26 de junio de 2007

Bellas arpías

Bellas arpías que planeáis en un cielo límpido y nutritivo.

Yo en mi sitio...

Y vosotras arpías, en las alturas, oteando con elegancia.

A vosotras os dieron el cielo y la tierra, y a mí las raíces y la inmundicia. Me alimento de cadáveres que dejáis llover y les arranco la cabeza a bocados a los topos.

Majestuosas Arpías.

Vosotras en vuestro lugar y yo en mi infecto subsuelo, mirándoos con un rencor efervescente en la sangre que me irrita por dentro las venas, busco alambre que inyectarme y rascar. Soy un esclavo de vuestro esplendor, enfermo de envidia, enfermo y corrupto de los más bajos deseos de violación y sangre que embotan mi pene denostado por vuestro clasismo inalcanzable.

Soy la lombriz ciega que sólo ve destellos de belleza y poder, que alza siempre tarde la mano cuando voláis bajo, que está al acecho y fracasa una y otra y otra y otra vez. La bestia de uñas rotas, sangrantes. De risa ponzoñosa.

Mis sueños son arpías en mi reino de barro y detritus, sometidas a mi raíz-pene, a un pene que no sirve más que de tormento.

Follar las rocas duele, mamar raíces hizo que mis dientes se pudrieran...

Me masturbo con un dolor que provoca eclipses.

Soy la envidia y soy la miseria que dejasteis en tierra cuando alzasteis el vuelo.

Soy la sombra de la sombra.

Soy un cúmulo de ajadas plumas de muda, llovidas de vuestro reino.



Iconoclasta

24 de junio de 2007

Carta a la Agencia de Salut Pública del Ajuntament de Barcelona

Yo tenía una perra doberman que murió con casi 10 años; cuando la adquirimos no existía esa ley alienada e inculta en la que algunas razas eran calificadas de "peligrosas". Tuvimos que gastar un buen dinero en adaptarnos a la cochina ley que la democrática dictadura impuso por satisfacer la alarma social de una sociedad inculta, intransigente e inmerecedora de ningún tipo de tolerancia.
Cuando murió la perra, cuando dejó de ser peligrosa, nos exigieron un certificado de 40 € por darla de baja en el censo. Me salió más cara la muerte de mi perra que la de mi padre o mi abuela. Esta es la carta que les envié y me consta que algún funcionario de esta mierda de administración ha tenido que leer y tragársela entera. Los resquicios de la democrática dictadura, aún me permiten ciertos placeres, si yo pago, que ellos se jodan y lean. Porque a mí no me gustaría leer una carta como esta:


En Barcelona a 18 de Mayo del 2007

Distinguida Agència de la Salut Pública de Barcelona:

Un servidor (mi nombre, DNI y dirección), era dueño junto con mi mujer de una perra de la raza Dobermann, llamada Bianca (la titular de la licencia para la tenencia de esta perra potencialmente peligrosa era mi mujer (nombre y apellidos).
El propósito de esta carta es para que queden enterados de que nosotros también nos hemos reído mucho con su jocosa y caprichosa exigencia de obligarnos a gastar de una forma totalmente innecesaria 40 € y el tiempo correspondiente por un certificado veterinario innecesario.
Sí, no se preocupen, ya sé que el precio que he pagado incluye sus risas y sus burlas, créanme, yo aún me estoy riendo, es por esta razón que he tardado un poco en escribirles. Estas hilarantes lágrimas no me dejaban escribir claro.
Estoy seguro de que esta carta volverá a ser causa de cierto regocijo por su parte, y es que no es para menos. Riamos pues, que son cuatro días y al fin y al cabo no siempre tiene uno la suerte de poder sacrificar a un ser querido.
Y ahora les voy a contar más chistes:
- La madrugada que murió Bianca, nos gastamos cerca de 300 €. ¿A que mola? E incluso, al segundo día, cuando no era festivo, el veterinario firmó y selló la Declaración de Baja en la Cartilla Sanitaria oficial del Colegio de Veterinarios (que la enviamos justamente para que ustedes nos dijeran que no les servía para nada).
Es que es muy gracioso. No me dirán que a ustedes no les haría gracia estar sometidos al capricho voluble de una administración que no quiere aceptar el sello y la firma de un veterinario colegiado. ¿Han leído a Kafka? Deberían, aunque creo que es un escritor sobrevalorado.
Pero si hubieran aceptado la Declaración de Baja y no me hubieran obligado a pagar 40 € y pico, pues no se hubieran reído. Me solidarizo con ustedes y por esta misma razón les escribo estas líneas, para que nos riamos todos juntos.
La primera sensación que tiene uno al saber que no sirve para nada la Declaración de Baja de la Cartilla Sanitaria para perros y gatos, es que puede haber cierto abuso, cierto acoso por parte de Salut Pública; pero tras reflexionar unos días, simplemente se puede concluir que uno ha de apreciar en sus órdenes y exigencias, una invitación a la risa y al buen humor (sobre todo para no sentirse ultrajado).
- Esta ya es para revolcarse de risa: Perro peligroso muerto, ya no es peligroso.
Pero al exigir ustedes un certificado tan caro que para otros perros muertos no es necesario, parece que no, “algo huele a podrido en Dinamarca” que dijo un personaje de Shakespeare.
¿O acaso creen que por ser un dobermann va a resurgir de sus cenizas cual ave Fénix? Es que la incineración también cuesta un dinero y me sabría muy mal que la muy peligrosa Bianca sufriera una resurrección.
Esperen que me seco las lágrimas.
¡Ay que risa!
A lo mejor son ustedes poseederes de un terrible secreto que desconozco, pero es igual, soy un poco escéptico con esto del esoterismo.
- Esta también es muy buena: Mi padre murió con 45 años, 90 kg. de peso y tenía el pelo corto y el cuello recio. Un buen electricista, un querido humano.
Pues créanlo o no, nos hicieron pagar nada por darlo de baja. Y ya hace 27 años.
Con mi abuela igual.
Hubiera preferido pagar, porque con la risa hubiera dolido menos. Y no sé si es bueno o malo que valga más la muerte de la perra que la de mis familiares, bueno, lo llevaremos con buen humor ¿eh?
Lamento decir, que nuestro veterinario es un soso, que tramitó la baja del chip y selló la baja de Bianca con su número de colegiado, la firmó y encima nos dijo que lo sentía. Y no nos cobró ni un duro, el muy desconsiderado. Con lo bien que nos hubiera ido reír…
Entiendo perfectamente que por un afán de protección en bien de la humanidad, nos consideren a mi mujer y a mí, potencialmente estafadores por tener esta clase de perro y nos obliguen a desembolsar más dinero en su muerte. Me siento protegido. Y ahora, me río con ustedes, es que me lo paso bomba.

Mi mujer no tiene tan acusado sentido del humor negro como yo, claro que tampoco tiene un cáncer en una tibia ni tiene la incertidumbre de saber si se la amputarán una pierna en una próxima revisión por encima de la rodilla. Estas cosas también dan mucha risa.
Esto lo digo para que de verdad crean que me río con ustedes, que soy un pensionista tullido de 45 años con un envidiable sentido del humor y, por lo visto,demasiado tiempo que perder.
Y además escribo bien y soy ameno. Consideren esta carta un regalo, he mirado muy bien la ortografía.
Bueno, tras estas risas se despide de ustedes:



(Mi nombre y firma)

P.D.: Me olvidaba comentarles, que aunque no salga en las noticias sensacionalistas de los programitas de la tarde ni en la prensa amarilla; deberían incluir (para ser ecuánimes) al Pastor Alemán como perro potencialmente peligroso, que aunque no tenga el pelo muy corto (según que tipo), tiene un marcado carácter territorial, es fuerte y valiente y cuando te enseña los dientes flipas en colores. Es casi un super perro. No en vano es un perro de ataque y defensa. De los mejores y más fuertes.
Miles de libros y unos cuantos criadores y veterinarios, no pueden estar equivocados.



Por supuesto, no han respondido.
Buen sexo.


