26 de octubre de 2011

El destino de las almas


¡Qué mierda! Aún recuerdo con vergüenza, la ilusión con la que esperaba un cuerpo para nacer cuando era una simple alma.
Nuestro destino no es cuestión del destino, ni de los jodidos designios de un ser superior. Y si fuera el caso, ese dios o ese destino, serían idiotas.
La cosa funciona así:
Eres una suave bolita de nube, algo de materia pulsando como una estrella en un lugar que no hace frío ni calor, ni es oscuro ni luminoso.
Algo completamente insípido y aséptico.
Y hay miles y miles de bolitas botando nerviosas que dicen continuamente: ble, ble, ble. Como si de una congregación de deficientes mentales se tratara.
Todas las bolitas avanzamos como borregos hacia adelante (es por concretar alguna dirección en ese estúpido limbo). Felices y nerviosos (deberían proporcionar tabaco, las almas no padecen cáncer).
Y como somos tantas bolitas diciendo todas la misma estupidez y tan apretujadas las unas con las otras, apenas se puede reaccionar cuando te ves al borde de un tobogán que parece un precipicio del tamaño de las cataratas del Niágara.
Todos los subnormales que hay detrás te empujan con su imbécil: ble, ble, ble.
Y quieras o no, caes por el cochino tobogán.
Hay un letrero en la rampa de aceleración que dice:
Todo aquel que caiga al vacío, que salta la baranda de protección, nacerá en un bebé muerto.
Es jodido, porque después de toda la espera y los apretujones, te encuentras dentro del cuerpo de un bebé muerto al nacer, y tienes que volver a iniciar el ciclo: vuelve a ese jodido limbo y haz cola con una caterva multitudinaria de vulgares pelotas de materia anímica.
Después de tres horas de resbalar a match seis por la sucia superficie de ese tobogán y cuando ya te has hecho a la idea de que estás muerto o permanecerás en estado de velocidad supersónica durante toda la eternidad, sin darte tiempo a reaccionar el tobogán se divide en dos: Buena vida y Asco de vida.
Vamos a ver: no es justo, porque cuando por ese tobogán de un par de metros de ancho, bajan contigo otras cinco mil almas más, no tienes tiempo de mierda para elegir lo que quieres y el subnormal que llevas al lado, que no sabe decir bien: ble, ble, ble, se va por la buena vida (es un hecho que todos los idiotas tienen suerte) y yo arañando la baranda y clavando las uñas con un ruido que erizaría los pelos del coño a vuestra madre, me deslizo hacia Asco de vida pensando ya en la cantidad de idiotas y subnormales con los que me voy a encontrar, así es como funciona esta mierda de sorteo.
Y todo esto a una velocidad que encogería los testículos de un toro hasta parecer canicas.
Bajando veloz por mi destino, me voy haciendo ya a la idea de lo que es “asco de vida” y con cierto fatalismo, lo único que quiero es acabar ya esa vertiginosa carrera hacia lo que será una vida sin ningún tipo de alegría.
Aunque no estoy seguro, porque junto con los que se han venido conmigo (alguno voluntariamente, me consta), los hay que hacen imbecilidades como dar botecitos más altos y luego hacer dos saltos mortales con ble, ble, ble de retrasado incluido.
Yo tengo mucha más clase y durante el trayecto, he podido tirar a dos tarados por la baranda del tobogán al vacío. Que se jodan; nacerán en cuerpos muertos y soportarán los llantos del padre, la madre, los abuelos y la puta que los parió al ver a su pequeñín azulado por falta de oxígeno y tendrán que volver a repetir la historia.
Ellos me gritan: Ble, ble, ble (pedazo de cabrón) y a mí me la pela.
Siempre te sorprenden, desde que eres alma, te sorprenden para mal y cuando piensas que ya nada puede empeorar el tobogán se divide en dos de nuevo; algún hijoputa no debía tener muy clara la velocidad de deslizamiento, porque el letrero de aviso lo colocan a escasos dos kilómetros de la bifurcación y a velocidad de seis match, significa que tienes menos de un parpadeo de tiempo para dar codazos, mutilar y asesinar a los que sean necesarios para elegir el lado que te apetece.
