28 de diciembre de 2011

Repulsivo



¿Quién puede temer a estar solo? No puedo entender a los humanos y su miedo a la soledad.
No solo me gusta la soledad, busco el aislamiento perfecto y total. El absoluto vacío de todo rastro de humanidad a mi alrededor.
Es una necesidad para no ser tan patético, para sentirme digno. Tengo mi amor propio a pesar de todo.
Ella estaba triste como jamás la había visto. Las cosas no ocurren por casualidad, soy yo el que provoca esa desesperación en el ánimo. Lo sé, me conozco.
Es mejor estar solo que hacer daño a quien amas. Hay que ser valiente con uno mismo y confesarse mierda si se da el caso.
Conmigo se ha dado el caso por mucho que me pese.
No creo en el ser humano, lo conozco tan bien que me aburre incluso como mascota. La insensibilidad se ha ido apoderando de mí a lo largo de los años con cada dolor, con cada desilusión. Con la comprensión absoluta del medio en el que me desarrollaba.
Estoy desencantado y desencanto todo lo que me rodea. Tienen razón; aún así me da apuro reconocerlo en voz alta. Tengo mi orgullo.
No es agradable ser un fracasado confeso.
Es por eso que conociéndome, sé que no hay arreglo posible.
La mujer que amo es la tristeza y la decepción en estado puro. Es lo menos que puedo hacer por ella: pudrirme en un tanque de aislamiento.
Castigo, castigo, castigo…
Ni siquiera extraño el sexo, me sondo el pene con un lápiz de madera que introduzco por el meato con facilidad gracias a la vaselina. Hay que tener en cuenta que una cosa es que se deslice con relativa facilidad, y otra es el insoportable dolor que me lleva a un estado de aislamiento superior y que por mucho lubricante que le ponga, siempre duele y requiere muchos cojones seguir con ello. Ser repulsivo no tiene porque hacer cobarde a nadie.
Es horroroso; pero provoca lo más parecido a una erección. Y eso me hace parecer más cínico, a salvo de esta tristeza profunda. Y es que nada humano me excita.
Cuando tienes la polla dura, nada te afecta. Soy un macho.
Con un alma de madera y grafito en la polla.
Cuando extraigo el lápiz en mi absoluta soledad, con la dificultad añadida de que me resbalan los dedos; en un alarde de degeneración absoluta eyaculo.
Nadie puede ver como me retuerzo de un extraño dolor-placer. No hay vergüenza alguna. Mis alaridos y gemidos son mis únicos compañeros.
Soy mi propia banda sonora en una película sórdida y sin público.
Solo yo me soporto.
Y en el aislamiento estoy a salvo del ridículo. Cuando se está acompañado, se está sometido al juicio y al asco. Cuanto más me conocen, más repulsión provoco, más pesar provoco. Lo noto día a día.
Y no me gusta, por decir poco.
Por decir lo mínimo.
Soy capaz de hacer sentir a alguien desgraciado y deprimido en un tiempo récord. Soy hábil de una manera inconsciente para hacer mierda todo lo que está cerca de mí.
Ella lloraba casi cada día, rápidas surgían sus lágrimas y tras el primer momento de ira, llegaba la profunda decepción. Prefiero el insulto a esa frustración que la dobla y vacía de sonrisas.
No puedo evitar emocionarme en un alarde de inexistente filantropía, pensando que me gustaría hacer feliz a alguien y que esa felicidad durara al menos un par de meses.
Es imposible y ya soy viejo. Me siento asqueado de intentarlo. Es la hora del dolor, de castigarme a mí mismo.
Es mi naturaleza. Los hay simpáticos, antipáticos, atractivos y repulsivos. Yo soy lo último, tengo un diploma que lo acredita en el oscuro comedor de mi apartamento.
Mi técnica para enclaustrarme en mí mismo es demasiado invasiva, causa muchos daños. El fin justifica los medios, aunque mi polla no esté de acuerdo.
Puedo pasar hasta dos días sin mear porque me sangra por dentro y se me inundan los testículos de sangre y otras cosas.
Nadie tiene nada bueno que decirme. No quiero saber nada ni de quien me quiera ayudar. Es más, debería estar muerto con estas infecciones, hay zonas negras en mi pene que huelen muy mal.
