29 de septiembre de 2010

Diario de un imbécil



No hay inteligencia en mí. Sólo tengo el poder de mi fuerza.
Por eso no entiendo, no consigo comprender lo complicado de vuestras mentes.
Me es imposible determinar el medio por el cual una conexión sináptica, en una micronésima de segundo, puede provocar en las redes neuronales de quien me observa la repulsión más absoluta. No es cuestión de fealdad, no hay motivo.
Supongo que ese mismo sistema límbico gobierna los instintos.
No soy inteligente, no soy simpático, ni tengo empatía alguna.
Pero soy peligroso como un virus, como una gangrena.
Yo creo que los inteligentes tienen cierto instinto que los pone sobre aviso y ven en mi lerda mirada de idiota, algo peligroso, algo a lo que no acercarse.
Pero cuando te miran así, es que están demasiado cerca.
A veces se me escapa una risa imbécil cuando corto la carótida de un ser inteligente. No sé, dijéramos que me siento superior cuando se desangra y yo no. Cuando lo último que ve es mi vida y lo último que ve son sus muertos párpados por dentro.
Los sistemas límbicos son extraños. Como extraño es que alguien pueda ver un neutrino que atraviesa la materia y no puedan ver el puñal que les secciona la yugular.
Matar está bien cuando no hay solución, la violencia es determinante en mi pensamiento consciente como salida a los complicados problemas que la vida me presenta.
Carezco de memoria, jamás podría memorizar una larga lista de teléfonos, me costó horrores aprender las tablas de multiplicar a pesar de mi empeño.
Cuando fallaba en la respuesta, una parte de mi córtex enviaba una señal de alarma que se traducía en un gesto de miedo que el profesor captaba al instante. Lo necesario para que su cerebro diera la orden de pegarme con la regla en la punta de los dedos. Me obligaban a mantener las puntas de los dedos de la mano izquierda unidas mirando hacia arriba.
Era listo aquel profesor hijo puta, sin responder ya sabía que iba a fallar y me pegaba.
Yo tenía pocos, tal vez diez años, y aún no podía dominar el dolor y el miedo. Siempre he sido retrasado.
Así que me dolía de cojones cada golpe y me aterrorizaba la hora de matemáticas.
Al cabo de ciento veintiséis golpes en dos meses, mi escaso cerebro consiguió memorizar lo necesario para salvar la integridad de mis uñas. Los estímulos de dolor es de las pocas cosas que puedo contabilizar y memorizar.
La segunda ley de Kirchoff dice: En un circuito eléctrico, la suma de caídas de tensión en un tramo que está entre dos derivaciones es igual a la suma de caídas de tensión de cualquier otro tramo que se establezca entre dichas derivaciones.
Yo no sé si es cierto, pero cuando una parte de mi cerebro es sometido a sobretensión, el resto de mi cerebro, incluyendo lo más primitivo y básico, también está sometido a ello.
Cumplí dieciséis años, no me acuerdo cuando, ni siquiera recuerdo si me regalaron algo. Mi memoria está hecha mierda. Pero de la cara del profesor no me olvidé. Ese día de mi cumpleaños y encuentro lógico que así fuera, fui al cine con mis padres que son aún más imbéciles que yo.
Y ese gran profesor se puso a mear en el urinario donde yo me encontraba, a mi siniestra (¿siniestra es izquierda? creo que sí). Ni me miró. Sacó la polla y se puso a mear.
Yo debería haberle dicho mi nombre, si se acordaba de mí, y como buen alumno, haber recordado mis tiempos de infancia y aprendizaje con él.
Pero al igual que las matemáticas, la educación es harto complicada. El perdón también requiere demasiada comprensión. Hay demasiados procesos cognitivos y de lógica. Cálculos de probabilidades a velocidades lumínicas. Demasiado para mi cerebro orgánico de sangre y tejido blando.
Mi cualidad más desarrollada es el odio. Un odio frío que me hace ser calculador. El único temblor es mi excitación sexual cuando voy a actuar en consecuencia a mi nula inteligencia. No es que se trate de una perversión, simplemente es un acto reflejo de mi desarrollado cerebro de reptil, una forma de demostrar mi fuerza y agresividad. En fin, marcar territorio. A veces meo en las esquinas de una forma espontánea.
Como el cortejo pre-nupcial de muchas especies, eso es simplemente mi erección, no vayáis a complicaros ahora con profundos análisis que a mí me sudan la polla.