Las dos opciones a elegir si puedes son: Inteligentes e Idiotas.
Juro que en esos milisegundos que tuve para pensar me dije: Asco de vida e idiota es algo congruente, todo puede salir bien en ese caso. Es jodido ser inteligente si te toca vivir un Asco de vida. Con mi ágil razonamiento empujé a quince bolitas hacia la izquierda para ser idiota con decisión y valentía; pero por un segundo ese lado se atascó y comencé a friccionar entre millones y millones de bolitas que querían ser idiotas y ni clavando los dientes en el metal, conseguí hacerme sitio y me precipité hacia inteligentes, por el lado derecho y derecho a una vida de infierno.
Durante tres horas me vi solo por el tobogán hasta que me adelantaron tres bolitas, que bajaban dándose impulso diciendo: Ble, ble, ble, ble (que chachi es ser inteligente en un Asco de vida, sacaremos una pasta entre los idiotas, vamos a montar un cártel de drogas, putas y juegos). Uno de ellos, el más veloz, calló fuera del tobogán.
Los otros se reían como si pertenecieran a una familia de montañeses endogámicos: ble, ble, ble…
Seguí mi descenso ya con sumo aburrimiento y pensaba ya en saltar la baranda de protección y empezar de nuevo (en vista la mierda que me esperaba) cuando el tobogán se bifurcó de nuevo:
Suertudos u Obreros.
Sólo bajaba con seiscientos mil compañeros, había espacio y tiempo para elegir Suertudos; pero los asquerosos de mantenimiento, habían cerrado esa rama porque se había desgastado el metal y todos caían al vacío. Nos paramos todas las almas y quedamos atascadas frente a la valla que anunciaba Suertudos.
Me cago en dios… Todos fuimos a obreros a pesar de que decíamos que podíamos esperar los años que hicieran falta para que repararan el suelo de esa rampa, resulta que alguien hizo vibrar el tobogán y le dio más inclinación y continuamos nuestra supersónica carrera, ahora hacia Obreros.
Yo pensaba que tal como estaban las cosas, la próxima bifurcación sería de Espalda Bífida o Síndrome de Down.
Pero no, tuvimos suerte y la desviación indicaba: Salud o Cáncer.
Yo ya estaba hasta la mismísima polla de aquello, así que cuando vi la multitud que se desviaban hacia Salud, sentí como un poco de asco, y me dejé deslizar por Cáncer.
Y por fin nací de una puta vez y dejé de irritarme el culo por aquella mierda de tobogán.
Designios del señor y toda esa mierda…
Me vi de golpe arrastrando mis orejas por un coño enorme que estaba peligrosamente cerca del culo, el que se suponía que era mi padre estaba filmando con una cámara de video y mi madre gritando: “esto me pasa por puta, y tú cabrón deja de filmar, que se te caiga la polla a trozos, violador”.
Precioso.
Las delicadas manos del médico, me tiraron de la mandíbula con fuerza y pensé que me dejaría parapléjico al nacer. Pero no, me metió un dedo en el culo por equivocación y me puse a llorar.
En realidad lloraba de rabia, de ira. Me daba mucho coraje haber nacido en un asco de vida, inteligente, obrero y con cáncer.
Es injusto.
Y así es como me encontré en medio de una familia de tarados.
Una familia con dos hermanitos, el mayor tenía tres años más que yo y era un triunfador, se veía en el brillo de sus ojos. Y una hermanita un año mayor que yo. Por lo visto, los subnormales de mi papá y mamá no llevaban bien el asunto del follar y la zorra de mi madre casi se pasa un año y medio embarazada de una sentada.
Así empezó mi vida con cuerpo.
Como alma era muy cándida; pero cuando me acoplé a aquel cerebro, mis buenos y malos instintos se desataron como un torrente imparable de emociones y deseos. De miedos y decisiones.
