25 de enero de 2007

Un paseo por el cementerio

Los muertos lo podrían abonar todo con su podredumbre. Si estuvieran enterrados en la tierra y en grandes extensiones, tendríamos más lugares para hacer comidas y meriendas campestres. No existe campo donde parar a comer un bocadillo y sentarse, todo está vallado. Me prohíben el paso en mi propia tierra a pesar de lo que pago; salvo en el cementerio, el cementerio es un museo de la muerte gratuito.

Los muertos, por mucho que digan, por mucho que se les respete, son carcasas vacías.
Sin embargo es fácil, tentador, hablarles. Les contamos cosas como si se tratara de un familiar o amigo al que poner al día. Si es un enemigo, simplemente lo insultamos y esperamos esperanzados que se revuelva en la tumba. Los más idiotas perdonan al muerto por alguna ofensa recibida, la muerte acobarda tanto que ablanda el corazón y los hay que sienten lástima del que una vez respiró.
Al muerto tanto le da que le perdonen o le escupan.


Es cuanto menos, sorprenderte la buena memoria de la que se hace gala frente a una tumba, recordamos lo más íntimo las nimiedades más tontas; yo creo que se debe a que los muertos son parcos en palabras y no nos interrumpen ni distraen.
Es un buen ejercicio nemotécnico plantarse frente a los enterrados.
Los hay que no recuerdan el número secreto de su móvil, pero se saben de memoria más de 80 fechas en las que se cometieron las más diversas vulgaridades.


A veces creo que he olvidado el rostro de mis muertos.
Pobre padre, pobre abuela. Están muertos, son mis muertos.
Pero no están en este cementerio, están en uno nuevo y bien urbanizado que no me gusta; a mí me gusta este porque es viejo, porque hay moho en las paredes, hay agrietados muros de piedra salpicados de moderno mortero. Y apenas te cruzas con nadie si es un día laborable.

Los árboles están tan viejos, tan retorcidos aquí...
Andar por el cementerio me hace pensar inevitable y trágicamente, que cada día nos acercamos más a ser como ellos de silenciosos, es como pasear por mi futuro hogar. Si creyera que los difuntos viven en otro plano espiritual, tendría que salir del cementerio, tosiendo por la risa que me ha dado.


Paseando por el cementerio no siento temor, ni respeto; los muertos no necesitan respeto.
Me gustan las esculturas, los panteones enormes como pequeñas mansiones que las gentes más sencillas y las más detestablemente ricas pagan a lo largo de su vida. Creen tan firmemente en otra vida que siento lástima por su cobardía. Por su férrea voluntad de pagarse un precioso entierro.
Y me gustaría morir en el bosque, como un animal, servir de algo al planeta. No quiero que me incineren, quiero cumplir mi ciclo natural. En la pura tierra, no puede hacer daño.


Calculo por las fechas a qué edades murieron y cuánto tiempo llevan muertos. Siente uno el vértigo de la vida así, con una simple resta; todo ocurre más veloz, las cifras son tan pequeñas…
Son datos intrascendentes, pero con la misma intrascendencia que tiene el coleccionar fascículos y cochecitos. Es una afición.


Los epitafios me apasionan, aunque apenas veo alguno, si la gente no lee o escribe a lo largo de su vida, no es fácil que le dedique un pensamiento a la muerte.
La muerte no es popular, es el fin.
De todas las palabras que hay escritas, la reina es “resurrección”, se repite tanto que al cabo de un rato paseando, temo que pueda ser testigo de una de ellas, no me sentiría cómodo ante un resucitado, no sabría que decirle y tampoco me interesarían demasiado sus experiencias. No soy curioso con los vivos, y mucho menos con los resucitados.
Tengo mis inquietudes y no quiero que nadie me chafe la sorpresa final. A pesar de lo que sé y de lo que no creo, tengo una ilusión romántica por arder en el infierno.
Además, sería injusto que resucitaran; me regocijo al pensar que algunos de ellos no eran buena gente y que afortunadamente yo sigo fumando, riendo el último de entre todos ellos. No quisiera que un imbécil resucitara.
Hay tantos idiotas y asesinos vivos que sería deprimente que los que por fin han muerto o murieron volvieran a la vida, no es bueno eternizar la imbecilidad y la ignorancia.
Abunda tanto entre los vivos la estupidez, que nada puede hacerme pensar que entre los muertos es diferente.
Esa tontería que dicen “siempre se van los buenos” es pura cortesía y no se lo cree ni quien lo dice. Sería descorazonador que los que respiramos seamos los malos. Yo no lo soy, soy bueno.