Iconoclasta

21 de junio de 2007

Yo, El pensador

El pensador de Auguste Rodin (1840-1917)

Rodin me debió espiar por una ventana hace mil años.
El escultor me vio brillante como el bronce por la mador de mi piel tras follarla furiosamente; mientras me mordía el puño para ahogar un grito.
¿Pensador yo? No, yo apoyaba mi cabeza en el puño; me senté desnudo después de haberla follado, intentando no llorar su ausencia.
El pensador era yo cuando ella recogía su ropa con prisa para volver a su casa con el otro, al que no amaba.
Yo no era un pensador porque no entendía nada, sólo se que la amaba, ciego...
El pensador... Rodin no sabía que yo no pensaba, yo sólo maldecía. Y me comía el puño con tristeza.
El otro brazo ocultaba mi pene aún húmedo con restos de esperma. Goteaba en mis tobillos.
Rodin no sabía nada de mi angustia.
Y concluyó que yo pensaba.
Era el dolor desgarrador de quedarme solo, de no tenerla. No había asomo alguno de raciocinio en ello.
No eran pensamientos, eran emociones sangrantes de mi efímera posesión, de mi pene aún caliente latiendo por ella.
Por su coño.
Me mordía el puño cuando ella cerraba la puerta y desaparecía; el grito se convertía en un mordisco que laceraba mis nudillos.
Rodin necesitaba gafas.
Yo no pensaba, mi amor...
Mi vida...
Rodin modeló todas esas emociones creyendo que era la fuerza de un pensamiento.
Y ahora estoy condenado durante toda la eternidad con todo ese deseo y anhelo de ella, encapsulado en una figura de bronce.
Rodin eternizó un dolor irracional sin saberlo.
Pobre hombre.
Pobre de mí.

Iconoclasta

8 de junio de 2007

A ver, que levante el dedo quien...

Juro que no estoy triste, es un poco de hastío lo que comba mis labios con las comisuras hacia abajo. Un rictus que me hace interesante, atormentado y bohemio.
La tristeza es una patada en el estómago sin un solo ápice de gracia. No es este el caso, porque soy gracioso; quiero decir que no soy un payaso sino que aún tengo humor.

¡Bah! A ver, que levante el dedo quien no ha recibido una puñalada en el corazón y ha salido al exterior con una sonrisa ensangrentada.
No os riáis, que sé que os mueve esa especie de alegría moderada de ver que otro las está pasando canutas; sé que no es burla, es reconocimiento. Yo he sonreído alguna vez así ante un amigo, con un amigo.
Bueno, no es para tanto, ocurre que cuando se escribe, las emociones parecen tener su escape por los dedos y todas las palabras se pringan de ellas. Como tener los dedos manchados de tinta y pretender no dejar huellas. No puedes ir con guantes de látex siempre, sería exagerado ese celo por no manchar y ser aséptico.
Los asépticos sólo funcionan en hospitales y funerarias.

Soy un palurdo escritor de metáfora fácil, me gustaría tener cerebro y ser elegante; llegar de nuevo a su corazón con la fuerza de los grandes genios de la literatura. Ojalá que sienta que lo que escribo es ella y por ella. Seguro que se ha curado en su partida, nadie se va sin saber lo que ocurre. No sería justo pensar que es sólo una especie de sueño, la muerte es trágica porque acaba con lo más preciado. Si le quitamos todo ese drama a la muerte, nos queda una vida sin importancia.
No me jodáis con valentías de las vuestras.

Si tuviera que morir ahora mismo para ser un gran autor capaz de hacerla sentir orgullosa de haberme amado, invocaría a ese dios cobarde e idiota en el que algunos creen para que me parta con un rayo. Que me fulmine como al Coyote que persigue eternamente al Correcaminos. A dios le queda poco tiempo para acabar conmigo.
Porque morir así, con los dedos manchados de nicotina, sangre y mierda; es humillante.
No acierto ni a limpiarme bien el culo.
Es importante ser gracioso, muy gracioso; remover el intelecto forzando sinapsis que destellen en rojos, verdes y azules, ser explosivo e impredecible.

