4 de enero de 2010

El abrazo, el encuentro

Es una historia con origen; pero no interesa el inicio. Ya ha habido bastante sufrimiento. El inicio se entiende y extiende como un pergamino ajado de borrones de lágrimas y escupidas risas ante el encuentro de los amantes.
Ante el desesperado e inconsolable abrazo.
Joder... Duele mirar. Hijos de puta valientes y osados.
Arrojados amantes.
Respiraría mejor ante la obscenidad de sus sexos unidos que ante la fatiga del abrazo extenuado.
Mirarlos es ver la historia triste que infecta de melancolía mi ánimo.
Se abrazan cansados, desfallecidos.
Debería correrse un velo, ocultar los amantes cansados a la vista del mundo. Necesitan su momento para lavar el agotamiento, los dolores. Nadie debería ver lágrimas en sus rostros. Nadie tiene derecho a concluir que su amor es doloroso.
Lo han cuidado tanto. Lo han hecho crecer como un árbol de sarmentosas raíces clavadas en sus corazones, con un viento que mueve el tronco y les arranca lamentos.
Ya han sufrido bastante, no necesitan que nadie enfatice su dolor.
Ojalá no los viera llorar la desesperación acumulada. Duele imaginar.
Duele sentir.
El encuentro es hermoso; pero así, con esas lágrimas, con toda esa vida de ansias y esperanzas casi inverosímiles; resulta penoso.
Se nota la fatiga en su interminable abrazo, en sus entrecortados llantos silenciosos. En sus ojos cerrados con mucha fuerza.
Tiemblan sus cuerpos; no hay derecho. Deberían reír.
Joder, es que... No quiero, no puedo arrancar la mirada de los cansados amantes.
Pobres amantes...
Que alguien cubra con una tela de gasa negra su amor cansado, casi derrotado.
Necesitan un respiro, por el amor de dios.
¿No se podría disipar el mundo a su alrededor para que puedan beberse sus lágrimas en lo íntimo de su dolor?
En la bahía de la desolación han gritado mil veces sus nombres; se han buscado a tientas en la niebla. Forzando sonrisas y ánimos hasta casi romper las mentes.
Han retornado a la infancia humillando a la experiencia para arrancarse sonrisas como tablas de salvación.
Que alguien los cubra y los seque.
Que calle el mundo; que nadie diga en voz alta que están reventados de puro cansancio.
Necesitan ánimo ¿Es que nadie lo ve?
Miremos a otro lado; que lloren su amor, su acumulado cansancio en soledad.
Es tan difícil evadirse del amor extremo. Es tan raro.
Estoy tan necesitado...
Ojalá tuviera el valor de arrancarme los ojos para no sentir el dolor y la pena acumuladas que resbalan por sus pieles y deja un charco en sus pies.
La vergüenza de mi vida vacía.
Ella, hermosa hasta la desesperación, es la creadora de risas y esperanzas; comía el amargo dolor nuestro de cada día con una sonrisa traviesa en la mirada. Indefensa y bella en la oscuridad de la distancia.
Él, recio como estatua de bronce, avivaba un amor hiriente; ignorando con alevosía que no era bronce por dentro. Una ilusión sangrienta.
En el mar de la desesperación chapoteaban amor con promesas de salvavidas esperanzas y escribían un guión de la película de su tragedia.
Guionistas cansados, casi derrotados. Apenas la vela iluminaba el papel donde garabateaban ilusiones y elucubraban el sabor de la piel mutua.
Que nadie les vea llorar; porque creían ser fuertes. Ya saben lo que son, que no sepan que nosotros lo sabemos. Tienen derecho a sentirse dignos, a pensar que han ganado la batalla y que todo el dolor y la angustia pasados, han valido la pena.
Tienen derecho a ignorar nuestra envidia, nuestro ponzoñoso deseo de hacer el mundo como nosotros lo malvivimos declarando que su dolor es demasiado para tan corta que es la vida.
No están locos. Tienen derecho a ser tratados como valientes. Son héroes.
Que nadie se equivoque.
No necesitan que nadie dé fe de que el amor que explotó un día entre sus manos, les hirió con una metralla indolora y desgarradora. Sin darse cuenta se retorcían en las noches, en la soledad apenas consolada de si mismos.
Se creían tan fuertes...
Que alguien los cubra; porque no quiero llorar.
¡Cómo duele el liberador abrazo que jamás sentiré!
El amor les ha cobrado un precio abusivo. Me consuelo ante mi mediocridad.
Es tan bello...
Pagaría intereses de usura por sentir el amor que sudan sus pieles.
Miradlos, se han mordido las bocas y lloran la desesperanza acumulada, las promesas ya cumplidas que se deshacen como hielo al sol. Histeria sangrienta de un amor que ha costado millones de palabras y besos escritos. De palabras susurradas a un micro, de pensamientos entrelazados en el día a día, del limbo del amor remoto y lejano.
Ahora ríen a carcajadas, con un agotamiento sangriento en sus labios.
Que alguien los cubra, que alguien los proteja, porque ya no abunda ese amor loco, irracional. Inversamente proporcional a la cordura, a lo que la vida aconseja.
Porque ellos son la prueba viva de que aún queda esperanza.
Por favor, cubridlos y cuidadlos.
Protegedlos.
No son tan fuertes como creían y sus besos desfallecidos duelen en nosotros como una blasfemia a la razón. A la razón de lo vulgar, de lo banal.
No hay nadie en este mundo tan valiente como los cansados amantes.
Que el mundo les de paz. La han ganado a pulso.

Iconoclasta

2 comentarios:

Lynette M. Pérez dijo...

Merecen un respiro, oh sí.
Se lo han ganado a pulso.
Desmasiado amor dicen los vulgares.
Tocan sus sexos minúsculos revolcándose en el humo de sus mezquindades.
Seguro no resisten la visión.
Paz y descanso para los que aman.
Besos bermejos.
Sexo perverso.

Iconoclasta dijo...

Paz y descanso para los que aman.
Fuerza y resolución.
Sí, que descansen, se lo merecen, Lynette.
Y un beso para la escritora de bermejos besos.
Buen sexo.