El pene asoma fláccido por el agujero de una
pared, una mampara de madera pintada de vivos colores azules, rojos, amarillos
y verdes con multitud de pequeños penes en las más diversas posiciones, algunos
con sonrisas y otros con pequeños pies. Una niña lo acaricia hasta que se agita
por un momento, tiene quince segundos para conseguir la erección; unos electrodos
insertados en la base del pene transmiten la intensidad de placer a un
ordenador y éste lo traduce a señales eléctricas que van a un enorme marcador
de luces verticales, vistosas e intermitentes en la tarima, frente al público.
La gente asiste al espectáculo como las
polillas a la luz de una farola. Muchos se deciden a pasar por la taquilla para
comprar un boleto, mientras una multitud de críos ríen, gritan y lloran
a sus padres por encima de la megafonía porque quieren probar suerte y
llevarse el importante premio.
La niña de unos seis años va vestida con un
pantalón rosa y suéter de cuello alto de piel roja con un reno navideño en el
pecho. Calza botas altas de color rojo y lazos de navidad en la caña. Hace unos
instantes estaba nerviosa y ansiosa por acariciar ese trozo de carne que cuelga
de la pared, su madre la ha animado y aconsejado que sea cuidadosa para que el
pene se ponga erecto y se enciendan las luces de premio.
—No lo agites bruscamente, no tengas prisa.
¿Ves esa piel que cuelga un poquito? Ténsala hacia atrás y verás como se agita
para hacerse más grande, dura y gorda.
Y así la niña ha acariciado con cuidado el
pene y torpemente ha retirado un par de veces el prepucio para descubrir el
glande.
Transcurre el tiempo sin conseguir la erección
y el feriante la separa amablemente del pene; el marcador indica que ha logrado
dar un bajo nivel de placer. Solo se han encendido las luces azules. El máximo
son las rojas, que cuando se muestran intermitentes indican eyaculación.
La madre dice “¡Oh!” con fingida tristeza y
sube a la tarima a buscarla.
—Lo has hecho muy bien, niñita, vuelve a
probar suerte de nuevo y es posible que te lleves el implante ocular para
juegos virtuales —dice a través del micro el dueño de la atracción.
La niña sonríe y la madre la conduce a la
taquilla de nuevo.
Los transductores en la base del pene, al otro
lado de la pared aún registran ondas de un ligero placer, por ello las luces
del marcador siguen azules.
— ¡Que pase el siguiente jugador! Y recuerden
que el certificado de sanidad y su vigencia pueden verlo justo encima del pene.
No hay ningún problema, nuestros mongoles transgénicos son especialmente
seleccionados y criados. Higiene y profilaxis garantizada. ¡Vamos, papás,
mamás, niños y niñas, el placer está ahí aún, aprovechad para elevarlo!
— ¿Quién conseguirá la erección? ¿Quién
conseguirá el mayor premio con la eyaculación? —sigue el feriante animando a la
gente que observa el espectáculo desde el suelo embarrado que cubre todo el
terreno donde se asienta la feria ambulante.
El pene pertenece a un joven SD (síndrome de
Down o trisonomía 21), que se mantiene quieto porque por su espalda pasan unas
cintas anchas de cuero que lo aplastan contra la madera. Está desnudo, babea y
sus ojos idiotas miran sin interés la madera basta contra la que se aprieta su
carne, mientras percibe emociones de placer que llegan con más o menos fuerza a
su cerebro. Es un individuo de unos diecisiete o dieciocho años, rechoncho y
macizo. Sus nalgas átonas se contraen cuando su pene transmite algún gozo que
podría venir de una simple corriente de aire fresco. Los transductores
adheridos en la base del pene, tocando el rasurado pubis miden los impulsos
eléctricos para ser monitorizados en el luminoso de la atracción.
Son las navidades del 2020 y la gente está
alegre, la crisis a nivel mundial ha comenzado a superarse y hay una euforia
que hace años no se percibía por estas fechas.
Hace tres años se consiguió clonar y modificar
transgénicamente a los mongoles (ya nadie los llama síndrome de Down, han
vuelto a ser llamados mongoles debido a su gran popularidad por el
Córrete-Córrete, el juego de erecciones y eyaculaciones). Tras unos meses de
intenso debate político y social y manifestaciones más o menos violentas, la
gente aceptó a estos seres creados para formar parte de un juego barato que
ayudaría a elevar el ánimo del populacho.
Unos nueve meses antes de la aparición del
Córrete-Córrete, se usaron jóvenes latinos presos en reformatorios (los negros
solo se pueden ver ahora esclavizados en las minas de diamantes y los chinos
trabajan exclusivamente en circos donde mueren muy jóvenes por los arriesgados
espectáculos que llevan a cabo) para que pelearan a muerte entre ellos en circos
ambulantes; pero la gente sumida en una profunda depresión no encontró que este
espectáculo tipo gladiador, lo entretuviera suficiente , ya que la violencia
resultaba aburrida por el exceso cotidiano y además era más caro.