Su ojos eran tan verdes, que pensaba al besárselos que eran esperanza pura; teniendo sus ojos tatuados en mi cerebro sería imposible sentirse como me siento ahora.
Abandonado.

Reconozco que me siento un poco deprimido, es lógica esa sensación de pérdida que duele como si te creciera un bulto en las entrañas. Uno piensa que tiene cáncer además. Y claro, te meten en el escáner y descubren que no es nada, que sólo es que ella ha muerto y el organismo, ante el trauma, se rebela.

— Yo quiero tener un cáncer del tamaño de un pomelo en el hígado y encontrarme con ella en el cielo. — le digo al médico rascándome los cojones, dicen que los escáneres provocan esterilidad.

El médico ríe y me dice que si hacen implantes de silicona, bien podrían meterme un pomelo.

— Escritor tenía que ser… — responde dándome una palmada en el hombro.

Ríe porque es buena persona y pretende inyectarme optimismo y amor por la vida. Es médico, ellos adoran salvar vidas, aunque no pudieron salvar la de mi amada. Sé que hay más de un médico triste en algún hospital.

A ver, que levante el dedo quien no sea capaz de reírse con mis ocurrencias.
No me podéis negar que lo de limpiarme el culo ha sido un efecto chabacano y directo que ha causado un punto de ruptura en el devenir de una reflexión un tanto dolorosa, en lo que parecía ser un descenso veloz y suicida al más patético ridículo.

No voy a quejarme, yo no me quejo y menos delante de un papel en blanco, los escritores no lloran, crean mundos imaginarios donde el dolor campa a sus anchas y hace héroes de quienes son cobardes.
Sólo cuando todo esto de aquí dentro, entre el ombligo y los pectorales se hace viscoso y caliente me agacho y vomito. Las arcadas, además, fuerzan los lacrimales y uno llora sin ser necesario. Sin estar triste.
No puede hacer daño, parece un drenaje linfático visto desde mi ignorancia. Ahora no voy a buscar en diccionarios o enciclopedias lo que es un drenaje linfático, no es el momento de ser instructivo; en todo caso, destructivo.
Y tampoco tengo tiempo.

Que levante el dedo quien no ha sentido la necesidad de que vuelva y nos susurre con un beso en la frente que esto escrito en tinta sepia, es una pesadilla.
No es tristeza, no.
Es este dolor, por favor…

No me refiero al dolor del tajo en el cuello. Si me hubiera cortado las venas de las muñecas, no podría escribir.
Vale, sí que podría (que manía tenéis de contradecirlo todo); pero sería como los pájaros Uyuyuy que tienen los huevos tan gordos que al aterrizar cantan su nombre. No es elegante escribir quejándose como esas aves de ostentosos cojones.
Claro que el chiste no es mío, soy un mierda, no sirvo ni para inventar chistes.

Esta seguridad de que todo parece acabado y que vivir es una estupidez, es el espejismo resultante de un trallazo doloroso, como una patada en los testículos que deforma la cara de tu agresor convirtiéndolo en una especie de macho cabrío al que le venderías tu alma por un encendedor deshechable, si eso te ofreciera en esos momentos. Es decir, que ningún hombre tiene tantos huevos y tan gordos como para absorver otra segunda patada. No sé si me explico.
Quiero decir que el espejismo es atrozmente real.
Quiero decir que no quiero otra puñalada más.

A ver, que alguien me ayude levantando el dedo y reconociendo que duele tanto no tenerla, que a uno sólo le quedan ganas para tirarse en el suelo y dejar que le caiga encima lo que sea. Y que caiga pronto, por el amor de dios.
Siempre decimos algo de dios cuando sin estar tristes (porque no estoy triste), buceamos en nuestros dolores con gasas y yodo intentando restañar la hemorragia. Nos hacemos pequeñitos, y nos metemos en nuestro propio sistema vascular buscando la puta vena rota, porque algo se rompe cuando se queda uno solo.
No es lógico que se doblen así las comisuras de los labios sino hay una fuerte fractura o algo ha reventado.
Lo importante es no sentirse triste. El dolor es heroico, la tristeza humilla la vida.