Hay una estatua gris que antes era blanca, mide más de dos metros y es un ángel con las alas plegadas que mira al suelo, no mira a un enterrado, mira el suelo que pisa con pena, como si le costara un enorme sacrificio mantenerse en pie y pétreo.
Es de lo único que siento pena, adoro al escultor que consigue robarme un latido con su obra; cuando observo el rostro cincelado en pena siento ganas de abrazarlo, parece un buen ángel con sus hombros caídos, las alas marchitas. Tiene dos dedos de la mano rotos.
Se le ve cansado.
Yo a veces también me siento así.


El ruido de la gravilla al caminar confirma que estoy vivo en la ciudad de los muertos; vivo como algunas ratas que corren casi como de puntillas a ocultarse entre las flores de los parterres o en algún agujero de los edificios de los nichos. Con su repugnante rabo arrastrándose por el suelo.
Son esos parterres multicolor los que le dan un toque absurdo a un lugar que para algunos tiene una dramática carga emocional. Hay gente que llora frente a la tumbas. O que mira hacia el nicho que está más alto (en tiempo frío puede desarrollarse una torticolis si se llora demasiado mirando al 5º piso del bloque nichos).
Y ahí están esas flores aún vivas y radiantes. El dolor es su abono.


Los viejos, los pocos que pasean o se sientan en la capilla bañada por el sol, una especie de monolito moderno que destaca entre tanto edificio añejo; me observan cojear con curiosidad.
Nunca me acerco a ellos porque tienen ganas de hablar, y yo no hablo mucho, no me apetece hablar aquí, tengo demasiadas fechas en la cabeza. Fotografías veladas por el sol, flores marchitas que cuelgan tristes; un nicho parece Disneylandia, una explosión de lirios, rosas, claveles, margaritas… Son cosas que aprecio y que me obligan a reflexionar.

Detalles...

Hay un panteón gitano, donde una foto del Tío Paco y la Consuelo está enmarcada por una corona reciente.
Hay un bastón en la tumba, un bastón fino con cintas de cuero que no sirve para apoyarse, el Tío Paco no debía cojear, simplemente era un chulo. No siento ningunas ganas de tocarlo, si fuera de plata pisaría el pequeño plantel de flores que hay al pie de las losas y lo cambiaria por el mío, sin ningún problema, pero esa porquería no la toco yo.


Una tumba de un blanco inmaculado unos metros más allá, luce la foto de un niño haciendo la primera comunión, a Fernando no le duró mucho la vida: 1979-1992.
Cuando nació yo ya tenía 17 años, cuando murió tenía 30 años. No hay ninguna edad especialmente cruel para morir, lloran por un padre, por un abuelo y por un hijo, según toque. No importa la edad para sentir dolor o para proporcionarlo.


Me enciendo un cigarro apoyándome en la húmeda pared de un bloque de nichos, en la sombra, no siento frío nunca y el sol me molesta todo el año.
Y pienso más, si pudiera elegir… No importa, no sentiré nada; pero yo no quiero acabar en un nicho o con una gruesa losa de piedra que evite que me pueda escapar.
Ojalá me enterraran a los pies del ángel triste, mi amigo… Pobre amigo.
Un epitafio, es tan fácil buscar uno, hay tantas genialidades que escribir, pero ahora uno (ya lo cambiaré mi próxima visita): “Pues tampoco ha sido para tanto”.


Me gusta el ruido de la gravilla, le da cierta elegancia a mi cojera y hace más útil el bastón, el sol me da en la espalda y es como si me empujara, como si me echara de aquí, no somos bienvenidos los vivos, somos la envidia del cementerio.
Y ni envidia son capaces de sentir.
Hasta pronto, Angel Triste.
Buen sexo.


Iconoclasta

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