1 de marzo de 2011

Mi sexo liberado.



No soy un ángel. Fui creada humanamente. Ni siquiera soy un invento del hombre, como lo es el tiempo. Soy la contracción doliente de una hembra, el semen vertido de un macho sobre un útero que lo esperaba o tal vez no. Derramé las sangres en el momento del alumbramiento desgarrando la vagina de la mujer que después llamé madre. No hay duda de la especie a la que pertenezco, mi físico lo comprueba aunque existan momentos que me comporte de manera bestial.
Descubrí las primeras palpitaciones vaginales a muy corta edad, mientras las pinturas románticas al óleo me mostraban los pezones desnudos de las musas.
Tengo un clítoris que creció conmigo y fui consciente siempre de él. Probé mis fluidos sin miedo, descubrí el olor de mi sexo en los cambios hormonales, manché mis manos de sangre en mi primera menstruación, reconocí el placer de hundir mis dedos en la primera masturbación.
¿Y dices que me calle?
¿Me prohíbes enunciar mi cuerpo?
¿Cómo calmarás mi respiración involuntaria y agitada?
¿Cómo lograrás detener mis derrames?
Ya han inventado cinturones de castidad, pero no guantes que castren las letras, ni cascos que eviten los pensamientos, no hasta ahora. Los intentos han costado sangre, pero no han ganado del todo.
Soy la imagen que perturba la mirada, que la vuelve borrosa y lacera los lacrimales, la aguja en la córnea de los asexuados, la astilla en las uñas de los castrados que arrugan sus puños rabiosos de mi satisfecha condición.
Quitaré las pinzas que pellizcan mi sexo y pretenden callarlo, llevaré las marcas de sus intentos fallidos, continuaré abriendo con mis dedos la vulva que se derrama imparable mientras agito inquieta el botón de gracia que hace llagas sus rincones olvidados, donde alguna vez dejaron morir sus sexos.
Aragggón
010320111102

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