17 de octubre de 2005

Densidad

Densidad: f. 1 Acumulación de gran cantidad de elementos o individuos en un espacio determinado. 2 FÍS. Relación entre la masa de un cuerpo y su volumen.

No sé si es una maldición o es mi ánimo cansado. El cuerpo agotado, algo físico.
Estoy rodeado por todas partes de una gran densidad. De acumulación de cuerpos que saturan el aire de sonidos, de olores.
Es como un virus, una enfermedad; salgo a la calle y me siento pesado, la atmósfera me cae encima de los hombros y los ojos responden con tristeza.
Es difícil moverse en este mundo.
Hasta las lágrimas se hacen tan densas que se quedan enganchadas en el borde de los párpados y todo lo deforma y aumenta. Tengo que usar la punta de la pluma para arrancármelas; pincharlas y sacudirlas. A veces cuelgan de mis ojos como una gelatina espesa, un moco que me da un aspecto enfermo y aunque las quiera quitar con el dorso de la mano, forman hilos pegajosos que se estiran sin romperse. Y entonces me desespero y siento que todo está mal.
Yo mismo me siento denso, pesado. Me cuesta arrancar el pie del suelo para avanzar un paso más, la mano cuelga pesada de mi brazo y no puedo evitar golpearla contra el retrovisor de un coche, es tan pesada que me es más fácil usar la energía en soportar el dolor que alzarla.
Cuando bebo agua, ésta me aplasta la lengua y parece que al pasar por la garganta me arranca las cuerdas vocales.
Bebo constantemente con breves tragos.
Soy una prueba de adaptación al medio.
A un medio denso y terrorífico, porque siento que se aplastan mis huesos por el peso del aire.
Por mi propio peso.
Te busco constantemente porque eres etérea, ligera.
Irreal...
Cuando te tengo en mi mente me siento dentro de una campana de cristal que me protege de toda esa densidad, soy más ligero y no hay lágrimas.
Cogerte en brazos, es sostener una hoja de papel sobre la que escribo con mis labios jeroglíficos húmedos y tiernos que hablan del alivio que me proporcionas a esta gravedad aplastante, que describen cómo tus ojos me confortan con una mirada tierna, de una boca que destila agua clara que nunca me sacia. O las manos finas y frías que no pesan, que me convierten en superhéroe con una fuerza titánica.
¡Es tan fácil cogerte en brazos y soportar toda esta densidad cuando estás conmigo!
Llevo tanto tiempo en este planeta, en este espacio...
Sueño con los tres soles de Karhariman, los que nos alumbran desde la constelación de la Esperanza.
Recuerdo constantemente como nos besamos en la falda del volcán Entimial, el de la lava dorada. Oro fundido que recubre la ladera insultando con su belleza al universo entero. Haciendo feos y mediocres todos los mundos que existen.
Te recuerdo allí, entre la hierba que crecía de una tierra dorada, gimiendo entre mis brazos y yo suspirando entre tus pechos. Comiéndolos.
Volamos por encima del cráter y el oro líquido bullía lanzando pequeñas gotas de sol.
Tus alas azules se agitaban hermosas y yo me mantenía tras de ti para admirarte.
Te di alcance agitando con fuerza mis alas y te abracé en ese aire ligero y limpio. Mis brazos parecían haber nacido para rodearte. Nuestras alas se batieron enredándose en un etéreo abrazo y un par de plumas cayeron en el cráter, una azul y una negra. Ardieron antes de tocar el oro fundido, como ardía algo dentro de mi pecho por ti.
Mi primera misión de exploración: La Tierra, debería ser sencillo; no era la primera vez que acudíamos para estudiar su gravedad.
Pero la droga que me inyecto para soportar esta gravedad desmesurada ya no me hace efecto, y el aire me aplasta. Los sonidos me duelen en los oídos y mis ojos apenas pueden enfocar en un aire translúcido, lleno de pequeños microorganismos que lo ocupan todo.
Se calculó mal la dosis diaria de la droga antigravedad y me he quedado sin esa protección; o tal vez fui yo que no soportaba toda esta densidad que domina el planeta y he necesitado más.
Así que he encontrado una sustancia blanca que aspiro por la nariz: cocaína, polvo de ángel…
Tiene un nombre precioso, gracias a ella te visualizo y vivo cada momento en el que me abrazaba a ti.
Aquí en La Tierra nos llaman ángeles, creen en nosotros como seres superiores.
No saben que nos morimos entre ellos, entre sus alientos pesados, sus emanaciones. Su densa vida…
Lo he visto en sus libros, en los que salimos dibujados; pero no alcanzan a imaginar la belleza de nuestro hogar.
He soñado tanto con volver a abrazarte que hasta los pensamientos caían al suelo, pesados. Rompiéndose como cristal.
Aquí no puedo volar, no puedo escapar de esta densidad que me cubre entero como un húmedo barro.
Mis alas no se extienden; es muy triste no poder volar.
Los individuos en las calles se apilan unos contra otros y me hacen daño con sus roces en mis alas plegadas, ocultas.
Cuando bato las alas en las afueras de la ciudad, me duelen, y las plumas caen tristes, pesadas en este aire denso. No me puedo elevar ni un centímetro.
Siento hasta la densidad de la tragedia.
Esta tristeza infinita que se apodera de mi ánimo, de mi cuerpo agotado.
Mis alas marchitas...
Me duelen los huesos, solo tu recuerdo me da fuerzas, aquí dicen que es sacar fuerzas de flaqueza.
Es verdad, Laimi.
Esto se acaba, cuando os llegue esta transmisión, ya habré muerto.
Estoy tan cansado que no tengo miedo y veo la muerte como una cura, un descanso. Imagino que cuando muera, podré extender mis alas y seré libre de todo este peso invisible que me aplasta.
He aspirado otra dosis más de polvo de ángel y se ha formado una pequeña hemorragia en la nariz, eres tú mi ángel.

Mis alas ya han caído marchitas y los muñones de mi espalda se mueven creyendo que aún las soportan.
Adiós, si fuera verdad que somos ángeles, nos veremos en nuestro paraíso, mi amor.

Iconoclasta

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