27 de diciembre de 2006

Cortando el aire y la carne

Se despertó con un sobresalto, el móvil chirriaba Merry Christmas y cuando lo alcanzó dejó de sonar; la pantalla mostraba un número desconocido.
Le dolía la cabeza, una pulsión fuerte en la base del cráneo le hacía ver estrellas de colores.
De Navidad…
Se había acostado cansado a las cuatro de la tarde tras haber acabado la jornada laboral en el turno de mañaña.
La siesta se había prolongado durante 3 horas y el dolor de cabeza había empeorado. Fumó un cigarro en la cama y se vistió, le apetecía bajar a dar una vuelta por el barrio, echar una ojeada a los puestos de belenes, a las tiendas.
Distraerse.
Con la imagen aún reciente de su pesadilla, el corte profundo en un vientre y el manar de los instestinos como orugas gordas y blandas que se desparraman sigilosas, bajó las escaleras de la casa. Cuando llegó a la calle, la imagen se perdió y sus mandíbulas prietas se relajaron.
Tampoco tenía muy claro el trabajo realizado hoy.


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Soy capaz de generar pensamientos agradables aunque mi vida sea una mierda; es insulsa, es pobre, es vacía. No hay expectativas de mejora. Cobro una mierda por un sudor continuo que no es ni más ni menos, parte de mi ser. Me vendo por litros a aquel el que me paga.
Tampoco soy muy distinto de una puta.
El humor es importante.

No necesito mucho, sólo conservar mis pensamientos, necesito espacio para ellos, que nadie me los arrebate.
Y no lo hay. No hay espacio en el planeta, es una maraña intrincada de millones de pensamientos que se ejecutan a la vez. No hay lugar, no hay silencio ni para el pensamiento.
Es Navidad y las cosas empeoran en estas fechas.
No hay espacio para mis ideas agradables, para mis sueños. No puedo andar sin ser interferido por la muchedumbre, se me escapa la belleza que creo en mi mente con cada empujón, con cada roce, con cada pisotón.
No hay espacio aquí. El aire se puede cortar como la mantequilla y la carne como filetes.
Es mi única idea, mi obsesión.
Los huesos se pueden fracturar… Los tejidos blandos sajar.

Y siento este dolor de cabeza intenso. Es un dolor nacido de la incapacidad de retener las imágenes que me esfuerzo en imaginar. Ideas felices. Da igual que los sueños sean mentira, los necesito para poder sobrevivir en este ambiente, algo que me quite de la cabeza la idea de que vivo en una colonia de insectos.
Me repugnan los insectos y su hostilidad, su forma de devorarlo todo sin pasión, sin ningún tipo de alegría o rabia. Insistentes, crueles en su indiferencia al dolor ajeno.
Los insectos no crean ideas felices en sus mentes, no piensan que un día podrían llegar una cima alta, tenderse sobre una roca de cara al cielo y ser bañados por la luz blanca de las estrellas, de la luna.

Cada día me cuesta más retener las estrellas en mi mente, respirar en sueños el aire libre.
Todo lo ocupa este sonido de los altavoces, las luces navideñas y una riada de gente que me aísla del frío.
Siento ganas de llorar cuando recuerdo a mi madre ajustándome la bufanda a la boca.
Nadie chocaba contra nosotros continuamente ¿era ella la que me protegía y todo era igual que ahora? Recuerdo haber podido ver las figuritas de los puestos de belenes, sólo tenía que ponerme de puntillas.

Llevo años soñando, reteniendo imágenes en estos momentos en los que ocupan e invaden un espacio que por derecho de nacimiento me pertenece.
Sólo quiero mi espacio.
Los huesos se fracturan, la carne se corta.
El rojo de la sangre es como el rojo de los lazos y el papel de envoltorio de los regalos, de los bombones.
Es dicha, la sangre de ellos es mi dicha, su dolor es mi liberación.

Hace tiempo que he perdido mi capacidad para recrear momentos de dicha, soy viejo. Lo peor de la vejez es la incapacidad de generar nuevas esperanzas. Lo peor de la vejez es revivir continuamente los tiempos pasados y concluir que no hay ya nada que esperar.
Por eso necesito mi espacio ahora más que nunca, ahora necesito que el planeta me ayude, ahora que mi mente se ha hecho tarda y lenta.
Los ancianos me llaman joven y yo les digo que 50 años son demasiados y que la juventud quedó tan atrás que apenas la recuerdo. Que no intenten ser amables con mi desdicha, les bromeo. Algunos ríen otros, los que más, no entienden la ironía.
Temo los recuerdos del pasado que me convencen de que nada será como antaño, que no volverán esos momentos felices.

Soñaba con ser mayor y caminar tranquilo y seguro, orgulloso.
No hay orgullo alguno en mí, no hay orgullo real que sentir.
No puedo sentirme orgulloso de esto que me rodea.
Nadie puede quitarle su espacio vital a un predador como el hombre.
Yo soy un hombre, me lo he repetido tantas veces que me asumo como bestia y ángel. Como bueno y malo.
Estoy de acuerdo en todo; con mis contradicciones de humano.
Cortar y desangrar.
Cercenar tejido humano.

Camino rápido hacia ninguna parte, tengo prisa por alguna razón que me asusta reconocer. Tal vez no importe demasiado; si he de apresurarme, me apresuro.
Y me da miedo reconocer mi fracaso como hombre al que han robado su espacio en el mundo, al que le usurpan el pensamiento con cosas banales que no me importan. No importa tampoco la banalidad, sólo importa que son cosas ajenas a mí. El pensamiento colectivo parece invadirme como un agente cancerígeno, devorando mis células, cebando el tumor.
Necesito extirparlo con un filo penetrante y agudo.