Eso sí, menos mal que los ojos están brillantes y dan un aspecto vivaz.
Están brillantes porque había un exceso de sangre y agua en el cuerpo. Será la retención de líquidos del abandono; así que se arregla con un pequeño corte en la yugular.
Más que dolor sientes la molestia de ese ruidito de la sangre saliendo a presión; pero es muchísimo peor, que el exceso de presión acabe reventándome, más que nada porque sería demasiado largo el proceso. Y tengo prisa por sacarme de encima este asunto.

Es lógico que cuando uno escribe, se abstraiga y tienda a rascarse el corte distraidamente, siempre hay algo de comezón aunque la herida sea indolora.
La sangre es incómoda cuando coagula, adquiere un tacto resbaladizo para luego encostrarse pegando los dedos entre si. Y vuelta a limpiarse, no voy a ganar para pañuelitos de papel.

A ver, que levante el dedo quien no piense: “pues si tenías retención de líquidos, haberte hecho una paja, animal”.
Es que adoro vuestra fuerza y valentía, vuestra vida forjada en dolores que os ha hecho tan fuertes y a mí me ha hecho puré. Os adoro porque sois de los que prometéis al herido, sin miedo a la sangre y sin miedo al dolor, que no es nada esa herida, que las tripas se meten dentro, se cose la barriga y en dos días a dar por culo de nuevo.
El ruidito de la sangre ha cesado, quiere decir que poca cosa queda por salir, no soy tan tonto.
Pica…

Os he mentido.
Estoy triste, estoy tan triste que tengo prisa por morir. Estoy tan triste sin ella, que quisiera olvidar que un día nací, la conocí, la amé y murió sin saber quien era yo. Murió sin querer besarme porque creía ser una niña y yo un hombre mayor y desconocido.

Sé que si naciera, si me reencarnara, nacería como un niño triste, un niño de ojos siempre húmedos y piel blanca. De manos trémulas. Es imposible que todo este dolor pueda quedar en el limbo y así nacer sin recordar, sin sentirme triturado por dentro. Es imposible nacer de nuevo sin toda esta pena que me unge las tripas.
Me froto las manos desesperado porque no sé como enjugar esta marea de aceite. Tengo un miedo atroz a que sean mis entrañas licuándose; parece que una bacteria me deshace el interior. No puedo vivir así ni un segundo más.

A ver, que levante el dedo quien piense que no me voy a encontrar con ella.
No lo levantéis, por lo que más queráis, por favor, sólo necesito que aguantéis vuestra sinceridad unos segundos más.
Gracias.



Iconoclasta

Cómo comerse un coño...

Mi gran amiga Nena Blue, me ha dado permiso para colgar una muestra de lo mucho y bien que raja con total fluidez y desfachatez sobre cualquier cosa que tenga que ver con el ayuntamiento carnal. Nena Blue tiene un blog sensual, sexual e inteligente.
Aquí, huye de lo hortera y habla de comerse un helado con toda su inteligente ambigüedad.
En portada, es una de mis humanas enlazada, y éste es su blog: http://www.nenablue.com/blog/
Que lo disfrutéis.
Buen sexo.
Iconoclasta

Cómo comerse un coño…
6 Junio 2007 por
nenablue
…es un clásico de la red. Ya circula por demasiados sitios para que me repita comentándolo.

Yo creo que hay que ampliar campo y enseñar, por ejemplo, a comerse bien un helado. Ya es temporada de helados, y una Nenablue tiene que saber algunas reglas básicas para comérselos.