En definitiva y coloquialmente, a mí se me pone dura cuando recurro a la bendita violencia.
Me costó mucho aprender sobre los binomios y polinomios, el cálculo trigonométrico de las corrientes trifásicas y su preciso desfase de raíz cuadrada de tres, me costó meses y meses de dominar.
Pero tengo un don para encontrar cosas con las que hacer pupa.
Llevaba en el bolsillo las llaves de casa. Yo aún estaba meando cuando mi cerebro idiota dio con la solución al problema.
También tuve suerte de que un hombre barbudo y con una barriga de embarazo de veinte meses, acabara de encontrarse la polla entre la grasa, se la sacudiera y saliera de los servicios meneando sus mantecas y dejándonos solos.
Le clavé una llave en el oído derecho, ya que se encontraba a mi siniestra. Soy diestro, por lo tanto di un giro aproximado de ochenta y cinco grados.
Me miro con los ojos enloquecidos meándose aún con el pene fuera de la bragueta y salpicándome. Un tipo con el pelo gris erizado, como un sargento de esos de las películas americanas y delgado como un esqueleto. Podía ver sus mandíbulas apretadas fuertemente por el dolor. Para hacer daño soy rápido. La llave se metió en su glotis doliendo, lo sé por la forma en que contrajo el cuello como medida de defensa instintiva ante la intrusión de un objeto extraño.
Los forenses distinguen perfectamente las heridas post-mortem de las que se dan en vida, ya que la carne queda agarrotada cuando uno muere tratando de evitar que todo ese acero te mate. Y aprietas hasta el culo para evitar que penetre el filo.
Es un acto instintivo, tan básico como mi cerebro.
Lo que me lleva a pensar que a la hora de morir, todos son idiotas.
Mal de muchos, consuelo de tontos.
Yo no busco consuelo, simplemente vivir tranquilo. Si no me joden, no jodo.
Bueno, si se trata de follar, es distinto, mi sexualidad es muy sana. A veces hasta aburrida de sencilla que es. Pero ellas gimen como auténticas zorras con mi “mediocre” sexualidad.
Una patada más y lo metí en uno de los habitáculos con puerta de los inodoros y lo inmovilicé hasta que lo sentí desfallecer, ya que se asfixiaba con su propia sangre.
Le metí la cabeza en el inodoro para que se acabara de vaciar y la sangre no saliera fuera, apoyé sus piernas en la mampara separadora para que se mantuviera en equilibrio y no se vieran los pies y salí de allí bloqueando antes el pestillo de la puerta.
Limpié las manchas de sangre de mis jeans Levis 501 (era mi regalo, ahora que recuerdo) y me los sequé con el seca manos eléctrico.
No me llevó más de cinco minutos y aún pude ver los tráileres de los próximos estrenos completos.
También me quedé con su cartera, que tiré vacía de dinero cuando salí del cine.
Cuando salí del cine, aún nadie sabía que había un muerto en los servicios.
Y esa fue la primera vez que maté.
Luego seguí estudiando y de vez en cuando iba a las discotecas para ligar. Supongo que mi mirada vacía y carente de inteligencia provocaba el morbo en las tías y éstas, cuando se emborrachan se follan lo que sea y cuanto más peligroso, mejor.
Nunca maté a ninguna.
Pero era mi territorio de caza, es una necesidad matar cuando tan solo tienes como recurso la fuerza, porque estás continuamente comparándote con los más inteligentes y uno se siente demasiado imbécil. Y con ello decae la autoestima.
Es necesario hacer algo para evitar hundirse. El movimiento se demuestra andando. En mi caso rajando.
La navaja de afeitar en mi mano era mi nexo de unión con el poco cerebro que tengo, mi neurona para no perder mi propia estima.
Entrar en los lavabos atiborrados de niñatos esnifando o vomitando era una auténtica odisea.
A veces éramos tantos, allí metidos, que nos meábamos en los pantalones.
Cuando les cortaba la femoral a la altura de la ingle, sentían en principio como un pinchazo, algo demasiado rápido y doloroso.
Hay muchos miembros y todos torpes en una discoteca de sábado noche. Así que nadie veía lo que pasaba hasta que resbalaban en sangre y el que se desangraba se dejaba caer en otro como si estuviera demasiado borracho.
La policía ni se preocupaba de buscar entre aquella multitud de testigos alguien con el cerebro lúcido como para acertar a decir su propio nombre.
