19 de mayo de 2006

666 y la intolerable uniformidad


Hay un camino en mi mente soñadora, una ruta ignota que cada día descubro, que cada día, como un ritual supersticioso me obligo a seguir.
No tengo ilusión alguna al emprender el camino, no hay esperanza para la fantasía.
Es una ruta de desaliento y hastío, cada día una nueva desilusión y un nuevo odio. Nuevos rencores.
Es importante encontrar un nuevo mundo cada día, aunque ese nuevo mundo sea ignominioso. Detestable.
Aunque me provoque el vómito, no dejaré de inventarlos. Soy un colono en un continente sin relieves geográficos. Lo único que escalo son las rampas de cemento y sorteo idiotas, ambiciones vacías y predecibles.
Esquivo escupitajos que los mamíferos bípedos dejan como un rastro tras de si.
Un rastro de miasmas y miserias. Nicotina y mierda que arrancan de su cuerpo con las primeras luces del día.
Me esfuerzo mucho en descubrir algo nuevo cada mañana: una flema más oscura, un vómito aún fresco. Pequeños detalles que me dicen que esta mañana no es la misma que la de ayer.
Podría seguir el rastro del animal y clavarle el cuchillo en la médula y quedarme con su piel como trofeo.
Pero aún no he llegado a ese grado de liberación.
No hago lo mismo que esos mamíferos impávidos y atontados en los transportes. Mis ojos se mueven ágiles; observándolos, descubriendo su pobreza día a día. No me he acostumbrado a ellos, me mantengo alerta para no convertirme en uno más.
Este es mi viaje diario a lo desconocido, me conformo con que simplemente, la mierda cambie de color. Es algo que me da esperanza de no vivir siempre el mismo día. No quiero ser el molino de un río seco, que nunca alcanza a mover nada.
No recuerdo haber hecho nada malo en una vida anterior como para estar condenado a vivir en este lugar infecto, en este momento eterno donde cada segundo son años de vida y la vida es tan repugnante, que bastaría nacer y morir en unas horas para conocerla.
Así que me muevo con soltura forzada y precisión por la ciudad. Soportando hedores, y lo que es peor: roces que temo sean infecciosos, que me contagien esa miseria que todos comparten.
Cada día un nuevo camino porque cada día lo odio con más fuerza. Es lo bueno de ser soñador, mantienes viva la ilusión.
Desprecio y hartazgo es mi aventura diaria, es un mundo hostil y cada uno vive como le ha tocado en suerte. Yo me debato en una agónica uniformidad.
Me esfuerzo muchísimo en soportarlo.
No tengo esperanza de salir de aquí, de cambiar; si no trabajo no como, ni tengo casa.
Mi libertad real alcanza unos cuantos kilómetros cerca de mi hogar. Los kilómetros previos a la entrada en mi puesto de trabajo.
Tan cerca que consigo oler el tufo que deja mi culo sudado en la silla de la oficina, aún en mi casa. Y me lavo hasta que me duele la piel.
A pesar de que mi imaginación es prolífica, no puedo evitar sentirme estafado por la vida y debo mirar fijamente el calendario para asegurarme de que hoy no es ayer. Es fácil de entender, no hay arcanos en esta vida de mierda.
Las flemas de hoy parecen idénticas a las de ayer, tan iguales como los vacíos ojos de los bípedos que me rodean. Por eso busco nuevos matices.
Otra tía con las cintas del tanga asomando por encima del pantalón también desteñido. No me excitan estas cosas a estas horas de la madrugada; mi afán es convencerme de que no es el mismo tanga, que la cara de la mujer es diferente. No es la misma. Y por eso miro sólo su coño, un poco por debajo de la cintura del pantalón. Si mirara su cara y la reconociera, me hundiría.
Frena el tren y me aferro a la barra, no quiero que mi cuerpo se relaje y siga la inercia de todos los cuerpos. Me mantengo tenso y firme. Yo no me inclino como ellos, como espigas gordas y deformes al viento.
En mi nuevo camino, el viento sopla en otra dirección y aunque pueda parecer absurdo, siento que mi cuerpo se ladea en esa dirección; al contrario que ellos.
Hay que ser fuerte y constante para ver una nueva ruta cada día. Algo diferente.
En la oficina todo es mucho más difícil, porque salvo por las papeleras vacías, todo es igual que ayer. Debo imaginar apretando los puños que es mi primer día. Que todo aquí también es diferente.
Es muy difícil llegar a este nivel de conciencia. Tan difícil como encontrar algo que apreciar en este estercolero.
A pesar de mi elaborada imaginación, hay momentos en los que me parece casi imposible hallar diferencias.
