1 de enero de 2010

Sin piedras



No hay piedras en las calles.
No existe la posibilidad de dar una patada furiosa a una piedra en los momentos de hastío, de ira. De intensa frustración.
Y son tantos esos momentos...
Hacen falta piedras en las calles. Alguien debería hacer algo porque sin ellas, se puede montar un follón de cojones.
Parecerá una tontería; pero las piedras son la última forma de contacto con la naturaleza.
No hay más que gente; no se tropieza con piedras, se tropieza con cuerpos. Y me siento infectado. Si tuviera una piedra en las manos, les arrancaría las piezas dentales con el mismo aburrimiento con el que la lanzaría a una charca.
Bueno, estaría bien infectarse si los cuerpos fueran de mujeres deseables, follables; pero no es así, me roza la vulgaridad y la fealdad. Se me pone dura en los momentos más insospechados, en los más metafísicos.
Una aberración como otra cualquiera.
Es una cuestión de frustración, algo insano.
Se puede estar asqueado; pero las ganas de follar siguen intactas. Y no es instinto, no me interesa la reproducción, sólo quiero ser obsceno. Es vuestro vicio también, no os penséis que sois unos santos, os conozco hasta el asco.
Está bien así, en mi pequeño mundo sin piedras tengo derecho a tener un cerebro podrido.
No tengo culpa alguna de nacer hombre, me escupieron en este lugar con todas mis necesidades. No soy culpable ni responsable de la escasez de piedras.
Y es un instinto natural darle una patada a una piedra, lanzarla o matar al que mea en mi territorio. Blasfemar contra lo que no existe también está bien, es una forma de ofender a la especie humana. Si me han quitado las piedras, tengo que hacer algo para liberar toda esta ponzoña resultado de una vida repleta de tranquilas y casi satisfactorias experiencias aburridas. Experiencias que no aportan beneficio alguno y sólo sirven para humillar la memoria.
Tiraría una piedra a las luces de navidad que iluminan los rostros hipócritas del ganado humano. De los ojillos felices, de las manos que piden, de las almas que se acuerdan de los hambrientos.
Me da por culo estar sin piedras. Es muy jodido.
Son unos hijoputas, nos las han quitado en una descarada ostentación de poder. Son malos, son más malos que yo.
Mearía una piedra mordiéndome la lengua cuando se me desgarre el meato, con tal de dejar una en la calle, en el asfalto.
Una piedra salida de mi polla sería un buen acto de creación. Tengo arranques divinos.
No estoy de buen humor, eso es obvio. Tampoco tengo un cálculo en el riñón, no tengo esperanza alguna de expulsar una piedra por el pijo.
La vida siempre me ha tratado mal, siempre me ha apartado de mi medio, de lo que mi sangre y mi instinto necesitan.
Incluso a la que amo, a la que siempre he amado, la han alejado de mí de la forma más dolorosa; pero soy tan tenaz como primitivo.
Prefiero piedras a lo que tengo.
No hay nada en el planeta que evite que lance la piedra. Que llegue a ella.
Hoy doy una patada aburrido a una lata de cerveza que apesta.
Pero no es lo mismo, es un ruido pobre, ligero, no haría daño a nadie. Sólo huele a rancio y a orines de perro.
A otra cosa no puede oler la ciudad.
No hay piedras, y doy una patada a mi vida, haciendo rodar años y años de monotonía, acabando con lo poco bueno y lo malo.
Si hubieran piedras no hubiera echado a rodar mi vida; tal vez me hubiera distraído de tanta mierda.
Pero hay que dar la patada a lo que tienes delante, a lo más cercano. Si llegara a dar una patada a mi propia cabeza...
Bien podría ser una piedra mi cabeza, a veces me siento duro como una roca. No es posible vivir entre tantos cuerpos durante tantos años y no desarrollar algo de buena empatía por el entorno.
Apenas te das cuenta y una patada hace rodar unos recuerdos, y entre los recuerdos va una angustia, un engaño, un dolor. Un no volver.
No volver está bien, es mejor no repetir, es mejor no tropezar otra vez con la misma piedra si la hubiera. Ya que ha rodado, que se aleje. El mal ya está hecho.
Pero no es una piedra, es la puta vida.
Una piedra deja un vacío que no se llena, al que no va otra piedra. Un vacío como el que se apodera de mí, se llena con lo que hay. Con lo que no quiero. Angustiosamente.
Y mientras se llena el vacío, se necesitan piedras con las que distraerse. Distraer la ira que produce la mierda que llena.
Es un círculo vicioso.
Como mis ganas de follar.
Como mis ganas de ser hiriente.
Quiero mis putas piedras.
Puede que las use para cascar mi cráneo, un aliviadero de la presión de un amor potente como mi pene duro y pletórico de sangre.
Por mi pasión de despreciar todo aquello que es ancestral y divino, innombrable y temido.
Quiero mis putas piedras. Si me obligan a buscarlas, será peor, porque extenderé alas membranosas, seré el horror que late oculto como un corazón negro en la desesperación y la frustración.
Se acaba la calma y los cuerpos repetidos y amorfos se tornan líticas esculturas a las que lanzar patadas.
Puede que no sea locura, que sea mi voluntad, mi firme resolución. Mi pensamiento es pétreo.
A veces me toco obsceno, y si tuviera una piedra, la apretaría hasta exprimirla en lugar de estrangular mi pornógrafo e insultante miembro.

Con una piedra en la mano sería menos peligroso y me podría reflejar más digno en el mate tono de vuestros ojos.
No puede haber final feliz sin piedras.
Soy piedra y afilo un cuchillo en mis venas.
Tal vez, en las vuestras también.
Que nadie se fie.
Estoy libre de pecado y a Jesucristo le hubiera dado una pedrada furioso. Que se joda como yo.



Iconoclasta

1 comentario:

Iconoclasta dijo...

No va todo bien, sólo una va perfecta, la única importante afortunadamente.
Lo malo es que hay que aguantar lo otro en el lote de la vida.
Deberías dejarnos algunas piedras a los necesitados.
Gracias por tu ofrecimiento, eres un encanto.
Besos, Melisa.
Buen sexo.