4 de febrero de 2010

Rayos y truenos



Cabrón... Es inconfundible y majestuoso. Cuando aparece, ni siquiera la vida es capaz de ofrecer sus aromas, éstos se retiran para dar paso al ozono, su negra capa.
Desgraciado y majestuoso rayo... Cuando aparece eclipsa la vida. Literalmente tenemos que tragarlo nos guste o no.
Eso es poder.
No soy un rayo, no soy pura energía incontrolada que sin más metafísicas, sólo crea admiración y horror.
Impacta...
Se permite el lujo de quedar fijado en nuestras retinas de modo exclusivo, violando la libertad de no mirar. Le dedicamos unos segundos de total atención. Más de lo que le dedico a muchas personas. Si sumáramos ojos reflejando el rayo, el total es una larga vida.
Nadie se ríe del rayo y éste no se equivoca. Caiga donde caiga todos quedan prendidos de su majestuoso trazo y lanzan un prolongado asombro. Se contiene la respiración ante el voltaico poder cuando rompe la noche o hace oscuro el día.
Respiran aliviados de no haber sido carbonizados.
Lo quieren fotografiar, tener un recuerdo de esa ira planetaria, del desahogo de la atmósfera.
Las nubes son peligrosas cuando están de parto. Nos odian a todos por igual.
Es estúpido querer ser rayo, no tiene ningún sentido. Al rayo no se le puede achacar característica humana alguna, no vive lo suficiente para aprender. Es un aborto, una vida que estalla por algún error de cálculo.
Sin embargo, es el poder máximo, una fuerza devastadora, la gloria concentrada en trillones y trillones de electrones en unos segundos.
Y luego viene el trueno, el lamento de las que han visto a su hijo morir desintegrado buscando la tierra donde fijarse, sin poder formar materia orgánica. El grito de las madres-nubes que hace temblar paredes y suelos. Que provoca que los seres vivos cierren los ojos y deseen que se calle, que no grite tan cerca de ellos.
Cuando las parturientas gritan, enmudecen nuestro pensamiento. Callamos ante su dolor.
Debería haber estallado antes de ser escupido por el coño de mi madre, al menos habría sentido la gloria y el poder por unos segundos.
Estoy harto de la materia orgánica que soy, quisiera ser luz en lugar de reflejarla.
Más que temer al rayo, lo odio por su poder. Porque en sólo unas milésimas de segundo es capaz de desatar la energía que jamás podré desarrollar aunque viviera mil años.
Una mierda, si la vida durara mil años, me trago un saco de vidrio molido.
Una sonrisa ensangrentada y que me parta un rayo. Si miento, que me caiga uno ahora mismo.
Estoy confuso, no sé si sería mala suerte o un privilegio morir así.
Cada uno puede obsesionarse con lo que le apetezca mientras no moleste a nadie. Yo quiero molestar, me da igual que guste o no. Quiero molestar en la misma medida en la que soy molestado.
Es tal el poder del rayo, que parte el aire. ¿No habéis oído ese crujido, como si se rasgara hasta la vida cuando aparece? Y los vellos se erizan buscando unirse a él. Tiene carisma para lo poco que dura.
Quisiera follarla como el rayo jode a la tierra, arrastrarme por toda su piel para meterme en su raja. Iluminar su boca y su coño.
Soy brutal como el rayo, sólo que nadie me oye, nadie sabe que vivo.
Mi madre no lanzó un alarido espantoso cuando yo nací. No hubo un trueno, fui un rayo mudo, sin el pago de un dolor que le diera algo de peso a la vida.
Mi nacimiento no fue tan majestuoso como el de un rayo; un prólogo esclarecedor a una vida plana.
Cuando aquella corriente entró por mi pecho para dar un doloroso fogonazo de luz y claridad en mi cerebro, tuve conciencia de mi vida desde que los sesos empezaron a formarse en el útero.
El tiempo se detuvo en aquella cárcel tenebrosa y anegada de agua. Las voces acudían a mí como rumores y mis deseos de salir de allí se estrellaban contra un cuerpo no formado, una debilidad aterradora.
Los hombres no se acuerdan de su nacimiento, yo sí. El fogonazo que casi me fríe, iluminó mi cerebro antes de tiempo. Y no puedo olvidar a la parturienta con su coño ensangrentado, sudando.
Si hubiera sido rayo no lo recordaría. Tantos años...
Perdí la infancia por una pequeña chispa eléctrica, un cable con el aislamiento dañado bajo la mesa de parto que alimentaba el monitor, entró en contacto con alguna parte del cuerpo del médico y cuando con sus manos me tomó la cabeza, sentí que un rayo me partía en dos y paraba mi corazón.
Recuerdo las dolorosas manos del médico oprimiendo mi pecho hasta temer que me lo partiera, el corazón presionado rítmicamente durante más de un minuto y por fin, de nuevo el aire entró fácil en mis pulmones aún sucios de líquido amniótico, el corazón volvía a latir caliente aún por la descarga, cansado los primeros segundos, luego firme y seguro. Pero una eternidad antes de que mi corazón comenzara a bombear, ya conocía mi origen y llevaba eternos minutos de conciencia.
Y todo perdió misterio ante aquel coño ensangrentado y el áspero roce de las manos cubiertas de látex del médico.
No lloré, no me dio la gana llorar, si ella no gritó, no le iba a dar ese gusto.
