que durante la mañana, se acercaría a la iglesia para preguntar al padre José si sabía algo por medio de las habladurías, de lo que realmente hacía María la loca en su casa.
Candela soñaba con Semen Cristus. Revivía sus placeres una y otra vez y se masturbaba incluso con el recuerdo de su cadáver: la piel pálida, la sangre contrastando vivamente. Su ojo partido en dos... Se frotaba el sexo con la tierra que cubría su cadáver. Y lloraba ante la desesperación de no sentir el milagro del placer.
Soñó que se revolcaba en el sucio establo entre paja podrida penetrada por Semen Cristus.
Jadeando como una cerda.
Soñó con su hijo. Fernando estaba clavado en la cruz y ella abría sus piernas a él.
—Madre bendita, lóame con tus gemidos.
Y ella se arrancó las bragas hiriéndose la piel. Y metió sus dedos en la vulva mojada y blanda, subió por la escalera a la cruz y puso los dedos en los labios de su hijo. Este los chupaba y succionaba, el zumbido del tubo que agitaba su pene era un crescendo que reverberaba en su vagina hirviendo. Cuando alcanzó el clímax, sus manos se aflojaron y cayó de la escalera. Su cabeza se clavó a un rastrillo y murió agitándose como una muñeca rota con la mano entre las piernas.
Despertó repentinamente y corrió al lavabo. No vomitó nada y su estómago se contrajo hasta el dolor.
—Candela, por el amor de Dios ¿Qué te ocurre? Voy a llamar al médico ahora mismo ¬—dijo José que entró en el baño al oír sus arcadas.
—No quiero que llames al médico, es un malestar de la regla, ya te lo he dicho. Vete a dormir, estoy bien.
No, no estaba bien, pensaba Carlos. Se metió en la cama sin dormirse.
La cabeza de Candela giraba en círculos en torno a Semen Cristus, María y todas las mujeres que disfrutaron de las misas del placer ante un chico de dieciséis años. Era el peso de la vergüenza lo que la angustiaba. Y aún así, no podía evitar sentir una triste sensación de falta. Aquella certeza de que no volvería a sentir el milagro del placer puro la hizo romper a llorar más que ninguna otra cosa.
Se acostó de nuevo al lado de su marido; pero tampoco durmió.
Por unos segundos le pareció que olía a podrido en la habitación y después llegó el amanecer y un terrible día lleno de comprensión y miedo iba a comenzar.
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María había despertado a las dos horas de su “alucinación”, el dedo le dolía horriblemente donde se había alojado la espina. Su cabeza estaba orientada hacia el pequeño televisor apagado que la reflejaba y sus ojos miraban directamente dentro de ella, a su locura.
Tras beberse una cerveza, quedó dormida de nuevo, arropada por Dios.
Cuando despertó a la mañana siguiente, seguía en la silla de la cocina y un intenso dolor lumbar provocó un quejido y una blasfemia cuando se incorporó.
Orinó y abrió la puerta del patio trasero, Semen Cristus no había resucitado. Su propio hijo había sido rechazado por Dios para continuar con su reinado del placer.
Ahora que su hijo era un simple cadáver, que ya no era la encarnación del Mesías, escupió sobre su tumba, cerró la puerta del patio y bloqueó cualquier sentimiento que alguna vez hubiera sentido por él.
Se vistió con unos vaqueros y una blusa vieja de cuello redondo con estampado a base de rombos negros y rosas.
Condujo la furgoneta hasta el centro comercial del pueblo vecino.
Apenas rebasó la batería de anuncios de tiendas que bordeaban la carretera, giró a la izquierda y se alejó de allí.
Cinco minutos tardó en el llegar hasta una barriada de chabolas, en las que los yonquis, algunos morían al sol y otros andaban gritando a algún ser invisible. Dos pequeños y sucios niños, se lanzaban piedras y las lanzaron también a la furgoneta.
Atravesó la única calle de aquel poblado y llegó hasta el vertedero ilegal.
Allí se reunían putas y chaperos de sangre venenosa, para ganarse unos euros por una mamada o una penetración. Muchas veces cobraban papelinas de caballo o cocaína y otras veces, cuando ya sus cerebros se habían deshecho, eran liquidados por algún sicario de un camello sólo allí poderoso.
Tan acostumbrada estaba al fuerte hedor en el que vivía, que cuando bajó la ventanilla, no sintió ofendido su olfato.
María necesitaba encontrar a Semen Cristus reencarnado. Lo necesitaban sus devotas amantes. Lo necesitaba el mundo entero para experimentar su mensaje de placer y gloria. Y en medio de su esquizofrenia, algo de lucidez le hizo saber que necesitaba el dinero para mantener su casa. Tenía que hacer creer que Leo seguía vivo.
Matar a Cándida que lo sabía todo.


Iconoclasta

Las imágenes son de la autoría de Aragggón




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