31 de mayo de 2014

El peso de una flor


Sostengo una flor en la mano, es una ocasión extraña, nunca he sido aficionado a los vegetales.
Es curioso como tiembla mi pulso ante tanta liviandad, tengo miedo de dañar sus pétalos, es un esfuerzo tremendo sujetar algo tan ingrávido y frágil.
Yo que he levantado decenas de kilos con un cigarrillo en la boca...
No me gusta la jardinería; pero hay una razón para todo. Es la ligereza. Yo me creía pesado, creía que dejaba mi impronta en la tierra. No es así, de hecho lo he sabido desde hace muchos años.
No me gustan las flores porque piensas, y cuando te comparas con un ser vivo cualquiera que no sea humano, sales perdiendo en el juicio.
Tal vez tomar una flor en la mano y pensar en ella, es recapacitar sobre mi existencia. Es algo que siempre rehúyo, no es bueno pensar. No es bueno concluir nada que tenga que ver con la vida, con la mía.
Porque la de los demás, no me importa. Nací sin demasiada empatía.
No sé que proceso neuronal me lleva a tomar la flor, pero cuando algo me gusta, lo hago. Sin importar la opinión de nadie, ni la mía propia. Soy amable, pero no idiota. Nadie me ha dado nada, yo tampoco lo hago, no soy una flor, aprendí rápido.
Pienso en la vida y su ligereza. Hay seres vivos que pesan menos que un puñado de mi cabello y dan más color y bienestar. Huelen mejor que yo.
No es un problema de aseo, es cuestión de masa. Por alguna razón, todo el peso de mi cuerpo no puede ofrecer lo que la flor regala. Soy imperfecto, nacido de seres imperfectos, rodeado de seres imperfectos.
Es deprimente compararse con cualquier ser vivo elegido al azar, siempre y cuando no sea otro humano.
Hay una película que dice que el alma pesa 21 g.
No pesa nada, porque no hay alma.
Sin embargo, se le puede llamar alma al conjunto de ideas que nos llevan a pensar que somos trascendentes, un engaño de supervivencia que nos creamos para no darnos un tiro en la cabeza y acabar de una puta vez con tanta vulgaridad.
El razonamiento superfluo evita que al tomar una flor pensemos más allá de las mentiras que nos han enseñado y cultivamos nosotros mismos, como yo hago ahora, es la función de un pensamiento hipócrita o ignorante.
Es una cuestión de poesía o lírica, no puede hacer daño sino eres consciente de esa ligereza banal. La cobardía y la ignorancia dan una larga y tranquila vida.
Odio tanta tranquilidad e inmovilidad.
Yo no tengo peso, soy como la flor, pero no ofrezco nada. Mi existencia es intrascendente.
Nadie me llora, no lloro a nadie.
Ni siquiera me siento solo, porque para sentir el peso de la soledad, antes has debido amar y ser amado. Cuando has estado rodeado de seres que piensan que eres importante, y crees que son importantes ellos. Entonces, cuando se van, te sientes solo, abandonado.
Dicen que puede ser angustioso, yo no lo he experimentado jamás.
Soy un cactus aislado en el desierto, nací solo. No necesito nada, no espero nada.
¿Cuánto vale el amor? En unos sitios pagas en euros, en otros con dólares o pesos.
En definitiva, el amor cuesta diez minutos y un par de decenas de euros si no eres muy exigente.
No hay nadie especial, si eres perspicaz, te das cuenta de que nadie pesa. Aunque es bueno que así lo crean, que así lo desconozcan, porque me sitúa por encima de ellos, aunque importe tan poco como el resto de humanos.
La sangre tampoco pesa y el dolor de los tendones seccionados provoca el vómito.
¿Si peso tan poco o nada, por qué duele tanto?
¿Por qué las arterias y venas se encuentran enterradas entre cartílagos y músculos?
Es una mierda vivir y es una mierda morir.
Todo duele si te fijas bien.
La flor no habla, no piensa, no caga, no come.
Solo necesita luz y que llueva de vez en cuando. No eyacula, no menstrua.
No ama y es admirada.
Cuando la muerte se presenta, las cosas inanimadas demuestran su peso y trascendencia.
Te das cuenta de que no hueles como ellas, que no tienes colores brillantes.
Cuando alcanzas la total conciencia de su importancia, le hablas a la flor. Sabes que te escucha, que se marchita entre tus manos, en un acto íntimo que ningún humano ofrecería jamás.
¬—Hola flor, perdona que te haya arrancado.
—No te preocupes, iba a morir mañana, al mediodía ya me habría secado. Ha sido una larga y hermosa vida. Ver salir ocho veces el sol ya es una gran vida.
¬—No cuento cuantas veces ha salido el sol. Me da miedo saber si puede ser mucho o poco. Ambas cosas son escalofriantes.
—Eres humano, amigo, tu vida y tu muerte están plagadas de esperanzas  y miedos porque no sabéis qué seréis, cual es vuestro fin. Os duelen demasiadas cosas en este mundo, sois los más cobardes de los seres vivos.
—Has aprendido todo en poco tiempo.
¬—Nací con ello, lo supe desde que mi capullo se empezó a formar. Y sé que como yo, mañana no verás el sol. La sangre mana rápida por esos profundos cortes.
Con la sangre goteando por las puntas de los dedos, aprendes que serenidad, amor y cariño, su búsqueda, ha sido una pérdida de tiempo. Y cuando mueres y hablas con la flor no sabes si cortar la hemorragia para seguir hablando con algo que pesa de verdad, o dejarte morir porque es demasiado efímero.
Ya estoy harto de miedos, mejor me dejo morir.
Todo se muere muy pronto a mi alrededor, todo lo bueno. O simplemente te das cuenta de que no existió.
Me arrepiento y siento vergüenza por cada acto y esfuerzo realizado, que no han servido para nada. Simplemente eran hermosos engaños.
Debería haber visto más televisión, prestar más atención a la ignorancia y la superstición y así no haber llegado nunca a la verdad.
Medio siglo de vida es demasiado, si la flor ha necesitado ocho días para hartarse de vida, yo he vivido tanto tiempo que he acabado aborreciendo respirar.
El único defecto de la flor, es que no puede suicidarse.
Otro consuelo idiota. ¿Por qué iba a suicidarse una flor?
Pero sí tengo algo en común con la flor: nadie llorará nuestra muerte. Ni falta que nos hace.
— ¿Te quieres "dormir" conmigo, flor?
—Ya estoy casi "dormida", humano. Tu sangre me agrada, es cálida. No es fría como tu piel, es una buena forma de despedirse de la luz.
Ya no hay dolor, no me tiembla todo el cuerpo con escalofríos, imagino que la ausencia de sangre ayuda a estas cosas. Y muero ligero, esa ligereza es agua fresca en la mañana.
—Hasta nunca, flor.
La flor no contesta o tal vez estoy muerto.







Iconoclasta

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