Y aunque con poca suerte, pude abrirme camino en la vida evitando algunas humillaciones, aunque claro, no todas. Dijéramos que no pude evitar ni una cuarta parte de todas a las que me vi sometido.
Había momentos, cuando contaba con unos meses de vida, en los que cerraba los ojos y aún sentía el vértigo de la velocidad por la que me precipitaba por aquel tobogán. Y junto con el humo de los cigarros que mi padre me tiraba a la cara, entraba en una dulce narcosis soñando con bolitas de color amarillo zambulléndose en una piscina llena de sangre.
Delicioso.
Cuando ya conoces tu destino, no en detalle, sino a grandes rasgos, te importa unos céntimos de euro esas cosas de ética y moralidad.
Y el tobogán podía ser divertido, emocionante; pero cuando me deslizaba por él, sentía en mi pequeño ser de bolita, toda la verdad del universo. Y yo me sentía ble, ble, ble…
Crecí con bastante normalidad, aunque al año, mi padre borracho me quemó alguna vez los genitales con sus cigarrillos y mi madre me dejó más de un día sin comer porque se gastaba el dinero en las máquinas tragaperras. A pesar de ello, a los tres años ya era un niño espabilado.
Y nunca olvidé mi forma de expresarme primigenia: ble, ble, ble.
A mi hermano mayor le pregunté como le había ido en el sorteo del destino; me miró de forma extraña, me dio una bofetada y me llamó imbécil.
Intenté sondear a mi hermana sobre el mismo tema y díjome la muy puta con cuatro años.
—Te lo digo si me enseñas el pito.
Le enseñé el pito, me lo acarició y me dijo que las únicas bolitas que había visto, eran las pelotas de nuestro padre cuando se ducha.
Y concluí que solo yo era capaz de recordar esas cosas.
Mi hermano mayor era de los suertudos, siempre ganaba cosas en las rifas del colegio, sus exámenes eran brillantes. Y sabiéndose superior a mí, me convirtió en su esclavo: le hacía la compra, las copias, los deberes más sencillos y limpiaba la habitación porque la zorra de mi madre no daba un palo al agua. Yo no sacaba nada a cambio, me conformaba con que no me pegara demasiado fuerte.
Esperaba impaciente a crecer un poco más. Yo tenía ya doce años y sacaba los estudios adelante con mucho esfuerzo y con resultados muy humildes. Suficiente en todos los aspectos.
Mi hermana con trece años ya tenía unas buenas tetas y usaba tangas minúsculos, cuando le llegó su primera menstruación, me enseñó sin pudor sus bragas manchadas y gocé de una buena erección.
Era consciente de que un día u otro me atacaría el cáncer, y desarrollé una prematura actividad sexual.
Mi hermanita era la más idiota y sus hormonas dictaban sus actos y emociones. A través de la rendija de la puerta de la habitación de mis padres, pude ver como mi papá borracho y mi madre depresiva la obligaron a desnudarse. Mi padre se rozó el pene por sus puntiagudas tetas hasta correrse. Mi madre se masturbaba frotándose furiosa su oscuro coño.
Aquella fue la mejor de mis pajas.
Mi hermano con quince años, ya daba clases de refuerzo a niños más pequeños e incluso ganó algún premio como escritor. Como sabía que nuestros padres eran unos cerdos, atesoraba a escondidas su dinero para un día largarse de casa. Yo sabía en que parte del fondo del armario escondía el dinero.
Con veinte euros que le robé, le compré a mi hermana mi primera follada, contaba con trece años.
Me sentí dios dentro de aquel coño, cuando mi aún mediano pene entró en aquella suave cueva de carne, mis testículos bulleron y me salió un chorro de leche que creí que me deshidrataría, nada comparado con las pajas que me hacía en solitario. Mi hermana dijo no disfrutar y tras darme unos besitos, me obligó a hacerlo bien.
Chillaba como una rata mientras se corría.
Unos meses más adelante, comprendí que no sangró porque mi padre ya la había estrenado, yo aún tenía la candidez propia de las almas puras… Esperaba poder ser el primero en romper su himen, ya que sus tetas habían sido suficientemente sobadas y regadas. Ella ya tenía catorce y era toda una mujer.
Contaba con quince años cuando ya había superado la secundaria y en lugar de inscribirme en la universidad (sabía que no era tan inteligente como mi hermano) me inscribí en un módulo profesional de mecánica de automoción. Mientras mi hermano estudiaba su carrera de ingeniería con becas (nuestros padres apenas aportaban lo justo para darnos algo de comer y pagar sus vicios) y la casa se deshacía en humedad y mierda, yo encontré trabajo clandestino en un taller mecánico del barrio y cuando salía de clase me metía bajo los motores para aflojar el tapón del cárter y vaciar de aceite el motor, al dueño le parecía sucio hacer ese trabajo y me pagaba una mierda por ello; pero suficiente para mis gastos.
Aprendía en la escuela y en el taller. A los diecinueve ya era un buen operario, con un sueldo vulgar; pero mayor que lo ganaba mi padre como basurero.
Mi hermano me humillaba con sus sarcasmos sobre mi trabajo y me explicaba los grandes triunfos que le esperaban y la porquería que yo ganaba. Yo ya tenía mi coche, una porquería de utilitario cochambroso; pero él iba en tren a la universidad, lo que ganaba con sus pequeños trapicheos de escritor no llegaba a mi sueldo.
Un día, me pidió que lo llevara a la universidad, a unos veinte kilómetros de casa, se había despertado tarde y había perdido el tren. Me desvíe por una senda de tractores en una pequeña loma y le acuchillé los ojos con un destornillador hasta que murió. Lo senté en el asiento del conductor, regué el interior del coche con gasolina y lo precipité montaña abajo tras tirar una cerilla encendida en el interior.
He de reconocer que soy un indeseable, ble, ble… Pero con la vida que me tocó vivir, se me podía pasar por alto se detalle.
Andando hasta la estación volví a casa en tren y denuncié el robo del coche.
La policía es idiota y no tiene ganas de complicarse, y menos con una familia de idiotas como era la nuestra.
Mis padres, borrachos ya los dos, soltaron algunas lágrimas en el entierro y mi hermana colocada con maría y ácido, se reía como una estúpida. Su sangre estaba podrida por alguna infección. Se había quedado en cuarenta kilos y bien podría ser la modelo de una campaña en contra de la anorexia. O a favor, las modas cambian.
Se la encontraron muerta cuando contaba con veinticinco años en un descampado de drogadictos, estaba desnuda de cintura para abajo y había sido violada. Había muerto de sobredosis (y no de polla) y hemorragia, a juzgar por los cortes en las tetas, el cuello y el vientre.
A mí me daba igual, desde que empecé a ganar dinero no la follé más, ya que me daban asco sus amistades y por tanto, lo que había en su coño. Yo estaba limpio, con un trabajo de mierda, con unos padres a los que deseaba matar con todas mis fuerzas y a la espera de contraer un cáncer de cualquier tipo.
Empecé a fumar a los catorce años, y cuando contaba con veinticinco, me fumaba tres cajetillas diarias. Sesenta cigarros no está mal, era muy macho.
Tenía que darme prisa en hacer lo que me apeteciera, ya que el tiempo corría en contra. Aquel “ble,ble, ble del destino” (puto tobogán en español, en el original) no era ninguna broma y todo se cumplía como en un plan elaborado por algún dios mierdoso.
Había momentos en los que sentía envidia de los que se deslizaron por el lado bueno; pero cuando pensé en mi hermano, ejemplo vivo de perfección, me convencí para consolarme, de que no todos tenían idéntica buena suerte. Yo era el factor crítico y eso me gustaba.
Aún conservaba parte de mi candor de alma y buscaba entre la gente a alguien que se acordara de que un día fue una bolita de nube.
—¿Ble, ble, ble? —le pregunté a un hombre con el cabello castaño hasta los hombros, con ojos color miel y una mirada bondadosa, lucía barba también castaña y vestía túnica y sandalias. En cada una de las palmas de sus manos había un agujero.
