3 de junio de 2010

Desdichado

Firme, seguro, osado y potente. Espada de Muerte, Yelmo de Odio, Escudo de Horrores.
¿Quién eres?
No hablas, no escuchas.




Tu espada es tu voz, tu yelmo el pensamiento y tu escudo el reflejo de la muerte.
Y tú, en este camino de Dios sabe que mundo ¿A dónde vas? ¿Qué buscas?.
La prueba de tu caminar son tus fuertes y profundas pisadas anegadas de sangre. Sangre de tus víctimas. Porque aprecias demasiado la tuya como para dejarla derramar. Tal vez ni siquiera recuerdas tener sangre.




Tu mente sólo te muestra el miedo y el horror que sufriste.




Una mujer joven (¿dieciseís años?) es arrastrada a latigazos a la hoguera. Tu hermana. Un crío llorando y gritando por la clemencia de esa joven mujer. Eres tú.

“¡No es una bruja!”, gritabas.

Y la maldita y sencilla y humilde gente clama porque se queme ese joven cuerpo.
El señor feudal aún envidia el joven cuerpo que no pudo poseer ni mancillar. Y él mismo prende fuego a la pira.
Lo intentas detener pero; tus cinco años no te dejan. Te azotan y te cortan las orejas y la lengua. Y te guardan entre ratas y leprosos no sabes cuánto tiempo.


Y matas; levantas tu espada forjada con el odio como si un quintal pesara, y la haces bajar con ímpetu infinito y destructor. Un cuerpo se destroza y sus vísceras salen alegremente como las serpientes de un cesto. Y entre la fuente de sangre que mana de los tajos y la cascada de horror te sientes más hombre, y más fuerte.



Y te olvidas, ya no te acuerdas de esa vida que has segado.
Y así tu sed de venganza nunca se sacia.
Y con violencia sigues adelante: un pie delante del otro sin vacilar, tu espada en guardia, tus músculos vibrando de ansiedad, tu escudo reflejando la muerte que portas; tu yelmo expectante; vigilante y destilando odios y rencores.



El viento sopla y aleja
el acre olor a sangre,
y tú solo en el fantasmal
camino de la Muerte.
Y la Muerte eres tú, Desdichado.


Iconoclasta
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