Se impuso el silencio imbécil de los mongoles
transgénicos y el morbo de sus grandes penes, que sumado a los avances de la
sanidad, no ofrecían riesgo alguno de enfermedad. De hecho, la parte final de
la atracción requiere hacer una felación para asegurarse el premio.
Sus
penes miden diez centímetros en reposo y unos tres centímetros de diámetro.
Cuando alcanzan la erección, llegan a los diecisiete centímetros y unos siete
de diámetros. El agujero en la pared es un poco más pequeño que el pene erecto
para que corte ligeramente la circulación sanguínea durante la erección y sea
más llamativo. Cuando la erección es potente, el glande vira al color cárdeno y
palpita con fuerza.
— ¿Qué edad tienes? —le pregunta el feriante
al niño que acaba de subir a la tarima con dos boletos en la mano.
— Once años.
— Y llevas dos boletos… Estás decidido a
llevarte el premio ¿eh?
El niño afirma vehementemente con la cabeza mirando
a su padre entre el público.
— Pues adelante con tus treinta segundos y
mucha suerte.
Un zumbador suena y el niño toma el pene
fláccido con su puño y comienza a agitarlo, de arriba abajo con fuerza. El marcador
de placer sube dos luces y se sitúa en el amarillo. Un zumbido indica que han
transcurrido los primeros quince segundos. El tamaño del pene ha crecido ya
visiblemente y el puño del niño apenas lo puede rodear, necesita las dos manos,
que se han cerrado con fuerza. Con semejante rigidez ya puede masturbar el pene
con un movimiento de vaivén.
El padre aplaude con fuerza dándole ánimos.
—No te canses, chaval, el idiota ya es tuyo
—grita alguien del público.
El desagradable sonido del zumbador indica que
se ha agotado el tiempo y el niño baja desanimado los cuatro escalones de la
tarima para reunirse con su padre.
Las cuatro luces amarillas se han iluminado y
se mantienen en el límite de la primera roja. El próximo que pruebe suerte es
muy posible que se lleve el premio.
El cuidador de los mongoles de la atracción se
acerca al ordenador y observa los datos: indica que con dos tandas de quince
segundos, llegará la erección total. El dueño de la atracción le ha dado
instrucciones para que la erección se retrase lo suficiente para que suban al
menos diez clientes por mongol. Del cajón de la mesa del ordenador saca una
jeringuilla y separando el pubis del mongol de la madera con una barra de
hierro, le inyecta brutalmente en el pene un retardador eréctil especialmente
diseñado para estos seres, su erección actual no bajará; pero se mantendrá en
el mismo estado por unos diez minutos más. El joven ni siquiera parpadea a
pesar de lo dolorosa que es la punción.
Genéticamente han sido diseñados para no
sentir dolor ni placer (un requerimiento de la OMS para que en su momento
aprobara el uso de estos seres para la atracción), su respuesta eréctil es casi
puramente vascular.
— Ánimo idiota, dentro de diez minutos puedes
soltar tu carga; pero ahora tranquilo —le dice en voz baja dándole una fuerte
palmada en la nuca que hace que la nariz se estrelle contra la pared provocándole
una hemorragia.
El idiota ni siquiera se mueve por el golpe y
sigue manchando de baba la madera.
Bajo el suelo de la atracción hay una jaula
con diecisiete mongoles apiñados entre sí. Si intentaran moverse, no tendrían
espacio para alzar los brazos. El cuidador los rocía con agua; alguno que
posiblemente es defectuoso, se lamenta con una especie de berrido por la
frialdad del agua.
Mientras tanto, dos niños y una niña han
subido a la atracción sin llevarse el premio.
Dentro de un par de horas, la gente se irá a
sus casas a celebrar la Nochebuena y todos ambicionan poder llegar con el
premio. En la taquilla hay una cola de más de treinta personas.
Un hombre de unos treinta y pocos años sube a
la atracción.
— Y aquí tenemos un papá que va a probar
suerte para su bebé… —grita por el micrófono el feriante.
El hombre saluda a una mujer que tiene a un
niño de dos años en los brazos y se arrodilla frente al pene.
— ¡Ah, no! No puede usar la boca hasta que la
erección sea completa, lo siento señor. Son las reglas.
Hay gente que exclama decepción entre el
público, la parte del espectáculo donde chupan el bálano del imbécil es la más
esperada.
Se pone en pie, y suena la señal de inicio.