Parece que incluso mi mente está apresada en este lugar. Apenas me quedan combinaciones para poder alterar la uniforme y estática realidad. Es todo tan predecible como lo son los días en una prisión.
Y así día tras día, sin que cambie absolutamente nada.
Pero cambio yo, cada día me encuentro más hundido, más abatido.
El tren huele como siempre, sin embargo hoy flota un acre olor a podredumbre, un sub-aroma que ofende y recuerda la carne en descomposición. Ahora estoy confuso y no sé si es un truco de mi mente para fabricar otra realidad.
El tren traquetea lento por el túnel bajo la ciudad, hay obras.
El olor persiste.
Mi mente trabaja a mil por hora para discernir sobre la veracidad de este hecho.
Aunque no importa que sea mentira, lo siento como otra realidad; la mía y única.
El sonido de las voces en el vagón se ha amortiguado. Se oyen cuchicheos entre los pocos que ahora hablan.
El motivo es una pareja que al fondo del vagón y apoyados contra la puerta de servicio, se besan con voracidad.
Me encuentro en la otra punta del vagón y hasta mí llega el sonido húmedo de sus besos.
Las manos del hombre son cortas y muy anchas. Están sucias. Sus dedos se meten entre los muslos de la mujer, bajos sus nalgas cubiertas por un vaquero muy ajustado. Se los separa con fuerza, la está excitando.
Ella tiembla de placer muy pegada a él moviendo la cabeza para maniobrar con la lengua que mantiene hundida en su boca.
Apresa durante unos segundos el lóbulo de la oreja de su hombre y lo sorbe entre sus labios a la vez que su pelvis se frota en él. Son labios carnosos y húmedos, pintados con un rojo brillante que empalidece su tez morena. Gordos…
Me hace salivar el imaginar que soy yo el que la besa.
El hombre fija su mirada en mis ojos, con salvaje hostilidad. Está excitado y se envanece de esa preciosidad de melena larga y negra que se agita entre sus brazos.
El color verde de sus ojos es tan opaco y sólido como el de una vieja botella cubierta por la pátina del tiempo.
Hay una antigüedad aterradora en ellos.
Son ojos de bestia, crueles, tan sólo se pueden llamar humanos porque están insertados en un cuerpo de hombre.
Quisiera tener una milésima parte de esa historia. Algo que demostrara que he vivido. Mi única pátina es el polvo que cubre mis zapatos. Mirándolos agradezco a lo que pudiera existir que hoy sea diferente. Que algo extraño y anómalo pase en mi vida.
Realmente diferente y auténtico, sin apenas esfuerzo he conseguido driblar una monotonía asfixiante en un momento en el que siento que no me quedan más recursos.
El murmullo de los pasajeros se eleva, la mujer ha apoyado su espalda en el pecho del hombre. Su tez morena y su nariz respingona le dan una edad inclasificable.
Ha abierto la boca en un mudo gemido de lujuria y nos avergüenza a todos. Las manos de él han abierto la blusa azul celeste y los dedos se clavan en sus pechos desnudos. Se clavan en las enormes aureolas oscuras y los pezones erizados asoman entre los toscos dedos en un impúdico alarde de excitación.
Presionan tanto los dedos, que parecen estar enterrados en las glándulas. Los senos parecen moverse por algo que los agita desde dentro.
Los oscuros ojos de la mujer se clavan en mí humedeciéndose los labios con una lengua extrañamente larga. Se retuerce sobre si misma e imagino que es mi polla la que está entre esas contorsiones extrañas.
Le sobreviene un acceso de placer y eleva los brazos por encima de la cabeza mostrando un torso que se mueve sinuoso e hipnótico.
Su mirada baja hasta mi paquete y mi pene se convierte en una estaca húmeda. Mi glande sensibilizado me provoca un deseo paranoico de ir hacia ella y morder sus pezones, rasgar su pantalón y follármela de pie, sujeta en los brazos de él.
Violarla sin compasión.
Sus piernas separadas y arqueadas me hacen sudar. Me excita la forma en que presiona con sus nalgas en los genitales del hombre. Me la ofrece caliente, como una puta, como una esclava.
Los pasajeros, los que han conseguido salir de su estupor, les imprecan elevando la voz por encima del estruendo del tren. Una mujer mantiene la cabeza de su hija entre los brazos ocultándole la escena que tiene lugar al fondo del vagón.
Sé que el coño de ella está tan empapado como mi glande; se ha metido la mano por dentro de la cintura del pantalón y se acaricia. Sus gemidos son enmudecidos por el chirrido de las ruedas y siento la necesidad de acercarme hasta ella para escuchar su letanía de placer.
El hombre brama de repente:


-¡No os hagáis ilusiones, La Dama es para él!-y sus palabras se extienden claras y feroces rebotando contra las paredes del vagón. Su dedo índice apunta hacia mí y la uña ennegrecida y mellada parece que rasga la cargada atmósfera del vagón.

Las cabezas de los pasajeros se han girado hacia mí y me miran con ojos estúpidos de incomprensión.
Es todo de una realidad tan clara que me siento emocionado.
La cabeza del hombre parece un acerico plagado de finas agujas. Pelos duros que no se mueven. Su mandíbula está tensa conteniendo algo peligroso.


-¡Miradlo! Se siente asqueado, infectado de vosotros. Y ha deseado tanto que ocurra algo extraño que estamos aquí por él, por su deseo vehemente de salir de este mundo plano que habéis creado. Ninguno de vosotros merecéis a La Dama Oscura, sólo él, el que lo desprecia todo y se siente sucio entre vosotros. Uno entre millones. Y en honor a él, vais a morir todos, monos.

-¡Calla, loco!-exclama un hombre joven trajeado que sostiene la mano de su compañera.

El hombre lleva las manos a su espalda y éstas vuelven a aparecer con dos enormes pistolas plateadas. La Dama Oscura mete también las manos en la cintura del hombre y saca otras dos armas.
Por encima de los primeros disparos, se escuchan gritos aterrorizados.
Y la sangre… La sangre mana tranquila de entre los cuerpos que caen o quedan inertes en los asientos. Es lo único que fluye dulcemente en esta escena absurda e imposible.
Los pasajeros se protegen tras una barra, tras un respaldo, o tras otro humano. Y tras este, otro que se agazapa esperando que la bala no pueda atravesar los dos cuerpos.
Hay un miedo enloquecedor, es terror puro el que trae la muerte.
Yo no tengo.
Otros intentan esquivar las balas, se mueven con cada disparo de un lado a otro, retrocediendo. Y mueren cada vez más cerca de mis pies.
La pareja se acerca tanto para disparar, que es imposible esquivar nada, los tiros a bocajarro suenan más apagados.
La Dama Oscura sonríe a una vieja de boca temblorosa, le apoya el cañón en el pecho izquierdo y se agacha hasta su oído:


-Nunca seré como tú, vieja mona.- su susurro me llega claro y nítido.