Primera: No utilices las manos. Siempre que puedas, hazlo todo con la boca. Quitar el papel a mordiscos, puede resultar más erótico que una danza del vientre.
Segunda: No muerdas. ¡Los mordiscos duelen!
Tercera: Tómatelo a lametones, pero lametones serios, de esos que enseñan la lengua llena de helado durante unos instantes. La lengua es sexy, muéstrala.
Cuarto: Emite pequeños gemidos de fruición. Los mmm, ahhh, hhhhm, … invitan al sexo. ¿Te está gustando? ¡Pues que se note! Como dicen las chicas tampax, ahora la moda es enseñarlo.
Quinto: Si chorrea, no pasa nada. Te lo chupas de los dedos. Cuando te chupes los dedos, sea con un helado o con marisco, un consejo: mírale a los ojos. Eso es capaz de seducir hasta a un monje budista.
Sexto: Haz pequeños amagos de metértelo todo en la boca, y luego sácalo. Si es con ruido de succión, mejor. No estás en La Zarzuela, esto no es una cena de gala, son preliminares del sexo.
Séptimo: Sorbe, succiona…maneja los labios sobre la vainilla (por cierto, es afrodisíaca, combínala con chocolate negro y adiós a las ostras).
Octavo: Para todo lo anterior, mejor no usar rouge de labios. Como mucho, un discreto perfilador. Si te los habías pintado para salir, te quitas el color con un discreto pero sensual movimiento de servilleta.
Noveno: Pide ayuda si es demasiado helado para ti. Compartir un helado es como realizar una felación juntos, eso une.
Décimo: Disfrútalo. Y logra que el helado también lo haga. Verás cómo su dueño te lo agradece. Sugerencias: Nata montada, chocolate rallado, licores, guindas…opcionales.

1 de junio de 2007

El jovencito Frankenstein

Una de las escenas más hilarantes de El jovencito Frankenstein, es en la que el doctor Fronkonstin se encierra en la mazmorra con el monstruo para tener una charla de padre a hijo; el clímax llega cuando el doctor grita a pecho descubierto “¡Mamá!”; para que le abran la puerta tras ponerse en pie la gigantesca criatura.
Se ríe siempre, se ríe mucho. La había visto muchas veces y no puede dejar de reír. Incluso aprendió a gritar ¡Mamá! con la misma entonación y vehemencia que en la película.
Hacía tanto tiempo que no la veía…
La risa le provoca un ataque de tos, tiene una risa de fumador enfermiza y en cierto modo triste y preocupante. Como una serpiente que se desliza sinuosa por sus cuerdas vocales y estira la risa hasta convertirla en un escape de aire ahogado y prolongado. Rasposo.
Pero en líneas generales, está razonablemente sano.
La otra escena que lo parte de risa, es cuando acude el monstruo de nuevo al hogar escalando la fachada del castillo, atraído por las notas del violín y el cuerno que Aigor insiste en hacer sonar en algún momento de la melodía que le parece adecuado. Cuando el monstruo llega a la cima, intentan ayudarle, pero Fronkonstin dice muy melodramático él: “¡No le ayudéis! Ha de conseguirlo él solo”. Acto seguido, el monstruo mira a la cámara con la cara consternada de cansancio y se queda durante unos segundos mirándonos y pensando en lo cabrón que es el doctor.
Es que es tan sarcástico y a la vez parecido a una de sus vivencias, que no puede por menos que reír y toser y toser y toser…
Se ve a si mismo, de pequeño, al filo de un precipicio, llorando ante la horrorosa y oscura profundidad, tal vez no fuera tan profunda y oscura, pero era pequeño.
Ha de cruzar por encima de un tronco de árbol que hace de puente. Sus padres han cruzado corriendo y lo han dejado solo en ese lado.
Si hubiera visto entonces El jovencito Frankenstein, se hubiera reído ante la similitud de la escena, no era cobarde; sólo un niño con miedo a morir. Los niños piensan en la muerte, lo sabe porque se acuerda, lo sabe porque aún siente el reflejo del miedo en sus grandes ojos infantiles; el miedo a unos padres malos como el cáncer. El jovencito Frankenstein es y fue un arnés de seguridad que evita una seria ruptura en la coherencia del cerebro.
La certeza de que todo esto se acaba, se intuye en la más tierna infancia. Luego crecemos y nos hacemos valientes y vemos que no todo vale la pena.
No vale la pena pasar tanto miedo por tan poca cosa.
Sus padres lo llaman desde el otro lado.


