4 de octubre de 2009

El mar y el hombre sin alma



Que tenebroso sería el mar mudo: una bestia acechante, silenciosa.
Peligrosa.
Guardaría para sí sus suspiros de sosiego, sus bramidos de ira. Nos lo robaría todo: el coraje y la serenidad.
El rumor del mar era un rítmico bramido, la espuma de las olas se precipitaba hacia la voraz orilla y desaparecía lánguidamente con un burbujeo prolongado.
La tierra está sedienta y el mar no consigue saciarla.
El poder del mar está sobrevalorado.
— El mar calla astuto y peligroso cuando en la playa lo odio. Las olas lamen mis pies conteniendo su deseo de desgarrarlos —recitó en un susurro de delirio el hombre cansado.
Algo ocurrió cuando el hombre llegó a la orilla; el mar se detuvo y enmudeció; una ola quedó paralizada con la cresta rompiendo en la orilla y la espuma no fue devorada por la arena.
El silencio que duró apenas un microsegundo, congeló el ánimo de miles de seres que sintieron un escalofrío que no entendieron.
El mar se puso en movimiento de nuevo; pero allá donde se encontraba el hombre inmóvil, no había sonido ni movimiento alguno. Un ojo analítico hubiera dicho que estaba encerrado él y esa parte del mundo en una bola de cristal.
A sus pies no llegaba el agua, el mar se separaba como si una enorme cuña estuviera frente a él. O simplemente sintiera recelo el mar taimado de acercarse al extraño.
— ¿Por qué me odias? —preguntó el mar.
— Nos has abandonado, nos has aislado. Eres el camino más recto para llegar a Ella. Te quiero sólido, deja que una senda de arena se forme y pueda llegar. Está sufriendo; me espera. Se marchita por un simple abrazo que no llega. Y yo con ella.
— ¿Qué te hace pensar eso? —respondió el mar. — ¿Qué te hace pensar que te escucho?
— Porque avanzaré en ti, sobre ti o dentro de ti y cada paso o brazada que dé, cada paso en el que me hunda en ti, te dejará mudo de tristeza. Te robaré tu bramido. Dejaré sin voz al creador de vida.
— ¿Acaso crees, mísero hombre, que puedes silenciar todo lo que soy, mantengo y creo? Si hay silencio a tu alrededor, si no mojo tus pies, es por mera casualidad. Una pequeña ostentación de mi poder. Algo casual que me permito hacer cada cien mil años.
— Si es así, hazlo. Deja que llegue a ella y ciérrate tras de mí. Borra mi rastro y que nadie recuerde que una vez existí en este lado de ti —una lágrima cayó del rostro del hombre y quedó en la superficie de la arena, una cúpula de tristeza cristalina esperando ser evaporada por el sol.
La tierra no quería aquella tristeza, estaba saturada de ella y se negaba a beber esa gota amarga.
— No lo voy a hacer. Yo no ayudo a nada ni a nadie, no necesito hacer eso. Tú eres noventa por ciento yo. Tan sólo ocurrirá que un día morirás y ese noventa por ciento de ti, vendrá a mí. El resto será para alimentar lo verde de la tierra. No es nada personal; pero así funcionan las cosas. No voy a hacerte ningún favor. No tienes nada que ofrecer.
El hombre suspiró cansado y encendió un cigarrillo; el chasquido del encendedor provocó un ligero estremecimiento en el silencioso mar que lo observaba con cierto recelo.
—Tengo un trato: he vendido mi alma —dijo exhalando una bocanada de humo.
Abrió su camisa y le mostró al mar el agujero en su pecho. Los vasos capilares estaban seccionados y pequeños tubos de tripa animal empalmaban los cabos conduciendo la sangre que circulaba por alguna razón inexplicable, por alguna voluntad ultra terrenal. Pequeñas gotas de sangre cayeron en la arena, y la tierra se negó también a beberlas.
Ni siquiera las divinidades pueden hacer suturas perfectas.
-Pues el jefe debería haber hablado conmigo. Vuelve a casa y espera instrucciones.
—No tengo tiempo; si espero más no podré abrazarla lo suficiente para que todo mi amor se aloje en ella.
El mar se enfureció y a unos metros frente al hombre sin alma emergió y se elevó en el aire una ballena que se precipitó en la arena haciendo temblar la tierra. De su boca salía espuma sanguinolenta y expulsó un feto de su vientre.