He de reconocer que tantos meses en su tripa, provocó cierto efecto de rechazo hacia mi madre. Es natural.
Soy un rayo frustrado.
Mientras otros niños reían, yo recuerdo dolores, el cuerpo creciendo, la oscuridad, restos de conversaciones y palabras.
Mi cerebro se iba formando y mi imaginación con él, y lo imaginado era peor que lo real. Y lo real, decepcionante. Cuando nací, aquella la luz y el olor del mundo, eran prácticamente familiares para mí, salí de un lugar para entrar en otro que lo sensorial era una amplificación de lo conocido.
Recuerdo haber querido bostezar con aburrimiento cuando el médico dejó de aplastarme el pecho; pero me dormí, estaba reventado.
Los niños eran estúpidamente inocentes, hablaban de cigüeñas y cosas inexistentes; mi instinto me hacía callar la verdad de todo y camuflar mi pensamiento entre el de ellos. Fui discreto desde un primer momento, alguna ventaja tenía que tener tras todos esos años de vida de más con los que me obsequiaron al nacer.
Pero nadie de mi entorno consiguió sacar de mí una de esas muestras de cariño de la que hacen gala los pequeños.
Temieron que fuera autista, y el médico llegó a la conclusión de que era borde por naturaleza, aunque no se lo dijo así a mis padres.
Hubo una época en la que mi madre se sentía rechazada y tuve que variar un poco mi pauta de comportamiento, de vez en cuando la hacía creer que la quería y me acercaba a ella y le preguntaba cosas que ya sabía. A mi padre me limitaba a pedirle que me llevara en brazos y más adelante una bici. Ya más mayor, dinero y esas cosas que piden los adolescentes normales.
Estudié física y encontré trabajo en los laboratorios de investigación de una empresa de alta tecnología en la que desarrollaban materiales para medios de locomoción como barcos, coches y aviones; chasis de resistencia al impacto para electrónica de orientación y portátil. Nada interesante, porque a mí lo único que maravillaba y me daba motivos para lanzar alguna sonrisa, eran mis hermanos los rayos.
Y ahora en campo abierto, con un aguacero de tal magnitud que evoca la etapa de mi vida que pasé inmerso en aquel líquido, disfruto de cada rayo que las nubes dan a luz. Siento el estremecimiento íntimo del trueno haciendo vibrar el líquido que forma mi cuerpo.
Y le hablo al rayo durante el poco tiempo que vive, le saludo con cariño:
—Muere en paz, hermano. Quema la tierra como yo no pude hacerlo.
Mi madre yace entre la hierba de alfalfa cortada esta mañana, un césped natural que cubre un suelo desigual y lleno de piedras.
He clavado una pica de metal entre sus piernas al que he conectado un cable, algo parecido al electrodo que le metieron en el coño y que me estuvo tocando la cabeza irritándome durante el parto.
Y ese cable se pierde entre su velluda vagina. No grita porque está amordazada, no se mueve porque la he sujetado al suelo con cuerdas a clavos de fijar tiendas de campaña.
Los traumas que padeces en la infancia suelen derivar en obsesiones patológicas y yo quiero que un rayo se meta por su coño, saber si mi hermano se podrá aferrar a la vida y desarrollarse como yo. Quiero tener a alguien con quien hablar, a alguien con quien contemplar las tormentas y saludar a nuestros hermanos que viven-mueren en un parpadeo.
Un crujido que parece partir el mundo y me siento volar. Ahora todo es blanco, siento caliente mi cuerpo y sale humo de entre mi ropa. El trueno resuena aún en mis oídos y no sé bien donde estoy, dónde se encuentra mi madre.
Me sereno, y espero que mi ritmo cardíaco se normalice, mientras el eco del trueno aún retumba en mi cabeza y mi visión está colmada de un fulgor blanco. Aspiro puro ozono y me siento eufórico.
Huele a carne quemada, localizo a mi madre por el humo. Parece un tizón, no hay nada reconocible de cintura para abajo. No hay vida en esa carne quemada.
Soy físico y sabía que pasaría; pero a veces es bueno dejarse llevar por la imaginación.
Ni de tus propios hermanos puedes esperar algo de cooperación.
Entierro el asado de madre y vuelvo con cierta tristeza hacia mi todoterreno. Esperaré otra tormenta, a ver si hay más suerte. Por extraño que parezca, vivo con una mujer y quiere ser madre.
La dejaré preñada en la bañera, con el secador de pelo; está visto que los rayos son demasiado poderosos. Tan soberbios...
Y yo no.
Cabrones majestuosos...


Iconoclasta


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2 comentarios:

Lynette M. Pérez dijo...

Este relato me gusta mucho. Para ser la historia de un futuro asesino en serie es sumamente poético. Mi amiga está convencido que muchos de tus escritos son prosas poéticas. Yo la verdad creo que algunas si lo son. Sin embargo otras parecen sumar también la narrativa a la ecuación y el resultado es bellísimo como en este caso. Ya me dirás.

Besos bermejos.

Iconoclasta dijo...

Es cierto Lynette.
Siempre he intentado dar un toque algo más lírico al asesinato, a las pasiones más instintivas.
Creo que ahí está la provocación, en adornar lo peor y hacerlo casi lírico.
Gracias por verlo así.
Besos bermejos.
Buen sexo.