14 de octubre de 2010

Odio tranquilo y sereno



Llueve y con un pensamiento sociópata (los sociópatas, son algo así como los antipáticos, pero con más gracia y carisma), deseo que la lluvia sea ácido que deshaga el mundo entero.
Que deje de sonar el maldito timbre de la alarma del cuerpo de enfermeras.
Incluidos los cuerpos, que se deshagan junto con el decorado. El que sangra no se deshace, aunque tampoco lo moja la lluvia. Debería sacarlo fuera y verificar el ph de mi peligrosa imaginación.
El viento que aúlla ahí fuera no importa mucho, podría desear que los arrastrara a todos, pero sólo cambiarían de lugar, continuarían existiendo.
Mala idea.
Siempre encuentro formas de demostrar mi odio hacia el mundo. Es tan fácil como no ganar dinero para comprar la libertad que he buscado siempre. Porque vivir bajo un cielo limpio que al anochecer deje ver las estrellas, es algo solo para gente con mucho poder adquisitivo. Sólo unos pocos pueden disfrutar de un cielo estrellado.
También los seres más pobres y subdesarrollados pueden disfrutar de un cielo limpio, pero tienen que comer con el olor a mierda que sale del agujero que han hecho en un rincón de la cabaña para cagar.
No sé porque este empeño en sentirme mal. Ya soy viejo, debería haberme acostumbrado a este gueto; pero no es posible. Soy tenaz alimentando mis frustraciones, mi imaginación no perdona y sueña siempre algo mejor. El mundo debería cambiar, y cambiar rápido. Tan rápido como para poder disfrutar de un cambio al menos una vez en la vida. Apenas me queda tiempo y esto no ha mejorado nada.
Me vaticinaron que con el tiempo cambiaría, que con la edad me calmaría. Ahora se exclaman que no lo haya hecho, de que siga aún más furioso, fríamente despectivo. No es normal, dicen.
Por mí como si se la pica un pollo.
Debe haber una molécula en el aire que respiro que desata este odio. Una alergia.
Me parieron así, nada de alergias. Si padeciera una, no tendría esta nariz respingona y carnal que se mete en los rincones más húmedos de las mujeres. Mi nariz no está hinchada. Lo otro sí, y lo otro sabéis bien que es, no me forcéis a ser crudo y carnal.
No hay antihistamínicos para la tristeza profunda, me lo han dicho muchos médicos. Hay purgantes, pero no quiero pasarme la vida cagando.
Con las descargas eléctricas me meo encima, no le encuentro la gracia. Mi orina no es ácida, no deshace nada. Lo sé por mí mismo, cuando me meo sólo me siento sucio, no me deshago.
Me siento humillado, nada más; no hay otro efecto.
Aunque las serpientes no se mueren con su propio veneno. Tal vez sea eso, tal vez si meo el cuerpo...
La sangre con la orina hace un color rosa feo y oscuro, pero por encima de todo, maloliente. Meo en su cara.
El cuerpo sigue intacto. Creo que he de enriquecer mi dieta con abundancia de marisco y carne roja para subir el nivel de ácido úrico en sangre.
La tristeza no me deprime, me enfurece. Es otra cosa que debería preocuparme; pero sólo preocupa a los que me rodean, porque no es normal. Como si la tristeza no pudiera engendrar odio, es estúpido. ¿Cómo no va uno odiar estar triste?
Aunque no sé si es correcto calificar de odio esto que siento.
A mí me parece una emoción y fría y calculada, no me causa pena ni alegría. Es un pensamiento natural en mí. Algo constante que me acompaña con tanto aburrimiento como la esposa que ya no quieres; pero es cómodo estar con ella.
Es odioso soportar lo que no quieres. No tiene una mierda de comodidad. Es la puta verdad, no sé a veces porque intento engañarme.
No sé porque no murió mucho antes, las enfermedades mortales nunca aparecen en el momento adecuado y cuando lo hacen, ya has pasado media vida amargado. Su rostro es una gota que corre por el cristal y como no... Se junta con otra, con tanta vulgaridad, que dan ganas de mirarse las uñas e investigar lo negro que hay bajo ellas. Siempre será más interesante que un cerebro normal.
Las gotas follan de una manera poco excitante.
Casi con aburrimiento, puedo imaginar el mundo deshacerse en chorretones como la tinta de un dibujo.
Me preocuparía sentir angustia por ello, significaría que hay alguna contradicción en mi pensamiento.
Mis nervios están templados y acaricio desde dentro de la ventana las gotas del mundo que corren por el vidrio, el mundo que se licúa. Sorbo el café observando con cierta curiosidad la cara de alguien que se deforma, se estira, se pierde vidrio abajo y de repente, corre veloz a juntarse con otros desechos.
Mi blusón blanco, mi cabeza rapada... Se mantienen concretos y definidos los reflejos de mí mismo. No me importaría deshacerme con el mundo entero.
Tal vez sea un efecto óptico o alguna asociación de mi mente un tanto rebelde, un tanto asqueada; pero diría que la humanidad es como las gotas de agua, que buscan unirse para formar un charco. Cuando están próximas, hacen un última carrerita para juntarse, casi con alegría. Se fusionan las gotas para formar otra idéntica, sólo que más pesada, ergo más molesta.
Eso no me preocupa, es un efecto que sufren los ajenos. Yo corro en dirección contraria, y si no puedo escaparme, me evaporo. No me junto con cualquiera.
Soy pragmático a pesar de mi poderosa imaginación y mi tranquilo desprecio hacia mi prisión: es casi imposible que llueva ácido. No por ello me voy a echar a llorar, puedo vivir una mentira con tranquilidad, como quien lee un libro de ciencia ficción.
No puede hacer daño soñar un rato.
Cuando deje de llover nada habrá cambiado. Domino mis emociones.
Aún así, guardo una secretea y recóndita esperanza de que mañana al despertar, el mundo sea un manchurrón de tinta de forma irreconocible.
Y es que está visto que por mucho que sueñe con un meteorito arrasando toda clase de vida, no se cumple. Incluso desespero de que nada del universo sea capaz de acabar con este cáncer que es la vida social en la Tierra.
No me siento motivado para preocuparme de lo que le pueda ocurrir de malo al planeta, más bien pienso cuándo ocurrirá. Me rio nervioso llevándome las puntas de los dedos a la boca. Soy un niño travieso.
Tampoco me importa mi generación, las pasadas ni las venideras. Soy indiferente a través del tiempo.
Mantengo un sano escepticismo.
No pienso que algún tiempo pasado fue mejor. Pienso en lo malo que será el que está por venir. Me da miedo la eternidad. Tengo un pánico enfermizo a vivir demasiado.
La lluvia cae con más fuerza y cierro los ojos deseando lo mejor para mí. Me arranco una uña con los dientes. El deseo no se cumple, el agua corre clara por el cristal.
Y la sangre por mi barbilla. Late el dedo corazón sin uña.
Vuelta a la realidad, nunca me engaño. El mundo seguirá como estaba hace unas horas, sólo que más húmedo. La uña tardará unos meses en crecer.
No duele, la medicación sólo consigue aplacar mi sistema nervioso, mi mente fría es inmune a los sedantes. Debe ser por eso que no siento un dolor excesivo en mi dedo mutilado. Aún así, duele de cojones.
No me gusta este café, se lo he dicho miles de veces al celador: la vida ya es bastante amarga como para tomar el café sin azúcar.
Mi lápiz está profundamente clavado en su ojo. Ahora espero el electro-shock y luego una nueva tanda de inyecciones que harán que me pierda en mí mismo durante semanas.
No arrancarán una sola emoción de mí. Incluso ahora que me revientan la mandíbula con una porra, no emito ni un solo lamento de dolor.
Lo que duele es la uña que me he arrancado. Se siente sola en el sucio suelo que han pisado mil maníacos.
Los manicomios son lugares de trato poco cordial.
Me pegan patadas, alguien se pregunta cómo pudo entrar Rubén el celador con un lápiz en la oreja.
Despistes, maravillosos despistes que provocan que un sueño se haga realidad. A
Una frase para la posteridad, para la colección de citas de algún idiota: Hay que respetar las normas con los enfermos más peligrosos.
Busco enfermos a mi alrededor para que ataquen a los sanitarios, pero no hay. He matado a tantos que no se fían.
Me levantan por los brazos y parece que me los arrancan, la uña sangra allá bajo la silla, el amargo café corre vulgar hacia el charco de orina y sangre, como las gotas de agua.
En efecto, el mundo no ha cambiado en absoluto, sabía yo que no basta con desear algo con la mejor de las sonrisas.
Yo tampoco cambiaré, seguiré eternamente indiferente.
Eternamente frío.



Iconoclasta
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