21 de junio de 2007

Yo, El pensador

El pensador de Auguste Rodin (1840-1917)

Rodin me debió espiar por una ventana hace mil años.
El escultor me vio brillante como el bronce por la mador de mi piel tras follarla furiosamente; mientras me mordía el puño para ahogar un grito.
¿Pensador yo? No, yo apoyaba mi cabeza en el puño; me senté desnudo después de haberla follado, intentando no llorar su ausencia.
El pensador era yo cuando ella recogía su ropa con prisa para volver a su casa con el otro, al que no amaba.
Yo no era un pensador porque no entendía nada, sólo se que la amaba, ciego...
El pensador... Rodin no sabía que yo no pensaba, yo sólo maldecía. Y me comía el puño con tristeza.
El otro brazo ocultaba mi pene aún húmedo con restos de esperma. Goteaba en mis tobillos.
Rodin no sabía nada de mi angustia.
Y concluyó que yo pensaba.
Era el dolor desgarrador de quedarme solo, de no tenerla. No había asomo alguno de raciocinio en ello.
No eran pensamientos, eran emociones sangrantes de mi efímera posesión, de mi pene aún caliente latiendo por ella.
Por su coño.
Me mordía el puño cuando ella cerraba la puerta y desaparecía; el grito se convertía en un mordisco que laceraba mis nudillos.
Rodin necesitaba gafas.
Yo no pensaba, mi amor...
Mi vida...
Rodin modeló todas esas emociones creyendo que era la fuerza de un pensamiento.
Y ahora estoy condenado durante toda la eternidad con todo ese deseo y anhelo de ella, encapsulado en una figura de bronce.
Rodin eternizó un dolor irracional sin saberlo.
Pobre hombre.
Pobre de mí.

Iconoclasta

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