6 de agosto de 2010

Amantes dolientes



El camino está cubierto de polvo ardiente y vidrios rotos. Salpicado de rosales secos sin rosas, ni frescas ni muertas, de duras espinas. Y a ambas orillas del camino, bebiendo y comiendo, están los rostros borrosos de los vacíos, de los no dolientes. Los millones de humanos que sonríen o bostezan sintiéndose cómodos pegados unos a otros, observando a los amantes dolientes avanzar, jaleándoles para que anden más deprisa o pisen con más fuerza en el doloroso suelo. O que les regalen con una escena de sexo hambriento y desesperado.
Ninguno de esos vacíos puede comprender porque siguen caminando abrazados dejando sus huellas ensangrentadas, formando un rastro de sangriento barro. No hay premio al final del camino. Ni siquiera hay final.
Los amantes dolientes no usan los bancos que se encuentran a los lados del camino, a la sombra de frondosos árboles, ya no beben de las fuentes; temen el descanso, temen dejar de sufrir dolor y cansancio.
Es difícil que los vacíos puedan comprender porque los dolientes no llevan zapatos, ni gafas para protegerse del viento que les llena de tierra los ojos.
Es absurdo amar en toda su magnitud y vivir con intensidad el dolor que conlleva. Los vacíos follan y tienen hijos que llevan de compras cada sábado.
Pero los dolientes hacen el amor con los pies ensangrentados y las mamadas dejan barro en los sexos. Los labios deberían doler, pero no hacen caso de la piel desgarrada. El escozor de sus humores sexuales, es el mismo vinagre que pusieron en los labios del nazareno crucificado. Así de doloroso, de perversamente placentero.
Ni siquiera se sienten tentados de salir del camino y entrar en el paraíso que los flanquea a pocos metros.
El amor es un desierto salpicado de pequeños oasis que no acaban de saciar el hambre ni la sed. Y se abrazan débiles, aguantando el peso del uno en el otro. No se tienden en la hierba que hay a los márgenes del absurdo y obsceno camino del dolor, no descansan. Mientras caminen, permanecerán despiertos, se sienten malditos por el mundo; y cuando el sueño les vence, al despertar se encuentran solos.
Y vuelven a vivir entonces otra vida y la angustiosa búsqueda del uno y el otro. Y vuelven a morir con la firme voluntad de encontrarse en cualquier tiempo pasado o futuro, en cualquier lugar.
Nada ni nadie los maldijo, ellos pactaron su amor eterno en la fragua de sus sexos. En una gota de saliva que se desprende de los labios, densa y lentamente en la piel.
Ellos no se lamentan, repiten una y mil veces “te amo”, y es como maná que los llena de fuerza y de resurrección los músculos.
Para seguir caminando, para no parar. Para no dormir.
Se tienen ahora, se tienen que mantener unidos todo el tiempo posible, porque no duelen los vidrios en los pies, no duelen los pérfidos rosales en la piel, ni el calor que los deseca.
Lo que duele infinito es no tenerse.
Han recorrido tantas épocas y han pasado por tantas esperas y ausencias, que los pies destrozados, que la piel quemada por el sol y los labios cortados, se han convertido en sus arras de amor eterno.
Por eso pisan vidrios en lugar de hierba fresca, la vida les ha enseñado que es el dolor lo que se hace eterno. Que lo fresco se evapora, que lo placentero vuela. Que lo hermoso se rompe con un grito, como un fino cristal.
Es el dolor de los labios dando placer, los músculos agarrotados de tanto abrazarse y la sed de si mismos, lo que levanta su acta de amor eterno.
No es difícil de entender, sólo doloroso.
Para los vacíos es puro espectáculo; cuando faltan gladiadores en la arena, cuando los leones están muertos, y los huesos pelados de los cristianos se calientan semienterrados. Abren las rejas de las mazmorras y dejan salir a los amantes dolientes bajo un sol de justicia. Los vacíos callan deteniendo en la boca la comida.
Es profundo reconocerse en el reflejo de una lágrima y banal en una sonrisa. Es otra máxima que los amantes dolientes asumen con trágico romanticismo. La tragedia está servida a lo largo del camino.
Un vacío se masturba solapadamente metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, clavando su mirada en el escote sucio de polvo de la mujer doliente.
El cáncer mata, la droga nos hace felices, el dolor está en el amor y la risa es un acto reflejo sin trascendencia. Ellos lo han aprendido así.
No hay ninguna razón para ello, pero de la misma forma que la vida hiere, el amor es dolor.
Alguien cometió un tremendo error con la creación del mundo.
Y ellos, amantes dolientes, son la prueba del error, un ejemplo a no seguir.
El dolor no es popular, nadie lo quiere experimentar.
Pero verlo en ellos, es hipnótico.
Los amantes se arrodillan, sangran al hacerlo. Se abrazan y se besan, es un momento para el descanso, para alimentarse de sí mismos.
Silencio.
El bebé de un vacío llora, alguien lanza una botella de cerveza al cochecito y el bebé calla con un gemido que no sabe aún como proferir. Parece el débil gorjeo de un pájaro que muere.
Los amantes dolientes siguen el camino abrazados de la cintura.
Los vacíos no aplauden, esperaban muerte, la desaparición de uno de ellos, el grito angustioso y desesperado del amante que queda solo, abandonado.
Aún queda mucho tiempo, aún pueden morir mil veces.
Ab eterno (desde siempre).


Iconoclasta
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