1 de febrero de 2012

Los colibríes no tienen alas


Si fuera tan fácil no infectarse del pensamiento ajeno…
Ojalá fuera sordo para no oír los sonidos de los labios secos de la chusma que pretende saber, que cree ser inteligente. Que todo lo sabe de mierda.
Hay que esforzarse mucho para luchar contra la razón. Y aún así la razón a veces me salva y la uso contra la amorfa y estéril realidad.
Hay un colibrí quieto en el aire, flotando ingrávido; aparece en mi ventana ostentando su gracia. Con rápidos movimientos de su cuerpo sin alas aparece y desaparece asegurándome que no es una ilusión. Se mueve por la magia, porque tiene el poder de flotar. No tiene un retrocohete en su espalda, no hay sonido de reacción, ni olor de queroseno quemado. No tiene casco ni gafas de piloto. Solo pía.
Dicen esos, los ajenos a mí, que tiene alas.
No me lo creo.
El pensamiento de los otros alega una velocidad tan alta en su batir de alas, que las hace invisibles. Tienen alas, repiten.
No les creo, no les hago caso.
Hay que ser más listo y explicar lo invisible. Joder la gracia.
Y la gracia no está en el vientre de una virgen infectada por un semen divino. Los dioses no nacen de un vientre humano, por una vagina impoluta de himen cerrado.
La gracia está en que los colibríes no tienen alas.
Yo solo veo que flota.
Lo racional me da la razón: lo que no veo no existe. Y sus alas no existen.
No vuela: flota frente a mí y mi gata lo observa fijamente. Mi gata no se cuestiona la razón, solo observa y se maravilla con sus pupilas amarillas fijas en esa posible presa que flota. Como yo.
Puedo ser tan racional como todos esos capullos encargados de elevar la gracia de una penetración divina y joder mi sueño de un colibrí flotando. No me sale de los cojones hacerlo.
Algún imbécil de ponzoñosa envidia perdió el tiempo buscando sus alas. Tal vez, mató a varios colibríes para dar explicación lo que él no podía hacer. A lo que él no podía flotar.
Y extendió frente al público las pequeñas alas muertas del colibrí que no volaba.
Sé que no hay mucha magia; pero no tengo prisa alguna en descubrirlo.
El hombre que está muriendo no quiere más información del cuando, no le apetece, no le estimula saber que muere. Ni cuando.
Un colibrí que se mantiene en el aire es un espejismo hermoso, es una verdad absoluta. Nadie tiene que matarlo, nadie tiene que estrangularlo para exhibir sus alas a la razón, a la verdad. A una verdad infame de irisados colores de mediocridad.
El amor es como el vuelo de un colibrí: si se racionaliza se mata.
Lo real es la podredumbre de los envidiosos que buscan la razón y la verdad por encima de todo. Por su frustración. Sus cerebros con alas y su amor de tarjeta de crédito es lo que tienen, es lo que son.
No hay alas de colibrí, solo mi fantasía poderosa y racional.
Si no veo sus alas, es que no existen. Que se metan este supositorio de racionalidad.


Iconoclasta

Safe Creative #1202011007279

No hay comentarios: