7 de octubre de 2005

Carta de amor interrumpida

No voy a ser melodramático, mi amor. No quiero ver cómo retuerces tus dedos nerviosa ante el temor de una mala noticia; estoy tan serio porque tengo el imperioso deseo de besarte.
Hoy todo me ha ido mal, y tú eres mi isla. Quería llegar a ti y abrazarme como el náufrago extiende sus brazos en la arena. Nada serio, mi vida; pequeñas necedades que no quiero contar porque es un tiempo precioso que pierdo para admirarte.
¿Sabes que cuando andas me fijo en tu precioso trasero y siento una lujuria que conecta directamente de mis ojos a mi miembro?
Pero eso no es nada comparado con la dureza con la que el corazón golpea en mi pecho.
Tócalo, te prometo que no te exigiré luego que toques más abajo.
No te rías, se me hace imposible no besarte; ser circunspecto y medianamente correcto.
No se trata de impactar. Soy egoísta y me ahogo si no te lo digo; si no te echo en cara toda esta pasión que me ahoga.
Me llena los pulmones el agua que brota en cascada de tus ojos, el metálico tañido de tu timbre riendo me hace cosquillas en el oído y por eso a veces ladeo la cabeza y encojo el cuello..
Me encoges el alma.
Tus gemidos...
Son cosas, éstas que te digo, producto de mi fiebre por ti.
Te lo digo ahora con calma.
No te rías... Sabes que acabaré abrazándote, como me conoces...
Eres tan ladina...
Verás, si te abrazo y me tiembla todo el cuerpo, es por el esfuerzo sobrehumano que requiere no aplastarte contra mí, hacerte mía osmotizando tu piel, filtrándola en la mía con una presión desmesurada.
Cómo te adoro, preciosa...
Es que tengo suerte, soy un cabrón afortunado al tenerte.
Otros dirán: "margaritas a los cerdos..." Y el cerdo concluye que es feliz a tu lado, que hoy no hay pasión roja.
Hoy no hay un velo negro del dolor que parasita el amor.
Como una garrapata que se alimenta constantemente de tiempo en contra nuestro.
Es cabrón ese matrimonio desquiciado de amor-dolor.
Es tan inevitable...
Sonríe, no me da la gana que la niebla atenúe los colores de un decorado que hoy está precioso, guapísima.
Sonríe porque te estoy escribiendo una carta de admiración; una prueba de que tu amor me hace feliz.
Haré una cosa: dejaré este testimonio de amor en la cajita de música y cuando me veas derrotado y un poco ojeroso, lo lees y recordarás que no es por ti, que sigo deseando estar contigo y en esos momentos más que nunca, preciosa mujer.
Sabes que no puedo hablar ni mirar a los ojos cuando siento la furia y la derrota. No soy buen amante cuando me siento agredido por el mundo.
Es que la presión de fuera será a veces tan dura, que me cegará completamente. Y necesitaré unos momentos para liberar la furia. Salir con mi arco y rasgar mis dedos de tanto tensar la cuerda.
Ya sé que no soy un indio... Es este sentimiento de cazador sin territorio que a veces me hunde en un alquitrán espeso que me impide respirar. Un gusto ácido y venenoso que me impregna con sus vapores, que infecta mi ropa y mi piel y ni siquiera al llegar a tu lado, consigo disipar.
Tal vez por ello, necesite besarte los labios, hundir mi lengua en tu boca sintiendo su frescor.
Eres un enjuague bucal dulce y hermoso.
O tu mano acariciándome la cara... A veces lo haces cuando estoy concentrado en algo.
-Estate quieta, que me distraes...
Quiero acabar de escribirte esto para que no te sientas mal cuando me arrincone en algún lugar de la casa.
-Siiiiii, me gusta esa nueva combinación de lencería que has comprado, tan oscura y transparente... Joder, que buena estás.
Espera que te voy a follar, luego acabo la carta.
Tramposa...
Y te ríes deliciosa...

Iconoclasta

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