El cuerpo de la anciana parece hincharse en el mismo momento de la detonación, desde dentro. Parece elevarse para desplomarse de nuevo en el asiento, como si un terremoto sacudiera sus entrañas. Queda inmóvil en el asiento con las piernas abiertas, es una imagen que me desagrada.
Me desagradan sus muslos blancos y fláccidos.
El mata sin pasión, si acaso, media sonrisa socarrona. Ella está salvaje con la blusa abierta y la piel salpicada de sangre. Me vuelve loco de excitación. Sus pechos se mueven voluptuosos con cada disparo, con cada gesto.
Lo único que queda del mundo vulgar en este vagón, es la luz. Los fluorescentes arrojan una luz fría y verdosa. Objetiva. Y le restan a la sangre el brillo especial que debería tener, parece un aceite marrón y sucio.
Impertérritos los fluorescentes alumbran con el mismo desinterés a la muerte y la locura.
Ni aún ahora que puedo oler sus alientos, tengo miedo. Sólo ilusión, una esperanza que se abre a un mundo nuevo y diferente. La uniformidad se ha volatilizado y no me importa morir; es todo lo que quería de esta puta vida.
Me da igual pesadilla o hermoso sueño, cualquiera de las dos opciones es válida para escapar de la atracción gravitatoria de la monotonía.
Ya no moriré sin conocer una verdadera emoción. No quería morir de cáncer de hastío.
La niña me arranca de mis reflexiones, de mis sinceridades. Le grita y suplica al hombre que no la mate; retrocede ante él y cae al suelo al tropezar con un cuerpo tirado y entre las piernas inmóviles de cadáveres aún sentados. Se protege la cara con la mochila cuando la bestia le apunta con una sonrisa inhumana.
Es la última detonación; algunas cuentas de colores que la niña lleva en las múltiples trencitas de su cabello, chocan contra el suelo y ruedan siguiendo la inercia de una curva hasta que quedan pegadas en un charco de sangre. La parte inferior trasera del cráneo de la niña ha desaparecido y una cortina de gotas espesas de sangre empieza a bajar por sus ropas.
El vagón hiede a sangre y orina, siento náuseas.
Así huele la muerte, la maldad pura.
Toda mi apatía y desilusión se ha disipado, ahora que soy el único pasajero vivo o consciente del vagón, la sombra del temor se cierne sobre mi ánimo.
Pero no puede con mi excitación descontrolada.
Hay más de cincuenta cuerpos inertes, se escuchan algunos gemidos lastimeros de un montón de cuerpos apilados a los que no prestamos atención.
El se acerca, sonriéndome cordial. Dos viejos conocidos.


-¿Te imaginabas esto? ¿Realmente aceptas la masacre como una liberación de tu angustia vital?-me habla tan cerca de mi rostro que siento su aliento fétido, me aturde, me marea. Es tan extraño…

-Lo asumo. Asumo el miedo que ahora siento como algo necesario. Acepto la muerte que me espera como pago a este conocimiento de vuestra locura, de vuestra maldad pura. Acepto la muerte que me libera de este antro anodino. Sé que cuando muera iré a tu infierno, no me reencarnaré en una muda flor o en otro vulgar humano, en un impasible gusano. Cada día será doloroso.

-Estás muy loco, primate. ¿Quieres morir ahora?

-No. Pero poco importa. No eres un hada buena ni ella Campanilla. Eso es cosa de tu voluntad.

El se acerca aún más, abre la boca y saca la lengua, recoge las gotas de sudor que mana por mi rostro con ella. El miedo me inmoviliza.
La Dama Oscura se acerca hasta nosotros y deja las armas a mis pies. Fuerza a la bestia a que se gire hacia ella y lo besa profundamente, alejándolo.
Lo abandona y gira hacia mí. Me hunde su deseada lengua en la boca, sus fríos y afilados dedos se posan en mi nuca provocándome un escalofrío. Me funde…
Sus pechos oprimiéndose contra el mío provoca que mi polla se colapse de sangre, meto las manos por dentro de su pantalón, no lleva bragas y clavo los dedos en sus nalgas, deslizo un dedo en su ano y la presiono fuerte contra mí, quiero que se funda conmigo, que sea yo o ser ella.
Deseo lamer toda su piel, beber su agua, hundir en su coño la lengua, los dedos, mi pene… Mi puto corazón.
Quiero follarla por el culo, encima y ante los muertos y los que agonizan, ante los vivos y matarlos si fuera preciso.
Resbalar tendido en un charco de sangre follándola.
Me siento bestia salvaje con esta belleza entre mis brazos. Por primera vez en mi vida, me encuentro en mi sitio, en mi lugar. Todo tiene sentido, color y sabor. Olores…
La muerte que esnifo es soportable comparada con la angustia de todos estos años, de toda esta vida.