No hay demasiado en que pensar. No me dejan lugar ni para tener frío, lo ocupan todo.
¿Cómo puede ser posible que nadie entienda al francotirador que mata seres elegidos al azar? Yo lo entiendo, lo abrazaría al encontrar un semejante.
Tampoco puedo correr mucho para alejarme lo más rápidamente posible de aquí, no hay espacio para flexionar las piernas entre este río de carne y saliva, de rumor de voces que me hacen chirriar los oídos. Estoy seguro de que si alguien pusiera su oreja contra la mía, sentiría el murmullo que se me ha enquistado en el oído.
Soy una caracola de tierra, puede que acabe barnizada mi cabeza en una estantería y de vez en cuando un niño me coja y pegue su oído en el mío para escuchar un murmullo humano y cenagoso, espeso como la sangre que ya lleva un rato fuera de las venas.

Debo imaginar que soy un explorador en la jungla, cortando para abrirme camino, atravesar la jungla. Cortar lianas, cortar ramas, cortar brazos y piernas. Cortar hasta las almas.
Sangre y dolor.
Sujeto firmemente la navaja de afeitar e imprimo velocidad a las piernas.
Hay momentos en que la riada de gente se para y yo me he de parar con ellos, por su culpa; me es imposible avanzar.

Sacudo con medida precisión la muñeca a la altura del muslo y la cuchilla se abre letal en su ángulo exacto, tal y como tantas veces he practicado. El filo queda mirando al exterior, como un alerón que cortará ropa y carne. Así andaré más deprisa, cosas de la aerodinámica.
El coeficiente aerodinámico es el CX yo tengo un CX capaz de abrir cuerpos.
Hay tantas personas, tantos obstáculos.
Mente en blanco y caminar, rápido.
Me abandono a la riada de gente, dejaré que sean ellos los que se corten contra mí.
Siento el filo que rasga tela y se hunde en carne.

-¡Algo me ha picado!-dice una voz femenina.

No miro a quien corto, no puedo mirar tanta gente, yo sólo ando y permito que el filo me facilite el paso como el machete en la jungla. Es una idea que me gusta, es una idea que me hace respirar libertad y aventura.
No hago caso del lamento femenino, ni de los gritos que piden ayuda, que aconsejan hacer un torniquete en el muslo porque sale mucha sangre.

Y ahora con las dos manos.
Como un ángel de alas flexionadas, discreto en su poder, yo porto las navajas. Los filos son el poder que corta y despeja el camino.
Cortaré a pares.
Lo cortaré todo, hasta el puto aire si hace falta.
En la ancha avenida se ha formado un corrillo de gente tras de mí, y por encima del rugido de voces y tráfico, se escucha el lamento de la mujer rodeada de extraños que observan con curiosidad.
Estas cosas no ayudan a la fluidez en el tránsito peatonal, ni en el de los autos.

-¡Ay, Dios mío, que corte más grande!

-Pero… ¿Cómo se ha hecho eso?

-No lo sé, he sentido un roce y he notado el pantalón pegajoso… Me estoy mareando.

Yo miro al suelo, nadie reconoce ni da importancia a quien mira al suelo, a los centenares de zapatos.
La cuchilla izquierda se hunde en el hombro de un niño tras atravesar su anorak; la cuchilla derecha se hunde en los genitales de un hombre, he sentido como el filo ha rozado la cremallera de la bragueta para después hundirse con dulzura. Se me han erizado los vellos al percibir en mis dedos el chirrido de la cremallera metálica al ser mordida por el filo de la navaja.
Hay tanta gente… El hombre no entiende que ha ocurrido unos dedos por debajo del vientre, lo observo desde su propio hombro, y se lleva la mano ahí; mira incrédulo los dedos ensangrentados. Otro niño se hunde en el filo de mi navaja. El niño llora.
He conseguido dejarlos atrás, sólo un par de metros para confundirme entre el rebaño. Como uno más.
Se escucha a la madre gritar.

- ¿Qué te han hecho? ¿Qué te han hecho? – grita histérica la madre al niño mientras le sujeta la parte inferior de la mejilla porque le cuelga como un filete de carne.

El niño no responde, no debe poder hablar.
Y dando una ojeada a mi derecha y hacia atrás veo al hombre como oprime su mano contra los genitales incapaz de obturar la sangre que mana desde dentro del pantalón.
Tengo prisa, quedan muchos metros por andar entre la multitud. Los altavoces emiten villancicos que suenan mal y el brillo de las luces de navidad parece ser absorbido por la marea de carne.

Ya no brillan las luces como cuando era pequeño, ahora una niebla insana difumina su brillo. ¿O son mis retinas más opacas?
No sale vapor condensado de mi boca, el aire ya no es frío.
¿O son mis pulmones que están enfermos, fríos como los de un cadáver?
Cuando era pequeño tenía que llevar bufanda, sentía las piernas heladas porque nos hacían vestir pantalón corto.

Se hace más difícil avanzar, la gente se ha parado para cebarse en la desgracia de la víctima, les gusta la navidad y la sangre y el dolor y la ignorancia; en el fondo necesitan a alguien como yo para que les de algo de aventura y misterio a sus mierdosas vidas.
Tengo que moverme entre cuerpos aburridos que desprenden olor y calor.
Se hunde la navaja izquierda en el torso de una mano.