Tengo razón: soy mala hierba y la mala hierba nunca muere.
Estoy lejos de ella, muy lejos de su mundo; pero noto aún la tristeza con que la he contaminado. Su pensamiento a veces me llega como una intuición y siento su repulsión y el tiempo que ha perdido conmigo como otra desgracia más en su vida. Estas cosas las experimento y no quiero… Me duelen.
Necesito el lápiz…
Soy consecuente, acepto con valentía la solución que he encontrado y la demencia que provoca; pero desearía morir en algunos momentos en que la fiebre de la infección y el dolor se apoderan de mí y me roban la frialdad para convertirme en un perro herido y temeroso. Lamento ser cobarde en algunos momentos porque se suma al asco que provoco.
Sé que no hay arreglo: cualquiera que me conozca sabrá en poco tiempo de mi deprimente carácter. Hace siete meses llegó el momento de hacer las cosas bien y de no volver a caer en la tentación de enamorar ni enamorarme.
Es el momento de un dolor más soportable.
Un dolor tapa otro dolor; se solapan como los naipes de los jugadores en sus manos, ocultando valores por temor a que otros jugadores miren.
He perdido mi partida, ya no tengo con que apostar; solo me queda la dignidad y la quiero íntegra.
He de romper de alguna forma la tristeza que contagio y retribuir así con mi dolor y aislamiento las penurias que he provocado en la vida que amo, la de ella. Cuando mi aislamiento sea total ya no sentirá más tristeza. No se sentirá desgraciada.
No lo hago solo por ella, yo también me doy repulsión y me deprimo al verme la cara cada día.
Mi sola existencia es causa de malestar en otros, yo ya estoy acostumbrado a mirarme en el espejo cada mañana.
El pus que a veces escupe mi pene son restos de humanidad. Esas bacterias son lo único vivo que me acompaña desde hace meses.
Añado pus en el tintero para que huela a podrido el papel. También hay algo de sangre. Me gusta escribir y saber que nadie me leerá en los próximos cientos de años.
Todo es muerte y la muerte es el aislamiento total.
Eso espero, porque los muertos solo existen como restos de huesos. No existen ciudades llenas de almas, lo sé porque de lo contrario, me estarían molestando ahora mismo. Todos muertos…
En cuerpo o alma, los humanos son igual de hediondos.
Tras sondarme, durante dos semanas me es imposible introducirme el lápiz de nuevo. Es un tiempo razonable para que se cure la polla y los antibióticos hagan efecto. Mientras se cura, si se le puede llamar curación a orinar sin sangre un par de días, me duele y sentarme a escribir es lo mismo que aplastar mi pene en un acerico lleno de agujas sin cabeza.
Mi soledad sana a quien está lejos de mí, de la misma forma que el dolor anula mi carácter repulsivo. Cuando el pene parece partirse en dos, no soy consciente de que doy asco.
Podría ser que la felicidad, la alegría fuera mucho más pura en soledad. No lo puedo saber, no sufro de algo así.
Nací sin razones para ser feliz. No sé porque, pero es así.
No me he de preocupar por estas cosas.
Ella llora aún de vez en cuando, la conozco. Se encuentra bajo los efectos de mi repulsión, lo presiento porque aún quedan restos de nuestra complicidad, de nuestro amor. Y me duele tanto su llanto que necesito extirpar mi vergüenza para no darme demasiado asco.
No sé cuando ni donde se torció el amor para luego quebrarse como una rama seca, con un chasquido apenas imperceptible que iluminó con un brillo metálico de total entendimiento sus oscuros y hermosos ojos.
No tengo buena memoria, solo sé que un día me miraba con asco, que sus ojos estaban tristes. No comprendía como podía haberse enamorado de mí. Yo me sentí desnudo ante su mirada certificando la repulsión absoluta.
No tengo cerebro para otra cosa más que para desencantar, para frustrar.
Ya no puedo perder más tiempo pensando, buscando razones. Soy así y cualquier otra reflexión, prolonga la tristeza de ella y mi vergüenza.
Aunque estoy seguro de que ahora poco influyo en ella, ha pasado el tiempo y hay espacio entre nosotros: la nada.