Me era muy familiar el mendigo.
Se encontraba recogiendo cartones de un contenedor que olía a huevos podridos.
Me ilusioné como cuando era un alma cándida, una bolita de energía suave y sedosa, cuando lo oí hablar.
—Ble, ble, ble bleble ¿ble? (Qué putada de toboggan ¿eh? —me respondió antes de convertirse en paloma y salir volando.
Me cagué en dios dándole una patada a una botella de vidrio que al romperse una esquirla me reventó un ojo.
Me favorece el parche negro, y para lo que me queda de vida, con un solo ojo tengo suficiente.
Mi padre murió de cirrosis cuando cumplí los veintinueve. Yo le compraba botellas de vodka a las que añadía una jeringuilla de alcohol etílico; poca cosa; pero lo suficiente para que al perro le hiciera mucho daño y más rápido. Me daba un gran placer ver morir a los que me habían tocado como familia en el “asco de vida”. Por lo menos había sacado algo de inteligencia para ello.
Había conseguido un estudio de alquiler por muy poco dinero al mes, era un sótano sin ventilación y siempre vivía en una permanente nube de humo de tabaco. Por fin perdí a mi madre de vista. Se había engordado, y en sus piernas aparecieron profundas llagas llenas de pus que tenían que curarle cada dos días con apósitos especiales. Tenía más azúcar en la sangre que el café que yo endulzaba con siete cucharadas.
Hace ya cuatro meses que la visité en casa, le llevé pastelitos de chocolate y nata para que le subiera el índice de glucosa en sangre y cuando se quedó dormida la ballena, coloqué el calefactor pegado a las sábanas de su cama y rompí la goma de la bombona de gas.
Todos concluyeron que era un final lógico para la gorda asquerosa y para la familia del piso de arriba, que bajó con todos los escombros hasta la planta baja.
Nunca he sentido remordimientos, al final no soy el culpable, si lo piensas bien, es una cuestión de mala suerte mía, yo soy el que la ha padecido. Los otros no me importan, ellos también fueron bolitas y posiblemente tuvieron más suerte que yo.
Este es el resumen de mi vida, y el valioso testimonio de cómo funciona el cuento de las almas y su destino.
Es solo una simple y puta lotería y como siempre, cuanto más idiota eres, más suerte tienes.
Ble, ble, ble…
Y por lo que respecta al cáncer, todo va bien. Fumo mis tres cajetillas de cigarros, me alimento de fritos y grasas, hago pesas para tener mayor masa muscular y follar con más facilidad a las idiotas niñatas sin pagar ni un centavo y tengo con ello el sobrepeso ideal.
Acabo de escupir mi primera bocanada de sangre que ha salido con un acceso de tos. Me duele horrores la espalda, por debajo de las costillas. Es un dolor punzante, como si tuviera una llaga profunda.
Sé que es cáncer de pulmón, leo mucho.
Me enciendo un cigarro sin miedo alguno, he llegado al final.
No sé si suicidarme ahora mismo, o dejar que la enfermedad me haga sufrir y con ello provocar más gasto y molestias al personal sanitario.
Prefiero joderme aquí un rato más que volver a bajar por la repugnante rampa del destino otra vez.
Lo que me jode, es que estuve demasiado tiempo bajando por aquel puto tobogán para vivir unos segundos.
Desde luego, no soy un alma con suerte.
Cuando mi cuerpo escupa ya la última gota de sangre y los pulmones negros asomen por la boca, yo saldré como una preciosa bolita peluda y vaporosa, flotando para caer en una gran piscina llena de sangre serena y cálida.
Eso me gustaría.
No quiero vivir más; pero las bolitas de alma no mueren, vuelven siempre arriba. Flotamos como globitos hacia un lugar abarrotado de bles, bles, bles.
Ahora que conozco la posición de las bifurcaciones, me colocaré en los lugares adecuados con tiempo.
Aunque los subnormales de los de mantenimiento, seguramente habrán cambiado los letreros. Fijo.
¡Qué asco de vida!
Ble, ble, ble…




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