27 de mayo de 2006

Un jamón cortado muy fino

Hace rato que ha despertado y ya está apagando el tercer cigarro. Cigarros indispensables para disipar junto con el humo el entumecimiento mental del sueño, como lo haría el ambientador con el olor a mierda.
Hay silencio porque ventanas y puertas están cerradas, no le gusta oír el exterior cuando aún no está plenamente despierto.
Y ya tiene hambre, siempre se levanta hambriento, pero no se da cuenta hasta que ha fumado demasiado.


Observa la puerta de la terraza: el sol comienza a destruir la cómoda penumbra del comedor y cuando abre la puerta de la cocina, debe entornar los ojos porque los visillos calados crean cientos de rayos de sol amarillento, ese sol que aún no se ha enfadado con el mundo y no se ha calentado demasiado.
Todos esos rayos crean la ilusión de encontrarse ante el umbral de un portal áureo y brillante, el que dicen se forma en los últimos instantes de vida.


-Será para los que mueren en la cocina.- piensa en voz alta, con desgana, despeinado.

-Es una premonición.

Pero su vida carece de cualquier tipo de sobresalto, no hay premoniciones, no hay esoterismo alguno.
La luz baña su torso desnudo, sus brazos, sus manos; al verlos se siente macilento, tísico.
Se siente tan mal como realmente está.
Y aburrido y cansado.
Absolutamente aislado del bullicio que forma la familia al llegar a casa, como si no fuera ya con él toda esa vida.
Podría haber encendido el sintonizador o el televisor y llenar con otros sonidos que no fuera su respiración o sus pensamientos, el ambiente ahora casi aséptico de alguien que ocupa el espacio movido simplemente por las funciones mecánicas del cuerpo.
Porque no acaba de creer que éste sea su sitio, su lugar.


Meses de encierro e inmovilidad lo han sacado del planeta. Demasiadas horas consigo mismo han marcado su mente como un hierro al rojo. No es bueno conocerse, los defectos superan con creces las virtudes si es que hay alguna. Y los errores se amontonan por todas partes.
Reconocer una mierda al mirarse en el espejo no es popular.
Dicen que se debe vivir intensamente y esto no es bueno, no es bueno sufrir intensa y prolongadamente. No se puede ser ecléctico con la vida, no puedes quedarte con lo bello y estimulante. Te meten cucharadas de aceite de ricino continuamente y su sabor es tan intenso como el del caramelo.


Se rompió, murió durante un año, se retiró del juego mientras todo giraba como si nada. Muerto en vida y después una resurrección ingrata, sin alegría. Vivir es moverse, ocupar espacios, influir para bien o para mal en otros movimientos, en otros seres.
La resurrección es dolorosa, un cuerpo que cruje continuamente. Los ojos eternamente entornados en el exterior, demasiado sensibles a la luz. No hay buen humor en una resurrección así, esa sonrisa que a veces se forma en su boca es sólo una mueca de burla a la vida.
No hay recompensa alguna en volver a la normalidad.
Y abriendo la nevera concluye que hubiera sido mejor no resucitar, se hubiera habituado a un relajante y tranquilo ataúd. O se hubiera arrancado los ojos con las uñas, tampoco lo tiene muy claro.


-Cuatro putos días y la mitad son una mierda.-habla mucho en voz alta cuando está solo, siente que su voz es extraña, ajena a él. Le gusta oír a la sarcástica amargura.

Saca la fiambrera del jamón york y la deja abierta en la encimera durante el tiempo que tarda en preparar el bocadillo.
Abriendo el pan, se corta en un dedo.


-¡Joder!-exclama llevándose el dedo a la boca.

Observa el pequeño corte que no duele ahora, la sangre mana rápida y aguada por la medicina que le licúa la sangre; paladea el sabor a óxido mientras deja que las gotas caigan en la pica de la fregadera. No cesa, y es hipnótico el goteo. Su sangre se va a la cloaca para viajar a algún lugar que él no conoce. Su espíritu es su sangre.
Pero esto no le consuela.


-Durante el tratamiento, es muy peligroso usar instrumentos cortantes, si se corta, vaya inmediatamente al hospital, porque no cesaría la hemorragia.-le dijo el cardiovascular hace unos meses.

Pero el corte es pequeño y apenas sangra ya.
Arranca un trozo de papel de papel absorbente y se envuelve el dedo. Se empapa de rojo al tocar la herida, la mancha se extiende y de repente se detiene. Es todo tan predecible…
Riega el pan abierto con aceite; ha manchado de sangre la corteza.


-Un sacrificio al Dios Bocata.

A pesar de todo, es el momento del día que más disfruta: el del almuerzo; sigue siendo un obrero en espíritu y el bocadillo de la mañana es un ritual inexcusable.
Y después el paseo con un caminar lento y doloroso que agota y hace sudar. Arrancar una flexión a un tobillo, a una rodilla a cada paso no es gratificante. Por decirlo de alguna forma. Por decirlo suave.