-¡Fóllala!-sisea la bestia desde un asiento. Se ha desnudado y está sentado en un charco de sangre. Ha empujado dos cuerpos contra el otro extremo para hacerse sitio. Su glande se ensucia con la sangre del asiento pendiendo fláccido; la sangre rebosa de sus muslos, de sus nalgas. Y parece cagar sangre, tal vez lo haga; no lo sé.
Sus armas descansan en la espalda empapada en sangre de la niña de las trenzas. Se enciende el enorme puro que ha sacado de la sucia camisa que ha tirado en el suelo tras arrancársela sin desabotonar.
Ha apoyado el brazo indolentemente sobre el cuerpo de un hombre canoso y el pie izquierdo lo mete por entre la falda de una mujer que aún agoniza a sus pies entre pequeñas bocanadas de sangre. Hay un feo agujero en su garganta.
Su pene se endurece, crece; y para liberar esa tensión, golpea con fuerza el asiento con su polla salpicando gotas de sangre con cada golpe.
La sangre que gotea espesa del glande parece un moco rojo.
La Dama se ha arrodillado y se ha metido mi polla en la boca, sus dedos me acarician los huevos y yo empujo con fuerza para hundírsela más adentro. Que se ahogue la puta. Se la quiero enterrar en la gola.
Recita unas extrañas palabras, entrecerrando los ojos. Con la voz ronca y gutural de una boca ocupada, llena de mi polla.
Si ello es posible.
Y a pesar de intentar prolongar el placer, me vacío en su boca, indefenso. Sus labios me rozan el pubis. Se contrae el vientre y las rodillas se me hacen goma.
Todo adquiere un tono onírico que me hace dudar de la realidad. Estaría así lo que me queda de vida, con mi semen goteando en un linóleo sucio de sangre.
Se incorpora y me besa, siento el sabor ácido y dulce de mi propio semen. Uno de sus pechos, muestra un reguero de semen que lamería con la lengua hasta hacerla sangrar.
Mi pene se encoge y pende desgarbado de la bragueta abierta. No me molesto en guardarlo.
La Dama Oscura se acerca ahora a la bestia desnudándose completamente. Sus nalgas están llenas de arañazos y cicatrices. Alguien la mordió con fuerza en la nalga derecha, le falta un trozo de carne. Debería yo clavar las mías en ellas y hacerla sangrar.
Le posa la mano en la pierna y le hace retirar el pie del coño de la moribunda, aferra su pene arrodillándose entre sus piernas y lame ávidamente el glande ensangrentado.
El gruñe como un felino, tiene tensos los brazos y piernas por un placer que intenta controlar.
La Dama Oscura se incorpora y se dirige a un rimero que forman cuatro o cinco cuerpos, o diez… no importa.
Con cautela se tumba de espaldas en la cima y eleva las piernas abiertas ofreciéndole a la bestia su vulva abierta. El se acerca a ella, pisando piernas y manos sin ningún cuidado y se arrodilla ante el altar de carne para lamer el brillante y húmedo coño. Ella gime impúdicamente clavando las negras y largas uñas en la carne muerta de un brazo que cuelga bajo su espalda.
El hombre se levanta, y mete sin miramientos el pene entre los carnosos labios, hundiéndolo en ella y ha aferrado su melena para mantenerla firme entre las embestidas a la que la somete.
El tren decelera, se aproxima la siguiente estación; una voz grabada comunica a los muertos el nombre de la próxima estación. Empuño el freno de mano y tiro de él.
Entre los suspiros de La Dama Oscura, él me clava la mirada con ojos feroces, no pestañea a pesar del sudor que se derrama por sus párpados, ni por las obscenidades que clama La Dama Oscura.
El tren se detiene con brusquedad tras un prolongado chirrido y las expiraciones entrecortadas de los dos seres parecen llenar el mundo entero.
Ahora es él quien gruñe con más fuerza, ha apresado el tobillo del pie izquierdo y elevado la pierna para facilitar una penetración más profunda. El pie de La Dama se congestiona por la presión de la tenaza.
Se oyen ruidos en la puerta de servicio del vagón, debe ser el maquinista.
Cojo del suelo las dos pistolas que dejó hace años La Dama Oscura a mis pies, y cuando se abre la puerta apunto con ellas. El barbudo barre con la mirada el caótico vagón, los muertos, los que follan, el que tiene el pene colgando patéticamente fuera del pantalón, a mí. Y por supuesto, los plateados cañones que le apuntan.
Cuando sus labios intentan moverse para formar alguna palabra, presiono el gatillo izquierdo y no ocurre nada. El hombre adelanta un paso adelante mirando toda esta sangre que hay en el suelo. Lanzo al suelo la pistola inútil y oprimo el gatillo derecho. El ruido es ensordecedor y casi a la par, se escuchan gritos de los vagones vecinos. El maquinista ha quedado inmóvil, en pie. Tras unos interminables segundos sus rodillas comienzan a flaquear y se flexionan, una mancha oscura se extiende por su vientre. Sus pantalones parecen ser invadidos por una sombra que se mueve rápida. Y por fin cae con un “¡ay!” débil.
Ella lanza un gutural alarido llevada por un orgasmo que me eriza los vellos, se debate clavada a él, se clava la uñas en el vientre, en el pubis. Más sangre.
Los cadáveres se agitan tanto que parecen resucitar en una danza dolorosa.
La bestia rebuzna literalmente, está profundamente metido en ella, inmóvil pero en tensión. Sus glúteos están contraídos y su vientre prominente se agita con breves y rápidas convulsiones. Ella se aferra a sus acerados cabellos mirándolo fijamente. Hay un silencio que pesa, que es malo.
Se desclava de ella tambaleándose y gotas de semen van cayendo del pene ya lacio, salpicando el cabello de un hombre o los labios de un viejo.
Ella, aún extasiada se extiende perezosamente la leche por la vulva, por el lacerado pubis.
Cuando se pone en pie, se desmoronan los cadáveres, como si ya no fueran de utilidad; por sus muslos se desliza el semen que cae de la vagina.
Es tan deseable…
Vuelve a los asientos que ocupó y sienta las nalgas desnudas en la masa de sangre ya cuajada para vestirse el pantalón. Pasa los brazos por las mangas de la blusa sin abotonársela.
Y mira con los ojos brillantes a su hombre.
El ha recuperado el aliento y ahora está frente a mí. Demasiado cerca, tan cerca que la fetidez de su aliento me revuelve las tripas.
Mi excitación se ha disipado.


