19 de marzo de 2010

Los cipreses de la muerte



Están tan doblados...
Los plantaron para guiar las almas de los muertos, una consolación a la devastadora muerte. Como si las almas tuvieran miedo en el camposanto y no supieran donde ir. Como si no quisieran salir de sus ataúdes.
Tímidos los muertos.
Los cipreses son la cara amable de la muerte, dan la bienvenida a las ánimas que se han liberado del cuerpo.
Eso dicen; pero yo sé que ellos no pidieron ser plantados en el cementerio, no querían eso. Es demasiado larga la vida del ciprés para alimentarse de muerte esa eternidad. Los condenaron al nacer.
Los cipreses no tienen dibujos de calaveras en sus hojas ¿Qué le hizo pensar a nadie que querían estar con los muertos?
Yo tampoco lo pedí. Nadie me preguntó si quería nacer, nadie me avisó de que hay cipreses doblados y que yo me rompería. El aborto no tiene nada de malo.
Tal vez por eso sienta una tristeza infinita por ellos, tal vez por eso los fotografío, como un autorretrato de mí mismo. Son mi reflejo, soy su reflejo, soy lo que ellos también dan gracias de no ser.
Nos consolamos con nuestras propias ponzoñas.
Son mis amigos, mis compañeros. Yo estoy condenado.
Pero algo ha pasado, y se han doblado. Pareciera que se han cansado de alimentarse de tanta muerte, de respirar cadáveres.
—Amigos, me doblo con vosotros. Yo también estoy clavado a un lugar y a un tiempo. ¿Jugamos a algo mientras nos pudrimos sin hacer demasiado caso a esta tristeza infecta? No sé, podemos jugar a aguantar la respiración. A ver quien aguanta más sin aspirar: vosotros la muerte que supura la tierra, yo el aire envenenado de soledad y monotonía.
Ojalá pierda y me muera.
La muerte pesa en los cipreses doblados, algunos desearían no ser flexibles y partirse, porque parece que sus copas quieren hundirse en la tierra, con los muertos.
Y descansar.
A veces yo siento algo parecido con la vida, pero no me doblo, me parto. Algo se me rompe. Pienso que estoy formado por cuerdas por dentro, cuerdas tibantes que de golpe, alguna se parte. Y hay un trallazo de dolor que se hace pena en vapor y una lágrima en el ojo.
Si fuera ciprés, dejaría caer una piña con un lamento.
Pobres, no tienen boca para gemir; sólo raíces que no pueden cerrar y aunque no quieran, siguen sorbiendo muerte. Constantemente, eternamente, definitivamente, condenadamente.
Nos dan una vida que no queremos.
No pedimos ser cipreses en un cementerio, no pedimos ser hombres que poco a poco se van partiendo.
¿Pueden caer las piernas como si fueran conos de ciprés?
A veces temo mirar atrás y dejar una pierna agitándose convulsa en el suelo; un rabo de lagartija. O un brazo, a poder ser, que sea el izquierdo. Sólo la mano derecha puede escribir de la pena y el hastío. Si he de vivir un poco más, una eternidad más, que no me dejen como un ciprés que ha de tragar toda esa miseria sin poder morir. Que me dejen la mano derecha para vomitar.
Tal vez, mi alma esté ya con los cipreses preguntando si hay algún lugar mejor que éste.
—Os invito a que me sorbáis, cipreses.
—No, gracias estamos hartos de muertos; pero si insistes, no podemos evitar sintetizarte. Ve a buscar cipreses que no se hayan doblado, ten piedad.
—Pues no parece que esto vaya a mejorar. Pensé que la muerte sería más definitiva. Que me devuelvan el dinero del entierro, esto es una mierda. Reíd cipreses, poneos derechos, ánimo.
Es que su doblez me contagia. Somos hermanos, y un hermano doblado, es igual de doloroso que una cuerda rota en la guitarra, o en el alma, que una pierna abandonada, que un abrazo en el aire, que un padre solo...
¿Por qué hay tantas cosas tristes?
No les quiero preguntar porque me da no sé qué remover su tristeza. Pero estoy seguro de que ellos quisieran ser madera de barco y navegar. Aunque los llenen de clavos, aunque las lapas los hieran. Estoy tan seguro de ello, que no me atrevo a decirlo en voz alta, podrían partirse al final ante el vértigo que da lo que pudieron ser y no serán.
Con ellos no me siento solo, estoy bien. Tomamos la amarga infusión de los huesos muertos molidos como viejos amigos disfrutando de aromas acres de flores marchitas, de algún lamento de los vivos, de la humedad pegajosa de la muerte.
Una tertulia silenciosa, un intercambio de penas que no ayuda a nada; pero no hay otra cosa en la que invertir el tiempo.
El rocío de la muerte. Las hojas de los cipreses brillan con una humedad mortal, hay que tener un buen objetivo para captarlo, es muy sutil la diferencia entre el rocío de la vida y el que la muerte infecta.
Es todo tan lógico, es todo tan coherente con ellos...
Responden a la muerte con una agonía que no los acaba de dejar morir, no sonríen. Como yo.
Está bien no sonreír, porque sonreír duele cuando te espera acto seguido un lamento. Es morir dos veces.
—Aún no ha llegado mi hora, me quedan cuerdas por romper; pero si queréis las corto yo. Sois buena gente.
—No lo hagas, no queremos más muerte. Si quieres hacernos un favor, muere lejos, donde no podamos usarte de alimento. No es por despreciar, entiéndenos. Pero nos harás más felices si nos cortas. Tú sigue viviendo y si un día puedes, tálanos y arranca las raíces. Si dejaras un tocón seríamos capaces de crecer de nuevo. No es por despreciar, tú también eres un buen tío; pero ya es mucho tiempo; nuestra vida-muerte es tan pesada...
—Ha nevado ¿no tenéis frío?
—No sentimos nada ya, nos da igual la nieve o el sol. Sólo queremos un viento fuerte que nos arranque. ¿Podrías soplar? ¿Conoces el cuento del lobo y los tres cerditos? Somos más, pero valga como ejemplo, como pauta a seguir.
No les contesto, reviso la fotografía, cierro el objetivo mientras otra cuerda se me ha partido y camino con la pierna entumecida por la inmovilidad hacia algún sitio que sé; pero no quiero nombrar. Ella no está.
Yo también tengo mi propio cementerio, y no puedo salir de él.
No tengo piñas de ciprés que llorar, sólo lágrimas que ni siquiera me dan un alivio de frescor en el rostro.
—Adiós compañeros.
—Adiós, amigo. Trae un hacha la próxima vez.
—Ok.




Iconoclasta
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