1 de septiembre de 2010

Sin piedad 2



Dicen que la piedad no la piden jamás, ni siquiera la necesitan.
Pero se quedan solos.
Y sus desesperos les traicionan y sólo quieren paz. La piden a solas, abrazados a sus pechos.
Quieren ser valientes y hablan de placenteros castigos; pero se intuye que ruegan descanso el uno en brazos del otro.
Vierten veneno en sus letras feroces, construyen el infierno con muros de piedras que ocultan los rostros de la melancolía. Los labios secos, las manos vacías, los sexos palpitantes.
Hay dolor y sangre en sus letras para distraer la atención de sus almas contritas de errores de los que no son responsables. Alguien erró por ellos y ellos pagan culpas ajenas.
No te perdono.
Castígame.
No tendré piedad.

Y ella no se quiere soltar de su cuello.
Él no afloja la presión de los brazos en su cintura.
Hablan de muertes, de locura, de putrefactas carnes, de heridas imposibles en cuerpos que se duermen entre tristeza y ansias.
Piedad...
Sin piedad.
Misericordia...
Sin perdón.
Miran a la luna y dicen aullar feroces; pero no son lobos, aunque insistan en ser carnívoros y predadores.
Cuando nadie los ve, no aúllan a la luna. Le ofrendan lágrimas en sacrificio a cambio de una esperanza, de unos minutos de dicha.
Creo que son unos bocazas.
Mucho alardear de duros: castigo, sin piedad, sin descanso, hasta la muerte, no hay perdón, castígame.
Pero a la hora de la verdad, gritan la piedad que se merecen.
A la hora de la verdad desfallecen de puro agotamiento, a la hora de la verdad ríen. Y lamen sus pieles y recogen el sabor de los milenios de amor.
De su obsesiva y decidida voluntad de encontrarse a través de los tiempos y los espacios.
No son malos, sólo un poco vergonzosos de su amor incontenible.
No les hagáis caso cuando pidan castigo y dolor.
Sólo haced ver que los creéis, que son fieros.
Porque ni ellos pueden asumir que en su piel haya un solo gramo de ferocidad.
Si un día encontráis a los amantes y los oís pedir castigo, exclamaos de pudor, aunque se os escape una sonrisa.
Ellos se sentirán bien, no puede hacer daño.


Iconoclasta
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