Cuando llegué a matar así a treinta y cinco inteligentes de mierda, la presión de la policía se hizo demasiado fuerte. Fueron seis meses en los que me curtí más que unas alforjas y me conocí a mí mismo sin necesidad estúpidas disciplinas orientales, que siempre resultan aburridas a menos que se trate de aquella fábula del tercer ojo, el que le trepanan el cráneo a un crío tibetano para llenarle el agujero de hierbas y ver el aura de sus congéneres y convertirse en una especie de detector de mala hostia.
Con casi cuarenta años, puedo decir sin aparentar pedantería, que he matado a ciento setenta personas más inteligentes que yo.
Tengo un método para conocer a los más inteligentes. Es básico, pero efectivo.
Cualquiera es más inteligente que yo, así que por una mera cuestión de azar, los cazo.
Soy ingeniero en sistemas de envasado de alimentos, pero eso no quiere decir que me hiciera inteligente con la edad. Invertí el doble de tiempo que mis compañeros para poder sacar adelante la carrera.
Solo matar era mi forma de sentirme bien conmigo mismo y ponerla en práctica me daba cierta confianza necesaria para poder llevar una vida plena en un border line de mis características.
Mi hijo tiene ahora la edad que yo tenía cuando maté a mi primer listo.
Pero él es más inteligente. A veces tengo que apagarme un cigarro en la muñeca para no cortarle el cuello de un tajo mientras duerme.
Mi mujer es imbécil, no corre peligro.
Pero él... Sabe tanto ya, lee el libro y lo memoriza.
No tiene miedo a los castigos (ya no hay castigos corporales, pero no lo tendría si los hubiera).
Mi instinto es siniestro, me doy cuenta cuando soy una amenaza para el ser que más amo. Cuando me levanto durante la madrugada profunda, con la navaja de afeitar abierta entre mis dedos y dejo caer una gota de saliva en la frente de mi hijo con el filo a escasos milímetros de sus ojos, siento una náusea.
Mi instinto me dice que es mi propia sangre, que no se caza a la propia sangre.
Nene malo, me dice mi conciencia imbécil. Retiro la navaja de sus ojos con los ojos lagrimeándome de odio y lucha interior.
Apenas tengo pezones, los quemo por cada intento de matar a mi hijo.
Saber de alguien tan inteligente en mi territorio es algo que me está pudriendo.
Mi instinto a veces me da razones simples pero válidas para tomar una determinación de no matar. Pero no siempre será así.
Y no quiero despertar pisando la sangre coagulada, gelatinosa de mi hijo.
Es el único que me quiere.
Y además, cuando ayer destripé en el cuarto de calderas de la fábrica al operario de mantenimiento, sentí que me estaba desbocando. Ningún perro caga donde come, dicen.
Yo lo hice ayer.
Hay una teoría de psicólogos forenses, que dice que el asesino, cuando la presión de las muertes es muy grande, busca un medio inconsciente de equivocarse para que lo detengan, afirman que hay un nexo de unión entre cada humano y el resto de sus congéneres. Y crea una especie de remordimiento de conciencia.
Que no me jodan con retóricas facilonas.
Yo no quiero que me detengan. Sólo quiero apartar de mí a los más inteligentes, que me aíslen para que mi imbecilidad no me ofenda a mí mismo.
Sin embargo, cortar esos ojos que un día besé, esa carne que un día cuidé, va contra mi naturaleza. Soy un buen tío en general, alguien bueno con poco cerebro que ha tenido que forjarse un sitio en un mundo repleto de genios.
Nunca había probado en mí mismo el filo de la navaja con tanta profundidad.
Es desgarrador el dolor. Sobre todo cuando pillas un tendón y se retrae doliendo como si arrastrara la carne por dentro.
Esta ha sido la vida de un imbécil.
Punto y final. Sobre todo final.


Hijo mío, conserva este diario, no se lo des a nadie, nunca. Que no sepa nadie que el Asesino Incomprensible, era un imbécil. Guarda el secreto y esconde la navaja. Mancha el cúter de la caja de herramientas con sangre y me lo colocas en la mano.
Y si un día un hijo tuyo nace imbécil, le lees mi diario cada noche al acostarse y le colocas la navaja de su abuelito bajo la almohada, para que asesine al Ratoncito Pérez, que es muy listo robando dientes.
Pero no dejes que ser imbécil lo desanime.
Un beso de papá que a veces te odia. Que a veces te odió.
Ahora que me muero, me acuerdo de conjugar verbos, no te jode...




Iconoclasta
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