Los chillidos de agonía y dolor del animal evocaron en el hombre sin alma las veces que él había gritado así por dentro, desde dentro. En la penumbra nocturna de la desesperación.
— ¡Haz eso conmigo! Envíame aunque sea roto ante ella. O me adentraré dentro de ti y sabrás de la tristeza. Ya no tengo alma, sólo un vago recuerdo de que fui hombre y sentí; sentí tanto que no era compatible la vida con toda esa carga que ahora se va diluyendo en lo inhumano. Mi pena se desparrama, no tiene alma que la sujete. Él me dijo que el agujero en mi pecho es el recibo de venta. No puedes negarte. No he llegado al fin de mi vida para morir triste aquí como ella —gritó señalando la ballena muerta.
El mar no habló, una ola silenciosa mojó los dedos del hombre. Astuta, peligrosa...
Y se retiró apresuradamente.
— ¡Eh, triste! Tengo tal cantidad de penas en la profundidad, tengo tantos muertos y tanto miedo en mi interior, que no representas nada.
— Insisto: he vendido mi alma, y se me ha dicho que gozo de ciertas prerrogativas, y durante lo que dure mi vida, seré lo suficientemente poderoso para recibir lo pactado. El hombre sin alma se adentró en el mar hasta las rodillas. En ese momento un banco de arena se elevó por encima del nivel del agua con una alfombra de peces aleteando en seco, boqueando con sus acuosas pupilas enormemente abiertas. Querían respirar por los ojos.
— Es deprimente tu tristeza, loco hijo de puta. No se puede amar así, ya has visto donde te lleva.
— Me lleva a Ella. No puedo evitarlo. Hazme llegar rápido, no dejes que muera en el camino, tengo un contrato. No le diré a nadie que un día fuiste bueno.
— Deja que me lo piense unos días... —ironizó el mar.
El camino de arena se hundió en el agua, y el hombre sin alma se hundió también. El mar lanzó un bramido de furia y dolor.
Las aguas se separaron temerosamente del humano sin corazón.
— Estoy harto de este juego de almas, dioses y diablos. Que venga tu comprador y te lleve él en brazos.
El hombre sin alma avanzó hacia el horizonte y el mar colérico se abrió formando un pasadizo estrecho, y frente al hombre cerró el paso con un muro de altura imposible.
— No sigas, hombre sin alma, te aplastaré y ni siquiera el que me creó podrá aprovechar nada de ti.
Un enorme tiburón en el interior del muro de agua, amenazaba con sus dientes la cabeza del hombre triste, sus pequeños ojos estaban llenos de una ira venenosa. Estaba tan cerca, que el hocico de la bestia permanecía fuera del agua.
Desde la playa alguien avanzaba hacia la orilla. Un hombre de mediana estatura, su espalda era grotescamente ancha y provocaba que los botones de la camisa hawaiana quedaran tirantes en el pecho. Unos desgastados pantalones caquis con bolsillos de parche ocultaban algo pesado Su caminar era lento y pausado. Sus pisadas se hundían en la arena como si fuera mercurio.
Cuando llegó a la orilla, llevó el brazo por encima de su cabeza y metió la mano por el cuello de la camisa, entre los omoplatos. Tenía escarificado en el antebrazo la cifra 666; la sangre resaltaba el grabado, una sangre líquida y fresca que no se coagulaba jamás. Cuando sacó la mano había un puñal en ella.
Lo clavó en el agua hasta hundir toda la hoja en la arena.
Gritó por encima del ruido del mar, por encima del silencio que rodeaba al hombre sin alma. Bramó tan fuerte que la ballena muerta abrió los ojos aterrorizada y el tiburón desapareció muro adentro.
— ¡Haz lo que te dice, mar de mierda! Llévalo, condúcelo. Tengo su alma aquí en mi garganta, tiene sus derechos. Sé que te gusta más ese Dios maricón que te creó; pero no te gustará mi ira, pudriré toda la vida que hay en ti hasta que te seques. Hasta que ese Dios pervertido gire la cara de asco al verte y te abandone como abandonó al hombre y a su amada.