-¡Ay!

La derecha a la altura de un fémur masculino cuya cara no miro, ha caído al suelo atropellando tres cuerpos que tenía delante, le he debido seccionar algún tendón, un poco por debajo de la cadera.
Una mano me aferra la muñeca izquierda; pero con la derecha corto algunos tendones de las falanges a juzgar por el roce de hueso, cuando el filo toca el hueso es muy desagradable.

-¡Hijo de puta! ¡Dios!...

La mano me suelta y casi de un salto me meto entre tres personas detenidas que miran adelante para desaparecer de la vista del mutilado.
Estoy nervioso, necesito tomar algo y pliego mis alas, mis navajas, y las guardo en los bolsillos.
En el bar la gente grita para entenderse y me puedo encajar entre dos mujeres que toman café con leche en la barra. De pie, claro.
Me dan ganas de cortarles los tendones de Aquiles y que caigan al suelo entre gritos de dolor.
He de ser discreto, soy una especie de supervillano, me he convertido de un simple hombrecillo a una especie de psicópata atormentado.
Y eso está bien, me da cierto carisma.

Tengo manchas de sangre en los vaqueros, pero simplemente da la impresión de tela mojada. Huelo la sangre, sube su aroma acre a mi nariz, pero sólo yo la huelo, los demás sólo se huelen a si mismos y el olor de rancias frituras.
Tengo un olfato demasiado desarrollado a pesar de lo mucho que fumo.

-Menudo follón se ha montado ahí fuera.-le dice al camarero un tipo con cazadora de piel marrón que acaba de entrar.

-¿Qué ha pasado?-le pregunta.

-Parece ser que se han liado a navajazos.

-Es que la gente está loca, van como animales, se pelean en las tiendas por los turnos y cualquier excusa es buena para que se peguen una paliza.

Le he pedido al camarero que me pusiera hielo en el refresco y me ha mirado un tanto fastidiado.
Las navajas de afeitar pesan en mis bolsillos, siento esas hojas pesadas y afiladas escondidas entre las frágiles guardas de pasta.
La Filarmónica, hasta su nombre es una ironía. Los gemidos de los que son mutilados son auténticas arias al dolor y la incomprensión. Yo las dirijo.
Soy Karajan en versión odio y sangre
Es la primera vez en días que siento mis labios distenderse en una sonrisa.

Cuando enciendo un pitillo, me doy cuenta de que la mano izquierda está sucia de sangre, arranco una servilleta del dispensador para limpiarme sin que sirva de gran cosa, la sangre está demasiado seca. Da igual nadie le presta atención a nadie.
Me chupo los dedos para eliminar la sangre que queda entre las cutículas.
Se aproxima por momentos el sonido de dos ambulancias y la riada de gente parece casi detenida. Me siento aliviado de no estar ahí fuera, entre ellos.

Lanzo la bocanada del pitillo dentro del vaso y observo como el humo se concentra y se retuerce lentamente adoptando formas caprichosas.
Podría nacer una nueva vida de esa atmósfera que he creado, tal vez debería hacerme un corte y dejar caer unas gotas de sangre para que se formara una nueva vida en este caldo primigenio.
Me gusta leer sobre el origen de la vida. Me encanta imaginar…
Me empujan, casi me tira el vaso alguien que pretende acceder al fondo del local.
Ya no sé en que pensaba, me siento ofendido. No sé porque reía sólo me siento mal, me han arrebatado mi idea, me la han anulado.
Otra vez.
Están muertos, muertos, muertos, muertos…

La mujer continúa avanzando, abriéndose paso con sus bolsas de compras. De espaldas es ancha como un hombre y en su espalda lleva pegada mi idea, la que me ha robado. Avanza como un buey hacia una mesa que acaba de quedar libre.
Dejo 2 euros en la barra y al camarero le pregunto por los servicios.

- Al fondo, caballero.

Como la mujer ha abierto camino y no llevo bolsas, me muevo con cierta facilidad.
Deja sus bolsas en la silla de la mesa y se dirige al servicio, se adelanta presurosa.
Se está meando y por eso va molestando con su prisa.
Entra como una tromba en el servicio y yo tras ella, entro en el pequeño servicio de caballeros.
Me pongo a mear y siento la polla caliente, el alivio de la orina cálida al salir por el meato.
Me la sacudo un par de veces, me lavo las manos y salgo ya más tranquilo.
La mujer sale del lavabo sin mirar, me corta el paso restregándose contra mí.

- Perdone. – me dice.

La empujo hacia dentro del servicio de señoras de nuevo, con fuerza, con ira apenas controlada y cae golpeándose la cadera contra la taza. Emite un gemido. Y me mira sin entender.
Le doy una buena patada en su cara machuna y grita. Le meto una toalla en la boca. Se abren las dos navajas y trazan círculos y espirales en el aire.
Un corte y el ojo izquierdo parece deshacerse, la gelatina resbala por su mejilla, mezclándose con la sangre. Intenta defenderse con las manos, pero están tan cortadas ya que apenas acierta a parar mis navajazos.
Su cuello se abre en una nueva boca y le corto el cuero cabelludo desde la frente hasta la coronilla.
Parece que una ducha de sangre le cae desde el techo.
Otro corte y su mejilla se abre provocándole una mueca sangrienta. Parece una loca.
Corto sus grandes pechos y corto sus muslos a pesar de debatirse con torpeza.
Consigue darse la vuelta en el estrecho espacio y golpeo con el filo de la navaja muchas veces esas nalgas gordas.
Los glúteos se expanden al ser abiertos y asoma tejido de carne y bragas entre el pantalón cortado. Un leve resbalón con la sangre me obliga a ser más cuidadoso.
Levanto su barbilla tirando del cabello sin acordarme de que le había cortado el cuero cabelludo y me quedo con un manojo de pelos unidos por piel en la mano.
Respira pesadamente con la cabeza entre la taza y la pared, apenas tiene fuerza para moverse.