Aferra el pene cubriendo el glande completamente y con gran velocidad imprime
el movimiento de vaivén. En diez segundos el pene ha adquirido toda su dureza y
se han encendido las cuatro luces rojas.
— Ya tenemos al ganador del premio a la
erección —anuncia el feriante haciendo entrega al hombre de un implante ocular.
La gente aplaude y silba.
Ante el durísimo masaje, el mongol, al otro
lado de la pared ha detenido su respiración y sus puños se han cerrado con
fuerza en un movimiento reflejo.
Desde el suelo enlodado frente a la atracción
pasa desapercibida la sangre que cae del pene; el frenillo del prepucio se ha
rasgado por la fuerza de la masturbación. El dueño de la atracción lo limpia
con un pañuelo de papel.
—Ante todo limpieza. ¡Que suba el siguiente! Y
veo que ya se puede practicar la felación —grita mostrando un condón al
público.
La primera niña vuelve otra vez a subir a la
atracción.
— Vamos a ver si esta belleza de niña se lleva
por fin el premio gigante.
— ¡Con la boca, Dori! —grita la madre entre el
público.
— Lo quiero hacer con la boca —dice con
timidez la niña.
— ¡Qué niña tan atrevida! Pues que sea con la
boca —responde el dueño de la atracción entre los aplausos del público.
El hombre rasga con los dientes el envoltorio
del condón y sujeta con una mano el pene que está duro y parcialmente
estrangulado en el agujero de la pared, el prepucio se ha retraído y el glande
asoma amoratado, congestionado de sangre. El meato se encuentra entreabierto como
la cuenca vacía de un ojo. En pocos segundos, el pene queda revestido por una
capa de color púrpura que se agita con breves espasmos por la fuerza de la
presión sanguínea que lo llena.
La pequeña Dori se arrodilla pero así no llega
con la boca al pene, el feriante coloca un sucio cojín para que gane altura.
Suena el zumbido de inicio de tiempo y la
gente rompe a gritar lo que más espera de la atracción: “Córrete-Córrete”.
La niña abre la boca todo lo que puede para
poder meterse ese pene que apenas le entra. Respira a duras penas por la nariz
moviendo la cabeza para provocar la fricción del pene contra sus labios, tal y
como ha visto que mamá hace con papá.
La gente ríe y aplaude:
— ¡Córrete-Córrete! ¡Córrete-Córrete! —la
gente no cesa de corear al ritmo de la mamada que la niña está haciendo con esa
gracia infantil.
El mongol encoge los labios presionando la
cabeza contra la pared, su impulso natural es penetrar más profundamente, por
ello sus nalgas se contraen con fuerza e intenta empujar.
Respira entrecortadamente provocando un sonido
asmático producto de sus deficientes pulmones, los labios se han azulado por la
falta de una buena circulación sanguínea, ya que el corazón de estos
transgénicos es débil y defectuoso.
La boca de Dori es tan pequeña, que el roce es
realmente recio contra el paladar, y los dientes. La estimulación es tremenda.
No tardan los conductos seminales en llenarse con un semen que sale a presión
por el meato. El mongol golpea su cabeza contra la pared sin saber por qué.
Las luces empiezan a parpadear lentamente,
quedan apenas dos segundos de tiempo, cuando el semen hincha el depósito del
condón, la niña lo siente en la lengua como algo más blando y padece una
pequeña náusea. La gente aplaude a sus espaldas: las luces rojas se han
encendido parpadeando rápidamente y unos coros con música festiva anuncian por
la megafonía: “Se ha corrido, se ha corrido”.
— ¡Ya tenemos a la ganadora!
El feriante le entrega a la niña una gran
caja: es un módulo cerebral para videojuegos, con conexión directa al sistema
nervioso.
La madre sube saltando de alegría para recoger
a su hija.
— ¡Un momento, mamá! —anuncia el feriante— Tenemos
que entregarles el trofeo final.
Tras la pared, el cuidador de los mongoles ha
desabrochado las cintas de cuero que inmovilizan al chico, y lo ha obligado a
tenderse en el suelo boca arriba. Saca y guarda los electrodos del pene en el
cajón de la mesa del ordenador, le arranca el condón y con un cúter, de un
rápido tajo amputa el miembro aún sucio de semen.
Mete el bálano ensangrentado en el robot
embalsamador del tamaño y apariencia de un microondas, y se limpia las manos de
sangre con un trapo que lleva en el bolsillo trasero del pantalón. Al cabo de
quince segundos el aparato emite una señal. Tras colocarse una mascarilla
antigás, abre la puerta y lo toma con la mano: parece una figura de plástico brillante
recién fabricada. Es gracias al gas Epoxicloro, con el que actualmente se
embalsaman los cadáveres en segundos y a precios de risa, de tal forma, que
pueden tenerse en casa como una decoración más. La crisis ha llevado a las
familias a ahorrar en todo tipo de gastos. Se saca con precaución la careta
antigás olisqueando el aire por si hubiera algún resto que el ventilador del
aparato no hubiera eliminado.