Aún así temo ser causa de sus recuerdos más repugnantes, no hay dignidad en ello.
Desenrollo la venda embadurnada con la pomada antibiótica que cura mi maltratado pene. Y el hedor de lo podrido sube hacia mi nariz de forma rápida y ofensiva saturándola; en apenas unos minutos ya no soy consciente de la podredumbre que descubro con cada vuelta que desenrollo.
El meato tiene un color púrpura de edema y el glande está pálido, apenas le llega sangre. A lo largo del lacio bálano aparecen manchas oscuras por donde supura una serosidad rojiza y espesa.
Me cuesta caminar hacia la mesa para tomar el lápiz, porque el pene se balancea y me duele con cada movimiento. Es un pene pequeño, mediocre. No tengo complejo con ello, es simplemente la puta verdad.
Nunca supe darle placer, y ella a pesar de todo, insistió en amarme.
Y yo le pagaba con tristeza…
Qué cabrón soy.
Siento el puto remordimiento de conciencia en forma de un dolor pulsante en las sienes que me curva la boca hacia abajo. Tengo la impresión de que la piel de mi rostro cuelga como una gelatina.
Se ha roto la punta, he de afilar el lápiz para que entre más dulcemente.
No sé si es la madera del lápiz lo que huele mal o una corriente de aire ha removido la atmósfera del apartamento y sube el hedor de mis genitales marchitos como una vaharada que me pilla por sorpresa.
Lanzo un vómito que es pura bilis, aún no he comido. No sé cuanto hace que no como…
Tras ponerme unos guantes de látex, unto todo el lápiz con vaselina. Y la vergüenza me provoca premura, con lo que se me cae dos veces al suelo sucio como mi pensamiento. Quedan pelos y pelusa pegados que no consigo limpiar.
Enciendo las luces del salón.
Tomo asiento en el sillón de relax, quedando medio incorporado, con los pies en alto. Tengo una buena visión de mi polla.
Por enésima vez cumplo el ritual y hundo la afilada punta del lápiz que entra indoloramente en el meato. Es muy difícil este primer paso, porque está tan relajado el pene, que se encoge entre los dedos y debo pinzar con fuerza el glande. Y con una sola mano no es fácil.
Antes este primer paso me dolía, ahora no. Y es algo que lamento, porque el tiempo que no me duele la polla, es tiempo que duele mi repulsión natural en mi conciencia. Tengo prisa por dejar de pensar que soy un cerdo.
No puedo evitar que los dedos de los pies se me doblen y se crispen, creo que a ellos les duele más que a mí.
Cuando comienzo a hundir la parte más gruesa del lápiz, mana una baba amarillenta; es entonces cuando el dolor adquiere la fuerza y la rapidez de un trallazo y tengo que esforzarme en que mis manos sigan con el proceso, ellas no quieren hacer todo eso; pero yo mando.
Lo que no puedo evitar es el temblor de las manos, de los pies, de los ojos y de la cabeza.
No es solo por el dolor, se trata de que en un alarde valentía, estoy yendo contra mi propia vida, y el cuerpo se resiste a estos actos de heroísmo gratuito.
Pero mi mente es voluntariosa, es fuerte y no cede ante el lamento del organismo.
Con el lápiz a mitad de recorrido, el pene ya ha perdido su flaccidez manteniéndose erecto de una forma extraña, en ángulo de aproximadamente cuarenta y cinco grados. Me enciendo un cigarrillo mientras me miro la polla. Observo la brutalidad de mi acto, me maravillo ante mi capacidad para sufrir y pienso en lo doloroso que sería que me masturbara, cerrando los puños ante tal idea. Dejo que la escasa sangre se derrame perezosa por el pequeño trozo de carne que es esta polla.
Ceden los temblores y hago acopio de más concentración. Dejo de hundir el lápiz cuando siento el dolor que provoca la afilada punta de grafito en algún lugar de los testículos. Hay un tejido que da la voz de alarma para que no siga y no perfore así algo que no debiera. Y ahí, quieto y respirando con dificultad, dejo que el dolor se extienda como una corriente de alto voltaje por los nervios del vientre y las piernas. Lo siento hasta en las uñas de los pies.