- ¡So puta! – le grito cortando su cuello, metiendo la navaja bajo la barbilla y cortando en redondo hacia la derecha.

Me despido de la muerta dándole una patada en el culo, coloco el pestillo de la puerta en posición de bloqueo por dentro y cierro la puerta. La sangre sale por la rendija de la puerta.
Ya sé que no ha servido de nada, que no he podido recuperar la idea que me ha robado pero; no he podido evitar que la ira me llevara y he de reconocer que la muerte de otros tiene un sabor salado y salvaje, es una liberación de mi mente. Matar, asesinar es sentirse libre y poderoso. Ser el sumo creador.

Entiendo a los francotiradores que matan indiscriminadamente, sé que sienten.
Y no es locura, es lo mismo que sienten los poderosos sabiendo que la vida de la gente depende de un gesto suyo.
Es lo mismo, sólo que unos lo hacemos con navajas (mucho más valiente y con más mérito), otros a distancia con un fusil y otros ni siquiera ven la muerte en directo, les basta con leer las estadísticas.
Debería haber comenzado a matar hace años, me hubiera ahorrado toda esta infelicidad.
Concluyendo, soy una buena persona.

Me vuelvo a meter en el servicio de hombres y lavo las navajas y mis manos de sangre, con el pantalón y los zapatos no puedo hacer gran cosa. Es igual, tampoco se ven.
Cuando me largo del bar, nadie se fija en mí, sólo yo los controlo, si unos ojos me miraran, los cortaría.
Es el renacer, mi vuelta a la vida.

Me sumerjo de nuevo en la riada humana, ahora me dirijo a una pequeña feria de adornos de navidad y belenes que han instalado en el centro de la avenida. Es una larga marquesina donde se concentra aún más el aliento fétido de cientos y cientos de reses.
Siento un poco de envidia de ver al padre que sujeta con mal disimulado malhumor a su hijo que quiere saltar de puesto en puesto sin más control.
Me estoy perfeccionando, unos abuelos copan un puesto de figuritas y algunos niños hacen cola impacientes. Tengo un corazón de oro, les voy a hacer un favor.
Se despliegan las cuchillas de nuevo como si fueran mis propios dedos, la vieja del vestido es bajita y debo doblar un poco las rodillas para poder seccionar el plantar delgado, un músculo en la parte posterior de la rodilla, les das un tajo ahí, lo suficientemente profundo y se desmoronan como peleles.

No sé de donde salen todos estos conocimientos de anatomía, debe ser cultura subliminal que he captado con los anuncios de la tele.
No me sitúo exactamente detrás de la vieja, sino que me alejo lo justo para que llegue el brazo. Me agacho un momento para recoger algo que no he tirado al suelo, alguien que me precede tropieza conmigo, confusión…
He lanzado el filo y lo he clavado tanto que he sentido un mareo, hay tantas piernas en medio que nadie ha visto mi maniobra.
Cuando la vieja ha comenzado a gritar, yo ya me he alejado casi tres metros, todo un récord en esta maraña de cuerpos.

- ¡Fina, Fina! ¿Qué te pasa mujer?

- La pierna, Arturo algo me pasa en la pierna. - se lamenta mientras cae desmadejada.

Lo demás no me importa, me alejo.
La turba parece haber quedado inmóvil, parece que todos callan para dejar cantar a las ambulancias, a los coches de policía.
Bajo de la zona de puestos de venta por unas escaleras que dan al nivel inferior del paseo, hace frío. Y apenas hay gente en esta zona del paseo.
Un hombre se cruza conmigo y su vista queda fija en mis manos, no he guardado las navajas, sigo andando con ellas desplegadas, buscando la sangre y el dolor ajenos.
El mira mis ojos con temor y yo imagino que le transmito una mirada amenazante, aunque me encuentro tranquilo.
Un grupo de personas interrumpen nuestras breves miradas y él se apresura para echar a andar de nuevo.

No tengo miedo de que me denuncie, nadie quiere meterse en problemas y mucho menos cuando se trata de alguien que pasea con dos navajas de afeitar ensangrentadas.
Es que cuando me dedico a algo, lo hago con auténtica devoción y algunos detalles se me escapan, me sentía a gusto con ellas en las manos, el peso de su hoja da seguridad.
Las guardo porque no soy tonto, no soy un psicópata que busca inconscientemente que lo detengan.

Y ahora, lo que siento es que tengo que volver allí, entre la gente y seguir haciendo lo que me gusta, me siento vacío aquí donde nadie ocupa mi espacio, donde puedo pensar.
Pensar duele.
Me he vuelto inestable…
Vuelvo a subir los escalones y sumergirme entre la marabunta, al paseo repleto de carne y de un aire espeso que puedo cortar.
Que debo cortar.

