9 de enero de 2011

Una vieja cabeza rota



A veces parece que el día se viste a juego con el color de mi humor.
Es un día de los que me gustan: gris.
Ni un rayo de sol atraviesa un cielo macizo de nubes, de tal forma que es una sola nube.
El cielo pesa.
El frío es tan intenso que las manos se hacen torpes y encender un cigarrillo es una hazaña; los dedos no acaban de cerrarse y no hay precisión en los movimientos. Algo así como tener una deficiencia mental. Pero no lo soy, porque no creo en nada y tampoco siento respeto alguno por nada. Yo lo hubiera hecho todo mejor.
Y en medio de toda esa uniformidad, frente al viejo cementerio constantemente actualizado por nuevos muertos, dos notas de color: mi perro de un blanco impoluto y más limpio que cualquiera de los mediocres con los que me cruzo en este paseo, y una mancha de sangre fresca en el suelo. Es de un rojo tan brillante (y clara, ya que deja ver el pavimento), que me pregunto si no será que a alguien se le ha roto una botella de vino barato o de algún refresco de la marca del supermercado que compran los viejos para no gastarse el dinero en un bueno y con buen sabor.
En fin alguna ordinariez que se vende a precio de mierda en los supermercados.
Me he convencido de que es sangre de verdad porque hay un decena de jubilados atendiendo a la dueña de la sangre que algún perro lamerá (o mi propio perro si me descuido) con glotonería.
La anciana tiene una buena brecha en la añeja frente que se prolonga hasta la ceja del ojo izquierdo, le da el aspecto de un cíclope arrugado. Me pregunto cuánto tiempo ha estado sangrando ahí tirada. Porque el charco es grande. ¿Tanta sangre tiene alguien tan viejo? ¿Cuánto tardará en morir?
Está con la boca abierta mirando con los ojos en blanco mi precioso cielo gris. Alguien no le ha bajado el vestido negro y muestra sus feos muslos. Bajo la mirada con cierta incomodidad y vergüenza ajena.
Alguien seriamente herido debería cuidar su estética.
Uno de los diez jubilados que le roban el aire, llama a una ambulancia, lo sé porque grita mucho, y estoy a punto de decirle que para gritar así, que no use el teléfono que ya le escuchan en cinco kilómetros a la redonda. El hombre no sabe decir en que calle se encuentra, hasta que llega el sabio del grupo y se lo dice para que lo repita a los de la ambulancia.
Es curioso y da esperanza de pensar que de vez en cuando algo es lógico y correcto, el que la vieja haya muerto tan cerca del cementerio. Aún respira; es más se queja con pequeños lamentos cansinos pronunciados como una oración. Pero si no soy optimista conmigo mismo, con los demás menos.
El que haya caído desmayada y se haya abierto la cabeza contra el suelo frente al cementerio es una premonición. No me extrañaría que un cuervo se posara en su hombro, le picara la cabeza y le sacara un trocito de cerebro.
A la vieja le quedan dos suspiros más.
Continúo al borde del charco de sangre con un miedo mortificante a que esa sangre aguada me ensucie los zapatos.
Se ve, salta a la vista que es sangre vieja. Le cuesta coagularse, casi color calabaza ahora.
La mía es mucho más espesa y su color más sólido, es granate y hace costra enseguida. Bueno, supongo que también ayuda el nivel de alquitranes que tengo en la sangre.
Qué tristeza de sangre la de los viejos.
Un perro se acerca y chapotea alegremente en el charco. Luego se lame las patas sentando los cuartos traseros y cuando su dueño le grita, el animal huye dejando un simpático rastro de huellecitas rojas.
A un viejo le sobreviene una arcada, la verdad es que un perro lamiéndose la sangre de las patas, no es una estampa agradable. A mí no me molesta, como mucho, me dan ganas de fumar.
Si mi perro hiciera eso, le pego un correazo que le parto la espina dorsal y aprende de una vez por todas a no meterse en charcos de sangre si no es la mía. Yo no me llevo porquería a casa por muy colorida y liviana que sea.
Los viejos repiten una y otra vez la misma historia: el “viejazo” que ha dado de frente contra el suelo, el estremecedor ruido, y sobre todo lo mucho que les acostado levantarla del suelo.
Llevo treinta segundos aquí y ya lo sé todo de ellos. De la vieja accidentada no sé nada, salvo que sangra copiosamente y cada vez está más blanca.
Me largo de aquí, me aburren. Hasta la muerte me aburre. Que alguien se casque el cráneo tampoco es algo que estimule mi conversación.
Aunque no puedo dejar de imaginar como será cortar esa vieja carne y medir los litros de vida que contiene.
Cosa que me convertiría en un forense de no vivos. Insisto en que la vieja no está del todo viva ni del todo muerta. Da mal fario.
Definitivamente, no llegaré a casa nervioso por compartir esta experiencia.
Es más, es algo que ocultaré como una vergüenza, algo embarazoso; porque no reconoceré jamás que mi vida es tan pobre como para que me entretenga una vulgaridad como una cabeza de vieja rota.
El ambiente es húmedo y ya no los oigo gritar, el cielo es tan pesado, que hace presión en las palabras y estas caen muertas en el suelo. Muertas como seguramente lo estará enseguida la mujer.
No soy optimista, no tengo ninguna razón para serlo.
Cuando doy la vuelta a la esquina mi perro aúlla, siempre lo hace, imita el sonido de las sirenas. Y suena una tan cerca que cuando levanto la mirada, está a unos metros pocos metros de nosotros.
El conductor detiene el vehículo y salta de la cabina el sanitario corriendo hacia a mí.
¬-Nos han avisado que por aquí hay una mujer mayor accidentada ¿La ha visto?
-Sí, pero se encuentra cinco calles más arriba. Girando a la derecha, allí encontrará un grupo de gente atendiéndola, les esperan.
-Gracias.
Y corriendo se sube a la ambulancia y ésta arranca con el molesto ruido de la sirena.
Mi perro aúlla de nuevo y le doy una patada para que calle.
La ambulancia pasa de largo la calle donde se encuentra la vieja.
No es por maldad, pero creo que si su destino es morir, que muera. Y si ha de vivir, esos minutos de más que tardará la ambulancia en llegar no le representarán ningún mal.
Pero vamos, que si he de ayudar de alguna forma en la selección natural y en evitar que seres ya viejos agoten recursos en el planeta, lo hago sin ningún problema.
Incluso con una sonrisa en la cara, mientras me enciendo con cierta felicidad un cigarrillo en este hermoso día gris.
Esta pequeña broma tampoco la contaré en casa, no entenderían mi sibarita, sarcástico y refinado humor.
Y si por mí fuera, que una vez haya llegado a casa, llueva mierda.
Una vez, en un examen psicotécnico me dijeron que mi empatía era nula y que debería hablar con un psicólogo para tratar de paliar este defecto.
Bueno, pues lo que para ellos es un defecto, para mí es mi puta virtud y me he tomado mi interés por no sentir interés alguno por los seres que me rodean.
Creo que lo que es malo para la chusma, es bueno para mí.
Llueve... pero no es mierda.
Aunque no estoy seguro.


Iconoclasta
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