20 de noviembre de 2010

Los mojones del dolor



Los dolores son mojones que jalonan el camino y marcan tiempos.
Marcan distancias.
Es lo mismo, todo es tiempo al final; todo es vida que se deja en forma de pasos ebrios de dolor a través del páramo camino del amor. Lo importante es que se distancien mucho, que entre mojón y mojón haya largos periodos paz.
Es difícil ¿verdad?
La paz no debería ser jamás inmovilidad, que no os engañen, no os engañéis.
Se os podrían pudrir las piernas en esa inmovilidad, y también la sangre. Y el alma se secaría en el páramo como la tripa de un animal devorado.
Una pierna se me cayó en el camino, no hice caso y seguí avanzando. Ella me curó. Sed valientes, porque no amar duele más que una amputación.
Todo es páramo en el camino al amor, no hay oasis hasta haber abrazado a quien amáis. No busquéis fuentes, no hay manantiales.
Es ella, es él el manantial, no perdáis el tiempo, atletas del amor.
Es importante fijar la mirada en los ojos amados, no miréis atrás, no penséis en los años que se han petrificado marcando kilómetros, cotas, tiempos perdidos y vacíos.
Aciagos tiempos...
Si pensáis en ellos, caeréis en el dolor ergo en la desesperación.
No dejéis más mojones de dolor clavados en la senda, bestias enamoradas. Ahora que camináis hacia el amor, no sufráis más. Es fácil hacerlo porque estamos acostumbrados al dolor y hemos mal interpretado: concluimos que sin dolor no hay amor.
Es mentira, sonreíd.
Ha habido tanto dolor y soledad, amigos...
No os podéis creer que ahora el corazón bombee con fuerza inusitada, y miráis atrás y contáis mojones sin que sea necesario.
Evocáis dolores porque pensáis que otro error más no lo soportaréis, que moriréis.
Si habéis sido valientes para soportar todo ese camino que ha quedado atrás, soportaréis el camino del amor.
Maldita impaciencia...
No hay atajos, el único atajo sería cruzar Dolores, y eso es lo mismo que perder el camino, perderse para siempre. Porque al igual que las sirenas de Ulises, los alaridos de tiempos sin amor, os harán perder el rumbo. En Dolores los habitantes están convencidos de que vuestra vida ha de ser igual que la de ellos, que habéis de continuar el camino que marcaron los que ahora están muertos, los que hace años que están muertos y además enterrados.
Dolores es la capital de la comarca Cobardía.
No paréis allí aunque os ofrezcan descanso, no hay sirenas bellas, sólo bocas podridas de envidiosos alientos.
De infecciosos afectos.
Os contarán de atajos que se visten de segundas oportunidades a amores muertos, amores ya enterrados.
En nombre de los hijos se nos pide rechazar el placer y el amor.
Los hijos no quieren vuestro dolor, sólo piden crecer y ser como vosotros, os aman porque amáis. No escuchéis a los falsos sabios que con las manos a la espalda, hacen rodar entre los dedos un corazón podrido hablando de civismos y moralidad.
En nombre de muchos años juntos, de lealtades falsas y corruptas, nos piden más mediocridad.
Estáis cansados, pero aguantad; nos espera nuestro amor.
Ellos quieren plantar un mojón con vuestro nombre en el kilómetro exacto de la cobardía y la derrota.
Golpead el próximo mojón, derribadlo y con ello lo que nunca amasteis de verdad, la vida es una mecha que avanza rápida, corred. No escuchéis a los fariseos, a los mercaderes de la envidia y la mediocridad.
Y ya cuando lleguéis cansados y reventados, con los ojos enrojecidos, sacaréis fuerzas para sanar las heridas y dar descanso. Seréis sanados y descansados.
Y no os daréis cuenta de lo agotados que estáis, hasta que os durmáis sin un suspiro, completamente confortados y seguros con vuestro amor.
Cruzad el páramo sin mirar atrás, no oigáis a los dolorianos, no bebáis allí por muy cansados que estéis.
Hay tiempo para el descanso, no desesperéis, colegas.
Dejad atrás el último mojón, tan lejos que se convierta en horizonte.
Sois fuertes, amigos, si habéis llegado aquí, llegaréis a la única fuente que os dará vida.
Y recordad, recordad bien: no hay control de avituallamiento. Es duro, pero el final es lo más bello que podáis imaginar.
Vamos, queda poco...


Iconoclasta
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