20 de marzo de 2011

Vida anal



Sujeta firmemente la cuchilla de afeitar y practica un profundo corte en el brazo. La carne se abre perezosa, como una sonrisa cansada. Como una especie de vulva estéril que se llena de sangre hasta rebosar.
No tiene tabaco con que distraerse.
No es un corte indoloro, como no es indolora la penetración anal.
Es más elegante el corte profundo y devastador en el brazo que mearse por un exceso de presión en la próstata. Es cuestión de disciplina mental.
Aunque con el tiempo, de la sodomización se extrae placer. Y muchas veces un pene sucio de mierda; pero no acaba de ver elitismo alguno en el esfínter herniado.
Del brazo, de ese profundo corte no sale excremento alguno, lo cual ya no aporta visión de mierda. Lo cual denota cierta elegancia.
Del brazo mana vida pura. Hay tal exceso de presión que es necesario liberar sangre. Hay poca sangre y mucho tiempo. La vida puede ser subjetivamente corta o larga. Todo depende de lo profundo del corte.
Como ocurre con la sodomización: puede ser placentera o dolorosa.
La vida es anal.
Es el corolario perfecto.
Y cuando se es tan fuerte como él, la vida no es fácil.
Porque te rompes.
Si eres fuerte no hay otra opción que partirse.
Los débiles por ser poco agraciados genéticamente por un cerebro lerdo y conformista, se doblan. Se pliegan multitud de veces sobre si mismos. Y así caben en cualquier parte, en cualquier cajón.
Y se almacenan sus ideas baratas y anodinas en el mismo vertedero donde ha acabado el papel que se ha usado para limpiar el pene sodomizador lleno de mierda.
En la punta de la polla que lo avasalla, está la foto de su hijo.
Y en los labios de su exmujer hay mierda.
No basta esa sangre que brota. No duele, ha de derramarse más. Se siente tan fuerte y con tanta energía que no encuentra cosas importantes que romper. No vale la pena destruir nada de lo que su vista enfoca, no satisface suficiente la idea de la destrucción.
Sin embargo es inevitable una ira cancerígena.
Sangre y destrucción.
¿Qué puede perder?
Cuando no queda nada no hay miedo y mucha ira. Mucho rencor.
Es delicioso sentirse libre de prejuicios y moralidades. Sentirse tan desgraciado que no importa nada.
Coloca un cd en el reproductor, pero lo ha manchado de sangre, el aparato dice que no hay disco.
Lo lanza con un grito inhumano contra el suelo y todos esos pedazos lo sumen en un breve éxtasis. Y durante ese instante de paz, todo se llena de mierda otra vez. Su cerebro ha perdido cualquier tipo de imagen o recuerdo tranquilizador.
La vida se le ha metido por el culo y le duele.
Su furia crece con un ritmo cardíaco enloquecedor. Su pene está duro; pero no es deseo sexual, solo la presión de una vida que se siente enclaustrada en un cuerpo incapaz de hacer el suficiente daño.
El dinero es importante como la sangre y cuando no hay dinero, queda la ira. El dinero es vida, el dinero es anal.
El trabajo es un pene que sodomiza y al final da cierto placer.
Ha perdido el trabajo, ha perdido el dinero. Ha perdido el placer.
La vida es anal y ahora huele a mierda.
Como le debe oler el coño a su mujer que lo ha abandonado y ahora la folla un cerdo de pene mierdoso.
Quisiera poder clavar los dedos en las paredes y derribar edificios llenos de seres humanos. De cualquier raza, sexo o condición. La ira no es racista ni clasista.
Hacer algo trascendente.
El dolor es lo que más fácilmente trasciende.
El humano es como los perros: recuerda el dolor y su comportamiento se condiciona en torno a galleta-castigo.
Se cubre con fuerza la herida del brazo con cinta adhesiva que sirvió para precintar en su momento cajas de cartón llenas de papel higiénico.
Es uno de esos días en los que las asociaciones de ideas parecen revelaciones.
La mierda conduce a la basura y la sangre derramada se limpia con un papel cuyo destino es disolverse en más porquería.
Es cuestión de cortar algo más doloroso. El pezón izquierdo cae al suelo y se caga en dios. No tiene cuidado alguno con la cuchilla y se corta los dedos índice y pulgar; pero eso no duele nada.
El pecho bañado en sangre alivia la presión con más fuerza, es mucho más efectivo. Se viste unos vaqueros y una camiseta oscura y sale a la calle a ofender e incomodar a los doblados y plegados.
La sangre empapa la ropa y la chusma no se fija en él hasta que su rostro suda con una palidez cerúlea.
Cuando las gotitas de sangre que caen de su ropaje forman ya un rastro tan obvio como las cagadas de los perros y la basura en las esquinas de las calles, los débiles no ven otra cosa que un hombre drogado, enfermo, loco…
No ven la mierda que ha salido de sus anos y que se encuentra en la punta del bálano de sus amos sodomitas.
No vale la pena matar ni destruir; pero tamopoco hay otra cosa mejor que hacer.
