23 de diciembre de 2009

Amantes secos

Se le ha caído una lágrima al suelo.

— ¡Mecachis!

Con la punta de un cortaplumas intenta recoger la gota y verterla en un pequeño frasco.
Sus escleróticas están enrojecidas por una tupida telaraña de venitas.
La tierra se ha bebido la gota y al hombre de los ojos secos se le escapa un gemido casi infantil.
Tiene que aprovechar el frío para conseguir lágrimas; hay días que consigue hasta diez gotas de emociones destiladas.
Parece un hombre fiero con su mirada basilisca; pero si se presta atención a sus movimientos suaves y casi tímidos, parece un buen tipo.
Sólo hay que observar sus manos relajadas que al caminar parecen acariciar el aire.
Además ¿no lo acabamos de ver intentando recoger una lágrima del suelo?
Eso requiere mucha sensibilidad.
¿Acaso un hombre malo intentaría recoger una lágrima?
El no es como nosotros.
Ahora camina sin prisa, con la cabeza gacha.
Le da vergüenza que le miren los resecos ojos. No son feos del todo; son pequeños y muy intensos, tienen un color miel que en medio de ese enrojecimiento, le otorga una mirada tremendamente profunda; pero ese blanco ensangrentado provoca desconfianza.
Es fácil pensar que ha esnifado cocaína, o que le ha dado demasiado al hachís.
Eso son conjeturas de los vulgares, de los que no conocen más allá de lo que ellos han vivido.
No es por una extraña perversión o adicción al dolor por el que el de los ojos secos, roza con la punta de una aguja los lacrimales. A veces se hiere la esclerótica.
Necesita hacerlo, porque hubo un día en el que se acabaron las lágrimas.
Se secó.
A veces no basta con llorar por dentro, la piel de la cara necesita cuidados, necesita sentirse acariciada por las líquidas emociones destiladas por los ojos.
La tristeza esconde la belleza húmeda de los deseos abortados y de los tiempos estériles. La piel necesita consuelo.
La piel curtida necesita los mimos de una tristeza serena.
Yo a veces lloro en su rostro, y él me acaricia el cabello y siento su llanto seco en mi pecho.
Lloro por él, porque amar lleva implícita las lágrimas. Unas son de felicidad y otras por el que tiempo que han vivido los amantes sin encontrarse.
No somos felices, nos amamos intensamente en un mundo que no está preparado para acogernos. La espiritualidad, la pasión casi irracional no está bien vista cuando los que aún poseen todas sus lágrimas intactas nos miran a través de sus correctos e hidratados ojos y en lugar de lágrimas de amor o tristeza, sueltan alguna lágrima ponzoñosa de envidia.
Mi amante de ojos secos dice que soy la cosa más bonita del mundo, yo le creo. Cuando me reflejo en sus ojos lo sé.
Y lo afirma con tal rotundidad, que siento el vértigo de ser más que una mujer.
Yo también he llorado, y sé que mis lágrimas se acabarán como se han agotado las de mi amor.
Lo sigo porque a veces desespera, se sienta en un banco en cualquier plaza desierta y esconde el rostro entre sus manos e intenta llorar. Y llorar secamente duele, es como el vómito con el estómago vacío. Parece partirte.
Quiere conseguir todas las lágrimas posibles para cuando mis ojos se sequen y así poder cuidármelos. Hay un congelador en casa que contiene cientos y cientos de viales llenos de lágrimas.
Colirios de locura de amor, los llamamos.
Un día nos reconocimos, hace eones de ello, al menos así de veloz nos pasa el tiempo. Tal vez sea una subjetiva percepción, pero los dos percepcionamos lo mismo.
Mi hombre y yo jugamos a veces con el vocabulario como cuando éramos niños. Niños que no se conocieron hasta muchos años después de haber nacido.
Hay un tiempo entre nosotros que es una cicatriz dolorosa de tocar. Como si hubiéramos perdido vida. El encuentro ha tardado mucho en ocurrir. Hay demasiado tiempo y poca vida.
Y la vida debería ser más justa, más amable al menos.
No puede hacer daño un poco de equilibrio entre espera y encuentro.
El tiempo es un hierro al rojo que cauteriza la carne y seca los ojos.
Evapora las lágrimas y las emociones.

— ¡Vamos mi amor! Aún me quedan lágrimas, no te preocupes. ¿Tú has visto que secos están hoy tus ojos? No quiero que salgas solo a la calle. ¿Ya no me quieres?

— Es imposible no quererte, mi bella. Hoy no tenía un buen día, no quería entristecerte con mi sequedad.

Me desarma, cuando ríe me lleva al fin del mundo entre sus brazos; pero cuando está triste, abre con cuidado la puerta de casa y sale a la calle en silencio para intentar llorar alguna lágrima. Y eso me rompe el corazón. Me desangra por dentro.
Querer a alguien y saber de su tormento es lo peor que pueda ocurrir. Porque a quien amas le darías tu propio corazón si fuera necesario.

—La primera lágrima y se la ha bebido la tierra. Es una mierda, mi bella.