- ¿Crees que tu vida es ahora más intensa, más importante? Sí… Si llevara tu vida, desearía vivir o conocer cualquier aberración que me sacara de esa llanura. Incluso me suicidaría en última instancia.

Le escucho con atención, pero no puedo dejar de mirar a los muertos, la sangre. La ahora relajada lasitud de La Dama Oscura, sus labios, su piel, su cabello. Su mirada curiosa y conocedora de lo que observa.
Envidio toda esa vida incluso ahora, cuando tengo la certeza de que moriré aquí y ahora.
Esquivo la mirada de muerte de este ser. No me gusta atisbar en esa ponzoña milenaria; aún tengo sus gritos animales resonando en mi cabeza. De animales no conocidos, pero algo me dice que existen, que se trata de bestias del infierno.
-Siempre le doy un toque melodramático a mis actos, te espera una larga vida. Será tan larga como el tiempo que tardemos en encontrarnos de nuevo. Entonces te arrancaré el corazón.


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Parece que han pasado minutos desde aquella tarde camino de casa, ella metió sus pistolas en la cintura de mi pantalón y acarició mi pene pendiendo aún fuera del pantalón.
El diablo abrió las puertas del tren tirando de ellas y saltaron a la oscuridad del túnel.
Son 166 años que llevo encerrado, tengo 212 años.
Me acusaron de la masacre del metro de la línea V.
Hubo un tiempo lejano en el que periódicamente me sacaban de la prisión para hacerme análisis de sangre y tejidos, de ADN. No se explicaban como podía tener 117 años con la apariencia de un hombre cuarentón.
Ahora nadie me habla, todos se han acostumbrado a mí como yo al mundo. Me tienen pena y miedo porque mis ojos transmiten el ansia de descansar, de dejar de vivir en una cárcel que está dentro de otra.
Soy una mierda inmortal.
Revivo cada segundo en aquel tren como mi tesoro de vida.
Y espero que esos gritos desgarradores que lanza ahora el director de la prisión, sean los del terror más puro, que sea él y ella que vienen a arrancarme el corazón y darme el tormento eterno.
No deseo otra cosa, no necesito saber más.


Iconoclasta

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