Apresuradamente saca de una caja de cartón una
funda de terciopelo gris claro con el nombre de la atracción en letras negras y
lo lleva al escenario donde le espera el jefe y la niña ganadora con su madre.
— Y aquí tienes el triunfo: el pene que has
conseguido dominar —grita con el micro en la mano al tiempo que saca el bálano
embalsamado para mostrarlo al público.
— Y que no lo use mamá ¿eh? Es solo tuyo.
La madre ríe feliz ante la broma y la gente
aplaude cuando madre e hija bajan con los premios que han ganado.
— Y ahora, niños y niñas, papás y mamás: vamos
a por el siguiente Córrete-Córrete. En cinco minutos tendremos preparado otro
mongol con el que podréis participar para ganar los grandes premios que hay
para los más hábiles y rápidos. Daos prisa en sacar vuestros boletos en la
taquilla. Cuantos más compréis, más oportunidades tendréis de ganar.
El cuidador da la vuelta al escenario para
llegar hasta el mongol que se está desangrando en silencio sin mirar a ningún
sitio en concreto. Sus ojos están llorosos y le cuesta respirar; pero no hay
expresión alguna.
—Bueno, muchacho, ahora a descansar.
El hombre clava una navaja en la nuca del
transgénico y la gira hasta que de repente el mongol deja de respirar; de la
misma forma que descabellan a los toros. Pisa un pedal cerca de la pared y una
trampilla se abre haciendo caer el cuerpo inanimado en una bolsa negra.
Se dirige a la jaula, y elige al mongol más
cercano. Lo saca agarrándolo por su pelirroja cabellera, son todos exactamente
iguales. El chico que antes se había quejado por el agua fría, intenta
balbucear algo y el cuidador, sin soltar al que tiene sujeto se lleva la mano
al bolsillo de la camisa y lo marca rápidamente con un rotulador permanente en
la frente para cambiarlo otro día por uno bueno que no tenga sensibilidad.
—Sois todos iguales, coño… —dice tirando del
cabello del mongol escogido para una nueva ronda de juego.
La pequeña Dori y su madre se dirigen a casa
exultantes de felicidad, la pequeña ha insistido en llevar la caja grande con
el premio. La madre lleva la bolsa gris con el trofeo. Ambas ríen y esperan que
papá haya llegado ya a casa para darle la buena noticia y contarle todo.
Entran en el aparcamiento subterráneo donde
tienen el coche estacionado y un hombre les sale al encuentro en el rellano de
la escalera mal alumbrada de la segunda planta.
Sus ojos, a pesar de ser oscuros brillan en la
penumbra, de su espalda extrae un puñal manchado de su propia de sangre, en su
antebrazo supura pus y sangre sucia de unos números escarificados profundamente
en la carne: 666.
Una mano de uñas negras cubre la boca de la
madre y la inmoviliza clavándole lentamente una fina daga en el pulmón derecho.
La niña apenas grita cuando el filo le corta
la garganta. Y aún no ha muerto cuando siente su vagina estallar con un
tremendo dolor por el miembro plastificado que ese ser le ha metido tras
arrancarle los pantalones rosas y las braguitas de Barbie.
La oscura dama que sujeta y amordaza a la
madre, la obliga a arrodillarse frente a los genitales del hombre que ha matado
a su hija. Este se saca el pene del pantalón y se lo mete en la boca que
derrama sangre con cada respiración.
— ¿Así va bien? ¿Crees que me correré en
quince segundos?
La dama oscura hace correr el filo de la daga
en dirección al corazón haciendo un corte más largo en el pulmón.
La agonía de intentar respirar, los jadeos
entrecortados que la mujer sufre por la perforación del pulmón, provoca en el
bálano de 666 un placer salvaje e intenso. La dama oscura roza su vagina excitada
contra la cabeza de la mamá al ritmo con el que el pene se mueve en su boca.
Cuando 666 eyacula, la madre ya está muerta y
la sangre del pulmón sale por la nariz.
—Siempre he deseado tener un juego de éstos,
pero no los venden en ninguna puta tienda que conozca —dice golpeando
suavemente la caja del video juego.
La Dama Oscura se arrodilla sobre el cuerpo de
la madre muerta para limpiar la sangre del pene con la lengua, con lengüetazos
largos y lentos que acaban en el glande, haciendo especial énfasis en el meato.
— ¿Me ahogarás también así, mi Dios?
Texto: Iconoclasta
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