— Si tú eres el Mal puro ¿Por qué lo respetas? Mátalo, mátalo, mátalo —respondió el mar agitándose con tal fuerza que el agua invadió la tierra y ahogó a todos los habitantes del pueblo que se encontraba a unos cientos de metros de la orilla — Ya tienes su alma.
Los ojos de aquel hombre eran dos rendijas que escondían una fragua al rojo vivo.
Del bolsillo de la camisa sacó un cigarro y lo encendió a conciencia, lentamente, pipando con placer las primeras caladas mientras un par de cadáveres pasaban por su lado mar adentro.
— Hoy me siento especialmente sensible. ¿Te vale? Y ahora, no me jodas más y hazlo.
Metió el brazo en el mar y cerró el puño. La sangre en las cifras escarificadas seguía allí, inundando la piel tallada. Resaltando su identidad inmortal e innombrable.
Al mar le dolió con locura, las olas se convirtieron en surtidores de agua que dejaban ir lamentos ensordecedores.
Alrededor del cuchillo hundido en la arena, se formaban nubes de vapor.
El hombre sin alma reconoció a su comprador. Y cerró los ojos cansado, esperando estar con ella. Llegar a ella de una vez por todas. Se sentía ya derrotado.
Aún resonaba en sus oídos el eco de la risa violenta y cruel del que compró su alma, antes de que una lengua de arena y mar lo llevara hacia el horizonte a tal velocidad que su mente se disgregó y quedó sumido en un delirio de ruido y miedo.
— ¿Ves, imbécil? Eres como estos primates, tengo que hacerte daño para que aprendas. Y llévate de aquí esta puta ballena y su feto, que empiezan a apestar ya.
El hombre sin alma apareció en una cálida playa de fina arena blanca, como Ella la describía. A pesar de estar empapado de agua, en su camisa se extendía una gran mancha de sangre; los empalmes de las arterias se estaban desmoronando.
En ese momento, una mujer de larga melena negra arrastraba a la fuerza a una mujer aferrando su mano.
Era Ella.
— Vamos, mujer, no tiene tiempo ya. Lo ha hecho por ti, aprovecha tu suerte, no siempre mi Dios Negro cumple su palabra. Habéis tenido suerte de que el mar lo ha retado.
El hombre sin alma, se puso en pie usando sus últimas fuerzas.
— Mi vida... —suplicó abriendo sus brazos a la mujer que amaba, a la que tanto había deseado en la distancia —Si tuviera corazón, latiría por ti, sólo por ti, mi amor.
— Cielo... — fue capaz de decir la mujer abrazándose a él.
El hombre sin alma apenas podía pasar los brazos por sus hombros. Ella vio la sangre en su pecho, caía en pequeños chorros por los faldones de la camisa. Alzó sus brazos y le ayudó a que la abrazara. Lo mantuvo en pie, más que con su fuerza, con un amor y un anhelo desesperados.
— Te juré que encontraría el medio de llegar a ti, mi bella.
El hombre sin alma sonreía. Y su amada con él.
Los amantes fundieron sus bocas y el beso eterno duró ciclos lunares, el planeta giró a gran velocidad. Las arterias en el pecho del hombre sin alma, se desintegraban a la misma velocidad.
La mujer sintió la muerte de su amor empapar sus pechos, y su beso se tornó más ávido. Quería insuflarle vida, su vida.
La Dama Oscura les dio la espalda y se alejó de ellos. Sus oscuros ojos reflejaban la blanca arena y por un segundo evocó que una vez fue humana que una vez sintió. Y también sintió que en aquel día ya había habido bastante dolor. No mataría a esa primate.
—Me parece bien. Y sin que sirva de precedente, mi Dama Oscura —sintió la voz de 666 desde la otra parte del mundo, sonriente; sarcástica y deliciosamente vanidosa.

Lo amaba con la misma fuerza que se amaban los amantes rotos.
La mujer, ensangrentada con su hombre en brazos ya muerto, lanzó un grito de dolor y otra vez más en aquel día, el mar volvió a agitarse ante el poder de un amor trágico. De un romanticismo a prueba de dioses, contra natura. De un dolor inmenso.


Iconoclasta


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INXS - Baby Don't Cry
por INXS

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