— Vamos hijo mío, cruza tú solito.

Hubiera mirado a la cámara como el monstruo de la peli.
Extiende las manos hacia ellos, pero papá y mamá lo miran sin extender las suyas, ríen.


— Vamos, pequeño, tú solo. No llores, no pasa nada.

Siente un nudo en el estómago a pesar del placer de su pene empapado y cálido recordando aquella profundidad peligrosa, a sus padres tan grandes, con sus largos brazos que no le iban a ofrecer. Sus risas no le parecen felices, parece que son risas ávidas, expectantes. Sus ojos no ríen, parecen disfrutar, son mates, no brillan; están fijos en él, hay algo malo en ellos, malo como la ausencia de piedad.
Sus ojos no acompañan su risa.
No sabe si será mejor caer, porque las manos de papá y mamá no son las que conocía hace unos minutos atrás, cuando iba cogido de ellas; sus manos son ahora rugosas tienen pelos retorcidos, los dedos sucios y amarillentos.
Aquella escasa distancia rompió cualquier ternura, y la capacidad de ver a sus padres como alguien a quien amar.
Traga saliva (hubiera deseado tener más edad para encenderse un cigarro en aquel momento) y ríe; se ríe para demostrar que no tiene miedo. Prefiere ver la sonrisa en sus rostros, antes que lo que sus ojos realmente reflejan. Ríe por supervivencia y tal vez, eso ha hecho que la caída sin fin bajo el tronco pierda importancia.
Es necesario ver películas de risa, la vida esconde auténticos momentos de terror. Como la sonrisa y las caricias de un padre borracho que dice amarte, pero sus caricias acaban siendo tan fuertes que pierde el control y se convierten en bofetadas, la caricia en el pelo de un padre borracho es como sentir que te arrancan el cuero cabelludo.
Perdió el miedo al precipicio y lo cruzó; pasó por encima del tronco inestable, fueron ocho pasos, los contó. Papá y mamá no extendieron los brazos en ningún momento.
Ojalá su padre hubiera sido el Dr. Fronkonstin, que aunque no ayudaba a su creación, sus ojos no reflejaban aquella metálica ausencia de piedad. Si no le hubiera ofrecido sus manos como ayuda, hubiera reído igual y habría llegado corriendo al otro lado y se hubiera tirado en sus brazos porque Fronkonstin suda piedad por la piel. Sus ojos oscurecidos y ojerosos inspiran la ternura que jamás vio en papá y mamá.
Papá y mamá sudaban ron, whisky y vino de cartón. Sudaban tabaco y sudaban el líquido marrón que hacían hervir en la cuchara.
Los ojos de papá y mamá prometían que el abismo no era peligroso, que los peligrosos eran ellos. Deseaban que cayera.
Mamá no lo defendía del amor de padre borracho, mamá reía mirando la televisión y se olvidaba a veces de desatarse la goma que tenía en el bíceps, un bíceps tan pequeño y delgado que parecía un tumor, un quiste.
El hijo de unos padres yonquis es una carga, algo que impide el disfrute de un mundo narcótico.
Vuelve a reír de nuevo, cuando, saltando a una escena posterior, la niña tira una flor al pozo y le pregunta al monstruo: ¿Qué tiraremos ahora? El monstruo la mira y gira de nuevo el rostro a la cámara, pensando que esa pregunta es una zafia provocación.
Esto de reír con papá y mamá es una bonita forma de vivir en familia; ha sido una revelación reciente, se ha despertado decidido a vivir una auténtica jornada familiar con sus viejos y decadentes padres; de pequeño debería haber reído más y con ellos.
No necesitaba para hacerse hombre conocer la miseria de unos padres yonquis y borrachos, ni la necesidad que ellos tenían de que su hijo muriera o se mantuviera a distancia de ellos, de su mundo psicodélico.
Su madre está entre sus piernas, arrodillada. Los alicates ensangrentados están en el suelo junto con 25 piezas dentales, sus encías sangran abundantemente y le sonríe preguntándole con la mirada si le gusta la mamada. Porque espera que le guste esa felación blanda y sin peligro; hoy quiere a su hijo más que nunca, él lo tiene todo, el poder; tiene entre sus dedos el sobre blanco, la cuchara ya está encima de la mesa, junto a la goma y la jeringuilla.
Papá en la habitación, los mira desde su cruz, está clavado de pies y manos a un aspa de travesaños de somier. Tiene el pene sondado y el extremo del tubo sube hasta quedar encima de su cabeza.
Su hijo ha venido hoy de visita, ha dicho algo de que es hora de devolver todo el cariño de mierda. Su hijo sabe tanto de miedo, de dolor…
Del flaco vientre de papá cuelga un trozo de intestino con el que juguetea Aigor, el pequeño yorkshire, un perrito gritón e inquieto del que no se separa su hijo. Se le está pasando el efecto del último chute y duelen los clavos de las muñecas y los pies, duelen los tirones de Aigor y escuecen los ojos por la orina.
O le da pronto la dosis o…