A veces su ternura compromete mi ánimo.
Es tan difícil no pensar en él a todas horas...
Me acerco a sus labios y lo beso con un pequeño roce.
Sabe a tan poco...
Un beso más lento y profundo y él invade mi boca con su lengua impulsiva, agresiva en su pasión. Y sin pretenderlo, dejo de respirar. Cuando se besan los amantes, cambian de cuerpo, se desliza el pensamiento al cerebro amado y las funciones vitales parecen suspenderse.
Parece de ciencia-ficción; pero esta película está basada en hechos reales.
A mí no me cuesta nada llorar, sólo tengo que recordar alguna de sus tristezas para que mis ojos se inunden de lágrimas. O una alegría, cuando nos besamos la primera vez, supe que nos conocíamos de otros tiempos. Su boca, sus brazos, sus manos, hasta su calor, todo aquello era cómodo, fue lo esperado durante tantos años.
Y cuando las lágrimas bajan por nuestros rostros unidos en un beso o en un abrazo, siento la húmeda felicidad en su piel y dice que está dos veces bien. Es verdad, porque su tez responde tornándose suave y cálida. Incluso las escleróticas recuperan su blanco.
Y hay quien nos mira y ve a una pareja rara, posiblemente alcohólicos en un abrazo ebrio. Porque los amantes no deberían llorar. En este tiempo y lugar, los amantes follan y ven la tele, se casan en selectas y recónditas ermitas y celebran grandes banquetes en un oropel de mal gusto.
No se sientan en un banco de piedra a besarse, eso sólo lo hacen los adolescentes. Y ese que nos mira, cree que no está bien que nos besemos con tanta fuerza en un lugar en el podrían haber niños jugando.
Dejo que mi amado separe su rostro de mí y dirija su mirada a los ojos de ese envidioso. Me encanta cuando mi hombre provoca zozobra en los vulgares. Me siento orgullosa de él, de su fuerza.
Por eso lo sigo cuando camina en busca de lágrimas, me gusta cuando es peligroso.
Pero es un alquimista desesperado por hacer oro de un trozo de plomo.
No ha sido fácil la vida y ambos hemos llorado mucho; pero mi amado nació antes, y en su hermosa locura, dice haber fallado. Que se ha equivocado tantas veces en la vida, que por su culpa hemos perdido años de amor, de estar juntos.
Le acaricio la espalda y le digo que no es así, que todo está bien. Que nos amamos con tanta intensidad que incluso hemos retrocedido en el tiempo. Y lloro en sus hombros sin que me vea. Para que no recuerde lo seco de sus ojos viendo las maravillosas emociones líquidas que derramo y se filtran rodando por las comisuras de mis labios.
Yo no sé si tendré su fuerza cuando me quede sin lágrimas, sólo sé que sin él no puedo vivir. Que el sacrificio de sus lágrimas, es lo más hermoso que nadie pudiera soñar.
No quiero que nadie diga que es un tarado de mirada narcotizada. No se lo merece.


—Mira, mi bella —dice señalando con el dedo su ojo —Una lágrima para ti.

Y una pequeña bolita brillante está prendida del párpado inferior, casi en equilibrio. Es muy pequeña.
Saca el frasco de lágrimas del bolsillo y lo abre cuidando de no mover demasiado la cabeza ni pestañear.
Con mucho cuidado, se lleva la hoja del cortaplumas al ojo y con mal contenido nerviosismo, recoge la lágrima dejando luego que caiga en el pequeño frasco. Es sólo una pequeña estela de gotitas en la pared del frasco.
Todo el amor, en sólo esa minúscula gota. Existe en ella todo el amor y todas las penas de una vida. Un chip líquido testimonio de vida.
Y siento una pena infinita por mi hombre sin lágrimas.
Tengo miedo de que un día me seque también, porque no podré llorar en su rostro.
Secos amantes...
Tengo frío.


— ¿Vamos a casa, llorón?

—Vamos, llorona.

Me ha colocado su cazadora en mis hombros.
En casa reiremos. Cuando estamos solos reímos más que lloramos. Este mundo prefiere las lágrimas, lo sabemos. Por eso lloramos en la calle, para que todos estén tranquilos. Para que el mundo se sienta satisfecho.
El mundo es envidioso y puede soportar las lágrimas; pero la risa de los amantes, es algo que le irrita, y nos escondemos para que no nos destruya.
Cuando entramos en casa, un delicioso calor nos invade, y mi hombre lleva la lágrima al congelador.

—Otra lágrima para mi bella ornitorrinca.

Los ornitorrincos son tan raros como nosotros y reímos como ellos. A lo mejor no ríen los ornitorrincos; pero es divertido imaginarlo.

—Es hora de una sonrisa, mi ornitorrinco.

Y reímos, besándonos, viendo películas, recordando el reciente pasado, cuando nos encontramos en este mundo fiero y malo; él con sus ojos secos y yo destilando para él mi amor, como él destiló hasta su última gota por mí.
Hasta que me seque.


Iconoclasta

No hay comentarios: