11 de agosto de 2011

Semen Cristus (12)



—¿María?
—Hola Martín, dime.
—Ya he encontrado un chico. Le he dado tus señas y te llamará esta tarde; pero le he tenido que dar cien euros para que acceda a verte.
—No te preocupes, te los pagaré. ¿Cómo se llama?
—David. Sin familia en la provincia, tiene diecinueve años. No te preocupes, parece un crío; está en los huesos. Y no creo que le quede mucho tiempo de vida. Tiene la sangre tan llena de caballo, que un día le saldrán alas en la espalda y se convertirá en el cabronazo Pegaso.
—Gracias Martín, llámame mañana, te comentaré como ha ido y quedaremos para pagarte los servicios y de paso encargarte algunas cosas.
—Hasta mañana.
María colgó el teléfono sin saber quién o qué era el “cabronazo de Pegaso”.
Se dirigió al cuarto de su hijo decidida a limpiar las manchas de sangre: le dio la vuelta al colchón y metió las sábanas en la lavadora. No hizo nada por el olor a sangre podrida, porque su olfato ya no podía distinguir ese hedor nauseabundo.
Sobre las cinco de la tarde sonó el teléfono.
—¿Señora María?
—Sí, yo misma.
—Soy David. Martín ya le habrá hablado de mí.
—¿Te importaría trabajar en el campo? Se trata de limpiar el establo, cuidar del huerto, limpieza y asuntos domésticos.
—En absoluto, estoy buscando trabajo.
—Bien, pues pásate por aquí mañana, sobre las diez y te mostraré lo que quiero. Eso sí, no te podré pagar más de seiscientos euros al mes. El alojamiento y la comida serán gratis.
David guardó silencio durante una eternidad.
—Me parece bien.
María le dictó la dirección y se despidieron hasta el día siguiente.
A las nueve cuarenta del día siguiente, llamaron al timbre.
María abrió la puerta y se encontró con un hombre famélico, vestía un deshilachado jersey de lana, unos pantalones de loneta sucios y el pelo aplastado y mugriento. Era un chico de ojos oscuros y cejas pobladas. Sus labios gruesos le daban un aire de imbécil, cosa que se confirmaba en cuanto con una voz rasposa y apocada, se presentó.
David nunca había trabajado en el campo; pero podía aprender.
Mientras hablaban sentados ambos en el sofá frente al televisor, el chico se rascaba con insistencia los antebrazos.
A la media hora de charla sudaba copiosamente y dijo encontrarse mal, necesitaba ir al lavabo.
—Puedes inyectarte aquí, no me molesta. Mi hijo lo solía hacer. Ya estoy acostumbrada.
El mono era tan fuerte que David, como respuesta se levantó la pernera del pantalón y sacó un bulto envuelto en plástico que llevaba sujeto al tobillo con una goma elástica.
En medio del silencio y con el rostro bonachón de la jefa observándolo, se inyectó la heroína.
Cuando sus ojos intentaban cerrarse, María posó la mano en su muslo y acabó llevándola hasta los genitales. David, en pleno viaje, dejó escapar un suspiro y cuando María metió la mano por la bragueta y aferró el pene, éste se encontraba duro y palpitante.
La boca cálida de María envolviendo su glande lo sumió aún más en los delirios del caballo y eyaculó en apenas unos segundos. Se quedó dormido durante una hora sin saber que María se masturbaba una y otra vez con el puño cerrado en su pene.
Tampoco sintió como se le inyectaba otra dosis, y tampoco supo que se trataba de hormonas para ganado. Cualquier cosa que entrara en la sangre con una aguja, era buena.
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Era mediodía y habían pasado ya dos días desde que enterró a Semen Cristus. Candela se encontraba en la habitación, tumbada en la cama sin ánimo de salir a la calle, tan solo vestida con unas bragas negras.
Sus muslos bien torneados y firmes se encontraban separados y sus brazos extendidos. En su profunda depresión, soñaba con Semen Cristus y su pene. Le pareció escuchar el zumbido del vibrador cuando se metió los dedos en la vulva y la masajeó primero lentamente. A medida que producía más fluido, su ritmo aceleraba.
—Tírame tu leche, ahógame con ella mi Señor —musitaba entre jadeos.
Fernando entró en casa y escuchó aquellos gemidos ahogados en la habitación de sus padres.
Cuando se acercó a la puerta entornada, vio a su madre masturbarse, se retorcía en la cama con la mano entre las piernas y sus pechos se agitaban espasmódicamente con cada arremetida de placer.