— Mamá, déjalo ya. ¿No ves que ya me he corrido?

— Dame la papelina, cariño. — balbucean los labios hundidos de su madre por los que escapa sangre y semen.

Levanta el hacha cuando mamá vuelve a meterse en la boca el ahora relajado pene y se la clava en la coronilla. La madre ha quedado inerte con el miembro en la boca.
En el televisor, Fronkonstin se ha clavado el bisturí en la pierna, en la escena en la que da una clase de medicina a los alumnos; grita enfadado que su padre estaba loco.
Se ríe, y otra vez esa risa arrastrada se convierte en una vibrante expiración de aire. Se ríe como reía solo de pequeño.
Tira el cadáver de su madre a un lado y se levanta.


— Vamos papá, te voy a sacar de ahí.

Y corta primero con el hacha el pie derecho a la altura del tobillo con cinco golpes. Papá grita y sus gritos no le dan tanto miedo como le daban sus caricias, o la expectación de sus ojos, esperando que cayera la pequeña molestia por el precipicio.
Cuando por fin corta la mano izquierda, el cuerpo cae la suelo y el pequeño Aigor lame la orina y la sangre en el suelo.


— Adiós papá, me llevo El jovencito Frankenstein, vosotros no la veis nunca. Y me apetece verla con mi hijo.

Extrae el DVD del reproductor, coge en brazos al sucio Aigor y cierra la puerta del piso sin hacer caso a los muñones de su padre que se elevan pidiendo ayuda.
Ya en el Lexus, y tras haber limpiado a Aigor con toallitas húmedas, respira aliviado. Y piensa en que si la vida fuera un DVD, volvería a repetir la escena más divertida; en la que él, arrodillado encima de los brazos de su madre, le arranca los dientes destrozándole los labios.
Se llama Frankie y el DVD fue el primer y tal vez único regalo de sus padres.
En la carátula, dice que es gratuito con la compra del periódico.
Cuando la policía encuentre los cadáveres, él ya estará de vacaciones en Brasil, con su mujer e hijo; y con el pequeño Aigor.
E incluso ya tendrán amueblado el apartamento que ha comprado en el centro de Río de Janeiro.
Hace mucho tiempo que el miedo dejó de nublarle el entendimiento, hace tiempo que aprendió a reír para evitar el terror y el asco.
No ha habido locura en su acto, sólo placer y desahogo. Les ha devuelto lo que les debía y se ha quedado con lo suyo.
De pequeño, se ven mucho peor las cosas, más terroríficas de lo que son. Uno ha de hacerse mayor y madurar para ver que nadie es tan peligroso como cuando se es un niño.
Sonríe y grita: ¡Mamá!
Estalla en una carcajada. El pequeño Aigor lo mira doblando la cabeza a un lado con los bigotes aún sucios de sangre.
El Lexus adelanta a un camión y las ruedas muerden los centímetros de grava que separan la carretera del acantilado.


— Maldito loco. — piensa en voz alta el conductor del camión.

Tal vez tenga más razón de lo que cree.

Iconoclasta