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El hombre sigue el rastro sangriento de JLB, un experimento psicológico. Un encargo del gobierno catalán. Hay superpoblación y descontento en algunos barrios de Barcelona y no hay medio más discreto para causar bajas que lanzar a la calle a un anónimo psicópata.
Alguien a quien no poder encontrar en años.

Han sido meses y meses de tratamiento, el sujeto experimental trabaja habitualmente en una empresa de la Generalitat.
En las comidas se le ha administrado un avanzado psicotrópico que actúa a nivel genético, transformando su mente.
Basta dar con el individuo adecuado, alguien completamente individualista y solitario. Sin vínculos familiares próximos; familiares que no puedan ver que llega a casa con el cerebro hecho mierda tras una jornada de ocho horas, y de las cuales tal vez haya trabajado dos.
Y estos individuos se conocen gracias a las estadísticas, que para eso están. El sumum del poder sobre los demás radica en conocerlos. En predecir lo que serán, lo que harán.
Y luego usarlos.
Se puede sugestionar a la masa con grandes desgracias y la hambruna en el tercer mundo, con las muertes de esposas maltratadas o con la amenaza de quitarles el carnet de conducir. Pero es demasiado inconsistente, se necesita crear un dolor real.
Un cuerpo abierto, hemorragias masivas al azar y muy próximas al ciudadano vulgar es lo que atemoriza.
Cuando se provoca que un autocar con decenas de niños se precipite por un barranco, hay todo un meticuloso trabajo de estadística, de psicólogos e incluso de mecánicos. Porque conseguir estropear un autocar es fácil, pero que caiga por donde debe, es otra historia.
Es habitual sacrificar 60 o 70 niños para, por ejemplo, acabar con el hijo de algún funcionario santón que hace demasiadas preguntas sobre los gastos farmacéuticos millonarios de un funcionario que trabaja en un taller de impresión, allá en los fosos del Departament de Industria.

En sesiones discretas, en un zulo oculto en el taller, cuando duerme por el tratamiento que se le ha administrado en la comida durante su jornada laboral, se le borran todos los recuerdos, todas las imágenes tranquilizadoras y se consigue con ello sumirlo en un profundo estado de ansiedad y congoja.
Luces brillantes y los consabidos villancicos que le son imbuidos en la mente bajo el efecto hipnótico de la droga, son los que condicionarán su comportamiento. Como ahora lo han hecho.
La medicina genética ha arrancado literalmente de su organismo cualquier concepto químico o psicológico de conciencia. Su cerebro ha mutado química y físicamente para ser un exterminador. Pero lo realmente interesante, es saber cuántas víctimas conseguirá provocar en dos horas, en las dos horas de la tarde-noche de Nochebuena; hoy día laboral y sin puente próximo, las calles con mayor número de comercios están atestadas de gente.
El hombre que fabrica psicópatas, cree que su experimento no podrá parar de matar sin una orden.
Y la orden es que se de una ducha en casa.
Se mantendrá desconectado de la función para la que ha sido creado hasta que una llamada telefónica le haga escuchar un villancico que desencadenará de nuevo el despertar de la bestia.

En este mismo momento, se da cuenta de lo equivocado que está, JLB ha salido de la multitudinaria avenida buscando el alivio de las aceras laterales por las que apenas nadie pasea. Se siente defraudado, no ha seguido su consigna de cumplir con su tarea hasta nueva orden.
Toma nota mental para que sus colaboradores le suban la dosis de FDLN (filo de la navaja), la denominación que le han dado los cachondos de sus subalternos a la droga tras conocer, que el medio que elegiría el experimento JLB para mutilar y matar sería la navaja de afeitar. Además, deberán hurgar en su cabeza y eliminar un trocito de cerebro que no ha acabado de mutar físicamente. Una pequeña lobotomía que arranque la parte más amable de sus emociones.
Aparte de aliviar la densidad demográfica, el gobierno conseguirá que la chusma le preste atención, no hay nada como unas cuantas muertes en las fechas más señaladas para crear una alarma social que provoque que la manada se cobije bajo los brazos del poder.
Sus navajas están tan sucias e impregnadas de bacterias, como los dientes de una hiena. Los filos se han tratado en el laboratorio con mucho cuidado, los heridos morirán de choque séptico por leves que sean sus heridas.

Haya votado o no, cuando el filo de una navaja de afeitar amenaza, todo el mundo se aviene a razones, todo el mundo acepta asumir un incremento de los impuestos.
Política y economía, todo es más sencillo de lo que parece.
Y las mutilaciones, no gustan a la masa que sólo quiere comprar su jamón de navidad o su salmón ahumado. O la cámara digital, o el teléfono móvil de última generación, que para eso han trabajado todo el puto año.
El hombre sonríe y sigue la andadura de JLB, que para su satisfacción ha decidido volver a la avenida central.
Ya no se siente defraudado, su hombre sigue el programa.

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Josep Linares, uno de los guardias municipales del barrio no consigue entender lo que está ocurriendo. Han sido 8 personas heridas en apenas un tramo de 200 m.
Las aceras de la avenida están invadidas de gente y su tarea no es fácil, hay cuatro grupos de sanitarios atendiendo a los heridos, todos ellos con profundos cortes. La mujer del corte en el muslo ha perdido tanta sangre que el médico no sabe si conseguirá sobrevivir.
Un crío tiene la mejilla derecha literalmente cortada en dos y ha afectado al músculo maxilar, la madre está tranquila gracias a un valium que le ha obsequiado el médico.
Su compañero Ferrán se encuentra en la zona más próxima a la feria de los puestos de belenes, donde se encuentran dos grupos más de sanitarios.
Una ambulancia conecta su sirena.

