27 de enero de 2008

La finca y su limpieza

Tener que hablar hoy día con algunos presidentes de comunidades de vecinos, es la conversación más idiota y marujona que puedo tener.
Hay presidentes y vecinos preocupadísimos por la limpieza de la
escalera y vestíbulo de su mierda de finca. En torno a la mujer de la limpieza gira su triste vida. Claro, se han metido en un piso que a duras penas pueden pagar para después morirse, lo tendrán en propiedad durante unos escasos diez años y no se lo podrán llevar a su estúpido nicho. Es una putada para todos aquello seres cuya única meta en la vida es ser propietarios de una vivienda. Y no tienen otra cosa que pensar que en la trabajadora de la limpieza para así ahuyentar sus frustraciones, impotencias y frigideces. Cuando se dan cuenta de que sólo han conseguido disfrutar de un oscuro y pequeño piso en el barrio más tirado de la ciudad, es cuando sienten de verdad el peso del fracaso.
Yo no, yo sólo follo.
Ayer me encontré con Miguel que es un buen y concienciado ciudadano,
con su mujer prendida del brazo.
Me abordaron en plena calle y no tuve más remedio que pararme a prestarles atención. Una situación de lo más molesta para mí.

- ¡Hombre, Iconoclasta! ¿Kay? -kay = "que hay", en japonés.

- Pues mira, que todo es precioso. -le contesté con poco entusiasmo.

Tras las consabidas preguntas de cortesía y observar quien de los dos vivía mejor y estaba mejor situado, ganó él. Cosa que me sudaba la polla.

-¿Sigues viviendo en la calle del Subnormal de los Cojones?

- Sí, y compramos el piso. El amo de la finca era ya muy mayor y
vendió los pisos a los inquilinos más veteranos muy bien de precio.

Yo le escuchaba mirando las tetas de su mujer. Las llevaba muy prietas y tenía la esperanza de que por aquel escote, podría atisbar un poco de las areolas de los pezones.
Me estaba poniendo cachondo.

- Y ahora vamos a hablar con el administrador para que le comunique a
la empresa de la limpieza que nos cambie la operaria: ¿tú te crees que se puede hacer la limpieza de la escalera y el vestíbulo en sólo cuarenta y cinco minutos?

- No sé, a mí sólo me preocupa la paz en el mundo. -le contesté
observando atentamente la entrepierna de su mujer, donde la tela se hundía en el eje central de simetría de su sexo.

Intentó reírse, pero estaba demasiado afectado.

- Si es que las sudamericanas no valen para esto.- sentenció su mujer
y la imaginé con esos labios gordos y plenos acariciando mi glande
húmedo y lustroso.- Son muy marranas.

- Exacto -terció Miguel-, pasa el mocho deprisa y corriendo, echa una botella de ambientador para que huela a limpio y se larga dejando el suelo hecho una mierda. Que la hemos vigilado por la mirilla y sólo moja el mocho dos veces por rellano.

- Si es que todo lo que encuentras ahora son inmigrantes y moros. - dijo como si no fueran lo mismo.

Miguel estaba siempre muy caliente de joven, pero era el que menos follaba y el que peor leía de la pandilla. Vamos, de lo más normal de la iberia profunda.

- Y le vamos a pedir al administrador, que no nos envíe sudacas, que son unas guarras. -la maciza de su mujer estaba un poco nerviosa con el asunto de la limpieza, pobre.

Yo estaba pensando en como sería su ano, el tiempo que necesitaría para dilatarlo y hacerla gozar como a un golfa.

- ¿Sabes que cobra casi setecientos euros al mes? Y los de aquí sin trabajo. -Miguel estaba muy encendido, incluso me pareció ver hematomas en su frente, sin duda alguna producto de los latigazos que
su mujer le propina con el elástico de las bragas.

- Sí, me acuerdo de cuando tu padre tuvo que irse unos años a trabajar a Suiza, a una empresa de productos lácteos y chocolates. ¿Cuánto tiempo estuvo allí?

- Diez años. Al menos consiguió ser encargado de planta, pero currando de verdad ¿eh? No como todos estos que entran en España.

Encargado de planta… era el encargado del almacén y el único operario. El único que manejaba la carretilla. Aún me acuerdo de las fotos que nos enseñaba Miguel a los amigos.

- ¿Está buena la sudaca?

La mujer me lanzó una mirada aviesa. Nunca me acuerdo del nombre de
la buenorra de esa mujer.
Miguel sonrió nervioso.

- Hombre, es una ecuatoriana de esas bajitas, pero monas.

Miré otra vez la marca que hacía en el pantalón la raja del coño de su mujer y se me puso dura.

- Oye, pues sino quiere limpiar bien, que se desnude, y así por lo menos tenéis espectáculo. ¿Algúna familia sudamericana es propietaria de algún piso en la finca?

- No. -la mujer parecía incómoda con mis comentarios.

- Vale, pues entonces como todas son españolas que limpien las propietarias y a la sudaca la usáis de puta. Vamos, más o menos como tu padre hacía en Suiza, que tenía que tirar de las cajas llenas de mierda que nadie quería acarrear ¿no? Los del país mandan y los inmigrantes a obedecer.

Se quedaron un poco pensativos, incluso podía oír sus cerebros girar a muchas rpm.

- Menos mal que al menos los españoles sabemos lo que es emigrar, que
si no, seríamos unos racistas como los alemanes. -les dije en plan nostálgico y bonancible.

Levantando una ceja e intentado encontrar sentido a mi comentario Miguel dijo:

- Pues sí. Es que una cosa es ser tolerantes y otra idiotas. Que son muy golfas estas tías.

Mirando de nuevo los pezones de su mujer, les comenté:

- Donde vivo, tenemos de mujer de limpieza a una puta rusa, hace lo mismo que la sudaca. Solo que después pasa puerta por puerta ofreciendo mamadas a quince euros. Mira, en eso hemos tenido suerte.
Si queréis, os doy la dirección de la empresa.

- Vale. -dijo Miguel.

La mujer no dijo nada, pero la imaginé masturbándome con sus finos dedos llenos de anillos.

- Bueno, pareja. Me voy que tengo que comprar unas bragas para mi mujer y un paquete de condones, que llevamos unos días que no paramos…

Y continué mi camino pensando en lo bonito que es un país tolerante con otras culturas y razas. En el que los obreros se encuentran, se reconocen como tales y se respetan. Eso no existe, tampoco soy gilipollas.
Una mierda.
Un país como España lleno de palurdos hijos de emigrantes, seguirá siendo toda su puta vida un conjunto de incultos intolerantes.
Pero yo a probar condones, que es lo mío.
Buen sexo.


Iconoclasta

18 de enero de 2008

Cosmos negro

Cuéntame tus secretos, susúrrame todas y cada una de tus penas y frustraciones. Confiesa que tu vida es una mierda. Confiesa que no vives, sino que sobrevives.

Que soportas como yo, los días sobre la espalda, penosamente.

Tristemente, mi cielo.

Mi cosmos es negro.

Gravitan las carencias como los satélites en torno al negro planeta sin nombre. Y gravita tu ausencia en mi cerebro creando sinapsis apagadas. Mi pensamiento es unidireccional, directo a ti.

Por eso, mi vida, cuéntame de tus lágrimas. Dime cómo es tu soledad de triste.

Dime todo eso y hazme sentir hombre, quiero ser tu salvación. Quiero ser tu dios, el que ilumine tu camino.

Tu esperanza.

Una puta esperanza que se pudre en la lejanía de un largo recorrido hacia ti y tu cuerpo.

Quiero ser un astro que viaje a tu encuentro arrastrando esta estela de negra pena, de negra ansia por ti. Una estela de improbables besos, una estela de esperanzas que se hacen añicos como gas congelado al chocar contra pequeños asteroides, contra pequeños seres que dificultan mi camino hacia ti, hacia tu cuerpo.

Y si tu vida no fuera lo triste que es la mía, si acaso (maldita seas) fueras feliz; miénteme. Por lo que más quieras. No dejes que viva solo este infierno; no me dejes viajar por este universo oscuro sabiendo que jamás seré correspondido. No puede hacerte daño mentirme. Y sabes que te creeré.

Si lloras, aunque no sea por mí, deja una lágrima prendida en la órbita de la Estrella Desbocada, llegaré a ella y clavaré ese cristal en mi frente: una lágrima de posición en este viaje en el universo oscuro por el cual viajo hacia ti.

Hacia la luz.

Amo cada una de tus penas.



Iconoclasta

4 de enero de 2008

El puente


El puente está tendido en el aire y no sé donde se sujeta, no sé donde acaban los tirantes de acero que suben hasta el cielo ni veo donde se asientan los pilares.

Abajo sólo hay vacío y arriba también.
Es de tal magnitud el vacío, que la zozobra se instala atenazándome el ánimo y provocando un temor profundo.

Atávico.

¿Quién ha podido crear semejante construcción en esta nada? ¿Qué fin tiene? ¿Cuál es su origen?

Y está roto, estoy en el borde y más abajo continúa hacia un horizonte invisible, como si el blanco, o la transparencia del aire se lo tragara a millones de kilómetros.
Y… ¿Por qué salta la gente los seis metros de altura que hay desde aquí hasta la estrecha pasarela inferior? Es tan escasa...

Caen con fuerza, se quejan, se levantan y algunos siguen caminando cojeando.
Siento angustia, horror a saltar y caer fuera de la estrecha pasarela. Porque si caigo, agonizaré eternamente.

Saltar es un camino sin retorno.
Una vez haya bajado, no podré subir.

Y tras de mí, se extiende igual hasta ser engullido por la luz.
Saltan con total tranquilidad, tienen que saber adonde van. Deben saber algo sobre el puente porque no dudan.

Yo no sé que hago aquí, no importa. No es importante, porque todo lo ocupa mi temor, mi naúsea.
No se mueve el aire, no hace frío ni calor.
Sólo se instala un terror en mi caja torácica, es una presión que apenas me permite respirar.

Pasan por mi lado, algunos me rozan y saltan.

Y no hay ruido, es un mundo sordo.

Es tenebroso en la total y deslumbrante claridad de la indiferencia y la asepsia.

No siento hambre ni sed.

Y así, la muerte es peor que todo lo que nunca imaginé que podría ser.

Odio los puentes, siempre los he odiado porque llevan inevitablemente a la otra orilla, al otro lado. Y no hay más camino, no hay más sorpresa que un traspiés, que una barandilla rota o una caída sin fin.
El temor se esfuma, puedo respirar mejor.

Continúan: saltan, caen, se rompen, se levantan y caminan con las piernas deformes.

Un paso más.

Si no salto no avanzo.

Salto.

No hay angustia, no hay miedo y cojear no duele.

¿Por qué está parado ese hombre? ¿Por qué no salta? ¿De qué tiene miedo?

A veces tengo la sensación de haber vivido antes este instante.

Salto con la sensación de que el hombre está aterrorizado mirando al ¿cielo? ¿al vacío? A la nada.

Salto.

Todo es puente, y un puente se ha de cruzar. No hay nada más que hacer, que pensar.


Iconoclasta