No tiene trabajo, no tiene placer, no puede comprar amor en ninguna parte. Las buenas putas exigen demasiado. Los hijos son caros.
Le tiene que proponer a su hijo que se fotografíe desnudo para colgar sus fotos en internet, es una forma de ganar dinero como otra cualquiera.
Al final todo es prostitución.
Es mejor morir ofendiendo. Es la única forma de ser contundente, claro y dejar un recuerdo.
La cuchilla baila en sus dedos nerviosos. Cortando.
Sirenas… Se aproximan. Son cantos de idiotez: policías que no tienen más utilidad que gastar recursos sin ningún fin.
Como los médicos que no curan. Hay gente que no merece ser curada.
Como jueces y magistrados masturbándose ante el testimonio de una violación.
El hombre está cansado, piensa que camina; pero ha apoyado la espalda en un árbol y percibe la orina de los perros por encima de los gases quemados del tráfico.
Alguien le pregunta si se encuentra bien.
Dice que sí, que salvo un asco infinito que le pudre la sangre que deja manar, todo está bien. Y salvo por el hecho de que perdió el trabajo y ya ha agotado la prestación de desempleo.
El dinero hace la felicidad, compra amor, compra vida, compra comida.
Sin dinero la vida es más anal que nunca y duele el pene que presiona en el intestino grueso.
Se arranca la cinta del brazo ante el murmullo de asco y asombro del grupo de gente que lo observa casi con miedo. Temen más a la insania que lo que la sangre pudiera llevar de enfermedades.
Su hijo le guarda el rencor de meses de malhumor, de meses sin dinero. No quiere a su hijo de la misma forma que él no lo quiere ahora.
La sangre que mana es espesa como un moco.
El dinero compra amor y compra cariños. Compra hijos.
Tal vez el que folla a su mujer también folle al hijo. La vida es anal y cuando el pequeño se dé cuenta de que caga sangre, será tarde.
Le dejará en herencia su cuchilla para que se corte la carne cuando sea necesario. Porque cuando su culo se dilate hasta lo máximo, necesitará drenar el exceso de vida.
El hombre-castigo jadea jalando de los últimos centimetros de cinta y la sangre brota con más alegría cuando se abre la herida para que entre la luz en su cuerpo. Es todo tan oscuro...
La horrible sonrisa se muestra obscena y dolorosa en el antebrazo y ahora parece una vagina tumefacta, ya infectada. Duele con solo mirar.
La policía se aproxima abriéndose paso entre la gente. El calor evapora la sangre y deja restos que huelen. El calor del planeta pudre la vida, textualmente.
Una mujer histérica se desmaya, aunque no es verdad, sólo miente para llamar la atención, alguien la sujeta para que no caiga al suelo y apenas la hacen caso, porque el hombre-castigo está levantando la camiseta para mostrar su estigma.
Donde hubo un pezón, se ha formado una costra de tela y carne. Y cuando la tela se despega, el ruido a tejido rasgado y arrancado parece subir por encima del bullicio ambiental y los vulgares que están en primera fila, se lleven las manos a los pechos como si fueran sus pezones los seccionados.
Y siguen mirando.
A través de su nebulosa visión puede ver un par de uniformes avanzando entre la chusma que lo observa. La mujer desmayada ya está en pie de nuevo porque nadie le hace puto caso.
El hombre-castigo avanza hacia ella y con parte de la cuchilla clavada en su dedos, le corta profundamente la mejilla, desde el ojo derecho hasta el maxilar inferior, hundiéndola con fuerza, sintiendo como el metal araña el hueso.
No se desmaya la mujer, solo grita como un animal. Y el resto de animales se separa de él, salen de su ensimismamiento para entrar de lleno en la dimensión del pánico. La mujer cae al suelo sujetando el tejido de su cara y derramando vida que huele a mierda. O eso es lo que el olfato del hombre le hace creer.
Se aleja con paso presuroso de los policías que ahora corren hacia él gritándole que se detenga. La chusma le ha abierto un pasadizo, temen a la casi imperciptible cuchilla que corta los dedos del loco y la carne que está próxima.
Nadie debería temer a una cuchilla tan pequeña, pero la cobardía abunda tanto como la estupidez y así, un pequeño trozo de metal inmoviliza a los idiotas como conejos frente a los focos de los coches.
Les grita a los policías que no tiene dinero para tabaco, que necesita fumar y corriendo se corta el pezón que queda. Ante ellos que le apuntan con las armas.
Y esos mastines del poder sudan ante el pecho que sangra y ante la insania, no disparan, no hay razón para matar. Desafortunadamente.
Tal vez sea porque con menos sangre se pesa menos y se gana por tanto en velocidad. El hombre-castigo consigue arrancar a sus piernas fuerza para correr, la suficiente para que pueda alejarse de los perros que lo intentan cazar. Aunque corriera a seis match, nunca se alejaría lo suficiente. Piensa que es una tontería, porque no tiene dinero ni para combustible.
Cruza la calle sin mirar y un coche lo golpea. Cae con un trallazo de dolor y el hombro dislocado es un suave dolor. Lo que duele infinito es jadear y que se muevan las heridas de su pecho. Pronto se romperá del todo y se habrá acabado la historia.