Al principio los paseos eran un deber, un ejercicio obligado. Ahora, a medida que sus pasos son más seguros y un poco menos dolorosos, se ha convertido en una actividad más distraída. Sobre todo, desde que no refleja el dolor su rostro en cada paso.
Cada día más metros, más tiempo. Increíblemente lento…
Incluso ríe cuando el más viejo del planeta lo adelanta como una exhalación. Pero ríe apretando los dientes, a nadie le gusta perder.
Perder un puto año de vida.


-¡Coño, mierda, joder!

Y siente un deseo loco de estrellar el plato contra la ventana.
Coge de la fiambrera una loncha de jamón y se le rompe entre los dedos.
Le gustan las lonchas de jamón muy finas, aunque se rompan, aunque al final acabe poniendo la misma cantidad que si fueran más gruesas. Es la textura de las múltiples lonchas lo que le gusta. Tiene sus vicios.
La segunda loncha también se rompe y una parte cae al suelo. Y también una lágrima incontrolada, en su desánimo piensa que todo está mal.
Recoge el jamón del suelo y lo tira a la basura con los ojos acuosos.
Otra loncha que se parte, otra lágrima que se desborda. Se siente caer en el abismo.


Con la ruptura del jamón hay otra anímica. El corazón parece suspenderse en una contracción durante una eternidad y todo se le viene encima, como los árboles en un bosque encantado, sus ramas intentan apresarlo.
Siente una emoción extraña por el jamón roto y él está roto. Y así, en el universo infinito, dos sustancias dispares consiguen tener algo en común.
Si el jamón llorara, lo abrazaría.
No consigue sonreír a pesar de visualizarse abrazando la loncha rota.
No consigue situarse en el lugar ni momento actual.
Es algo innecesario como ser vivo, es superfluo. El mundo ha rotado un año entero mientras el permanecía inmóvil. Todo ha evolucionado, todo se ha resuelto sin él.
Y saber esto, es reconocerse como un objeto de adorno. Un jarrón vacío.
El pan manchado de sangre se le antoja algo dramático. Un mal presagio, un sacrificio de sangre sin sentido. Ya ha sacrificado al Dios Miga un año entero de vida ¿Qué más quiere ese Dios podrido?
Sacrificio a la Inutilidad…


Creía que todo sería distinto al recuperar la movilidad, cuando volviera a la normalidad.
Pero no hay normalidad en esa nauseabunda sensación de pérdida.
Abre la boca y consigue enmudecer un gemido al observar el altar de pan y el jamón roto en él.
Es todo tan difícil, tan feo, tan inútil…
Se le ha roto la alegría y el ánimo como una taza de café al estrellarse contra el suelo. La taza se ha hecho añicos al empujarla con la bayeta limpiando de migas la encimera.


-Ojalá me muera…

Hace rato que el bocadillo ha dejado de parecerle apetecible.
Todo se rompe.
¿Y si después de recuperarse, vuelve a romperse?
Hubiera sido mejor no resucitar, no recuperarse de nada; no era necesario esforzarse para llegar a este momento.
Ahí de pie, en la pequeña cocina, muerde el bocadillo sin conseguir arrancarle un sabor.
Lo abandona en el plato, cierra la puerta de la cocina y abre los mandos de gas de los fogones.
No los enciende.


Se mira los pies con impaciencia, lo piensa mejor, sale de la cocina y en una nota adhesiva escribe: “No abráis la puerta, hay un escape de gas. Llamad a los bomberos.”
Pega la nota en el exterior de la puerta de entrada al piso.
Tal vez debería escribir que los quiere, pero no tiene ganas. Seguro que lo saben.
Vuelve a la cocina cerrando la puerta y abriendo el gas de nuevo.
Ahora olisquea el aire, pica en los ojos y la nariz. El olor a nafta no es desagradable. Ahora a esperar un sopor, un sueño. Una indolencia del alma.


Siente un ligero embotamiento de los sentidos y su mirada va a parar al bocadillo, tiene hambre.
Se lo come con gula, arrancándole violentos bocados, ensuciándose de migas y aceite.
Erupta sonoramente y a punto de encender un cigarro, se acuerda de cerrar el gas y abrir la ventana para ventilar la cocina.
Se sienta en el sillón y sin prisa alguna se fuma el cigarrillo.
Ya no tiene los ojos húmedos y parece tranquilo. Se viste con ropa deportiva y arranca la nota de la puerta cuando sale de casa.
Hoy ha aguantado un poco más, son cuatro días practicando, intentando llegar al final. Posiblemente, dentro de pocos días será capaz de aguantar ese escozor y picor de ojos. De no aterrorizarse ante la muerte.
Porque si ha conseguido caminar, no puede ser tan difícil respirar gas hasta morir.
Es cuestión de voluntad y disciplina. Cada día un minuto más, unos gramos menos de miedo.
Y otro día que pasará sin nada digno de ser mencionado. Sin influir ni aportar nada a nadie.
En la charcutería ha comprado 300 gramos de jamón york.


-Córtelo muy fino, no importa que se rompa.

Iconoclasta

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