7 de diciembre de 2009

El llanto del indecente



Hoy no me masturbaré ante el mundo dilapidando la poca decencia que me queda; la necesito para ti, para no avergonzarte demasiado. Hoy no quiero ser obsceno y meter la mano entre tus piernas abiertas, deseando que tus párpados cubran esos inmensos ojos profundos como pozos, derrotada por el placer. Húmedos los ojos como tu coño, del que me sacio como un lobo famélico.

Déjame llorar, aunque sea con esta erección. Es imposible disociar cuerpo y alma. Soy un pobre bastardo presa de mis instintos.
Tal vez es que hoy te siento más lejana que nunca. El amor es una regla de tres directa. Descorazonadoramente directa al corazón para partirlo en dos.

Mi amor por ti es directo y devastadoramente proporcional a la distancia por el tiempo al cuadrado. A más kilómetros, más te amo; a más tiempo, más desespero.
Cuanto más te deseo, más esplendes en el planeta.

Mi falo brillante y embotado de sangre que lo hace de piedra, ya no es distracción.

El tótem erigido a ti.

Un manitú palpitante.

Hoy algo ha pasado, he sentido que necesitaba abrir compuertas. Hay una presión espantosa en el dique. No lo sé, mi reina. Caen cosas a mi alrededor y sólo te espero, no tengo curiosidad por la sangre que llueve.

No me importa.

¿Puedes no mirarme, con esos ojos todopoderosos? Me da vergüenza llorar desnudo.

Erecto.

¿Me dejarás que libere unas lágrimas, con el pene aún vomitando blanco entre mi puño?

¿Me dejarás hacerlo como un acto de ternura? De obscena ternura.
No puedo hacerlo de otra forma. Prefiero ser patético que hipócrita.

Indecente...

No pienses que estoy triste, es sólo la desesperación del amante, sólo te ofrezco una prueba de amor. Un fluir dramático de semen y llanto. Dramático como la distancia. Profundo como el tiempo en el cosmos.

Una daga al rojo en mi pecho.

Una sola vez y sin que sirva de precedente. No lo haré más.

No desconfíes de las lágrimas, soy fuerte como un dios.

Ocurre que a veces te adivino con la mirada sesgada, desde lo lejos, desde cuando el hombre estaba cubierto de crines; y siento que ha pasado tanto tiempo sin ti, que la puta melancolía me traiciona.

Soy fuerte.

Creía serlo, por dios...

Hoy no estoy seguro.

Escucha, mi bella: es normal que el hombre tenga un momento de necesidad espantosa y naufrague en una solución salina. No creo que sean lágrimas de verdad; no en el hombre fuerte y recio que promete protegerte, que promete sonreír siempre.

¿Podrías secarme esta lágrima cabrona con tus labios, besándome? Necesito una ternura, el hombre está necesitado de eso. No te asustes, mi amor, no es tristeza, te lo juro. Es una inmensa necesidad de ti.

La indecencia de mi llanto...

Tengo semen frío en los pies y tal vez eso me deprime un poco. Lo frío va ligado a la soledad, dicen. Lo frío no eres tú. Es mejor la ambigüedad que decir que a veces no estás. Duele menos.

La semántica es tortuosa...

Tengo las manos crispadas buscándote, esta debe ser la razón. A lo mejor no me siento tiernamente necesitado de ti y es un simple dolor de huesos. Un puto dolor que se clava en el corazón. La angustia.

El dolor es la indecencia, la degeneración.
No yo. ¿Verdad, mi amor?

No mi bella, no temas, no estoy loco ni he perdido la alegría. Sonreiré en seguida, con los ojos húmedos aún. Porque mirar tus ojos, oír tu voz provoca una dulce hilaridad.

Ojalá pudiera sonreír siempre; pero cuando todo mi ser pide el calor de tu piel, no puedo. No se pueden dominar las fuerzas cosmogónicas, mi amor. Sólo soy un hombre, o lo creía ser.

Temo a la muerte, temo que se eternice el amor y continúe mi ultra-vida tras de ti, en un eterno y doloroso deseo.

¿Lloro entonces porque me siento cobarde?

No debo seguir llorando, mi amor. Haz algo, cúbreme con tu cuerpo, abrázame antes de que con otra lágrima, acabe perdiendo todo aquello que pensé ser para ti.

Y no esto: un hombre con el pene en la mano, tirando a la basura su dignidad.

Un indecente llorando.

Temo autodestruirme en pocos segundos si no me abrazas, si tu cabello no cae en mis hombros.


Te prometo que en ese mismo instante, te alzaré en mis brazos, y en ellos te besaré, con cada vena de mis músculos henchida y palpitante.
Como si jamás hubiera llorado, oníricas lágrimas de un hombre fuerte.


Mi reina, cierra la puerta del mundo tras de ti, y quédate conmigo.
Durante todas las vidas, si pudiera ser. Un segundo, si no hay más remedio.


Y el tiempo sin ti, es otra indecencia más que lloro.


Iconoclasta

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