Los policías le siguen ordenando que se detenga. Han pedido por radio una ambulancia y otro par de coches patrulla se unen a la persecución e intentan mantenerse cerca del hombre-castigo.
Es una persecución imbécil y sin sentido, si los policías no fueran tan idiotas como sus amos, lo habrían apresado ya. Pero tienen miedo: sangra mucho, está demasiado alienado. Los idiotas temen que la locura se pueda contagiar. El resto de borregos observa a prudente distancia. Memorizan actos y detalles para luego contar como testigos de primera lo ocurrido en sus casas, a los amigos en el bar o en el trabajo.
Ahora corre por una calle cuesta abajo, ha perdido un zapato y ha pisado con un pie desnudo una mierda de perro, cosa que le da asco y lo enfurece. Al pasar casi rozando a un hombre que intenta dejarle vía libre corta su cuello con la cuchilla sin llegar a profundizar demasiado. Ni siquiera gravemente, es una cuchilla solamente.
Hay hombres que parecen muy fuertes, que tienen apariencia de curtidos y de ser valientes. Pero éste grita como una rata herida, está tan asustado que piensa que el corte es profundo. Debería asustarle la posibilidad de contagio de imbecilidad por una cuchilla que ha cortado demasiado en tan pocas horas.
La policía piensa que es suficiente, que es mejor disparar y matar, por otro lado están cansados de correr y trabajar.
Los primeros disparos llegan cuando atraviesa un desierto tramo de calle cerrada al público por obras. Las balas pasan muy lejos del hombre-castigo. Es difícil matar cuando no se está acostumbrado a ello.
Le gustaría comprar, antes de morir, un cajetilla de tabaco; siente curiosidad por saber si el humo del tabaco le saldría por las heridas del pecho. Y por otro lado, está un poco nervioso. Se podría sentar a fumar un par de cigarros en cualquier banco mientras los policías le disparan e intentan acertarle.
Ahora, a la par que los policías, corre personal sanitario. Le empieza a recordar las películas cómicas mudas.
Suena un alto por enésima vez y un estampido.
Ahora no pueden disparar, hay demasiada gente en la rambla.
No es que quiera hacer daño, pero hay tanta carne junta que la cuchilla entre sus dedos siempre encuentra algo que cortar.
Un ciudadano valiente lo empuja y lo hace caer al suelo, intenta mantenerlo ahí con los pies, como si fuera un animal hasta que lleguen los policías y le den una galleta como premio. El hombre-castigo consigue cortar los tendones de su empeine derecho y cae el colaboracionista muy cerca de él. Le corta un ojo por error al intentar cortar el cuello.
Se levanta de nuevo, no se había dado cuenta de lo cansado que estaba. El hecho de elevarse lo hace jadear. Su brazo es una bomba de presión. Su pecho es un ardor que se extiende desde las heridas de los pezones hasta las mismísimas ingles.
Los cuerpos le protegen la vida, no pueden disparar muy a su pesar.
Se pregunta cuando oirá la gran explosión, cuanto tardará en llenarse de gas su apartamento, si será suficiente para que esa gran colmena donde vive, caiga al suelo con todos los idiotas dentro. Cuando el compresor de la nevera se conecte, se creará una pequeña chispa y entonces habrá dolor, y no precisamente anal.
Aunque dada la metáfora, tendrá que ser cuidadoso con la limpieza de su polla, porque será el suyo el pene lleno de mierda.
La vida es anal para unos y para otros es fálica.
La filosofía es una disciplina directamente relacionada con los genitales y el sistema excretor.
Le gustaría vivir para verlo, o al menos para sentir el estruendo. Morir sabiendo que se lleva a muchos con él es una ilusión como otra cualquiera.
La gente lo empuja, le entorpece la carrera y los policías están tan cerca que huele sus culos.
Cruza la calle y se salva de morir aplastado por un camión.
Por un momento se queda atónito cuando llega a la acera de enfrente, su ojo se ha cerrado, pero cuando se lleva la mano a la cara, no es cuestión de párpados. Es cuestión de que una bala que ha entrado por la parte posterior de su cráneo, ha salido llevándose el ojo y unos cuantos huesos.
Es increíble la de cosas que se pueden pensar en los escasos segundos que tarda uno en morir; él juraría que ha oído una tremenda explosión, que ha oído gritos y que hay cuerpos enterrados entre cascotes, cuerpos quemados.
Penes llenos de mierda limpios por el fuego purificador.
Pero sabe que su cerebro está hecho puré, que bien podría ser una alucinación.
Prefiere morir feliz.
Y no tiene tiempo a concluir si ha muerto feliz.
Ha muerto, que no es poco.
El policía ha gritado eufórico: “¡Le dí!”. Se acabó correr, se acabó el ejercicio.
Una gran explosión le borra la sonrisa de la cara.
El agente se pregunta con harta desgana que habrá ocurrido, rascándose distraídamente las nalgas.



Iconoclasta
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