-Se llevan a los primeros heridos al hospital.- piensa con alivio.

Salta a la calzada y obliga a los vehículos a detenerse y dejar espacio a la ambulancia que avanza lenta y ensordecedoramente.

-Josep, ¿sabes algo de la central? Esto nos supera.- es Ferrán, su compañero comunicándose por la radio.

-Están en camino, vienen 8 más y el capitán con un inspector de los Mossos; pero el tráfico está colapsado, haz lo que puedas, como yo.

Josep teoriza que alguien está hiriendo a la gente sin pretenderlo, algún objeto punzante que asoma de alguna bolsa. Es rebuscado, pero no alcanza a comprender lo que está pasando; sólo sabe que las víctimas no tienen conexión aparente entre si, salvo por el azar del dolor.
Sin embargo, son cortes tan profundos, tan graves…

-Agente, este hombre ha visto algo.-le interrumpe uno de los sanitarios que acompaña a un hombre de unos 30 años, muy pálido y con un aparatoso vendaje en la mano. Sus artificiales y mojados rizos negros no favorecen su aspecto cerúleo.

- Lo vi, vi su mano. Miré hacia mis pies porque me habían pisado y vi la navaja cortando al hombre que cayó allá atrás, el de la parka gris. Intenté detenerle cogiendo su mano pero me cortó con la otra mano. No vi más que el filo de una navaja de afeitar, y luego desapareció, hay mucha gente aquí.

- ¿Vio su ropa, su calzado? ¿Oyó su voz? ¿El color de su piel?

- No.

Josep le pidió su carnet de identidad y tomó nota para el atestado y una posterior declaración.
El sanitario lo acompañó hasta la ambulancia y cuando abrieron la puerta, pudo ver un hombre que estaba tendido en la camilla y un médico hacia algo entre sus piernas.
Ya había tomado nota de él, tenía un corte que le afectaba el pene y un testículo.
Se le ponían los pelos de punta sólo pensarlo.

-Josep, una mujer ha caído con un feo tajo en la parte posterior de la rodilla, a unos 60 m. de mí.

Me acaban de avisar por la radio.

-Joder, voy para allá. Contactaré con el capitán, que vengan a toda hostia, avisa al público por la megafonía que despejen los puestos, necesitamos espacio y evitar más heridos.

- Voy allá.

- Capitán, aquí Josep Fonseca, les necesitamos urgentemente, alguien está dando navajazos indiscriminadamente, acaban de herir a otra mujer.

- Estamos llegando, Josep, tranquilícense, ya vemos la avenida; en unos minutos estamos ahí.

-Por favor, se ruega a los que no son familiares de los heridos, despejen el lugar para que puedan actuar los servicios médicos.- era Ferrán hablando por la megafonía de la feria. Los villancicos habían dejado de sonar.

- A los encargados de los puestos: rogamos cierren de momento sus negocios, necesitamos su ayuda para que el público despeje la avenida.

Josep sintió el rumor de descontento de la gente al oír estas palabras.
Nuevas sirenas y éstas de las patrullas, se aproximaban por fin los refuerzos.

-Josep, en el bar La Avenida hay una mujer herida, ve allá.- era Olga, la operadora de la central, la pobre también estaba desbordada.

- Esto se nos va de las manos, Olga.

- Ferrán, acércate a la nueva víctima, a la vieja de la rodilla; debo ir al bar La Avenida, hay una víctima allí.

El bar estaba a unos 50 m. más adelante de donde él se encontraba ahora.
Anotó en su libreta el nuevo caso del bar, llevaba la cronología de víctimas para así poder trazar la ruta que estaba realizando el maníaco.
Otra ambulancia salió veloz avenida abajo, dirección al hospital de Valle Hebrón.
Le costó mucho avanzar. Empujaba y gritaba que era un agente de la guardia urbana para que le abrieran paso.
Cuando llegó, sudando y cabreado, el camarero estaba histérico.

- ¡Por fin han llegado! La acabo de encontrar en el servicio, estaba la puerta cerrada por dentro y esa mujer me ha avisado de que salía sangre por debajo de la puerta. He liberado el pestillo con un clip y me he encontrado… ¡Es horrible!

Los clientes del bar, alrededor de 60 personas, permanecían en silencio, atentos al camarero y al guardia municipal.

Camino de los servicios apreció huellas de sangre en el suelo. Tendría trabajo la policía científica.
Habían cerrado de nuevo la puerta del aseo y frente a ella había mucha confusión de huellas.
Cuando Josep la abrió se encontró a una mujer tendida boca abajo con la cabeza entre la taza del inodoro y la pared. Su espalda estaba llena de profundos cortes, las nalgas eran un amasijo de carne y tela ensangrentada
Un hilo gelatinoso de sangre pendía desde el pecho balanceándose.
La sangre se estaba secando, la mancha se extendía por todo el suelo y hasta la zona de mesas.
La mano izquierda de la víctima se había quedado metida en la taza, tomó el pulso de su muñeca. Estaba muerta.
Decidió no mover el cuerpo.

- Capitán, estoy en el bar La Avenida, ha habido un asesinato.