Como por arte de magia desaparece toda presión en mi cabeza, ya no me siento sucio ni repulsivo, todo lo que me rodea es dolor y me duermo cansado.
No es dormir, es desfallecer.
No sé cuanto tiempo ha pasado desde que me he metido el lápiz en la polla. Solo sé que me he despertado con un dolor atronador. El dolor puro es como un grito infame en los oídos que oculta todo sonido de vida.
Unos auriculares con agujas que se clavan en los tímpanos y te hacen sangrar las muelas.
Tengo un latido constante en todo el glande, se ha creado una presión enorme: es el pus que intenta salir; pero la madera no le deja.
Y ahora viene la segunda parte del dolor, la que me lanza directamente al espacio, la que me arranca el alma y hace jirones mi propia conciencia. Lo que me depura de asco de mí mismo durante unas horas.
La vaselina no solo es importante para introducirlo, es necesaria para que la sangre y tejido no queden pegados a la madera. Estoy seguro de que no podría mantenerme entero y consciente para extraer el lápiz si tuviera que tirar tanto como para despegar la sangre que se adhiriera en caso de no usar vaselina.
A pesar de que está bien lubricado, siempre noto que el tejido sigue pegado al lápiz y el primer tirón provoca tal dolor que el esfínter se abre y me cago. Debería hacerme un enema antes de meterme el lápiz; pero aparte de repulsivo soy impaciente.
Aprieto los dientes y me muerdo la lengua con cada milímetro de madera y grafito que consigo extraer. La sensación con cada tirón, es que me arranco el glande y una piel interior se desprende. Algo que me abrasa. Como si deslizaran un hierro al rojo vivo en ese lugar que no he conseguido mirar nunca más que en las láminas de anatomía.
Cuando consigo sacarlo entero, me doy cuenta de que he gritado porque mi garganta está hinchada y me cuesta respirar.
Siento el placer de la liberación de la mente luchando contra el dolor del nabo. Olvido lo repulsivo que soy. Ha sido un orgasmo-tormento seco, no ha habido eyaculación como otras veces; mis huevos ya no fabrican leche, están demasiado dañados.
Fumo recuperando el aliento e ignorando los excrementos que hay pegados en mis nalgas.
Y así, mirando fijamente al objetivo, acciono el control remoto del disparador de la cámara. Una luz roja parpadea rápidamente durante cinco segundos antes de que el fogonazo del flash me contraiga las pupilas.
No sonrío a la cámara, todo lo contrario, me esfuerzo por mostrar todo el dolor y el cansancio que he acumulado.
Con la cámara en la mano me dirijo al cuarto de baño. No tengo analgésicos, solo antibióticos. Sería estúpido tomar un calmante si lo que quiero es que el dolor dure toda la puta vida. ¿No?
Me ducho para quitarme mierda, sangre y otros miasmas. Me subo a la báscula y anoto el peso.
En el ordenador descargo la fotografía y la titulo con fecha y quilos.
Selecciono las veintitrés que tengo y hago funcionar la visualización de diapositivas.
Empecé mi trabajo de aislamiento por dolor cuando acabamos nuestra relación hace siete meses. Entonces pesaba noventa y seis kilos. Ahora peso cincuenta y cuatro y tengo el rostro repleto de llagas y eccemas. Mis manos parecen artríticas y el pene ha menguado en longitud y se ha hecho más gordo por causa de la infección y el trauma. Está inflamado. Está ya podrido como mi conciencia.
No creo que pueda soportar sondarme otra vez y tener fuerzas para levantarme.
Yo solo con mi degeneración, me basto. No necesito a nadie más. No necesito hacer daño a nadie, ni causar repulsión.
No entiendo como alguien puede temer a la soledad.
Solo yo podía arreglar esto.
Mala hierba...
Lo cierto es que mirando bien las fotos, sí que la mala hierba muere.
Muere como todo ser vivo. Lo demás son romanticismos que me distraen del dolor.
Queda poco para el aislamiento perfecto y total. El camino del dolor hace larga la vida, muy larga.
Repulsivamente larga.
Tal vez deje de tomar antibióticos a ver si pasa más deprisa la vida, la repulsiva vida.
Soy repulsivo.
E impaciente.



Iconoclasta

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