Sintió un fuerte dolor en la base del cráneo, como si en la nuca le hubieran clavado un puñal, intentó ahogar un gemido. Y algo en su mente pareció arder. Fernando se vio como espectador de si mismo, sin miedo. Algo había entrado en su cabeza y gobernaba su cuerpo. Había una paz inmensa y un fulgor blanco que parecía bañarlo y protegerlo. El era luz y la luz le confortaba. Olvidó su cuerpo y se convirtió en ente. En ese mismo instante, con un fogonazo de dolor que no pudo transformar en grito, el único asomo de voluntad se rasgó como un trapo viejo. Su cuerpo no era suyo y su alma era una ceniza al viento rozando las rugosidades de un cerebro joven y fresco. Fernando se convirtió en una presencia ajena a su propio cuerpo.
Se desnudó, su pene parecía una monstruosidad envuelta en venas. El glande estaba tan amoratado e inflamado, que el prepucio parecía cortar el riego sanguíneo.
Entró en la habitación dejando a Cándela atónita con los dedos profundamente metidos en la vulva.
—Ego te absolvo, Candela. Bebe mi semen, toma mi carne. Bésala. Puta, puta, puta... Besa a tu Señor, mama de él y serás conducida al reino del éxtasis. A la vera de Dios Padre. Junto a Jesucristo mi hermano.
Candela sintió el horror de lo imposible, y cuando Semen Cristus se plantó de rodillas en la cama, con el pene encima de su cara, ella abrió la boca y se dejó llenar.
El cuerpo joven y atlético se agitó con el orgasmo y la leche entró en la nariz de Candela, en su boca, rezumó por sus labios y se acarició los pezones con aquella crema divina.
¿Estaba loca? ¿Era aquello realidad?
—No lo dudes, Candela. Semen Cristus no puede morir, soy el Espíritu Santo, soy dios y soy mi hermano Jesucristo. Soy alma y soy materia que vive en cuerpos. Fernando está con nos. El te ama, te espera.
La voz profunda y grave de lo que era su hijo cambió y volvió a ser la misma.
—Mamá, yo estoy bien. El paraíso es inexplicable, es todo luz, es una sonrisa, es un agua cálida que no moja. Cuando sea la voluntad de Dios, nos veremos aquí, mamá. Ama a nuestro Señor. Venéralo.
Y su hijo el que parió, crió y amó; calló.
Para siempre.
Cogió con sus manos el pene de Semen Cristus y limpió cuidadosamente los restos de semen con la lengua.
—Candela, no podemos abandonar nuestra misión ahora. Sé fuerte. Yo te bendigo. Y maldigo a María. Maldigo al impostor que está creando y maldigo a todo aquel que representa una amenaza para mi cometido en la tierra.
Aquel cuerpo no era su hijo; se sentía profundamente aliviada.
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María hablaba con Martín por teléfono.
—Quiero que me traigas diez papelinas de heroína, necesito otra caja de hormonas y cinco gramos de coca. ¡Ah! y tres cajas de Diazepan.
—Dentro de una hora paso por tu casa ¿Qué te ha parecido el chico?
—Estupendo, ya está trabajando para mí. No tardes.
David dormía. El día anterior, tras despertar de su viaje, María le hizo limpiar la casa. Aún no le había enseñado el establo; pero para eso lo necesitaba colocado, muy colocado.
Eran las nueve de la mañana y despertó a David.
—Buenos días, María.
María vestía un camisón transparente que dejaba entrever su cuerpo gordo y celulítico. David no era delicado, y tenía una de las erecciones más fuertes y ardorosas que nunca había experimentado. La mujer miraba directamente la montaña que su pene creaba en la colcha.
Sintió deseos de follar antes que meterse heroína.
—Ven aquí María.
Y a pesar de aquel olor a mierda que la gorda despedía, gozó como nunca lo había hecho. Su eyaculación había sido más intensa y el semen salía con más fuerza y cantidad de lo que recordaba; aunque había practicado algo de sexo en tres años, todo era meterse mierda en el cuerpo y masturbarse.
A los dieciséis abandonó la casa de sus padres a mil kilómetros de allí, para seguir a un colega que le prometía el paraíso más al sur. Y el paraíso no pasó de ser un mero purgatorio donde su vida transcurría en una plácida y sucia semi-inconsciencia.



Iconoclasta

Las imágenes son de la autoría de Aragggón



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