- ¿Qué coño está pasando ahí? Doy aviso a los mossos, que avisen al juez y al forense. Mantenga el local cerrado, que no salga ni entre nadie. Dígales a los clientes que en muy poco tiempo podrán salir. ¡Menudas navidades!

-¿Alguien conocía a esa mujer?- preguntó Josep en voz alta.

Nadie respondió.

- ¿Recuerda a qué hora entró esta mujer?- le preguntó al camarero.

- Ni siquiera la he visto entrar, ya ve cómo está de lleno.

- ¿Alguien la vio cuando entró en el servicio?

Silencio.

- Dentro de unos minutos llegará un equipo de investigadores de los Mossos D’Escuadra, les harán unas preguntas y después podrán salir. Deberán esperar, es un asesinato y necesitamos toda la ayuda que nos puedan prestar.

- Yo tengo mucha prisa, me está esperando ahí fuera mi mujer y no sabe nada.

- Es cuestión de unos minutos, no se preocupe.- le mintió Josep, la verdad es que tenían para más de una hora y media de espera. Es la mala suerte de encontrarse en el lugar de un homicidio.

Le hizo una seña al camarero para que se acercara a la entrada del local.

- Cierre con llave la puerta cuando yo salga, estaré aquí de guardia hasta que lleguen los mossos.

No había un solo testigo en aquel bar, todo era ruido y gente entrando y saliendo. Perderían el tiempo los clientes y la policía.
Se encendió un cigarro y al tiempo escuchó las sirenas de los coches patrulla mucho más próximas, no pudo ver los vehículos por el torrente de gente que le tapaba la visión.
También podía ver en línea recta el corrillo de gente que se había formado en torno a la víctima de la feria, se encontró con la cansada mirada de Ferrán y se saludaron con fatalismo. La percha de suero de la camilla sobresalía como una antena vieja por encima de las cabezas de la gente.
Ya no se escuchaba música, sólo algunas persianas de los puestos al cerrarse. Lentamente se iba vaciando la feria, ahora la multitud de gente pasaba frente a él con su atronador murmullo.
Algunos lo miraban desafiantes. Al fin y al cabo era un funcionario y el que tenía la culpa de todo. Y encima fumando…

En 12 años que llevaba de servicio, nunca se había encontrado con una situación así, de hecho, no sabía que esto pudiera ocurrir.
Tal vez, como en otros países sí era razonable especular con un ataque de un francotirador; pero alguien haciendo daño tan cerca, cortando con navajas; era algo demasiado absurdo.
Alguien está cansado, alguien ha dejado tirada la cordura en mitad de la calle y los demás la pisotean.
Si consiguieran encontrar esa cordura, conocerían la identidad del loco.

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Parece que las navajas piden sangre, se abren solas en mis manos.
Y se hunden en carnes que avanzan ahora un poco más presurosas que antes, dentro de unos pocos metros y unos minutos, la muchedumbre se habrá disuelto, se habrá expandido y no podré cortar más carnes en secreto.


Una tía buena con tejanos ajustados y botas camperas… Están buenas aunque sean feas.
Dar un tajo en un culo tan duro tiene que ser como exprimir un grano lleno de pus y grasa, da morbo.
Me sitúo a su lado, pero dejando una persona en medio, nos empujan continuamente desde atrás e incluso hay algún imbécil que pretende adelantar a otros.
En el momento que recibimos un nuevo empujón, yo clavo el filo en las nalgas de la tía, no lo puedo ver, pero siento la carne abrirse, hago correr tanto tiempo como puedo el filo por la carne prolongando así el corte.
Se da la vuelta furiosa hacia el que tiene detrás, se toca el culo y alza la mano manchada de sangre.
Pierde el equilibrio, se marea sin decir nada.
El hombre al que miraba la agarra del brazo y frena su caída, ella se sienta en el suelo en estado de shock.


- ¡Ayuda, por favor! a esta chica le pasa algo.

- Vamos a llevarla allá delante, a pocos metros hay una ambulancia y un guardia que atienden a una persona herida.- dice un hombre que iba en dirección contraria.

Cuando ayudan a incorporarse a la chica, del culo le chorrea la sangre a borbotones y el tejano claro ahora está rojo.
Le duele horrores andar a juzgar por sus fuertes lamentos.
Los hombres están pálidos de ver tanta sangre. La chica, casi como en trance, se deja llevar dejando tras de sí un rastro de sangre.


- ¡Policía! ¡Policía!.- gritan al tiempo los dos hombres para llamar la atención del agente al que ya veo. Unos 50 m. delante, y en la acera opuesta se encuentra otro guardia fumando ante la puerta del bar en el que aquella hija de puta me robó mi pensamiento.

Una mujer me empuja tirando de su hijo que lleva cogido de la mano para avanzar más deprisa. Mantengo firme mi mano y noto como el crío avanza cortándose el brazo, gimiendo casi al instante.


- ¡Que no te suelto y espabila que llegamos tarde!- le grita la madre sin bajar la mirada.

Me detengo para aumentar la distancia, porque la madre dentro de poco mirará a todos lados gritando como una loca y no quiero que mis ojos se crucen con los de ella.

Y ahora pliego mis alas de nuevo, la multitud se expande, apenas nos rozamos y las manos quedan desnudas, a la vista de cualquiera.
Creo que no puedo hacer más, al menos en este barrio, en este momento.


Paso por delante de los sanitarios que están acabando de contener la hemorragia de la vieja. El guardia está realmente agobiado y ahora presta atención a los gritos que vienen de atrás.

Estoy tan manchado de sangre que me he de pegar literalmente a la gente para no llamar la atención; unos escalones me dirigen a la acera secundaria, 100 m. más adelante de donde entré de nuevo en la avenida.
Me iré a casa, me ducharé y quemaré esta ropa sucia.
Afilaré las navajas, las limpiaré y las esconderé para otra ocasión.
Me es difícil no lanzarme contra el hombre que sale de la boca del metro y rebanarle el cuello en redondo hasta decapitarlo.
Me tengo que controlar. Muy a mi pesar…


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- Ferrán, acaba de pasar muy cerca de ti un hombre con una parka negra y unos pantalones manchados y húmedos. Me parece sospechoso.- habló llevando la radio cerca de la boca.


- Tengo a dos víctimas más, Josep, uno de ellos es un niño de siete años con un corte en el antebrazo que deja ver hasta el hueso. Su mano se ha quedado contraída, hay tendones afectados.

Josep cruzó la calzada y llegó hasta su compañero dando empujones.

- Avisa al capitán, voy tras él, Ferrán. - se dirigía a la escalera y bajó de dos en dos los escalones que llevaban a la acera secundaria.

Localizó al sospechoso unos 100 m. delante de él.
Llevaba las manos en los bolsillos, un hombre corpulento y de un caminar pausado.
Llamaba la atención de la gente con la que se cruzaba, le miraban desde atrás.
Se desvió antes de que pudiera llegar hasta él por un pasaje estrecho.
Por fin, lo alcanzó.


- Perdone, señor ¿me podría enseñar su carnet de identidad?

- Claro.

Josep había liberado el seguro de la pistolera y mantenía la mano cerca del arma.

- ¿Ocurre algo?


- ¿Acaso no lo ha visto? Acaba usted de venir de ahí arriba.

- La verdad es que he oído gritos y he visto la ambulancia, pero pensé que se trataba de alguna persona que ha caído desmayada.


- Ha habido heridos muy graves, la que usted ha visto casi se desangra.

El hombre sacó de su cartera el carnet y se lo acercó para que lo tomara.

- ¿Qué le ha ocurrido en los pantalones?

- Es sangre, agente.- respondió el científico a su espalda.- El señor Jaime Balcells León es prácticamente un funcionario como usted o como yo.

- Identifíquese, señor.- Josep se sobresaltó por la irrupción de ese hombre.

Y sintió como un filo fino y penetrante se hundía en su garganta y como le cortaba en redondo. Sintió de repente la sangre inundarle la boca. No podía hablar, ni respirar.
Jaime lo sujetó antes de que cayera al suelo y lo encajó entre dos coches estacionados.
Echaron a andar calle abajo por la estrecha acera.


- ¿Se siente bien, Jaime?

- Sí, señor Ovidio.

- Pues le veo cansado.

- Son las luces y el jaleo que me abruman, pero estoy bien. He pasado unos momentos de nerviosismo. Me siento mejor que hace una hora. Siento paz, no me duele la cabeza.


- ¿Quiere que hagamos otra prueba en la cabalgata de Reyes?


- Lo deseo con todas mis fuerzas.

- Venga Jaime, vaya a casa y dúchese, descanse. Todo está bien.

Se estrecharon la mano y Ovidio observó como aquel hombre anodino se perdía entre la sombra que creaban los focos de dos farolas. Creyó sentir como las navajas se abrían y cerraban distraídas dentro de sus bolsillos.

JBL era un auténtico psicópata de laboratorio, y con voluntad de seguir haciendo daño, convencido. Y no como esos psicópatas que piden a gritos que los detengan.
Sacó su teléfono móvil del bolsillo.


- President, el experimento ha sido un éxito.

El President colgó el teléfono sin decir una sola palabra.
Sonriente, subía de nuevo hacia la avenida cuando sonó su móvil, Gingle Bells desde el bolsillo interior del abrigo.


- Vidi, cariño, estoy con los críos en casa de mis padres, ¿te queda mucho?

Pero no respondió, una mano tiró de su frente hasta que vio el cielo, desde una esquina de su campo de visión cenital vislumbró fugazmente un brillo metálico. Sintió como la carne del cuello se abría, el filo invadía con violencia sus entrañas, era un trallazo intenso de dolor, durante una eternidad el metal se abrió camino por su garganta y la sangre como un jarabe espeso bajaba hacia el pecho, sintió por fin que se ahogaba, su sangre inundaba los pulmones y su frente aprisionada entre los brazos de JBL le obligaba a mirar con los ojos brillantes de pánico un papá noel de trapo que colgaba de un balcón. El móvil se le resbaló de los dedos y aún no estaba muerto cuando JBL lo encajó entre dos coches aparcados.
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Tras la ducha, Jaime se sentó en el sillón frente al televisor apagado, balanceando las navajas entre sus dedos, nervioso, excitado.
Ya ni con silencio podía pensar, no tenía ni recuerdos.
Necesitaba seguir cortando.
Y bajó al piso de abajo, a pedirle al vecino azúcar que no necesitaba. Y cortarlo, cortar a su mujer y a sus hijos. Cortar a su perro. Cortar hasta el puto aire que respiran.
Y después bajaría un piso más.
Y así hasta que no quedara nadie en la finca que pudiera distraerlo de sus pensamientos, hasta que dejaran de sonar villancicos en todo el edificio.
En todo el barrio.
En toda la ciudad.
En todo el mundo.


Iconoclasta

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